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Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo IX del Tiempo Ordinario (Ciclo A). «Entrará en el Reino de los Cielos el que haga la voluntad de mi Padre celestial»
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Domingo IX del Tiempo Ordinario. «Entrará en el Reino de los Cielos el que haga la voluntad de mi Padre celestial»

I. LA PALABRA DE DIOS

Dt 11,18.26-28: “Hoy les pongo delante bendición y maldición”

Moisés habló al pueblo, diciendo:

— «Grábense estas palabras mías en el corazón y en el alma, átenlas a sus manos como un signo, pónganlas de señal en su frente.

Miren: Hoy les pongo delante bendición y maldición; la bendición, si obedecen los mandamientos del Señor, su Dios, que yo les mando hoy; la maldición, si desobedecen los mandamientos del Señor, su Dios, y se desvían del camino que hoy les marco, yendo detrás de dioses extranjeros, que no habían conocido.

Así pues, pongan por obra todos los mandatos y decretos que yo les promulgo hoy».

Sal 30,2-4.17 y 25: “Sé la roca de mi refugio, Señor”

A ti, Señor, me acojo;
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo,
inclina tu oído hacia mí;
ven aprisa a librarme.

Sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame.

Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.
Sean fuertes y valientes de corazón,
los que esperan en el Señor.

Rom 3,21-25.28: “El hombre es justificado por la fe, sin las obras de la Ley”

Hermanos:

Ahora, la justicia de Dios, atestiguada por la Ley y los profetas, se ha manifestado independientemente de la Ley.

Por la fe en Jesucristo viene la justicia de Dios a todos los que creen, sin distinción alguna. Pues todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios, y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús, a quien Dios constituyó sacrificio de propiciación mediante su propia sangre, gracias a la fe.

Sostenemos, pues, que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la Ley.

Mt 7, 21-27: “El que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente”

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

— «No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el Reino de los Cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo.

Aquel día, muchos dirán: “Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre, y en tu nombre echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?”.

Yo entonces les declararé: “Nunca los he conocido. Aléjense de mí, malvados”.

El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y arremetieron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca.

El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y arremetieron contra la casa, y se hundió totalmente».

II. APUNTES

Al decir el Reino de los Cielos el Señor Jesús se refiere al Reino que Él ha inaugurado con su venida «y que crece misteriosamente en el corazón de los que le son incorporados hasta su plena manifestación escatológica. Entonces todos los hombres rescatados por Él, hechos en Él “santos e inmaculados en presencia de Dios en el Amor” (Ef 1,4), serán reunidos como el único Pueblo de Dios, “la Esposa del Cordero” (Ap 21, 9), “la Ciudad Santa que baja del Cielo de junto a Dios y tiene la gloria de Dios» (Ap 21, 10-11)» (Catecismo de la Iglesia Católica, 865).

No se entra al Reino de los Cielos con sólo decir “Señor, Señor”. No basta con decir que uno cree en Dios. De nada sirve si eso no se demuestra en la vida, si quien dice creer en Dios no se esfuerza en obedecer a sus Leyes, en vivir de acuerdo a sus enseñanzas y mandatos. Al Reino de los Cielos no entrará quien dice que cree en Dios, sino «el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el Cielo».

En una ocasión uno se acercó al Señor para preguntarle: «“Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?” Él le dijo: “…si quieres entrar en la Vida, guarda los mandamientos”» (Mt 19,16-17). La obediencia a los mandamientos dados por Dios a Moisés es el fundamento de ese cumplimiento de la voluntad del Padre (1ª. Lectura).

La obediencia a los mandamientos divinos trae la bendición, la vida. El ser humano, como criatura que es, avanza hacia su plena realización cumpliendo los mandamientos divinos. De ese modo llega a ser lo que está llamado a ser. Los mandamientos muestran la senda que todo ser humano debe recorrer o los caminos que debe evitar para alcanzar, desde el recto ejercicio de su libertad, su propia plenitud y felicidad en la comunión de amor con Dios y con todos los que son de Dios. No obedecer a Dios es hacerse daño uno mismo, es ir en contra de sí mismo, de todo lo que está inscrito e impreso en lo más profundo de su ser. La desobediencia a Dios trae sobre uno mismo la “maldición”, es el sendero que conduce a la propia destrucción, a la ruina del proyecto divino que es la persona humana: «el que peca, a sí mismo se hace daño» (Eclo 19,4). En cambio la confiada obediencia a Dios trae sobre uno mismo la bendición, porque Dios en su sabiduría y amor no hace sino mostrar a su criatura humana el camino que debe seguir para alcanzar la felicidad y la vida en plenitud.

