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«Vosotros sois la sal de la tierra.
Y si la sal se desvaneciere, ¿con qué se salará? No
vale ya para nada, sino para ser echada fuera y pisada por los hombres.
Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad que está puesta
sobre un monte no se puede esconder. Ni encienden una antorcha y
la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para
que alumbre a todos los que están en la casa»
(Mt 5,13-14).
San Juan Crisóstomo, in Matthaeum, hom.
15,6.
Cuando Jesús había dado a sus
discípulos preceptos sublimes, para que no dijesen: "¿cómo
podremos cumplirlos?" los calma con alabanzas, diciéndoles:
"Vosotros sois la sal de la tierra". Demuestra así que les
añade esto por necesidad, como si les dijese: "No os envío
por vuestra vida, ni por una nación, sino por todo el mundo.
Y si al herir el corazón humano, éste os injuria,
alegraos". Ese es el efecto de la sal, morder lo que es de naturaleza
laxo y lo reduce. Por ello, la maldición de otros no os dañará,
sino que será testigo de vuestra virtud.
San Hilario in Matthaeum, 4.
Debemos ver aquí cuán apropiado
es lo que se dice, cuando se compara el oficio de los Apóstoles
con la naturaleza de la sal. Esta se aplica a todos los usos de
los hombres, puesto que cuando se esparce sobre los cuerpos, les
introduce la incorrupción y los hace aptos para percibir
un buen sabor en los sentidos. Los Apóstoles son los predicadores
de las cosas celestiales y son como los saladores de la eternidad.
Con toda razón, pues, se les llama sal de la tierra, porque
por la virtud de su predicación preservan los cuerpos salándolos
para la eternidad.
Remigio.
La sal también cambia de naturaleza por
medio del agua, el ardor del sol y la violencia del viento. Así
los varones apostólicos, por el agua del bautismo, por el
ardor del amor y por el soplo del Espíritu Santo se transforman
en una naturaleza espiritual. La sabiduría celestial, predicada
por los Apóstoles, purifica las obras materiales, quita el
mal olor y podredumbre de la mala conversación y el gusano
de los malos pensamientos, a quien se refiere el profeta cuando
dice: "El gusano de ellos no muere" (Is 66,24).
Remigio.
Los Apóstoles son sal de la tierra, esto
es, de los hombres terrenos, que amando la tierra, se llaman tierra.
San Jerónimo.
Los Apóstoles se llaman también
sal de la tierra porque por ellos se condimenta el género
humano.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super
Mattheus, hom 10.
Cuando un sabio está adornado de todas
las virtudes mencionadas, entonces se le considera como una sal
perfecta y todo el pueblo se condimenta de él viéndolo
y oyéndolo.
Remigio.
Debe saberse que no se ofrecía a Dios
ningún sacrificio en el Antiguo Testamento (Lev 2) si primero
no se condimentaba con sal, porque ninguno puede ofrecer un sacrificio
que sea agradable a Dios si no se lo ofrece con el sabor de la sabiduría
celestial.
San Hilarioin Matthaeum. 4.
Pero como el hombre está sujeto a la
conversión, por eso nos advierte que los Apóstoles,
llamados sal de la tierra, persisten en la virtud de potestad que
les ha sido dada, añadiendo: "Y si la sal se desvaneciere,
¿con qué será salada?"
San Jerónimo.
Esto es, si el doctor se equivoca, ¿por qué
otro doctor será enmendado?
San Agustín, de sermone Domini, 1, 6.
Y si vosotros, por quienes deben ser condimentados
los pueblos, perdiéreis el Reino de los Cielos por miedo
de las persecuciones temporales, ¿qué harán los hombres
que debieron ser libres del error por vosotros? También dice
"si la sal se desvaneciese", manifestando que deben considerarse
como necios todos aquellos que, siguiendo la abundancia o temiendo
la escasez de los bienes temporales, pierden los eternos, que no
pueden ser dados ni arrebatados por los hombres.
San Hilario in Matthaeum, 4.
Si los maestros se vuelven necios, nada salan,
y aun ellos mismos, habiendo perdido el sentido del saber recibido,
no pueden vivificar lo corrompido, quedan inútiles. Por ello
sigue: "No vale ya para nada, sino para ser echada fuera y pisada
por los hombres".
San Jerónimo.
El ejemplo está tomado de la agricultura.
La sal es necesaria para condimento de las comidas y para secar
las carnes, pero no tiene otro uso. Ciertamente leemos en las Escrituras
(Jue 9,45) que algunas ciudades sembradas de sal por los vencedores,
quedaron inutilizadas para que en ellas no pudiese brotar germen
alguno.
