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Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo XXXI del Tiempo Ordinario (Ciclo C). «He venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido»
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Domingo XXXI del Tiempo Ordinario. «He venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido»

I. LA PALABRA DE DIOS

Sab 11,23-12,2: “Te compadeces, Señor, de todos, porque amas a todos los seres”

Señor, el mundo entero es ante ti como grano de arena en la balanza, como gota de rocío matinal que cae sobre la tierra. Tú te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan.

Tú amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado. Y ¿cómo subsistirían las cosas, si tú no lo hubieses querido? ¿Cómo conservarían su existencia, si tú no la hubieses llamado?

Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida. Todos llevan tu soplo incorruptible. Por eso, corriges poco a poco a los que caen, les recuerdas su pecado y los reprendes, para que se conviertan y crean en ti, Señor.

Sal 144: “Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi Rey”

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.
Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.

Que todas tus criaturas te den gracias,
Señor, que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas.

El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan.

2Tes 1,11-2,2: “Que Cristo sea glorificado en ustedes, y ustedes en Él”

Hermanos:

Pedimos continuamente por ustedes a Dios para que los haga dignos de la vocación a la que los ha llamado, y con su poder lleve a término todo buen propósito o acción inspirada por la fe; de esta manera el nombre de nuestro Señor Jesús será glorificado en ustedes, y ustedes en Él, según la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo.

Les rogamos, hermanos, a propósito de la venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con Él, que no pierdan fácilmente la cabeza ni se alarmen por supuestas revelaciones, dichos o cartas nuestras, como si afirmásemos que el día del Señor fuera inminente.

Lc 19,1-10: “El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”

En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad.

Vivía allí un hombre muy rico llamado Zaqueo, jefe de los publicanos. Trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí.

Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo:

— «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa».

Él bajó en seguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo:

— «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador».

Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor:

— «Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más».

Jesús le contestó:

— «Hoy ha llegado la salvación a esta casa ya que también éste es hijo de Abraham. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

II. APUNTES

En su camino a Jerusalén el Señor Jesús pasa por Jericó, la capital de la región de Cisjordania, ubicada a unos quince kilómetros del Mar Muerto. Algunos arqueólogos sostienen que Jericó ya estaba habitada hacia el año 8000 a.C. y la consideran como la ciudad más antigua hoy conocida.

En la época del Señor Jesús esta ciudad, como toda la Palestina, se encontraba bajo el dominio del Imperio romano. A los pueblos sometidos los romanos les permitían conservar sus costumbres, siempre y cuando reconociesen algunas leyes supremas del Imperio y pagaran el tributo al César. La recaudación de este tributo la realizaban habitantes nativos, a quienes se les conocía con el nombre de publicanos. Éstos, por sus cobros abusivos y por prestarse a colaborar con una nación pagana, eran aborrecidos por el pueblo y considerados como “pecadores”, hombres impuros, rechazados por Dios.

En Jericó vivía Zaqueo, «un hombre muy rico... jefe de los publicanos». Los “jefes de publicanos” eran aquellos a quienes Roma arrendaba el cobro de los impuestos, y que a su vez subcontrataban a otros publicanos para realizar la tarea específica de la recolección de impuestos. Lo más probable es que Zaqueo ya tuviese cierta riqueza antes de asumir su cargo como jefe de publicanos, y que su patrimonio se viese notablemente incrementado gracias a este cargo.

A Zaqueo nada le faltaba. Gracias a su riqueza, todo lo tenía a su alcance. Aún así abandona sus comodidades para ver al Señor Jesús que pasaba por su pueblo. Su deseo es tan fuerte que olvida su rango y jerarquía: «Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo». Un judío de cierta edad, más aún si era rico, debía asumir una actitud venerable, un caminar pausado. Correr no correspondía a su dignidad, y menos aún subirse a un árbol. A Zaqueo no le importa su imagen personal, no le importa guardar apariencias con tal de ver al Señor. Hay en él un profundo deseo de saciar una sed que las riquezas y el poder no pueden apagar.

El Señor, que conoce los corazones, sale a su encuentro, levanta la mirada y le dice: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa».

Que el Señor se haga hospedar por un hombre pecador genera escándalo: ¿cómo podía un hombre santo pedir ser hospedado en casa de un hombre impuro? Más incomprensible se hacía esto cuando en la mentalidad oriental ser hospedado en casa de alguien era no sólo un gesto de cortesía, sino que significaba la acogida en la intimidad de la familia, un gesto de amistad y comunión profunda.

Mas no es el Señor quien queda impuro al ser acogido por los pecadores, sino Él quien purifica a quien se abre a su Presencia y lo acoge en su casa, en la intimidad de su corazón. En el encuentro con el Señor, Zaqueo halla a Aquel único que puede saciar su sed de Infinito, de felicidad, y se convierte a Él.