Pero para cumplir la voluntad del Padre es necesario dar ahora un paso más. ¿No había dicho la voz de lo Alto: «Este es mi Hijo amado… escúchenlo» (Mt 17,5)? Ahora también es necesaria la obediencia a Jesús. Así como Moisés invitaba a poner por obra los mandamientos divinos, dependiendo de ello la bendición o maldición del hombre, así el Señor Jesús invita a escuchar sus palabras y a ponerlas en práctica, dependiendo de ello la vida plena o la ruina eterna del hombre.

Finalmente, quien ya vive esa obediencia a los mandamientos divinos y a las enseñanzas de Cristo debe dar un paso más, debe acercarse al Señor con toda la inquietud en su corazón para preguntarle: ¿qué más tengo que hacer para ganar la vida eterna? (Ver Mt 19,20) ¿Cuál es la voluntad del Padre para mí, es decir, cuál es el plan particular que tú tienes para mí? ¿Cuál es mi vocación particular y cuál mi misión en el mundo? Y es que Dios tiene un proyecto divino para cada cual, una “hoja de ruta” que no es fruto de una voluntad arbitraria, caprichosa, sino fruto de su infinita sabiduría, de su racionalidad y de su amor inmenso por cada uno. Toca a cada cual buscar conocer ese plan, con la confianza de que cumpliéndolo alcanzará la vida eterna y ayudará a muchos otros a lo mismo.

El modelo de esa obediencia filial y amorosa a Dios es Cristo mismo, quien dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4,34). Es Él quien en el momento de máxima angustia, cuando la tentación de huir de los designios divinos y seguir los propios caminos se hace fuerte, opta decididamente por un «no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42). Finalmente, estando en la Cruz a punto de expirar, es capaz de decir: «Todo está cumplido» (Jn 19,30).

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Las palabras del Señor nos cuestionan profundamente y nos obligan a preguntarnos sobre nuestra coherencia como cristianos: ¿Me esfuerzo realmente en vivir de acuerdo a lo que creo? La coherencia es la unión que debe existir entre la fe y la vida, entre aquello que decimos creer y nuestro cotidiano obrar.

Un cristiano coherente es aquel que refrenda con sus obras lo que afirma de palabra. No hay diferencia entre lo uno y lo otro. Se descubre en él o en ella una total unidad entre la fe que profesa con sus labios y su conducta en la vida cotidiana: su fe pasa a la acción, se muestra en sus actos. En él la fe se convierte en «principio operativo del cristiano. Recordemos la palabra de San Pablo, que es el quicio de su doctrina: “el justo vive de la fe” (Gál 3,11; Heb 10,38; Rom 1,17); fijaos: dice de la fe, no simplemente con la fe. Es decir, el justo, el cristiano auténtico, recaba de la fe la razón y norma de su vivir, y no se adhiere únicamente a la fe como a simple traje exterior, más o menos cualificativo o decorativo, de su existencia» (S.S. Pablo VI, Catequesis, 11/10/1972). Los principios tomados del Evangelio orientan su conducta y su pensamiento cristiano, su piedad y afectos, y se reflejan en la acción práctica. Esta coherencia la vive no sólo cuando las cosas se le presentan “fáciles”, sino también cuando es puesto a prueba.

Un cristiano incoherente, en cambio, es aquél cuyas obras contradicen abiertamente lo que sostiene con sus palabras. Es, por ejemplo, aquel que dice: “soy creyente, pero no practicante”, no sólo porque no va a Misa los Domingos, sino porque no pone en práctica su fe. Son aquellos a quienes el Señor reclama: «¿Por qué me llamáis: “Señor, Señor”, y no hacéis lo que digo?» (Lc 6,46). El incoherente es un “agnóstico funcional”, un bautizado que, aunque dice que cree actúa del mismo modo como lo hace quien no cree en Dios: «profesan conocer a Dios, mas con sus obras le niegan» (Tit 1,16).

Pero, ¿por qué mirar a otros? ¿No tenemos cada uno de nosotros algo de incoherentes? Incoherentes somos nosotros cada vez que negamos al Señor con nuestras obras. Sin duda experimentamos múltiples dificultades para vivir la coherencia entre la fe y la vida. Estas dificultades las encontramos dentro de nosotros mismos, en nuestra fragilidad o en nuestra débil voluntad ante nuestra inclinación al mal, ante los malos hábitos o vicios que arrastramos y de los que siempre es tan difícil despojarse. No es raro experimentar que, aunque me haya propuesto firmemente vivir la vida como Cristo me enseña, termine haciendo el mal que no quería y deje de hacer el bien que me había propuesto (ver Rom 7,15). El pecado y su huella en nosotros (ver Rom 7,17) nos lleva a experimentar y sufrir tantas veces esta división dentro de nosotros mismos, división que constituye la principal dificultad para vivir la coherencia entre la fe que profesamos y las obras que realizamos.

