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Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo XXIV del Tiempo Ordinario (Ciclo C). «¡Celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido, y ha sido encontrado!»
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Domingo XXIV del Tiempo Ordinario. «¡Celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido, y ha sido encontrado!»

I. LA PALABRA DE DIOS

Ex 32,7-11.13-14: “El Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo”

En aquellos días, el Señor dijo a Moisés:

— «Anda, baja del monte, porque se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Muy pronto se han apartado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un becerro de metal fundido, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: “Éste es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto”».

Y el Señor añadió a Moisés:

— «Veo que este pueblo es un pueblo terco. Por eso, déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo».

Entonces Moisés suplicó al Señor, su Dios:

— «¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta? Acuérdate de tus siervos, Abraham, Isaac e Israel, a quienes juraste por ti mismo, diciendo: “Multiplicaré su descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a sus descendientes para que la posean por siempre”».

Y el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo.

Sal 50, 3-4.12-13.17.19: “Me pondré en camino, volveré a mi padre”

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.

Oh, Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.

Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú no lo desprecias.

1Tim 1,12-17: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores”

Querido hermano:

Doy gracias a Cristo Jesús, nuestro Señor, que me ha fortalecido y me consideró digno de confianza al encomendarme este ministerio, a pesar de que yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente.

Pero Dios tuvo compasión de mí, porque yo no era creyente y no sabía lo que hacía. El Señor derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor en Cristo Jesús.

Pueden fiarse y aceptar sin reserva lo que les digo: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero. Y por eso se compadeció de mí: para que en mí, el primero, mostrara Cristo Jesús toda su paciencia, y pudiera ser modelo de todos los que creerán en Él y tendrán vida eterna.

Al Rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por siempre. Amén.

Lc 15, 1-32: “Habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta”

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos:

— «Éste acoge a los pecadores y come con ellos».

Jesús les dijo esta parábola:

— «Si uno de ustedes tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y va a los vecinos para decirles: “¡Alégrense conmigo! He encontrado la oveja que se me había perdido”.

Les digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: “¡Alégrense conmigo! He encontrado la moneda que se me había perdido”.

Les digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».

También les dijo:

— «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde”. El padre les repartió los bienes.

Pocos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, partió a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.

Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces a servir a casa de un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; pero nadie le daba de comer.

Entonces recapacitó y se dijo:

“¡Cuántos trabajadores en la casa de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre! Ahora mismo me pondré en camino, e iré a la casa de mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus trabajadores”.

Se puso en camino hacia donde estaba su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió y corrió a su encuentro, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.

El hijo empezó a decirle:

“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.

Pero el padre dijo a sus criados:

“Saquen en seguida el mejor traje y vístanlo; pónganle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traigan el ternero cebado y mátenlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido, y ha sido encontrado”.

Y empezaron el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando, al volver, se acercaba a la casa, oyó la música y el baile y, llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado sano y salvo”.

Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba convencerlo. Y él replicó a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con prostitutas, haces matar para él el ternero más gordo”.

El padre le dijo:

“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y lo hemos encontrado”».

II. APUNTES

Los fariseos se entregaban totalmente al estudio de la Ley dada por Dios a Moisés así como de las “tradiciones de los padres”. Sus miembros se daban al riguroso cumplimiento de su propia interpretación de la Ley, especialmente en lo tocante al descanso sabático, a la pureza ritual y a los diezmos. El nombre con el que conocemos a esta facción religiosa de los judíos procede del arameo “perissayya” y del hebreo “perusim”, que se traduce literalmente por “los separados”. Este calificativo, impuesto probablemente por sus adversarios, refleja el hecho de la separación radical de la muchedumbre a la que les llevó su estricta observancia de la Ley, pues consideraban “impuros” a todos aquellos que a diferencia de ellos incumplían la Ley, especialmente a quienes vivían en pecado público, como las prostitutas y los recaudadores de impuestos, también llamados “publicanos”. En resumen, los fariseos no se juntaban con “los pecadores”, y menos aún comían con ellos.

