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Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo XXXII del Tiempo Ordinario (Ciclo C). «Dios nos resucitará para una vida eterna»
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Domingo XXXII del Tiempo Ordinario. «Dios nos resucitará para una vida eterna»

I. LA PALABRA DE DIOS

2Mac 7,1-2.9-14: “El rey del universo nos resucitará para una vida eterna”

El rey Antíoco envío a un consejero ateniense para que obligara a los judíos a abandonar las costumbres de sus padres y a no vivir conforme a las leyes de Dios. Fueron detenidos siete hermanos junto con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios de buey para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la Ley.

Uno de ellos habló en nombre de los demás:

— «¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres».

El segundo, estando para morir, dijo:

— «Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna».

Después se divertían con el tercero. Invitado a sacar la lengua, lo hizo en seguida, y extendió las manos con gran valor. Y habló dignamente:

— «De Dios las recibí, y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios».

El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos.

Cuando murió éste, torturaron de modo semejante al cuarto. Y, cuando estaba para morir, dijo:

— «Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida».

Sal 16, 1.5-6.8.15: “Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor”

Señor, escucha mi apelación,
atiende a mis clamores,
presta oído a mi súplica,
que en mis labios no hay engaño.

Mis pies estuvieron firmes en tus caminos,
y no vacilaron mis pasos.
Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío;
inclina el oído y escucha mis palabras.

Guárdame como a las niñas de tus ojos,
a la sombra de tus alas escóndeme.
Yo con mi apelación vengo a tu presencia,
y al despertar me saciaré de tu semblante.

2Tes 2,15-3,5: “El Señor les dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas”

Hermanos:

Que Jesucristo, nuestro Señor, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, los consuele internamente y les dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas.

Por lo demás, hermanos, recen por nosotros, para que la Palabra de Dios siga el avance glorioso que comenzó entre ustedes, y para que nos libre de los hombres perversos y malvados, porque no todos aceptan la fe.

El Señor, que es fiel, les dará fuerzas y los librará del Maligno.

Por el Señor, estamos seguros de que ustedes ya cumplen y seguirán cumpliendo todo lo que les hemos enseñado.

Que el Señor dirija sus corazones, para que amen a Dios y tengan la constancia de Cristo.

Lc 20,27-38: “Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos”

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron:

— «Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella».

Jesús les contestó:

— «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección.

Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor “el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”. No es un Dios de muertos, sino de vivos; porque para Él todos están vivos».

II. APUNTES

El Señor se encuentra en Jerusalén, la ciudad santa. En el Templo enseña al pueblo y anuncia la Buena Nueva (ver Lc 20,1). Un día un grupo de saduceos se acerca para preguntarle acerca de la resurrección de los muertos.

En los tiempos de Jesús los saduceos y los fariseos eran los dos principales grupos religiosos dentro del pueblo judío.

Los saduceos surgieron en el siglo II antes de Cristo. Se llamaron así porque se consideraban seguidores de Sadoc, sacerdote ungido por el rey Salomón, cabeza de una antigua e insigne familia sacerdotal. Los saduceos en la época de Jesús estaban a cargo del Templo de Jerusalén y controlaban el Sumo Sacerdocio. Al parecer sus miembros eran ricos, poderosos y amigos de los gobernantes de turno.

Para los saduceos el estatuto supremo y único que debía regir al pueblo de Israel era la Torá, es decir, la “Ley escrita” de Moisés (los cinco primeros libros del Antiguo Testamento o “Pentateuco”). Esta Escritura era para ellos la única autoridad admisible, la cual interpretaban de un modo literal y riguroso. A diferencia de ellos los fariseos consideraban que la “Ley oral”, constituida por innumerables preceptos que fue acumulando la tradición rabínica, era tan o más importante incluso que la Torá. Los fariseos legislaban fundándose principalmente en la Ley oral. Esta y otras diferencias daban pie a una fuerte rivalidad entre fariseos y los saduceos.

