Soporte
Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo I de Cuaresma (Ciclo A). «¡Apártate, Satanás!»
Incrementar tamaño de fuente Disminuir tamaño de fuente
Compartir

Domingo I de Cuaresma. «¡Apártate, Satanás!»

I. LA PALABRA DE DIOS

Gén 2,7-9; 3,1-7: “Tomó del fruto, comió y ofreció a su marido”

El Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz un aliento de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente.

El Señor Dios plantó un jardín en Edén, al oriente, y colocó en él al hombre que había formado.

El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos a la vista y buenos para comer; además, en medio del jardín, puso también el árbol de la vida, y el árbol del conocimiento del bien y del mal.

La serpiente era el más astuto de los animales del campo que el Señor Dios había hecho. Y dijo a la mujer:

— «¿Así que Dios les ha dicho que no coman del fruto de ningún árbol del jardín?».

La mujer respondió a la serpiente:

— «Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; solamente del fruto del árbol que está en medio del jardín nos ha dicho Dios: “No coman de él ni lo toquen, bajo pena de muerte”».

La serpiente replicó a la mujer:

— «No morirán. Bien sabe Dios que cuando ustedes coman de él se les abrirán los ojos y serán como Dios en el conocimiento del bien y el mal».

La mujer vio que el árbol era apetitoso, atrayente y deseable, porque daba inteligencia; tomó del fruto, comió y ofreció a su marido, el cual comió.

Entonces se les abrieron los ojos a los dos y se dieron cuenta de que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se cubrieron con ellas.

Sal 50,3-6.12-14.17: “Misericordia, Señor: hemos pecado”

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado:
contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad que aborreces.

Oh, Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.

Rom 5,12-19: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”

Hermanos:

Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado entró la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron.

Porque, antes que hubiera Ley había pecado en el mundo, pues el pecado no se tenía en cuenta porque no había Ley. A pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una desobediencia como la de Adán, que era figura del que había de venir.

Sin embargo, el don no es como el delito: si por el delito de uno murieron todos, mucho más, la gracia otorgada por Dios, el don de la gracia que correspondía a un solo hombre, Jesucristo, se ha desbordado sobre todos.

Y tampoco hay proporción entre la gracia que Dios concede y las consecuencias del pecado de uno: el proceso, a partir de un solo delito, terminó en condenación, mientras la gracia, a partir de muchos delitos, terminó en absolución.

Si por el delito de un solo hombre comenzó el reinado de la muerte, cuánto más ahora, por un solo hombre, Jesucristo, vivirán y reinarán todos los que han recibido mi derroche de gracia y el don de la salvación.

En resumen: si el delito de uno trajo la condena a todos, también la justicia de uno traerá la justificación y la vida.

Si por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos recibirán la salvación.

Mt 4,1-11: “Fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo”

En aquel tiempo, Jesús, fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.

El tentador se le acercó y le dijo:

— «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».

Pero Él le contestó, diciendo:

— «Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».

Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en la parte más alta del templo y le dijo:

— «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Encargará a los ángeles que cuiden de ti, y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”».

Jesús le dijo:

— «También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».

Después el diablo lo llevó a una montaña altísima y, mostrándole los reinos del mundo y su gloria, le dijo:

— «Todo esto te daré, si te postras y me adoras».

Entonces le dijo Jesús:

— «Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».

Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y le servían.

II. APUNTES

El evangelista relata cómo después de recibir el bautismo por parte de Juan el Señor Jesús fue conducido o «llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo». La tentación en sentido amplio es una prueba. Tentar es someter a alguien a prueba, y de este modo quedará determinada su consistencia o inconsistencia. La tentación ciertamente busca encontrar en quien es sometido a la prueba una fisura, una debilidad, una fragilidad, con la intención de quebrar su fidelidad a Dios y a sus Planes. En el desierto el Señor Jesús, antes de iniciar su ministerio público, será sometido a esta durísima y exigente prueba por el Demonio mismo, el tentador por excelencia.

«Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre». Los cuarenta días de ayuno que el Señor pasó en el desierto remiten a los cuarenta años que Israel pasó en el desierto del Sinaí. También Israel experimentó la prueba en el desierto, una prueba que serviría para «probarte y conocer lo que había en tu corazón: si ibas o no a guardar sus mandamientos» (Dt 8,1ss).

No es extraño que no haya sentido hambre hasta el final. Cuando alguien inicia un ayuno el hambre desaparece pronto, para volver luego de unos 40 días con una intensidad inusitada, fenómeno que los médicos llaman gastrokenosis.

En esta situación de fragilidad y debilidad aparece el tentador con la primera tentación: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». Por la fuerza del hambre la tentación de saciarla inmediatamente debe haber sido terrible.

No podemos pasar por alto que la tentación se plantea como un desafío: «Si eres Hijo de Dios…». Jesús es verdaderamente Hijo de Dios, y Satanás lo reta a mostrar abiertamente su identidad realizando un milagro para saciar inmediatamente su hambre. Como muchas tentaciones, la sugestión invita a responder a una urgente necesidad o pasión de inmediato, sin alargar más la espera. Es como si dijera: “¿Por qué esperar, si está en tu poder saciar tu hambre?” Mas el Señor respondió: «Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”». Tanto a esta como a las sucesivas tentaciones responderá citando la Escritura: «Está escrito…». La respuesta del Señor opone a la tentación una enseñanza divina, sin entrar en ningún tipo de diálogo. En este caso cita el texto de Dt8,3: «no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca de Yahveh». El Señor Jesús afirma que más importante que el pan o la demostración de su identidad por medio del milagro es la Palabra de Dios, su ley, su Plan divino. Convertir milagrosamente piedras en pan para saciar su hambre sería dejar de confiar en Dios o en su Plan de dar el pan a su tiempo y a su manera. Con su respuesta el Señor Jesús afirma que su alimento, antes que el pan material, es hacer la voluntad del Padre y llevar a cabo su obra (ver Jn 4,34). Es al Padre a quien Él escucha y obedece, a nadie más.

La segunda tentación hace recordar las muchas ocasiones en que los israelitas pusieron a Dios a prueba en el desierto. No fueron pocas las veces en las que tentaron a Dios pidiendo una manifestación divina. Astutamente el Demonio se reviste en esta nueva tentación con un manto de autoridad divina haciendo uso de la Escritura, para confundir al Señor. Cita una promesa divina para invitar al Señor a tirarse del alero del Templo: «está escrito: “Encargará a los ángeles que cuiden de ti, y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”» (Sal 90,11-12). Nuevamente está el desafío: “Si eres Hijo de Dios”, entonces nada te pasará. La respuesta de Jesús nuevamente es tajante. El padre de la mentira no puede confundir al Señor que también echa mano de la Escritura para rechazar la tentación: «También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios” (Dt 6, 16)». Con ello alude al episodio del Deuteronomio en que Israel se encontraba sin agua en el desierto. Entonces se levantó una rebelión contra Moisés que se transformó en una rebelión contra Dios: «¿Está el Señor entre nosotros o no?» (Ex 17, 7). Jesús sabía que el Padre estaba con Él y vivía de esa confianza que no necesita pruebas. A nadie tenía que demostrarle que Dios estaba con Él. Arrojarse deliberadamente del alero del Templo para someter a Dios a una prueba hubiera significado una falta de confianza en Él.