Se entiende entonces por qué se escandalizan ante la actitud del Señor Jesús. «Éste acoge a los pecadores y come con ellos» (Lc 15,1), murmuraban entre ellos. ¿No era Él también un maestro? ¿Cómo podía permitir que se le acercasen «los publicanos y los pecadores a escucharle»? Peor aún, ¿cómo podía compartir con ellos la mesa, signo de acogida, de comunión?

El Señor Jesús quiere hacer entender una vez más a aquellos fariseos y escribas de duro corazón que Dios es un Padre misericordioso que se preocupa por la vida y el destino de todos sus hijos, no sólo de los fariseos. Quiere hacerles entender que Dios es un Padre clemente que, porque para Él lo más importante es recuperar cada hijo perdido, está siempre dispuesto al perdón. Y porque es Padre que ama, es capaz de abrazar y acoger al más pecador de los pecadores, cuando vuelve arrepentido a Él. Lejos del corazón de Dios Padre está tratar al hijo como merecen sus culpas, con un castigo proporcionado a sus pecados, con el rechazo, con el desprecio, despojándolo de su dignidad de hijo. Todo lo contrario, el amor del Padre es tan grande que no duda en enviar a su propio Hijo para «buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,10). Es por ese amor que «Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores» (2ª. lectura).

Las dos primeras parábolas presentadas por San Lucas quieren expresar con cuánto empeño busca Dios a su criatura humana, que por su pecado se ha “perdido” y alejado de Él. Dios sale en su busca y hace todo lo que está a su alcance para hallarla. La alegría que experimenta el pastor al encontrar su oveja extraviada o la mujer al hallar la moneda perdida es análoga a la alegría que Dios experimenta por un pecador que se convierte.

El proceso de ruptura, la posterior conversión y reconciliación de un pecador es descrito magníficamente con la parábola llamada del “hijo pródigo”, aunque más propiamente debería llamarse parábola del Padre misericordioso.

En esta parábola los fariseos están representados por el hijo mayor que no comprende la actitud del padre, que reclama para sí un trato mejor y para su hermano el castigo y rechazo. Aquel hijo, aunque siempre había permanecido en la casa del padre, se hallaba lejos de él porque su corazón no sintonizaba con el corazón misericordioso del padre. Cegado por la ira, por el enojo, reclamaba un trato duro. Su corazón estaba cerrado a la misericordia, por tanto era incapaz de compartir el gozo que el padre experimenta al recuperar a su hijo. Así se mostraban aquellos fariseos que pensaban que estaban cerca de Dios porque cumplían la Ley, cuando en realidad estaban lejos de su corazón por su falta de misericordia, algo que continuamente les reclama el Señor: «Id, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mt 9,13; ver también: Mt 12,7; 23,23; Lc 10,37).

La salvación y reconciliación que el Señor Jesús vino a traer no es exclusiva para los fariseos o para los judíos, sino que es un don del amor de Dios Padre para todos los hombres de todos los pueblos y de todas las generaciones, incluyendo a quienes menos lo merecen pero más lo necesitan. El Hijo de Dios ha venido a buscar y salvar también a los gentiles (Lc 7,1ss), a los samaritanos (Lc 10,33ss; 17,16ss), a publicanos y prostitutas que desean volver a la casa del Padre (Lc 5,32; 15,1ss), a los despreciados por la sociedad (Lc 4,18; 6,20; 7,22; 14,13; 18,22; etc.). Para Dios nadie está excluido, absolutamente todo ser humano es sujeto de redención porque es sujeto de su amor y misericordia.

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Las lecturas de este Domingo hablan de una realidad presente en la historia de la humanidad, presente en nuestra propia historia personal: el pecado. Insistimos en que es una realidad, aunque en nuestra sociedad cada vez más olvidada de Dios se busque negar, ignorar, dejar atrás, diluir, sustituir con otros nombres o explicaciones: «un defecto de crecimiento, una debilidad psicológica, un error, la consecuencia necesaria de una estructura social inadecuada, etc.» (Catecismo de la Iglesia Católica, 387).