Basándose en la Torá, un grupo de saduceos se acerca al Señor Jesús para plantearle un problema doctrinal, que era además uno de los puntos de fuerte discusión con los fariseos: mientras éstos afirmaban la resurrección de los muertos, aquéllos la negaban tajantemente porque no encontraban en la Torá ninguna enseñanza positiva sobre una resurrección futura. San Pablo, educado en la escuela farisaica de Gamaliel (ver Hech 5,34; 22,3), supo aprovecharse astutamente de esta diferencia doctrinal cuando fue llevado ante el Sanedrín para ser juzgado: al afirmar que se le juzgaba por su esperanza en la resurrección de los muertos, los fariseos presentes se pusieron de su lado, «se produjo un altercado entre fariseos y saduceos y la asamblea se dividió» (Hech 23,6-7).

Los saduceos sostenían que la retribución divina no sería ni futura ni ultraterrena, sino que era inmediata y material. En consecuencia, a quien observaba fielmente la Ley Dios lo bendecía en esta vida con la fecundidad, el bienestar y las riquezas.

Y Jesús, ¿qué pensaba de este tema que enfrentaba a saduceos y fariseos? Los saduceos se acercan a Él y le exponen en primer lugar lo que Moisés había escrito sobre el caso de un hombre casado que muriese sin dejar descendencia. La “ley del levirato” (Dt 25,5-10) estipulaba que en estos casos el hermano del difunto debía casarse con la viuda (su cuñada) para dar descendencia a su hermano. El primer hijo varón de esta unión tomaría el lugar y el nombre del muerto, y de este modo su nombre no se borraría de Israel.

Luego de exponer esta ley dada por Moisés proponen un caso que, según los saduceos, planteaba una dificultad insuperable en caso de asumirse como verdadera la doctrina de la resurrección de los muertos: si en obediencia a esta ley sucesivamente se casan los seis hermanos del primer marido con la misma mujer, ¿de cuál de los siete maridos sería mujer en la futura resurrección?

El razonamiento suponía comprender la resurrección como un volver a la misma vida, concepto aparentemente predominante entre los fariseos. La resurrección así entendida sería como el despertar de un durmiente, que luego de despertar se hallaría nuevamente en la misma condición previa al sueño, con las mismas necesidades de comer, de beber, de dormir y con la misma facultad de engendrar.

En su respuesta a los saduceos el Señor afirma que habrá una resurrección de los muertos y expone algunas de las características de la vida resucitada. En primer lugar revela que sólo participarán «de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos» quienes sean hallados dignos. Añade luego que los resucitados no se casarán, por tanto, de ninguno de los siete será mujer. Además de ello revela que la resurrección trae consigo una transformación: los resucitados «ya no pueden morir, son como ángeles». La muerte habrá sido derrotada para siempre. Finalmente añade: «son hijos de Dios, porque participan en la resurrección». No dice: serán ellos mismos Dios, o dioses, o parte de un dios etéreo, sino que como hijos de Dios vivirán una relación filial con el Padre, participando por la resurrección de la misma comunión de amor que Él, el Hijo unigénito, vive con su Padre desde toda la eternidad.

Para dar un sustento autorizado a su enseñanza sobre la resurrección de los muertos el Señor utiliza asimismo un texto de la Torá, única autoridad aceptada por los saduceos: «Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor “el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”. No es un Dios de muertos, sino de vivos; porque para Él todos están vivos».

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Nos asusta y angustia tanto pensar que un día moriremos y pensar en lo que viene después de la muerte, que preferimos evadir ese tema a como dé lugar, “vivir” el momento presente, “no pensar” en la muerte, creer que “es para otros” pero no para mí. Pero, aunque hagamos lo imposible por olvidarla o evadirla, mi muerte y la de mis seres queridos vendrá inevitablemente.

