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Rom 6, 4
4. Se refiere al Bautismo de los primeros cristianos, los cuales
se bautizaban sumergiéndose completamente en el agua. Así como Cristo
fue sepultado en la muerte, así nosotros somos sepultados en el
agua del Bautismo (Col. 2, 12). S. Pablo nos revela aquí el aspecto
más hondo de la doctrina del Cuerpo Místico, que no sólo consiste
en esa comunicación de bienes espirituales entre los cristianos,
que se llama la Comunión de los Santos, sino esencialmente en que
Cristo vive, sufre y muere sustituyéndose a cada uno de nosotros,
por lo cual el cristiano de viva fe, siendo verdaderamente parte
del mismo Cristo, puede decir que murió cuando Cristo murió, y que
resucitó con El (Col. 3, 1). "Es cierto que físicamente uno muere
primero y después es sepultado, pero espiritualmente es la sepultura
en el Bautismo la que causa la muerte del pecador" (S. Tomás). "Lo
que acontece en el Bautismo, propiamente no es otra cosa que - si
así se lo puede llamar - una extensión del proceso de la divina
generación de la segunda persona de Dios, sobre el hombre, a través
de la Encarnación del Hijo de Dios; sobre el hombre que por estar
en Cristo Jesús, también se hace hijo de Dios" (P. Pinsk). (Ir a
Romanos 6,4.)
Rom 12, 1-2
1. Aquí se da comienzo a la segunda parte de la Epístola, que trata
de la espiritualidad evangélica y de la conducta que a ella corresponde
en el orden individual y social. Un culto espiritual: en contraste
con las ceremonias antiguas, pues "no ha quitado Dios un formulismo
para caer en otro" (cf. Mat. 15, 8 y Juan 4, 23 s.). Comporta "sacrificios
de alabanza" (Hebr. 8, 5; 13, 15; I Pedro 2, 4 ss.) y su característica
es el amor y el sometimiento de nuestra inteligencia (II Cor. 10,
5).
2. No os acomodéis: es el no conformismo cristiano, que ambiciona
mayor plenitud y no se resigna a contentarse con esto que es apenas
"una noche pasada en una mala posada" (Sta. Teresa) (cf. Hech. 7,
52; 17, 6; 22, 14 y notas). Además, entre Cristo y el mundo hay
un abismo (cf. Juan 14, 30; Apoc. 11, 15) que jamás se va a cerrar
en "este siglo malo" (Gál. 1, 4). Sobre la renovación de la mente,
que Jesús llama nuevo nacimiento (Juan 3, 3 ss.), véase Ef. 4, 23;
Col. 3, 10: Juan 17, 17.
Efesios 5, 9
9. Admirable revelación que nos muestra cómo la buena conducta procede
del conocimiento sobrenatural de la luz de Cristo. Cf. v. 14; 4,
22 y nota: II Tim. 3, 16; Hebr. 4, 12.
1 Timoteo 6, 20
20. Con esta expresión cuida el depósito nos da Pablo el verdadero
concepto de la Tradición, mostrándonos que ella consiste en conservar
fielmente lo mismo que se nos entregó en un principio, y que lo
que importa, no es el tiempo más o menos largo que tiene una creencia
o una costumbre, sino que ella sea la misma que se recibió originariamente.
Sin esto ya no habría tradición, sino rutina y apego a esas "tradiciones
de hombres" que tanto despreciaba Jesús en los fariseos (Mat. 15,
3 - 6). De ahí el empeño de S. Pablo porque se conservase lo mismo
que se había recibido (4, 6) sin abandonarlo aunque un ángel del
cielo nos dijese algo distinto (Gál. 1, 6 ss.). Véase la definición
de la tradición por S. Vicente de Leríns: "lo que ha sido creído
en todas partes, siempre y por todos". Cf. II Tes. 2, 14 y nota;
I Juan 2, 24.
2 Timoteo 1, 14
14. Sobre esta fidelidad en guardar el depósito de la tradición
tal como vino de los apóstoles (v. 13), cf. II Tes. 2, 14; I Tim.
6, 20 y notas.
2 Corintios 4, 6
6. Es decir que es el mismo Espíritu Santo quien nos hace descubrir
al Padre, en el rostro de Cristo, que es su perfecta imagen (v.
4). Por esto dice S. Juan que el que niega al Hijo tampoco tiene
al Padre (I Juan 2, 23), y que todo el que confiesa que Jesús es
el Hijo de Dios, en Dios permanece y Dios en él (I Juan 4, 15).
El cristiano, una vez adquirida esta luz, se hace a su vez luz en
las tinieblas para manifestar a otros la gloria de Dios. Es lo que
Jesús enseña en el Evangelio. Véase Luc. 11, 34 ss.; Ef. 5, 8 s.
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