¿Qué es el pecado? No se puede comprender lo que es el pecado sin reconocer en primer lugar que existe un vínculo profundo del hombre con Dios. El pecado «es rechazo y oposición a Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, 386), «es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente» (Catecismo de la Iglesia Católica, 387). Es un querer ser dios pero sin Dios, es querer vivir de espaldas a Él, desvinculado de los preceptos y caminos que en su amor Él señala al ser humano para su propia realización. El pecado es un acto de rebeldía, un “no” dado a Dios y al amor que Él le manifiesta. Todo esto queda retratado en la actitud del hijo que reclama su herencia: quiere liberarse del padre, salir de su casa para marcharse lejos y poder gozar de su herencia sin límites ni restricciones.

El pecado, que es ruptura con Dios, tiene graves repercusiones. Quien peca, aunque crea que está recorriendo un camino que lo conduce a su propia plenitud y felicidad, entra por una senda de autodestrucción: «el que peca, a sí mismo se hace daño» (Eclo 19,4). Al romper con Dios, fuente de su vida y amor, todo ser humano sufre inmediatamente una profunda ruptura consigo mismo, con los demás seres humanos y con la creación toda.

¿Qué hace Dios ante el rechazo de su criatura humana? Dios, por su inmenso amor y misericordia, no abandona al ser humano, no quiere que se pierda, que se hunda en la miseria y en la muerte, sino que Él mismo sale en su busca: «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). «Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores» (1Tim 1,15). Dios en su inmenso amor ofrece a su criatura humana el don de la Reconciliación por medio de su Hijo. Es el Señor Jesús quien en la Cruz nos reconcilia con el Padre (ver 2Cor 5,19), es Él quien desde la Cruz ofrece el abrazo reconciliador del Padre misericordioso a todo “hijo pródigo” que arrepentido anhela volver a la casa paterna.

Por el Sacramento del Bautismo el Don de la Reconciliación alcanza a todo ser humano: «El Bautismo, dando la vida de la gracia de Cristo, borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, 405; ver 1263-1265). De este modo hemos sido reconciliados con Dios, con nosotros mismos, con los demás y con toda la creación.

Pero además de este sacramento «Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia en favor de los miembros pecadores de su Iglesia, ante todo para los que, después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayan perdido la gracia bautismal y lesionado la comunión eclesial. El sacramento de la Penitencia ofrece a éstos una nueva posibilidad de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1446). En el sacramento también llamado de la reconciliación se da verdaderamente el encuentro de nuestra miseria con la misericordia del Padre, el abrazo entre el hijo pródigo y el Padre misericordioso. Allí todos nuestros pecados, incluso los más vergonzosos o graves, los que ni otros ni nosotros mismos nos perdonamos, encuentran verdaderamente el perdón de Dios. ¡El amor de Dios es siempre más grande que nuestros pecados!

¿Soy consciente del regalo inmenso que significa este sacramento? ¿O desprecio yo el modo como Dios mismo ha querido que su misericordia llegue a mí, pensando que “yo no necesito contarle mis pecados a un cura”, y que “yo me confieso directamente con Dios”? La confesión no es invento de los curas. Cristo mismo quiso que el perdón ofrecido por Dios fuese administrado por sus ministros: «A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos» (Jn 20,23). La costumbre protestante de confesarse “directamente con Dios” despreciando el sacramento de la reconciliación, va en contra de la voluntad misma del Señor Jesús.

Y tú, ¿cargas con algún pecado vergonzoso o “imperdonable” en tu consciencia? ¿No quieres volver al Padre, humilde y arrepentido? ¿No quieres alcanzar el perdón y la paz de tu corazón? ¿Te retiene el miedo o la vergüenza? ¡Vence tu vergüenza, tu miedo o tu inercia! ¡Busca humilde y arrepentido el perdón de Dios en el Sacramento de la Misericordia del Padre, el Sacramento de la Reconciliación! Para que una vez perdonado y reconciliado, fortalecido por la gracia divina, puedas nuevamente vivir día a día conforme a tu dignidad de hijo o hija amada del Padre. Perdonado y reconciliado, ¡haz brillar en ti, mediante una conducta santa, la Imagen de quien es el Hijo por excelencia, la Imagen de Cristo mismo!

