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Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo VIII del Tiempo Ordinario (Ciclo A). «Busquen primero el Reino de Dios y su justicia»
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Domingo VIII del Tiempo Ordinario. «Busquen primero el Reino de Dios y su justicia»

I. LA PALABRA DE DIOS

Is 49, 14-15: “Yo no te olvidaré”

Sión decía:

«Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado».

¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré.

Sal 61, 2-3. 6-9: “Descansa sólo en Dios, alma mía”

Sólo en Dios descansa mi alma,
porque de Él viene mi salvación;
sólo Él es mi roca y mi salvación;
mi alcázar: no vacilaré.

Descansa sólo en Dios, alma mía,
porque Él es mi esperanza;
sólo Él es mi roca y mi salvación;
mi alcázar: no vacilaré.

De Dios viene mi salvación y mi gloria,
Él es mi roca firme,
Dios es mi refugio.
Pueblo suyo, confíen en Él,
desahoguen ante Él su corazón.

1Cor 4, 1-5: “El Señor pondrá al descubierto los designios del corazón”

Hermanos:

Que la gente sólo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora, en un administrador, lo que se busca es que sea fiel. Para mí, lo de menos es que me pidan cuentas ustedes o un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas. La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero tampoco por eso quedo absuelto: mi juez es el Señor.

Así, pues, no juzguen antes de tiempo: dejen que venga el Señor. Él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá la alabanza de Dios.

Mt 6, 24-34: “No se agobien por el mañana”

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No pueden servir a Dios y al dinero.

Por eso les digo: No estén agobiados por la vida, pensando qué van a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Miren las aves del cielo: ni siembran, ni cosechan, ni almacenan y, sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿No valen ustedes más que ellas?

¿Quién de ustedes, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?

¿Por qué se agobian por el vestido? Fíjense cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y les digo que ni Salomón, en todo su esplendor, estaba vestido como uno de ellos. Pues, si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por ustedes, gente de poca fe? No anden agobiados, pensando qué van a comer, o qué van a beber, o con qué se van a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe su Padre del Cielo que tienen necesidad de todo eso.

Sobre todo busquen el Reino de Dios y su justicia; lo demás se les dará por añadidura. Por tanto, no se agobien por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus problemas».

II. APUNTES

Continuando con su predicación en el Monte de las Bienaventuranzas, el Señor advierte a sus discípulos que nadie puede «estar al servicio de dos amos», nadie puede andar dividido en sus amores o en sus lealtades. ¿A qué amos o señores se refiere? A Dios, por un lado, y al dinero por otro.

El texto griego del Evangelio trae la palabra “mamona”, que procede a su vez del hebreo “mammón”, y significa más que solamente “dinero”: se trata, según la mentalidad hebrea, de una personificación de la riqueza, por lo común, adquirida de mala manera. Es la riqueza de la que se hace un ídolo, que se erige en una especie de dios ante quien en adoración el hombre termina hincándose de rodillas, a quien termina esclavizado, a quien termina sacrificándolo todo. El dios dinero termina generando una tal devoción y dependencia en sus “siervos”, que éstos terminan desplazando a Dios de sus vidas. Tan cierto es esto que quien ama a Dios no puede al mismo tiempo pretender ser servidor de Mammón, del ídolo del dinero y la riqueza. Quiere decir esto que el discípulo debe tener mucho cuidado de no entregarle el corazón a las riquezas, pues si esto hace, ya no hará caso a Dios, lo dejará en un segundo plano, lo despreciará aunque diga que lo ama. Su corazón estará lejos de Él. El Señor invita a sus discípulos a servir a Dios con un corazón indiviso, totalmente entregado a Él, y a cuidarse de todo apego a las riquezas.

La enseñanza del Señor no quiere negar una prudente solicitud por adquirir bienes necesarios o convenientes para la vida digna, mediante el trabajo digno y esforzado, sino que advierte contra la preocupación excesiva por querer asegurar a toda costa y por sus propios medios un futuro incierto, desplazando toda confianza en la amorosa providencia divina: «No anden agobiados, pensando qué van a comer, o qué van a beber, o con qué se van a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe su Padre del cielo que tienen necesidad de todo eso».

El Señor no llama a la ociosidad o despreocupación negligente cuando usa los ejemplos de los pajarillos o de los lirios. También Él trabajó en Nazaret para ganarse el sustento diario. También, cuando andaba con sus apóstoles, tenía un fondo común, una bolsa o “caja” para proveer a las necesidades cotidianas, como todo ser humano precavido y previsor. El Señor no niega la necesidad de trabajar esforzadamente para ganarse el sustento de cada día. Su objetivo es fortalecer en sus discípulos la confianza en Dios, pues Él es un Padre providente que ama a sus hijos y vela por sus necesidades.