La tercera tentación trae a la mente la caída de los israelitas en el culto idolátrico del becerro de oro, al pie del Monte Sinaí (ver Ex 32, 1-10). En esta ocasión el demonio lleva a Jesús a un lugar alto, le muestra todo el poder y la gloria del mundo y le dice: «Todo esto te daré, si te postras y me adoras». El Señor Jesús se niega a postrarse en adoración de Satanás y rechaza la tentación con un versículo del Dt 6, 13: «Al Señor, tu Dios, adorarás y a Él solo darás culto». No se niega a aceptar la plenitud del poder y de la gloria, pues en realidad a Él le pertenece y le está destinada (ver Mt 28,18). Pero se niega a recibirla de modo diverso al que ha determinado su Padre en sus amorosos designios reconciliadores, es decir, mediante la aceptación obediente de la muerte en Cruz (Flp 2, 8-9). Aceptar el poder mundano y la gloria vana ofrecida por Satanás sería dejar de confiar en que el Plan del Padre conduce a la verdadera gloria.

Las tres tentaciones del desierto fueron intentos de Satanás para lograr que el Señor Jesús abandonara su confianza en Dios y confiase tan sólo en sus propios planes, en sus propias fuerzas, en Satanás. En el desierto, Jesús venció al tentador por su confianza total y por su dependencia constante de Dios. Si el núcleo de toda tentación consiste en prescindir de Dios, el Señor Jesús manifiesta en que en su vida Dios tiene el primado absoluto.

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

La primera gran lección del pasaje evangélico del Domingo es ésta: no podemos olvidar que tenemos un adversario invisible, el Diablo, que «ronda como león rugiente, buscando a quién devorar» (1Pe 5,8). De él enseñaba el Papa Pablo VI: «el mal que existe en el mundo es el resultado de la intervención en nosotros y en nuestra sociedad de un agente oscuro y enemigo, el Demonio. El mal no es ya sólo una deficiencia, sino un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. Terrible realidad, misteriosa y que causa miedo».

La segunda gran lección es ésta: por la tentación el Demonio busca apartarnos de Dios, fuente de nuestra vida y felicidad. La tentación es la astuta sugerencia a obrar de un modo contrario al que Dios enseña (ver Gén 3,3). Por la tentación el Diablo introduce en el corazón del hombre el veneno de la desconfianza en Dios, haciéndolo aparecer como enemigo de su felicidad y realización (ver Gén 3,4). Al mismo tiempo lo invita a confiar en él, quien le promete “ser como dios”, alcanzar el poder, la gloria y la felicidad, si adora a otros “dioses”, a los ídolos del poseer-placer, del tener o del poder, o incluso adorando al mismo Satanás (ver Mt 4,9).

Cristo tentado en el desierto nos enseña a desenmascarar las tentaciones y desbaratar su fuerza seductora con un método muy claro y sencillo: oponer a la sugestión del Maligno una enseñanza divina. A diferencia de Eva (ver Gén 3,1ss) el Señor Jesús no dialoga con la tentación ingenuamente. Al contrario, a cada una de las sugestiones del Diablo el Señor responde de modo firme, tajante, radical un “está escrito”, utilizando inmediatamente la Palabra divina que ha acogido en su mente y corazón como un escudo para rechazar y apagar el dardo encendido del Maligno (ver Ef, 6,16).

En este sentido enseñaba Lorenzo Scupoli: «Las sentencias de la sagrada Escritura pronunciadas con la boca o con el corazón, como se debe, tienen virtud y fuerza maravillosa para ayudarnos en este santo ejercicio, por esta causa conviene que tengas muchas en la memoria, que se ordenen a la virtud que desees adquirir, y que las repitas muchas veces al día, particularmente cuando se excita y mueve la pasión contraria. Como por ejemplo, si deseas adquirir la virtud de la paciencia, podrás servirte de las palabras siguientes o de otras semejantes: “Más vale el hombre paciente que el héroe, el dueño de sí que el conquistador de ciudades” (Prov 16,32)».

Al mirar a Cristo entendemos que las enseñanzas divinas son armas necesarias para luchar y vencer en el combate espiritual. Quien se nutre «de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Dt 8,3; Mt 4,4), quien la medita y guarda haciendo de ella su norma de vida, se reviste de las «armas de Dios» (ver Ef 6,11.13) necesarias para vencer al Maligno y sus astutas tentaciones.