Experimentamos este “despertar”, chocamos con la realidad con especial dureza cuando muere un ser querido, cuando nos toca enterrar a la persona que amamos, cuando debemos afrontar la realidad de que “ya no está más” con nosotros. Sentimos un vacío inmenso, nos duele pensar que “ya no volverá más”, lo o la extrañamos tanto y nos negamos a pensar que haya desaparecido definitivamente, que se haya disuelto en la nada. ¡Deseamos tanto que esté en paz y se encuentre en algún lugar donde no haya más sufrimiento!

Los materialistas que niegan la posibilidad de un más allá, que rechazan la existencia de Dios y creen en un evolucionismo ciego producto del azar, que creen que todo el universo, la naturaleza, las plantas, los animales y los seres humanos son fruto de la sola casualidad, carecen de toda esperanza: más allá de esta vida no esperan nada. A ellos no les queda sino creer que los que murieron ya no existen más, y que una vez muertos ellos mismos, se disolverán en la nada para no volver a existir nunca jamás.

Quien se resiste a aceptar la disolución definitiva de sus seres queridos o de sí mismo, quien se aferra a la esperanza de una vida que se prolonga más allá de la muerte, cree que aunque el cuerpo físico se disuelva luego de la muerte subsistirá una parte espiritual que no muere. Sin embargo, persiste también en ellos esta pregunta: ¿cómo será la vida luego de la muerte?

El cristianismo, aleccionado por el Señor Jesús, fundado en su propia Resurrección, enseña que luego de la muerte habrá un juicio (ver Mt 25,31ss) y que quien sea hallado digno, participará de una resurrección para la vida eterna, en la plena comunión con Dios.

La fe en la resurrección choca frontalmente con la creencia en la reencarnación, hoy cada vez más de moda. Los creyentes poco instruidos se engañan cuando piensan que esta creencia en la reencarnación es perfectamente compatible con las enseñanzas de Cristo. El Señor Jesús no enseñó que tendremos vidas sucesivas, sino que enseñó claramente que moriremos una sola vez y resucitaremos una sola vez. Cristo jamás habló de un “karma” que cada cual tiene que expiar en vidas sucesivas, sino del perdón de los pecados y de la reconciliación que Él ha venido a realizar mediante su Muerte en Cruz. Cristo jamás enseñó que cada cual “se salva” por sí mismo y que Él sólo era un “gurú”, sino que Él es el Camino que conduce al Padre, el Salvador y Reconciliador del mundo. En resumen, no puede ser verdaderamente cristiano quien acepta la doctrina de la reencarnación (ver Catecismo de la Iglesia Católica, números: 988-1014).

Ante el hecho de nuestra propia muerte o de la muerte de nuestros seres queridos no hay que temer. La muerte para el creyente es un paso: detrás de la muerte está Cristo. Él es la Resurrección y la Vida, y Él promete la resurrección y la vida eterna, plena y feliz, a quien crea en Él (ver Jn 11,25-26).

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Beda: «Había dos sectas entre los judíos: la de los fariseos, que hacían alarde de su justicia conforme a las tradiciones (y por esto el pueblo los llamaba divididos), y la otra de los saduceos, que quiere decir justos, atribuyéndose lo que no eran; cuando se marcharon los primeros, vinieron los segundos a tentarle».

San Beda: «Es verdadera vida la de los justos que viven en Dios, aun cuando mueran en cuanto al cuerpo. Para probar la verdad de la resurrección pudo emplear ejemplos más evidentes de los profetas; pero los saduceos únicamente admitían los cinco libros de Moisés, despreciando los oráculos de los profetas».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

Revelación progresiva de la Resurrección

992: La resurrección de los muertos fue revelada progresivamente por Dios a su Pueblo. La esperanza en la resurrección corporal de los muertos se impuso como una consecuencia intrínseca de la fe en un Dios creador del hombre todo entero, alma y cuerpo. El creador del cielo y de la tierra es también Aquel que mantiene fielmente su Alianza con Abraham y su descendencia. En esta doble perspectiva comienza a expresarse la fe en la resurrección. En sus pruebas, los mártires Macabeos confiesan:

El Rey del mundo, a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna (2Mac 7,9). Es preferible morir a manos de los hombres con la esperanza que Dios otorga de ser resucitados de nuevo por Él (2Mac 7,14).