El Señor se refiere a los paganos o “gentiles”, que no creían en el Dios de Israel y por lo mismo tampoco creían en la providencia de un Padre amoroso. Se asemejan a ellos los “hombres de poca fe”, aquellos israelitas que en su afán excesivo por adquirir la riqueza necesaria para asegurar el futuro incierto terminan excluyendo en la práctica toda confianza en la providencia divina. En la práctica son tan incrédulos como los paganos o ateos. Esa comparación para un judío debía ser chocante. Recordemos que los judíos consideraban a los gentiles o paganos como enemigos de Dios, dignos de ser odiados o despreciados, y en algunos casos aniquilados.

A diferencia de los paganos, los discípulos de Cristo deberán aprender a confiar en Dios, Padre amoroso y providente. Si la desconfianza en Dios lleva a querer buscar la confianza y seguridad en el dinero, la confianza en la amorosa providencia divina debe llevar al creyente a buscar ante todo «el Reino de Dios y su justicia». Buscar en primer lugar el Reino de Dios es otra manera de invitar a la conversión: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en la Buena Nueva» (Mc 1,15; ver Mt 4,17). Buscar su justicia no es otra cosa que cumplir la Ley de Dios, vivir de acuerdo a los mandamientos divinos. Para el justo la fidelidad a la Ley estaba por encima de la riqueza material: «Más estimo yo los preceptos de tu boca, que miles de monedas de oro y plata» (Sal 118,71-72). A quien vive de ese modo, preocupándose en primer lugar por su propia conversión, por vivir de acuerdo a las enseñanzas divinas, el Señor le asegura que Dios le dará todo lo demás «por añadidura».

Finalmente concluye el Señor su lección: «no se agobien por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus problemas».

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Los bienes materiales son necesarios al ser humano, necesarios para su subsistencia, para su protección y desarrollo. Los bienes materiales son un don de Dios para el hombre. Por tanto, es lícito al ser humano buscar esos bienes y disfrutar de ellos.

¿Pero qué sucede cuando esa búsqueda lícita y necesaria se transforma en una preocupación absoluta? ¿Qué sucede cuando el hombre se afana ante todo por atesorar bienes y, aunque diga que los posee, termina siendo poseído y esclavizado por ellos? ¡Qué difícil es no hacer del dinero un ídolo, buscando encontrar en él la fuente de nuestra seguridad, de nuestra felicidad y de nuestra esperanza! Quien cae en esta idolatría del dinero termina desplazando y despreciando incluso a Dios, aunque diga que cree en Él y que lo ama. En contra de esta pretensión el Señor advierte clara y tajantemente que es imposible servir al mismo tiempo a dos señores, a Dios y al dios-dinero. Nadie puede andar con sus lealtades divididas. Quien pone el dinero en el centro de su vida inevitablemente terminará despreciando a Dios, consciente o inconscientemente.

Por otro lado, ¿no detestamos la inseguridad, la incertidumbre que nos produce perder el control de las situaciones? ¿Quién no quiere tener todo bajo control? Ante estas angustias el dinero se presenta como fuente de poder y de seguridad: quien tiene dinero, tiene todo a la mano. No pasa necesidad, no pasa hambre, frío, puede acceder a una buena educación, dársela a sus hijos, tiene un buen techo bajo el cual hallar cobijo, seguridad, protección, los mejores médicos, comodidades abundantes, etc. Quien tiene dinero no tiene que preocuparse o angustiarse por el mañana: qué comerá, cómo se vestirá, etc. Y para evitar cualquier accidente inesperado, basta tener un “seguro”. Hay seguros para todo. Quien cuenta con un seguro, puede estar tranquilo porque nada le faltará en el futuro ante cualquier eventualidad inesperada: todo está asegurado, todo está bajo control. Ya no tiene que vivir agobiado por el mañana.

Al buscar tener todo asegurado, al buscar en el dinero la fuente primordial de nuestra seguridad, la gran pregunta es ésta: ¿Dónde queda Dios? ¿Hay lugar todavía en mi vida para un Dios providente? ¿Dónde queda nuestra confianza en Él, cuando todos los medios humanos fallan?

No se trata, ciertamente, de despojarnos de las seguridades que nos ofrecen los seguros o los bienes materiales. No, no se trata tampoco de tentar a Dios. Debemos trabajar y poner todo empeño de nuestra parte para asegurar el necesario sustento, salud, vestido, la educación de nuestros hijos, etc. Sin embargo, nunca la preocupación por tales cosas debe llevarnos a olvidar a Dios, a darle gracias por el don de la vida, y porque todo lo que alcanzamos y tenemos finalmente es un don que viene de Él. La gratitud continua a Dios es indispensable para no caer en la idolatría del dinero. Y una manera muy concreta de agradecerle a Dios es la participación en la Misa dominical. Es allí donde todos juntos damos gracias a Dios por todo lo que ha hecho por nosotros, donde afirmamos que Él, y no el dinero, es el fundamento de nuestras vidas.