Por otro lado, para no dejarnos engañar por el Maligno es necesario habituarnos a examinar todo pensamiento que viene a nuestra mente, aprender a discernir bien es esencial, pues como escribe San Juan: «no os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo» (1Jn 4,1; ver Lam 3,40).

No toda “idea mía” es necesariamente “mía”, ni es necesariamente buena por ser mía, y aunque tenga la apariencia de buena, me puede conducir al mal, apartándome de Dios, haciéndome daño a mí mismo y a otros. Por ello es bueno desconfiar sanamente de nosotros mismos, de nuestros propios juicios y criterios, mantener siempre una sana actitud crítica frente a nuestros propios pensamientos. Un criterio muy sencillo para este discernimiento de espíritus es éste: “si esto que se me viene a la mente me aparta de lo que Dios me enseña, no viene de Dios, por tanto, debo rechazarlo de inmediato; pero si objetivamente me acerca a Dios, entonces viene de Dios y debo actuar en esa línea”.

Así, en vez de actuar porque “se me ocurre”, o “porque me gusta/disgusta”, o “porque así soy yo”, o por dejarme llevar por un fuerte impulso pasional o inclinación interior, hemos de actuar de acuerdo a lo que Dios nos enseña.

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Juan Crisóstomo: «Todo lo que Jesús sufrió e hizo estaba destinado a nuestra instrucción. Ha querido ser llevado a este lugar para luchar con el demonio, para que nadie entre los bautizados se turbe si después del bautizo es sometido a grandes tentaciones. Antes bien, tiene que saber soportar la prueba como algo que está dentro de los designios de Dios. Para ello habéis recibido las armas: no para quedaros inactivos sino para combatir. Por esto, Dios no impide las tentaciones que os acechan. Primero para enseñaros que habéis adquirido más fortaleza. Luego, para que guardéis la modestia y no os enorgullezcáis de los grandes dones que habéis recibido, ya que las tentaciones tienen el poder de humillaros. Además, sois tentados para que el espíritu del mal se convenza de que realmente habéis renunciado a sus insinuaciones. También sois tentados para que adquiráis una solidez mayor que el acero. Finalmente, sois tentados para que os convenzáis de los tesoros que os han sido dados. Porque el demonio no os asaltaría si no viera que recibís un honor mayor.»

San Agustín: «Nuestra vida en medio de esta peregrinación no puede estar sin tentaciones, ya que nuestro progreso se realiza precisamente a través de la tentación, y nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni vencer si no ha combatido, ni combatir si carece de enemigo y de tentaciones.»

San Gregorio Magno: «Es preciso hacer resaltar una cosa en la tentación del Señor: tentado por el diablo, el Señor le ha replicado con textos de la Santa Escritura. Hubiera podido echar a su tentador al abismo sólo con la Palabra que él mismo era. Y sin embargo no recurrió a su poder poderoso, tan sólo le puso delante los preceptos de la Santa Escritura. Es así como nos enseña soportar la prueba.»

San Agustín: «Fiel es Dios —dice el Apóstol—, y no permitirá él que la prueba supere vuestras fuerzas… No dice: “Y no permitirá que seáis probados”, sino: No permitirá que la prueba supere vuestras fuerzas. No, para que sea posible resistir, con la prueba dará también la salida. Has entrado en la tentación, pero Dios hará que salgas de ella indemne; así, a la manera de una vasija de barro, serás modelado con la predicación y cocido en el fuego de la tribulación. Cuando entres en la tentación, confía que saldrás de ella, porque fiel es Dios: El Señor guarda tus entradas y salidas».

San Ambrosio: «El Señor que ha borrado vuestro pecado y perdonado vuestras faltas también os protege y os guarda contra las astucias del diablo que os combate para que el enemigo, que tiene la costumbre de engendrar la falta, no os sorprenda. Quien confía en Dios, no tema al demonio. “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Rom 8, 31)».