Este proceso interior de conversión permanece invisible a los ojos humanos, pero se expresa de modo visible en la resolución firme de compartir sus riquezas con los necesitados, así como de restituir cualquier injusticia cometida, mucho más allá de lo exigido por la justicia. Solemnemente se pone de pie para proclamar ante el Señor y todos los amigos y familiares presentes: «la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más».

La conversión de Zaqueo permite al Señor dar a conocer a todos la razón de su comportamiento, que tan escandaloso había resultado para muchos: «el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Zaqueo nos muestra un corazón anhelante de encuentro con el Señor. Tiene mucho dinero y poder, pero algo le falta. Él mismo no sabe qué le falta, tampoco sabe qué le puede ofrecer el Señor, pero quiere verlo aunque sea de lejos, quiere encontrarse con Él cara a cara.

Al mismo tiempo se encuentra con una limitación: era pequeño de estatura. Este detalle nos hace pensar en lo “pequeños de estatura” que somos también nosotros muchas veces: por nuestra poca estatura espiritual la turba de pensamientos anti-evangélicos, de tentaciones, de pecados, de aspiraciones egoístas y mezquinas que nos “aprieta por todos lados” es capaz de impedirnos ver al Señor Jesús cuando Él se acerca, cuando Él pasa.

Zaqueo pone los medios adecuados para superar este obstáculo. Se sube a un árbol para elevarse por encima de aquella muchedumbre que le impide ver al Señor. También nosotros hemos de “subir al árbol” de la diaria oración para poder ver al Señor. La oración hace posible ver el rostro del Señor, hace posible encontrarse con su mirada, una mirada penetrante, plena de amor. Es también en la oración cuando escuchamos al Señor que nos dice: «hoy tengo que alojarme en tu casa» (Lc 19,5). Sí, el Señor sale a nuestro encuentro cuando lo buscamos con sincero corazón, y nos pide llevarlo a nuestra casa, acogerlo en nuestro interior. ¡Cómo resuenan entonces las palabras del Apocalipsis: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20)!

La respuesta de Zaqueo es inmediata: «bajó en seguida y lo recibió muy contento» (Lc 19,6). ¡Qué diferencia con nuestra actitud muchas veces tan lenta y desconfiada! ¡Cuántas veces tenemos miedo de abrirle al Señor la puerta de nuestro corazón y dejarlo entrar! ¡Cuántas veces, aunque nuestro corazón nos reclama un encuentro mayor, respondemos ante la invitación del Señor: “no Señor, de lejos nomás, porque dejarte entrar a mi casa ya es mucha intimidad y demasiado compromiso”!

Zaqueo no duda ni un instante, inmediatamente lo lleva a su casa y le abre las puertas de su corazón de par en par. Es allí, en su casa, donde se produce el encuentro transformante con el Señor, encuentro que lleva a la conversión profunda, radical, valiente, audaz. ¡Así es el encuentro con el Señor cuando le abrimos de par en par las puertas, cuando lo dejamos entrar a lo más íntimo de nosotros mismos! La conversión, el cambio de vida, es fruto de un encuentro real con Jesucristo: «la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más» (Lc 19,8).

Fruto de la oración, de aquella que es encuentro auténtico con el Señor, es la conversión que se expresa en la acción decidida por cambiar todo aquello que en nosotros se aparta de las enseñanzas del Señor, todo aquello que lleva a defraudar al prójimo y atenta contra la caridad. No se mide una buena oración por la intensidad del sentimiento, sino por cuán decididos estamos a cambiar, a corregirnos, a pedir perdón a quienes hemos ofendido y a “restituir cuatro veces más” a quienes hayamos podido defraudar por nuestro egoísmo. Por una buena oración la mezquindad y el egoísmo ceden para dar paso a la caridad y generosidad multiplicada.

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Beda: «He aquí cómo el camello, dejando la carga de su jiba, pasa por el ojo de la aguja; esto es, el publicano siendo rico, habiendo dejado el amor de las riquezas y menospreciando el fraude, recibe la bendición de hospedar al Señor en su casa».

San Ambrosio: «Aprendan los ricos que no consiste el crimen en las riquezas, sino en no saber usar de ellas; porque así como las riquezas son impedimentos para los malos, son también un medio de virtud para los buenos».

San Juan Crisóstomo: «Considera la excesiva bondad del Salvador. El inocente trata con los culpables, la fuente de la justicia con la avaricia, que es fundamento de perversidad; cuando ha entrado en la casa del publicano, no sufre ofensa alguna por la nebulosidad de la avaricia; antes al contrario hace desaparecer la avaricia con el brillo de su justicia. Pero los murmuradores y los amantes de censurar, empiezan a tentarle acerca de lo que hacía. Pero Él, acusado como convidado y amigo de los publicanos, despreciaba todas estas cosas, con el fin de llevar adelante su propósito; porque no cura el médico si no soporta la hediondez de las llagas de los enfermos y sigue adelante en su propósito de curarle. Esto mismo sucedió entonces: el publicano se había convertido y se hizo mejor que antes».