Por otro lado, la carencia momentánea de un trabajo, de alimento, de vestido suficiente, no debe ser para el creyente motivo de desesperación o angustia. Ciertamente debe haber una sana preocupación que lo impulse a no desmayar en su búsqueda, pero al tiempo que nos esforzamos por encontrar un trabajo digno y por conseguir los medios para nuestra subsistencia, para nosotros mismos y para quienes dependen de nosotros, no debemos dejar de confiar en Dios, con la clara consciencia de que Él —incluso cuando de momento permite que pasemos necesidad, incluso extrema— no deja de velar por nosotros. En efecto, no es extraño que el Señor permita que pasemos por momentos de necesidad, a veces largos, con un fin pedagógico, formativo. Muchos bienes suelen provenir de situaciones semejantes, si nos mantenemos unidos al Señor y unidos en el Señor.

Finalmente, en medio de las preocupaciones de la vida cotidiana, el Señor nos invita a buscar siempre y ante todo «el Reino de Dios y su justicia», es decir, a no dejar de buscar nuestra continua conversión a Dios, de ponerlo a Él en el centro de nuestras vidas, a no dejar de poner todo nuestro empeño en vivir según Sus leyes y mandamientos, y así, desde una vida convertida al Señor, no dejar de aportar en la construcción de una sociedad más justa, fraterna y reconciliada, en la que no falte el pan y el vestido a los miembros más débiles de la misma: nosotros, los creyentes, estamos llamados a velar en nombre de Dios por todos aquellos que son relegados por los poderosos, por aquellos que han convertido al dinero en su dios.

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Juan Crisóstomo: «Notemos que si Cristo llamó aquí “señor” a Mammón, no es porque naturalmente le convenga ese título, sino por la miseria de los que se someten a su yugo. De manera semejante Pablo llama también “dios” (Flp 3,19) al vientre, no por la dignidad de tal señor, sino por la desgracia de los que le sirven. Lo cual es ya peor que todo castigo, y por sí solo, antes de llegar el propio castigo, basta para atormentar al infeliz esclavo suyo. ¿No son, en efecto, más desgraciados que cualquier condenado, los que, teniendo a Dios por amo, se pasan como tránsfugas de su suave imperio a la más dura tiranía, y eso que aun en esta vida ha de seguírseles de ahí tan grave daño? Daño, efectivamente, inexplicable se sigue de la servidumbre de la riqueza: pleitos, difamaciones, luchas, trabajos, ceguera del alma y, lo que es más grave de todo, pérdida de los bienes del Cielo».

San Juan Crisóstomo: «Mirad cómo gusta siempre el Señor de llegar a lo extremo y dar la máxima intensidad a su palabra. Y eso lo hace para herir más vivamente a sus oyentes. Por ellos justamente añadió: “¿No hará mucho más con vosotros?”. A la verdad también estas palabras son de viva impresión. Porque ese “vosotros” no otra cosa está dando a entender sino cuánto más precioso y digno de cuidado es el hombre. Como si dijera: “Con vosotros, a quienes dio un alma y os plasmó un cuerpo, por quienes creó todo lo visible, por cuyo amor envió a los profetas y promulgó la Ley y os hizo beneficios infinitos; por quienes entregó a su Hijo unigénito, y por éste os concedió gracias sin cuento”».

San Agustín: «El Señor… nos declara la diferencia que hay entre los bienes que debemos buscar y los bienes que necesitamos consumir en la siguiente sentencia: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os darán por añadidura”. El Reino de Dios, en consecuencia, y su justicia son nuestros verdaderos bienes, los cuales debemos nosotros buscar y poner en ellos el fin por el cual debemos hacer todo aquello que hacemos. Mas como nosotros luchamos en esta vida para poder arribar a aquel Reino y esas cosas son indispensables para vivir, el Señor dijo: “Todas estas cosas se os darán por añadidura, pero vosotros buscad primero el Reino de Dios y su justicia”».