San León Magno: «Preparemos nuestras almas a las embestidas de las tentaciones, sabiendo que cuanto más celosos seamos de nuestra salvación, tanto más violentamente nos atacarán nuestros adversarios. Pero el que habita en medio de nosotros es más fuerte que quien lucha contra nosotros. Nuestra fortaleza viene de El, en cuyo poder tenemos puesta nuestra confianza. El venció a su adversario con las palabras de la Escritura. Ha combatido para enseñarnos a combatir en pos de El. Ha vencido para que seamos también vencedores. No hay virtud sin tentaciones, ni fe sin pruebas, ni combate sin enemigo, ni victoria sin batalla. La vida pasa en medio de emboscadas y sobresaltos. Si no queremos vernos sorprendidos, hay que vigilar. Si pretendemos vencer, hemos de luchar. Por eso dijo Salomón: “Si te decides a servir al Señor, prepara tu alma para la tentación” (Eclo 2,1)».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

1707: «El hombre, persuadido por el Maligno, abusó de su libertad, desde el comienzo de la historia» (GS 13, 1). Sucumbió a la tentación y cometió el mal. Conserva el deseo del bien, pero su naturaleza lleva la herida del pecado original. Ha quedado inclinado al mal y sujeto al error.

De ahí que el hombre esté dividido en su interior. Por esto, toda vida humana, singular o colectiva, aparece como una lucha, ciertamente dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas (GS13, 2).

Las Tentaciones de Jesús

538: Los evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el desierto inmediatamente después de su bautismo por Juan: «Impulsado por el Espíritu» al desierto, Jesús permanece allí sin comer durante cuarenta días; vive entre los animales y los ángeles le servían. Al final de este tiempo, Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques que recapitulan las tentaciones de Adán en el Paraíso y las de Israel en el desierto, y el diablo se aleja de él «hasta el tiempo determinado» (Lc 4, 13).

539: Los evangelistas indican el sentido salvífico de este acontecimiento misterioso. Jesús es el nuevo Adán que permaneció fiel allí donde el primero sucumbió a la tentación. Jesús cumplió perfectamente la vocación de Israel: al contrario de los que anteriormente provocaron a Dios durante cuarenta años por el desierto. Cristo se revela como el Siervo de Dios totalmente obediente a la voluntad divina. En esto Jesús es vencedor del diablo; él ha «atado al hombre fuerte» para despojarle de lo que se había apropiado. La victoria de Jesús en el desierto sobre el Tentador es un anticipo de la victoria de la Pasión, suprema obediencia de su amor filial al Padre.

540: La tentación de Jesús manifiesta la manera que tiene de ser Mesías el Hijo de Dios, en oposición a la que le propone Satanás y a la que los hombres le quieren atribuir. Por eso Cristo ha vencido al Tentador en beneficio nuestro: «Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (Heb 4, 15). La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto.

“¡No nos dejes caer en la tentación!”

2846: Esta petición llega a la raíz de la anterior, porque nuestros pecados son los frutos del consentimiento a la tentación. Pedimos a nuestro Padre que no nos «deje caer» en ella. Traducir en una sola palabra el texto griego es difícil: significa «no permitas entrar en», «no nos dejes sucumbir a la tentación». «Dios ni es tentado por el mal ni tienta a nadie» (Stgo 1, 13), al contrario, quiere librarnos del mal. Le pedimos que no nos deje tomar el camino que conduce al pecado, pues estamos empeñados en el combate «entre la carne y el Espíritu». Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de fuerza.

2847: El Espíritu Santo nos hace discernir entre la prueba, necesaria para el crecimiento del hombre interior en orden a una «virtud probada» (Rom 5, 3-5), y la tentación que conduce al pecado y a la muerte. También debemos distinguir entre «ser tentado» y «consentir» en la tentación. Por último, el discernimiento desenmascara la mentira de la tentación: aparentemente su objeto es «bueno, seductor a la vista, deseable» (Gen 3, 6), mientras que, en realidad, su fruto es la muerte.