Recordemos que no basta decir “yo creo” para alcanzar la Vida eterna. La fe auténtica no consiste en decir la palabra mágica que salvará a quien la pronuncia. No es así. Una fe que no lleva a vivir de acuerdo a las enseñanzas de Cristo es moneda falsa. La fe auténtica integra lamente, el corazón y la acción. La verdad revelada acogida en la mente invita a una adhesión de corazón que se vuelque en la acción. Ciertamente no son las obras en sí mismas las que salvan, pero la acción coherente se convierte en piedra de toque que pone de manifiesto la autenticidad de la fe: «Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe» (Stgo 2,18).

La incoherencia, mayor o menor, la experimentamos todos y nos acompañará mientras estemos como peregrinos en este mundo. La incoherencia que descubrimos en nosotros mismos no tiene por qué desalentarnos. El primer paso hacia una vida de mayor coherencia es aceptar con humildad y sencillez esta verdad, y a partir de allí buscar reducir cada vez más la distancia que hay entre la fe que profesamos y nuestras acciones cotidianas. Para ello, hay que poner medios concretos para ir ganando en hábitos de coherencia y avanzar así, poco a poco, hacia un estado de una cada vez mayor coherencia. Así, con la fuerza que nos viene del Señor y el apoyo que encontramos en la comunidad eclesial, nos iremos acercando cada vez más al horizonte de plena coherencia que descubrimos en el Señor Jesús y en su Santísima Madre.

«De esta coherencia entre la fe y la vida, entre el pensamiento cristiano y la acción práctica, entre la firmeza y la fecundidad de los principios tomados del Evangelio y la orientación lineal de la conducta, es decir, de la fidelidad cristiana, surgen muchas cosas buenas y generosas que necesita hoy particularmente la Iglesia, y con ella todos sus hijos: comenzando por la inmunidad y la sabiduría crítica respecto de la sugestión y la seducción de las corrientes erróneas de pensamiento y de conducta que hoy se difunden, es decir, con respecto a los conformismos ilógicos, pero, útiles, de precarios éxitos; y llegando luego a la verdadera libertad interior de los hombres seguros de su conciencia y de su carácter, y así mismo al valor del testimonio militante y misionero, a la constancia y al gusto de la lealtad a Cristo y a la comunidad en el generoso y sufrido cumplimiento de las propias promesas hechas al amor siempre urgente de Cristo (cf. 2 Cor 5, 14)» (S.S. Pablo VI, Catequesis, 11/10/1972).

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Jerónimo: «Una y otra cosa es necesaria a los que sirven al Señor: que las obras se prueben con las palabras y las palabras con las obras.»

San Hilario: «El camino del Reino de los Cielos es la obediencia al designio de Dios, no el repetir su nombre.»

San Beda: «Debe entenderse que cree verdaderamente aquel que realiza en sus hechos aquello que él cree».

San Hilario: «Es necesario que pongamos de nuestra parte algo, como puede ser el querer el bien, evitar lo malo, y que hagamos con más gusto lo que el Señor quiere, que aquello que nos agrada, para que así podamos alcanzar la gloria.»

San Agustín: «Cuando la lluvia se pone como significando algún mal, se toma por la superstición nebulosa. Los rumores de los hombres se comparan a los vientos, el río a las concupiscencias de la carne, como que corren por la tierra. El que es inducido por las prosperidades es quebrantado por la adversidad, lo cual no teme el que tiene edificada su casa sobre piedra, esto es, el que no sólo escucha los preceptos del Señor, sino que también los practica. Mas se expone a peligro en todas estas cosas aquel que oye y no obra. Ninguno afirma en sí lo que percibe de Dios, ni lo oye, sino practicándolo. Debe considerarse que cuando dijo: “Y todo el que oye estas mis palabras”, bien manifiesta que estas palabras comprenden todos los preceptos en que se funda toda la vida del cristiano, para que con razón los que quieran vivir según ellas sean comparados a los que edifican sobre piedra.»