San Agustín: «Cuando leemos que el Apóstol tuvo hambre y sed, no creamos que faltó la promesa del Salvador. Como estas cosas se nos dan por añadidura, el Médico Divino, a quien todos nos hemos confiado, sabe cuándo debe concedernos la abundancia, y cuándo la escasez, según cree que nos conviene. Si alguna vez nos faltan las cosas necesarias a la vida, lo que con frecuencia permite el Señor para nuestra prueba, no debilita lo que nos hemos propuesto, sino que, examinado, lo confirma».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

Dios es un Padre providente

303: El testimonio de la Escritura es unánime: la solicitud de la divina providencia es concreta e inmediata; tiene cuidado de todo, de las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo y de la historia. Las Sagradas Escrituras afirman con fuerza la soberanía absoluta de Dios en el curso de los acontecimientos: «Nuestro Dios en los cielos y en la tierra, todo cuanto le place lo realiza» (Sal 115, 3); y de Cristo se dice: «si Él abre, nadie puede cerrar; si Él cierra, nadie puede abrir» (Ap 3, 7); «hay muchos proyectos en el corazón del hombre, pero sólo el plan de Dios se realiza» (Prov 19, 21).

305: Jesús pide un abandono filial en la providencia del Padre celestial que cuida de las más pequeñas necesidades de sus hijos: «No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer? ¿Qué vamos a beber?... Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura» (Mt6, 31-33).

“Danos hoy nuestro pan de cada día”

2830: El Padre que nos da la vida no puede dejar de darnos el alimento necesario para ella, todos los bienes convenientes, materiales y espirituales. En el Sermón de la Montaña, Jesús insiste en esta confianza filial que coopera con la Providencia de nuestro Padre (ver Mt 6, 25-34). No nos impone ninguna pasividad (ver 2 Tes 3, 6-13), sino que quiere librarnos de toda inquietud agobiante y de toda preocupación. Así es el abandono filial de los hijos de Dios:

A los que buscan el Reino y la justicia de Dios, Él les promete darles todo por añadidura. Todo en efecto pertenece a Dios: al que posee a Dios, nada le falta, si él mismo no falta a Dios (San Cipriano).

2833: La pobreza de las Bienaventuranzas entraña compartir los bienes: invita a comunicar y compartir bienes materiales y espirituales, no por la fuerza sino por amor, para que la abundancia de unos remedie las necesidades de otros.

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

La idolatría expresada en «la jactancia de las riquezas» (1Jn 2,16) acompaña como ruptura de la relación con Dios la ruptura con la mismidad propia y sus dinamismos fundamentales, así como la ruptura con los hermanos, la quiebra de la solidaridad y de la fraternidad por la opresión y la injusticia. La denuncia de la opresión aparece consistentemente en los autores neotestamentarios. San Pablo, por ejemplo, se dirige a los ricos mencionándoles los peligros a los que se encuentran sometidos, pues los avaros serán excluidos del Reino, así como los injustos. «El que obre la injusticia recibirá conforme a la injusticia» (Col 3,25), dice el Apóstol.

Entre los pasajes de estos testimonios neotestamentarios hay unos que merecen una reflexión particular por la significación que se les ha dado. Se trata de la denuncia profética que efectúa laCarta de Santiago: «Vosotros los ricos llorad a gritos por las desgracias que os amenazan; vuestra riqueza está podrida» (Stgo 5,1-2). San Beda el Venerable al comentar estos versículos del capítulo cinco de la epístola se ubica en la perspectiva de la vanidad y peligro de las riquezas, de su fuerza y atractivo como trampa de deleites y avaricia, así como de su posible utilidad para ayudar a los necesitados y ser medio de arrepentimiento y conversión. En unas palabras del enérgico mensaje que trae Santiago quizá se podría descubrir algo así como un «sustrato» del sentido de plusvalía que aparecería en la economía moderna: «El jornal de los obreros que han segado vuestros campos, defraudado por vosotros, clama, y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos» (Stgo 5,4). Estas actitudes quebrantan la justicia y la ley: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Stgo 2,8).

La Epístola de Santiago es, ante todo, un exhortativo mensaje de fe y un llamado a la coherencia con esa fe a través de las obras. La fe no es una adhesión meramente verbal o formal sino que ha de involucrar a toda la persona y manifestarse en su acción, en sus obras. El creyente en el Señor Jesús ha de vivir en lo interior y en lo exterior como cristiano, dando la debida importancia a la vida de oración y a la paciencia en las tribulaciones, manteniendo la armonía en la comunidad y ubicándose en un horizonte de misericordia y solidaridad. Desde la fe se denuncia la injusticia, desde la fe se denuncia la ruptura de la unidad del ser humano que por un lado pone lo que cree y por otro lo que hace. El panorama de la injusticia plantea un reto a la coherencia de la fe; ello mueve a que desde la fe, respondiendo fielmente a ella, se dé un compromiso con la justicia. Ante la realidad de opresión e injusticia: la conversión, ingresar a la dinámica de la reconciliación, que se muestra en las obras de la fe. Esto es ser una persona que cree y que vive y actúa según lo que cree, ubicada en el horizonte de la comunidad eclesial a cuya edificación contribuye con su vida cristiana coherente.

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