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Ambrosio: «No carece de significado que Lucas nos haya presentado tres parábolas seguidas: La oveja perdida se había descarriado y fue recobrada, la dracma perdida fue hallada; el hijo pródigo que daban por muerto lo recobraron con vida, para que, solicitados por este triple remedio, nosotros curásemos nuestras heridas. ¿Quién es este padre, este pastor, esta mujer? ¿No es Dios Padre, Cristo, la Iglesia? Cristo que ha cargado con tus pecados te lleva en su cuerpo; la Iglesia te busca; el Padre te acoge. Como un pastor, te conduce; como una madre, te busca; como un padre te viste de gala. Primero la misericordia, después la solicitud, luego la reconciliación».

San Ambrosio: «Alegrémonos, pues, que esta oveja que había perecido en Adán sea recogida en Cristo. Los hombros de Cristo son los brazos de la cruz; aquí he clavado mis pecados, aquí, en el abrazo de este patíbulo he descansado».

San Pedro Crisólogo: «El que pronuncia estas palabras estaba tirado por el suelo. Toma conciencia de su caída, se da cuenta de su ruina, se ve sumido en el pecado y exclama: “Me pondré en camino, volveré a casa de mi padre.” ¿De dónde le viene esta esperanza, esta seguridad, esta confianza? Le viene por el hecho mismo que se trata de su padre. “He perdido mi condición de hijo; pero el padre no ha perdido su condición de padre. No hace falta que ningún extraño interceda cerca de un padre; el mismo amor del padre intercede y suplica en lo más profundo de su corazón a favor del hijo. Sus entrañas de padre se conmueven para engendrar de nuevo a su hijo por el perdón. “Aunque culpable, yo iré donde mi padre”».

San Pedro Crisólogo: «“Lo abrazó y lo cubrió de besos” (Lc 15,20). Así es como el padre juzga y corrige al hijo. Lo besa en lugar de castigarlo. La fuerza del amor no tiene en cuenta el pecado, por esto con un beso perdona el padre la culpa del hijo. Lo cubre con sus abrazos. El padre no publica el pecado de su hijo, no lo abochorna, cura sus heridas de manera que no dejan ninguna cicatriz, ninguna deshonra. “Dichoso el que ve olvidada su culpa y perdonado su pecado” (Sal 31,1)».

San Gregorio Niceno: «No volvió a la primera felicidad, hasta que volviendo en sí conoció perfectamente su desgracia y meditó las palabras de arrepentimiento que siguen: “Me levantaré”».

San Ambrosio: «Levántate, ven corriendo a la Iglesia: aquí está el Padre, aquí está el Hijo, aquí está el Espíritu Santo. Te sale al encuentro, pues te escucha mientras estás reflexionando dentro de ti, en el secreto del corazón. Y, cuando todavía estás lejos, te ve y se pone a correr. Ve en tu corazón, corre para que nadie te detenga, y por si fuera poco, te abraza... Se echa a tu cuello para levantarte a ti, que yacías en el suelo, y para hacer que, quien estaba oprimido por el peso de los pecados y postrado por lo terreno, vuelva a dirigir su mirada al cielo, donde debía buscar al propio Creador. Cristo se echa al cuello, pues quiere quitarte de la nuca el yugo de la esclavitud y ponerte en el cuello su dulce yugo».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

604: Dios tiene la iniciativa del amor redentor universal; Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1Jn 4,10; ver Jn 4,19). «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rom 5,8).

605: Jesús ha recordado al final de la parábola de la oveja perdida que este amor es sin excepción: «De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños» (Mt 18,14). Afirma «dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,28); este último término no es restrictivo: opone el conjunto de la humanidad a la única persona del Redentor que se entrega para salvarla (ver Rom 5,18-19). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles (ver 2Cor 5,15; 1Jn 2,2), enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: «no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo» (Cc. Quiercy, año 853: DS 624).