De la Homilía de un autor del siglo II: «El mismo Cristo afirma: A todo aquel que me reconozca ante los hombres lo reconoceré yo también ante mi Padre. Ésta será nuestra recompensa si confesamos a aquel que nos salva. ¿Y cómo lo confesaremos? Haciendo lo que nos dice y no desobedeciendo nunca sus mandamientos; honrándolo con todo nuestro corazón y con toda nuestra mente. Dice en efecto Isaías: Este pueblo me glorifica con los labios, mientras su corazón está lejos de mí. No nos contentemos, pues, con llamarlo: “Señor”, pues esto solo no nos salvará. Está escrito, en efecto: No todo el que me diga: “¡Señor, Señor!” se salvará, sino el que practique la justicia. Por tanto, hermanos, confesémoslo con nuestras obras, amándonos los unos a los otros. No seamos adúlteros, no nos calumniemos ni nos envidiemos mutuamente, antes al contrario, seamos castos, compasivos, buenos; debemos también compadecernos de las desgracias de nuestros hermanos y no buscar desmesuradamente el dinero. Mediante el ejercicio de estas obras confesaremos al Señor, en cambio no lo confesaremos si practicamos lo contrario de ellas. No es a los hombres a quienes debemos temer, sino a Dios. Por eso a los que se comportan mal les dijo el Señor: Aunque vosotros estuviereis reunidos conmigo, si no cumpliereis mis mandamientos, os rechazaré y os diré: “Apartaos de mí vosotros, nunca jamás os he conocido, obradores de maldad”».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

La fe

1814: La fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que El nos ha dicho y revelado, y que la Santa Iglesia nos propone, porque El es la verdad misma. Por la fe «el hombre se entrega entera y libremente a Dios». Por eso el creyente se esfuerza por conocer y hacer la voluntad de Dios. «El justo vivirá por la fe» (Rom 1,17). La fe viva «actúa por la caridad» (Gál 5,6).

La fe y las obras

1815: El don de la fe permanece en el que no ha pecado contra ella (67). Pero, «la fe sin obras está muerta» (Stgo 2,26): privada de la esperanza y de la caridad, la fe no une plenamente el fiel a Cristo ni hace de él un miembro vivo de su Cuerpo.

1816: El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella, sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla: «Todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia» (LG 42). El servicio y el testimonio de la fe son requeridos para la salvación: «Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos» (Mt 10,32-33).

No basta decir «Señor, Señor»

2611: La oración de fe no consiste solamente en decir «Señor, Señor», sino en disponer el corazón para hacer la voluntad del Padre (Mt 7,21). Jesús invita a sus discípulos a llevar a la oración esta voluntad de cooperar con el plan divino.

El juicio particular

1021: La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo. El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida; pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón, así como otros textos del Nuevo Testamento hablan de un último destino del alma que puede ser diferente para unos y para otros.

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«Hoy en día se presentan muchos contenidos bajo la palabra Jesús. Es necesario estar atentos a ello, conscientes de la fe que uno profesa, para no caer en percepciones confusas. Por ello, es importante avanzar a partir de una primera aceptación de Cristo, a través de un proceso de conversión de la mente y el corazón, profundizando en su misterio de amor, adhiriéndose de una manera clara a lo que ello implica según lo enseña la fe de la Iglesia, y poniendo coherentemente por obra esa adhesión global en la vida cotidiana. Es toda una maduración en la verdad del Señor Jesús, proceso que lleva a la adhesión y a la configuración en Él.

»“No todo el que dice ‘Señor, Señor’ se salvará”. Es una sentencia clara que invita a la coherencia entre lo que se cree y la vida. Para ello, hoy es indispensable permanecer atento a las luces de la fe, y no sucumbir al subjetivismo y al relativismo que pulula en el medio. No toda presentación de Jesús ofrece el verdadero rostro del Señor. Por ello, para encontrarse con el Señor Jesús es necesario que la búsqueda del encuentro plenificador vaya de la mano de la fe iluminadora de la Iglesia y del espacio que ofrece. En ella se encuentra la confesión plena y la vida».

«Buenas intenciones tenemos todos; al menos casi siempre. Lo importante es llevar esos buenos propósitos a la práctica. Pienso que si hacemos una encuesta, a la pregunta ¿quieres ser santo?, la mayoría respondería afirmativamente. Sin duda no son pocos los que saben que en el Antiguo Testamento se nos relata que Dios ordenó a Moisés que comunicara al pueblo: “Sed santos, porque yo, Yahvé, vuestro Dios, soy santo” (Lev 19,2). Y también ha de ser bien conocido que el Señor Jesús nos dice lo mismo: “Sed perfectos como el Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48), y esto que es imposible para los hombres por sí mismos es posible con la ayuda de Dios. Así, cuando los discípulos le preguntan al Señor: “¿entonces quién se salvará?”, Jesús responde: “Para los hombres es imposible, pero para Dios todo es posible” (Mt 19, 23).

»El asunto es bastante claro. No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el Reino de Dios (ver Mt 7, 21). No todo consiste en ser bautizado y llamarse o “mal llamarse” cristiano, sino en serlo efectivamente. Es decir en abrirse al dinamismo del Bautismo, que cada uno ha recibido, para que con nuestra cooperación nos vaya transformando cada vez más según la profunda identidad de Aquel en cuya vida hemos sido sumergidos para nacer a la nueva vida: Jesús, el Señor».

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