Dios no quiere imponer el bien, quiere seres libres... En algo la tentación es buena. Todos, menos Dios, ignoran lo que nuestra alma ha recibido de Dios, incluso nosotros. Pero la tentación lo manifiesta para enseñarnos a conocernos, y así, descubrirnos nuestra miseria, y obligarnos a dar gracias por los bienes que la tentación nos ha manifestado (Orígenes, or. 29).

2848: «No entrar en la tentación» implica una decisión del corazón: «Porque donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón... Nadie puede servir a dos señores» (Mt 6, 21. 24). «Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu» (Gal 5, 25). El Padre nos da la fuerza para este «dejarnos conducir» por el Espíritu Santo. «No habéis sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación os dará modo de poderla resistir con éxito» (1 Col 10, 13).

2849: Pues bien, este combate y esta victoria sólo son posibles con la oración. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del Tentador, desde el principio (Ver Mt 4, 11) y en el último combate de su agonía (Ver Mt 26, 36-44). En esta petición a nuestro Padre, Cristo nos une a su combate y a su agonía. La vigilancia del corazón es recordada con insistencia en comunión con la suya (Ver Mc 13, 9. 23. 33-37; 14, 38; Lc 12, 35-40). La vigilancia es «guarda del corazón», y Jesús pide al Padre que «nos guarde en su Nombre» (Jn 17, 11). El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia. Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. «Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela» (Ap 16,15).

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

Hay muchas maneras de aproximarse a la narración del primer pecado. El tiempo no da sino para unos apuntes muy breves de una situación que aparece como fundamental para la autocomprensión del hombre y su camino espiritual. Los antecedentes del capítulo 3 delGénesis permiten concluir que el hombre vivía en una situación de amistad, de comunión y cercanía con Dios, podríamos decir, en la que el hombre estaba en paz consigo mismo, con sus semejantes, y mantenía imperio sobre todo lo creado. No había ruptura sino armonía. Es así que bajo la simbólica forma de la serpiente —ídolo opuesto a Dios vivo— se presenta el diálogo de la tentación. Desde el principio se percibe que el mal no se presenta en forma franca, abierta, sino encubierto.

La primera sugestión del mal: «¿Cómo es que Dios os ha dicho que no comáis de ninguno de los árboles del jardín?» (Gén 3,1), es una pregunta con aparente inocencia pero que porta el anzuelo del engaño. La maliciosa alusión al mandato de Dios en Génesis 2,17: «De cualquier árbol del jardín puedes comer pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás», lleva ya la distorsión. No hay un enfrentamiento directo con la Revelación, tan sólo un cuestionamiento curioso en apariencia. Pero con la pregunta misma se introduce la distorsión intencional. Ardid que busca entablar el diálogo, que busca dar pie al discurso de la tentación. La mujer sucumbe. Se inicia el recorrido de la infidelidad a Dios. Busca aclarar el aparente malentendido, dando con ello pie a que se formule la tentación: «De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él (del árbol prohibido), se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal» (Gén 3,4-5). El diálogo está iniciado, la trampa tendida, la mujer avanza hacia la negación radical, a la ruptura.

La serpiente no se ha expresado con tonos dubitativos, sino con afirmaciones claras, convincentes: «De ninguna manera moriréis». Y luego el anzuelo muestra su aguijón: Dios no merece confianza. Apela al egoísmo sembrando la duda en la autoridad de Dios. Si hacéis como os digo —parece decir— «se os abrirán los ojos y seréis como dioses». A estas alturas aparece el conflicto; la situación ha sido bien preparada. No hay terreno neutral. Compromiso o rechazo de la tentación. La duda, la distorsión, la negación radical del consejo de Dios, y la desconfianza sembradas en el corazón de la mujer empiezan a dar sus resultados. La resistencia frente a la tentación empieza a flaquear. Surge el momento fuerte de la ruptura con Dios. Hay un cierto deseo de excluir al Señor y sus Planes. La desobediencia aparece ya clara. Se inicia la ruptura consigo mismo: la dimensión existencial de la mentira se hace lugar en la mujer. El terreno recorrido ha sido demasiado. El “fruto prohibido” empieza a aparecer con una fisonomía que en la realidad no tiene. El autoconvencimiento pasa por el camino de la ilusión: «Vio que el fruto era bueno para comer (y eso que aún no lo había probado), apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría (la ilusión ha logrado su cometido)» (Gén 3,6). El consenso interno al pecado está ya dado. La ruptura con Dios consumada. La ruptura consigo mismo la ha lanzado en brazos de la ilusión. Nace la esclavitud, la pasión al mal: «y dio también a su marido» (Gén3,6). Hay un contagio del mal. No sólo misterioso, sino concreto. A la ruptura con Dios sigue la ruptura con uno mismo, y a ésta la ruptura con el prójimo. Las consecuencias sociales de la propia falta son inocultables.