993: Los fariseos y muchos contemporáneos del Señor esperaban la resurrección. Jesús la enseña firmemente. A los saduceos que la niegan responde: «Vosotros no conocéis ni las Escrituras ni el poder de Dios, vosotros estáis en el error» (Mc 12,24). La fe en la resurrección descansa en la fe en Dios que «no es un Dios de muertos sino de vivos» (Mc 12,27).

994: Pero hay más: Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11,25). Es el mismo Jesús el que resucitará en el último día a quienes hayan creído en Él y hayan comido su cuerpo y bebido su sangre. En su vida pública ofrece ya un signo y una prenda de la resurrección devolviendo la vida a algunos muertos, anunciando así su propia Resurrección que, no obstante, será de otro orden. De este acontecimiento único, Él habla como del «signo de Jonás» (Mt 12,39), del signo del Templo: anuncia su Resurrección al tercer día después de su muerte.

995: Ser testigo de Cristo es ser «testigo de su Resurrección» (Hch 1,22), «haber comido y bebido con él después de su Resurrección de entre los muertos» (Hch 10,41). La esperanza cristiana en la resurrección está totalmente marcada por los encuentros con Cristo resucitado. Nosotros resucitaremos como Él, con Él, por Él.

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«Con Jesús se cumple el horizonte de esperanza; “Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz, porque han visto mis ojos tu salvación (soterion), la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel” (Lc 2,29-32). Y se abre uno nuevo, en que los preciosos y formidables dones se alzan ante el Pueblo Peregrino. Hay una nueva alianza y mejores son las promesas (ver Heb8,6; Sal 138,2); hay un inmejorable horizonte de reconciliación y de herencia eterna (ver Heb9,15; 2Cor 5,17-21). La realidad de Cristo sobrepasa todas las expectativas del Pueblo judío. La comunidad cristiana primitiva acogió con maravilla y sorpresa la realidad del cumplimiento de la promesa. Esa realidad se grafica plásticamente por boca del centurión romano en el Gólgota: “Verdaderamente éste era el Hijo de Dios” (Mt 27,54). La conciencia de la gran época de la salud se percibe en la predicación de San Pedro, juzgando como cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento, la vida, muerte y resurrección del Señor: “El Dios de Abraham, de Isaac y Jacob, el Dios de nuestros padres ha glorificado a su siervo Jesús, a quien vosotros entregasteis y negasteis de Él ante Pilato” (Hch 3,13; ver Hch 4,10; 5,30; 10,39s.). La fe pascual de los Apóstoles y discípulos es la plena confirmación de que Jesús fue glorificado y reconocido por Dios. Ese Cristo Jesús que Dios ha resucitado es el Señor: “Sepa toda la casa de Israel que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha hecho Señor y Cristo” (Hch 2,36). “Dios lo ha levantado por su diestra a príncipe y Salvador, para dar a Israel la conversión y remisión de sus pecados” (Hch 5,31).

»Dios escogió a Jesús como el Reconciliador, y preparó a todos los pueblos (por sus filosofías, religiones y ley) para su venida. Clemente de Alejandría habla de la filosofía de los griegos como una preparación para recibir al Salvador (ver Strom., lib. 1, cap. V). No hay un abandono de los demás hombres, porque Cristo vino para que todos sean salvos. Eso se ve en muchas palabras, pero sobre todo en la Teología de la Encarnación. La fe de la comunidad se encontró con que Jesús de Nazaret es el Salvador: “ningún otro puede salvarnos, pues en la tierra no existe ninguna otra persona a quien Dios haya constituido autor de nuestra salvación” (Hch4,12), confesó San Pedro lleno del Espíritu Santo (ver Hch 4,8) ante las autoridades, los ancianos y los maestros de la Ley».

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