San Juan Crisóstomo: «¿Por qué me recrimináis si encamino bien a los pecadores? Tan distante está de mí el odio a los pecadores, que si he venido al mundo ha sido por ellos; porque he venido como médico y no como juez; por esto me convido en casa de los enfermos, sufro el mal olor que despiden y les aplico los remedios. Dirá alguno: ¿cómo es que San Pablo manda que si uno de nuestros hermanos es lascivo o avaro no comamos siquiera con él, y Jesucristo se convida en casa de los publicanos? (1Cor 5,11). Pero éstos todavía no habían llegado a ser hermanos, y San Pablo mandó que no se tratase con los hermanos cuando obran mal; pero ahora todos habían cambiado».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

El Señor ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido

545: Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: «No he venido a llamar a justos sino a pecadores» (Mc 2,17). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos y la inmensa «alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta» (Lc 15,7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida «para remisión de los pecados» (Mt26,28).

679: Cristo es Señor de la vida eterna. El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a Cristo como Redentor del mundo. «Adquirió» este derecho por su Cruz. El Padre también ha entregado «todo juicio al Hijo» (Jn 5,22). Pues bien, el Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar y para dar la vida que hay en él. Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo; es retribuido según sus obras y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor.

El deber de reparación

2412: En virtud de la justicia conmutativa, la reparación de la injusticia cometida exige la restitución del bien robado a su propietario:

Jesús bendijo a Zaqueo por su resolución: «Si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo» (Lc 19,8). Los que, de manera directa o indirecta, se han apoderado de un bien ajeno, están obligados a restituirlo o a devolver el equivalente en naturaleza o en especie si la cosa ha desaparecido, así como los frutos y beneficios que su propietario hubiera obtenido legítimamente de ese bien. Están igualmente obligados a restituir, en proporción a su responsabilidad y al beneficio obtenido, todos los que han participado de alguna manera en el robo, o que se han aprovechado de él a sabiendas; por ejemplo, quienes lo hayan ordenado o ayudado o encubierto.

1459: Muchos pecados causan daño al prójimo. Es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). La simple justicia exige esto.

2487: Toda falta cometida contra la justicia y la verdad entraña el deber de reparación, aunque su autor haya sido perdonado. Cuando es imposible reparar un daño públicamente, es preciso hacerlo en secreto; si el que ha sufrido un perjuicio no puede ser indemnizado directamente, es preciso darle satisfacción moralmente, en nombre de la caridad. Este deber de reparación se refiere también a las faltas cometidas contra la reputación del prójimo. Esta reparación, moral y a veces material, debe apreciarse según la medida del daño causado. Obliga en conciencia.

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

Su vida y su palabra anuncian la plena confianza en Dios, la pobreza del anaw de Israel, y denuncian la adhesión a las riquezas: «Es más difícil que un rico entre al reino de los cielos que un camello pase por la puerta pequeña de la ciudad» (Lc 18,25). El tener bienes terrenales implica un grave riesgo para la vida eterna. La afición a los bienes, la ambición de bienes, son pesada carga de la que es muy difícil librarse, salvo con la fuerza de Dios. No es que los bienes sean necesariamente malos, ciertamente no lo son, sino que aficionarse a ellos, depender de ellos, estar esclavizados a ellos ansiándolos y venerándolos como ídolos ése es el mal. «No se puede servir a Dios y a las riquezas» (Mt 6,24). El rico y el pobre Lázaro (ver Lc 16,19-31) es un vívido relato donde el Señor enseña el auténtico drama sobre el que advierte en los «ayes» a quienes viven plenos de riquezas y están saciados (ver Lc 6,24). El pasaje será ampliamente comentado a través de la historia del Pueblo de Dios.

Y no sólo ello, sino que la comunicación de bienes es planteada como un medio para resolver una situación inaceptable: la existencia de quienes poseen más bienes de los necesarios (los ricos) y la de quienes carecen aún de lo necesario (los pobres). En ese marco se puede, también, entender el llamado a seguir el espíritu de pobreza y de justicia que enseña el Señor: «Habiendo entrado en Jericó, atravesaba la ciudad. Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos, y rico. Trataba de ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la gente, porque era de pequeña estatura. Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, pues iba a pasar por allí. Y cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista, le dijo: “Zaqueo, baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa”. Se apresuró a bajar y le recibió con alegría. Al verlo, todos murmuraban diciendo: “Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador”. Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: “Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo”. Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”» (Lc 19,1-10).

La existencia misma de cada ser humano es un don, y como tal es gratuito pero no superfluo, tiene un sentido, una razón de ser. Ese sentido en general se descubre en el designio divino para el ser humano, pero en particular el Señor va mostrando a cada quien el camino por el cual realizarse como persona, le va mostrando la misión a la que es llamado y el sentido misional que dota a la existencia de cada persona concreta de un horizonte de transformación en Aquel que es el modelo de todo lo humano, el camino de toda plenitud y santidad.

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