San Pedro encadenado
Monólogo desde la Cárcel Mamertina
José Manuel Rodríguez Canales
A modo de introducción
No hay cristiano que no conozca a San Pedro, el Apóstol. El Evangelio da cuenta de su personalidad como no lo hace con ninguno de los discípulos del Señor Jesús. Es impulsivo, noble, profundamente humano, fiel y traidor, soberbio y humilde. Su conversión está marcada por el reconocimiento sincero de sus pecados. Su seguimiento del Señor es apasionado y radical. Sus caídas son estrepitosas, pero mayor es su arrepentimiento. Reconoce al Mesías, y acto seguido es reprendido duramente por su visión errada de la misión del mismo. Es testigo de la Transfiguración, de curaciones y milagros. Ha visto al Señor devolverle la vida a varios. Y con todo eso niega al Maestro. Primero lo hace en Getsemaní, al contradecir el espíritu del Señor que se entrega mansamente. Luego niega conocerlo con juramento. Después de la Resurrección es reconciliado por el mismo Cristo, y recibe de Él el encargo de confirmar a sus hermanos en la fe. Jesús le profetizó de qué manera moriría. Pedro fue martirizado por los soldados de Nerón en Roma, en el año 67 d.C. Según la tradición fue crucificado cabeza abajo por expresa petición suya. No se sentía digno de morir como su Maestro.
Esta pequeña pieza teatral nació en la Cárcel Mamertina, en Roma, donde Pedro estuvo preso durante nueve meses. De ahí salió a su martirio. En la húmeda pared de roca hay una placa que recuerda a los que estuvieron cautivos en esta especie de lúgubre cueva por cuyo costado corre la cloaca Máxima. Pude leer allí la larga lista de reyes muertos por la gloria de Roma y, a su lado, otra larga lista de hombres y mujeres que dieron su vida por la gloria de Cristo. Al final de ambos elencos hay unas palabras extrañas y solemnes: «Oh, tú que entras, contempla los ecos terribles y gloriosos de veinticinco siglos de historia».
El que encabeza el elenco de santos y santas es San Pedro. Casi se pueden oír sus ardientes oraciones en la oscuridad de este agujero tétrico que hoy está iluminado por el recuerdo del primer Papa preparándose para el martirio. De allí partió Pedro a los brazos de su Señor; de allí salió para repetir eternamente: «Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te quiero».
Me resultaron profundamente conmovedoras estas palabras impresas en metal, porque me hablaban de un hecho fundamental del cristianismo: es historia, es tiempo que Dios ha compartido con nosotros. Esto hace que la historia y el tiempo se abran a la eternidad y conviertan el ayer en hoy. Así, por la fe, los santos más antiguos son compañeros de ruta tan actuales que casi los podemos tocar con las manos. Los mártires y los santos son hermanos y amigos nuestros, familia cristiana. Corre por sus venas nuestra misma sangre bautizada. Creen en lo mismo que nosotros. Dieron su sangre por la misma razón por la que nos esforzamos hoy los creyentes.
Por eso, con profundo cariño, gratitud y respeto a Dios y a San Pedro, escribí esta pequeña pieza teatral. Es un monólogo en verso. Intenta jugar con el tiempo. Rompe por eso la cuarta pared. El texto pretende generar la sensación de que de pronto el personaje se convierte en persona real que le predica al auditorio en tiempo real.