Glosa.
Después que aquellos que son cabezas
de otros faltan, no aprovechan para nada, sino para ser arrojados
de su oficio de enseñar.
San Hilario in Matthaeum, 4.
Separados de los oficios de la Iglesia, sean
pisoteados por todos los que pasen.
San Agustín, de sermone Domini, , 1,
6.
No es pisado por los hombres el que sufre persecuciones,
sino aquel que se acobarda temiendo la persecución. No puede
ser pisado sino el que está debajo, y no puede decirse que
está debajo aquel que, aun cuando sufre muchas cosas en su
cuerpo mientras dura esta vida, tiene su corazón fijo en
el cielo.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in
Matthaeum, hom. 10.
Así como los maestros, por su buena predicación,
son sal con la cual el pueblo se condimenta, así por la palabra
de su doctrina son luz, con la que iluminan a los ignorantes. Primero
se debe vivir bien y luego enseñar. Por lo tanto, después
de llamar a los Apóstoles sal, los llama también luz,
diciendo: "Vosotros sois la luz del mundo". La sal en su propio
estado sostiene las cosas para que no se pudran, pero la luz conduce
al perfeccionamiento ilustrando. Por lo cual los Apóstoles
fueron llamados primero sal, a causa de los judíos y de los
cristianos, por quienes Dios es conocido y a quienes éstos
conservan en el conocimiento; y segundo luz, a causa de los gentiles,
a quienes conducen a la luz de la verdadera ciencia.
San Agustín, de sermone Domini, 1, 6.
Conviene, pues, comprender aquí por mundo,
no al cielo y la tierra, sino a los hombres que están en
el mundo, o a los que aman al mundo, para iluminar a los que los
Apóstoles fueran enviados.
San Hilario, in Matthaeum, 4.
Es propio de la naturaleza de la luz el alumbrar
por cualquier parte que se la lleve y que introducida en las casas
mate las tinieblas, quedando sola la luz. Por lo tanto, el mundo,
sin el conocimiento de Dios, estaba oscurecido con las tinieblas
de la ignorancia. Mas por medio de los Apóstoles se le comunicó
la luz de la verdadera ciencia, y así brilla el conocimiento
de Dios y por cualquier parte que caminen, de su pobre humanidad
brota la luz que disipa las tinieblas.
Remigio.
Así como el sol dirige sus rayos, así
el Señor, que es sol de justicia, dirigió sus Apóstoles
para desterrar las tinieblas del género humano.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum,
hom. 15,7.
Comprende cuán grandes son las cosas
que les promete, cuando aquéllos, que eran desconocidos en
su propio país, adquirieron tanta fama, que llegó
ésta en poco tiempo hasta los confines de la tierra: ni las
persecuciones que les había predicho pudieron ocultarlos,
sino que más bien los hizo mucho más famosos.
San Jerónimo.
Para que los apóstoles no se escondan
por el miedo, sino que se presenten con toda libertad, les enseña
la confianza en los resultados de su predicación, diciéndoles
en seguida: "No puede esconderse una ciudad que está puesta
sobre un monte".
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum,
hom. 12.
Por estas palabras les enseña también
a cuidar con solicitud de su propia vida, como que ésta había
de estar mirada constantemente por todos, así como la ciudad
que está colocada sobre un monte, o como la luz que está
luciendo sobre un candelero.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in
Matthaeum, hom. 10.
Esta ciudad es la iglesia de los santos, de
la que se dice: "Cosas admirables se han dicho de ti, ciudad de
Dios" (Sal 86,3). Sus ciudadanos son todos los fieles, de quienes
el Apóstol dice a los Efesios: "Vosotros sois los conciudadanos
de los santos" (Ef 2,19). Esta ciudad, pues, está colocada
sobre el monte, de quien dice Daniel: "La piedra arrancada sin esfuerzo
de manos, se convirtió en un gran monte" (Dn 2,34).
San Agustín, de sermone Domini, 1, 6.
Está colocada esta ciudad sobre un monte,
esto es, sobre la gran justicia de Dios que representa ese monte,
en el cual juzga el Señor.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in
Matthaeum, hom. 10.
No puede, pues, esconderse una ciudad colocada
sobre un monte. Aun cuando ella quiera, el monte que la tiene sobre
sí, la hace visible a todos. Así los Apóstoles
y los sacerdotes, que han sido establecidos en Cristo no pueden
esconderse, aun cuando quieran, porque Jesucristo los manifiesta.
San Hilario, in Matthaeum, 4.