1439: El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada «del hijo pródigo», cuyo centro es «el padre misericordioso» (Lc 15,11-24): la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino del retorno; la acogida generosa del padre; la alegría del padre: todos éstos son rasgos propios del proceso de conversión. El mejor vestido, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva, pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza.

1465: Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al Hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador.

2839: Perdona nuestras ofensas... Con una audaz confianza hemos empezado a orar a nuestro Padre. Suplicándole que su Nombre sea santificado, le hemos pedido que seamos cada vez más santificados. Pero, aun revestidos de la vestidura bautismal, no dejamos de pecar, de separarnos de Dios. Ahora, en esta nueva petición, nos volvemos a Él, como el hijo pródigo (ver Lc 15,11-32), y nos reconocemos pecadores ante Él como el publicano (ver Lc 18,13). Nuestra petición empieza con una «confesión» en la que afirmamos, al mismo tiempo, nuestra miseria y su Misericordia. Nuestra esperanza es firme porque, en su Hijo, «tenemos la redención, la remisión de nuestros pecados» (Col 1,14; Ef 1,7). El signo eficaz e indudable de su perdón lo encontramos en los sacramentos de su Iglesia (ver Mt 26,28; Jn 20,23).

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«El conjunto del mensaje de Jesús es claro: se hace necesario morir a uno mismo, sin medias tintas ni mediocridades, para vivir en plenitud. Esa vida que surge una vez que el “hombre viejo” ha dejado de existir es la vida misma de Dios: es el Amor. Reducir esto sólo para algunos es no sólo limitar el mensaje evangélico, sino mutilarlo atrozmente. La entrega del cristiano debe ser ilimitada, sin condiciones. Quien no gira un cheque en blanco a Dios no ha logrado dar el paso mediante el cual deja actuar a la gracia; se sigue oponiendo a su liberación. El pasaje que nos ocupa parecería indicar esto. Se hace indispensable que el joven rico tome conciencia de su falsa entrega, de que no se ha rendido totalmente, de que permanece aferrado a su egoísmo. De la misma manera que en el trágico, pero no por ello hermoso, relato del hijo pródigo, éste debe “entrar en sí mismo” para poder convertirse. En ambos casos, como en toda situación límite en la vida del hombre, se debe enfrentar la verdad. No se trata de proclamar que el Señor es Dios, ni tampoco de cumplir una serie de preceptos, solamente. Se trata de creer, de cumplir, pero fundamentalmente de entregarse a Jesús para con Él y en Él cumplir la voluntad del Padre».

«Para poder acercarnos a las realidades de Dios, ubicados en la situación del hombre en el mundo, la Divina Providencia ha considerado más conveniente que el ser humano sea conducido por el tierno afecto; y la Guía que Dios ha escogido es María, por su Maternidad Espiritual y el ejercicio del amor Filial. Y en virtud de la forja de este primer amor filial configurante, conducidos por él, vamos a descubrir la plenitud del amor filial, que es el que dispensa el Verbo, el Hijo, al Padre Eterno. Es el amor filial, entonces, éste, la meta mediata a la cual estamos invitados para lograr la plena comunión y participación en el Señor. El recobrar la semejanza perdida queda corto como proyecto frente al enorme regalo que Dios hace. Porque recobrar la semejanza nos pondría en la misma situación que Adán y Eva. Mas ahora, Dios en su infinita misericordia nos recibe como es, como el Padre del hijo pródigo, dando infinidad de bienes mayores que los bienes a los cuales podríamos tener esperanza de acceder en un estado de gracia original. Nos invita a ser hijos en su Hijo. Nos llama a la filiación plena por el amor filial configurante. ¡A exclamar Abba Padre! Ése es el misterio de la participación divina; ése es el misterio de la piedad filial que nos pone como horizonte final, prácticamente, de nuestra vida, de nuestra espiritualidad, la participación y comunión vivificante en el Estado del Señor Jesús, Hijo de Santa María. De ahí surge toda la proyección social, apostólica, de nuestra vida y acción».

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