¡Qué relato tan significativo! La mentira de la serpiente culmina: se les abren los ojos y descubren estar desnudos. La ruptura con la naturaleza sigue en la lista de las rupturas. Frente al momento previo a la tentación, cuando andaban desnudos sin avergonzarse uno del otro, ahora aparece la vergüenza, «y cosiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores» (Gén3,7). Todo culmina con la evidencia de la lejanía de Dios: «se ocultaron de la vista de Yahveh» (Gén 3,8). El universo de las cuatro rupturas ha aflorado en la vida humana. En vez de armonía con Dios, distancia y ocultamiento, ausencia de sinceridad e integración en sí mismo, engaño y conflicto entre sí, como luego aparecerán más claramente en el pasaje de Caín y Abel y en el episodio de la Torre de Babel, desorden en la naturaleza causado por el hombre. «Después de la caída, esta creación —dice el Santo Padre— …no posee ya su clara y sencilla bondad. La creación “gime y sufre dolores” (Rom 8,22)» (S.S. Juan Pablo II, Discurso a los obreros en la conmemoración del 90 aniversario de la encíclica “Rerum novarum”, 15/5/1981, 6).

Esa situación que el Papa Juan Pablo II llama «exclusión de Dios, ruptura con Dios, desobediencia a Dios» (Reconciliatio et paenitentia, 14) ha estado presente a lo largo de la historia del hombre. Al pecado fontal se suman los pecados de los hombres a través de la historia. Hoy la negación de Dios —en una u otra forma—, que es el núcleo mismo del pecado, se encuentra difundida en dimensión cósmica. Alguno podría considerar tremendista esta descripción, pero a la luz del mal que nos rodea y que se manifiesta en mil y un maneras, no creo que podría sostenerse tal objeción.

Hay una consideración del Santo Padre que me gustaría resaltar. El pecado es un acto suicida, dice el Papa. Esto es muy importante, pues muchas veces la presentación del pecado como ofensa a Dios carga demasiado el acento en ese aspecto, postergando la realidad de que la obra de Dios en el hombre que peca, sufre; el Plan de Dios Amor es destruido —al menos momentáneamente— en quien peca. Se trata de una ruptura con quien es Dios de la Vida y del Amor; se asume así una dimensión de anti-vida, de muerte, así como de anti-amor. Es por ello que quien peca trae sobre sí la muerte, y quiebra su proyección amorosa sobre los demás. «El misterio del pecado se compone de esta doble herida —dice el Santo Padre— que el pecador abre en su propio costado y en relación con el prójimo» (Reconciliatio et paenitentia, 15).

Consultas

© Copyright 2013. BIBLIOTECA ELECTRÓNICA CRISTIANA -BEC- VE MULTIMEDIOS™. La versión electrónica de este documento ha sido realizada por VE MULTIMEDIOS - VIDA Y ESPIRITUALIDAD. Todos los derechos reservados. La -BEC- está protegida por las leyes de derechos de autor nacionales e internacionales que prescriben parámetros para su uso. Hecho el depósito legal.


Diseño web :: Hosting Católico