Llama ciudad a la carne que tomó, porque
en ella, por la naturaleza del cuerpo que ha tomado, se contiene
cierta congregación del género humano. Y nosotros,
por la unión con su carne, resultamos los habitantes de esta
ciudad. No puede esconderse, pues, porque colocada en la altura
de la elevación de Dios, se ofrece a la contemplación
de todos por medio de la admiración de sus obras.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in
Matthaeum, hom. 10.
Jesucristo demuestra con otra comparación
por qué manifiesta a sus santos y no permite que se escondan,
cuando dice: "No encienden una antorcha y la ponen debajo de un
celemín, sino sobre el candelero".
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum,
hom. 15,7.
O por esto que dijo: "No puede esconderse una
ciudad", demostró su virtud. En esto que añade: "No
encienden la luz", nos induce a la libre predicación, como
si dijese: "Yo, en verdad, he encendido la luz, y a vosotros corresponde
tenerla encendida, no sólo por vosotros y por otros que serán
iluminados, sino también por la gloria de Dios".
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in
Matthaeum, hom. 10.
La antorcha es la palabra divina, de la cual
se dice en el salmo (118,5): "Tu palabra es la antorcha que guía
mis pasos". Los que encienden la antorcha son el Padre, el Hijo
y el Espíritu Santo.
San Agustín, de sermone Domini, 1, 6.
¿Qué pensamos que significa lo que se
ha dicho: "Y la ponen debajo del celemín"? ¿Que la ocultación
de la antorcha se entienda como si dijese: Ninguno enciende la antorcha
para ocultarla? ¿O significa algo más el celemín,
como si poner la antorcha debajo de él fuese preferir las
comodidades del cuerpo a la predicación de la verdad? Coloca,
pues, la antorcha debajo del celemín todo aquel que oscurece
y cubre la luz de la buena doctrina con las comodidades temporales.
El celemín es muy buena figura de los bienes temporales,
ya porque es una medida, y cada uno recibirá la retribución
según el bien que hizo en el cuerpo, ya porque los bienes
temporales que se hacen con el cuerpo tienen cierta medida de días,
que significa el celemín. Mas las cosas eternas y espirituales
no tienen tal limitación. Coloca la antorcha sobre el candelabro
aquel que sujeta su cuerpo al ministerio de la palabra, para que
la predicación de la verdad sea primero y las atenciones
del cuerpo vengan después. La doctrina resplandece más
cuando el cuerpo está reducido a la esclavitud en los momentos
en que, por medio de las buenas obras y demás actos visibles,
se da buen ejemplo a los demás.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in
Matthaeum, hom. 10.
El celemín puede significar también
los hombres mundanos, porque así como éste es vacío
por la parte de arriba y cerrado por debajo, así todos los
amantes del mundo son insensatos para las cosas espirituales y sabios
en las terrenas. Y por lo tanto, son como un celemín que
tiene escondida la palabra divina, cuando por alguna causa terrena
no se atreven a hacer pública la palabra de Dios ni a predicar
las verdades de la fe. El candelero es la Iglesia y todo sacerdote
que anuncia la palabra de Dios.
San Hilario, in Matthaeum, 4.
El Señor comparó a la sinagoga
con el celemín que, recibiendo en su interior los frutos,
los contenía en cierta medida de su limitada observancia.
San Ambrosio Super Lucam, Super his verbis.
Por lo tanto, ninguno limite su fe a la medida
de la ley, sino que se ciña a lo que enseña la Iglesia,
en la cual brillan los siete dones del Espíritu Santo.
Beda.
O bien es el mismo Jesucristo quien enciende
la antorcha, el cual ha llenado con la llama de su divinidad la
lámpara de tierra de nuestra naturaleza humana. No ha querido
esconderla a los creyentes ni colocarla debajo del celemín,
esto es, sujetarla a la medida de la ley ni limitarla a los términos
de una sola nación. Llama candelero a la Iglesia, sobre la
que ha colocado la antorcha, porque ha fijado en nuestras frentes
la fe en su encarnación.
San Hilario, in Matthaeum, 4.
O bien, la antorcha de Cristo se coloca sobre
el candelero, esto es, suspendida en la cruz por la pasión,
cuya antorcha había de producir una luz eterna a todos los
que habitasen en la Iglesia. Y por lo tanto, dice: "Para que alumbre
a todos los que están en la casa".
San Agustín, de sermone Domini, 1, 6.
Si alguno entiende por esta casa a la Iglesia,
no hay en ello absurdo. Puede que esta casa sea el mundo, por lo
que dice más arriba: "Vosotros sois la luz del mundo".
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