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S.S. Benedicto XVI, Homil铆a del Santo Padre durante la Santa Misa con ocasi贸n de la publicaci贸n del Instrumentum laboris de la Asamblea Especial para el Medio Oriente del S铆nodo de los Obispos
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Homil铆a del Santo Padre durante la Santa Misa con ocasi贸n de la publicaci贸n del Instrumentum laboris de la Asamblea Especial para el Medio Oriente del S铆nodo de los Obispos

Pabell贸n de Deportes Eleftheria - Nicosia

Viaje Apost贸lico a Chipre (4 鈥� 6 de junio de 2010)

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Saludo con gozo a los Patriarcas y Obispos de las distintas comunidades eclesiales del Medio Oriente, llegados a Chipre para esta ocasi贸n, y agradezco especialmente a Monse帽or Youssef Soueif, Arzobispo Maronita de Chipre, las palabras que me ha dirigido al comienzo de la Misa. Asimismo, saludo muy cordialmente a Su Beatitud Cris贸stomos II.

Deseo igualmente expresar mi alegr铆a al poder celebrar la Eucarist铆a en compa帽铆a de tantos fieles chipriotas, en esta tierra bendecida por los trabajos apost贸licos de San Pablo y San Bernab茅. Saludo a todos cordialmente y agradezco vuestra hospitalidad y la generosa bienvenida que me hab茅is dispensado. Saludo tambi茅n, de modo particular, a los filipinos, srilankeses y a las dem谩s comunidades de inmigrantes que forman una parte considerable de la poblaci贸n cat贸lica de la isla. Rezo para que vuestra presencia aqu铆 enriquezca la vida y el culto de las parroquias a las que pertenec茅is, y para que, por vuestra parte, encontr茅is abundante alimento espiritual en la antigua herencia cristiana de esta tierra, en la que hab茅is establecido vuestro hogar.

Celebramos hoy la solemnidad del Sant铆simo Cuerpo y Sangre de Cristo. El nombre dado a esta fiesta en Occidente, Corpus Christi, se usa en la tradici贸n de la Iglesia para designar tres realidades distintas: el cuerpo f铆sico de Jes煤s, nacido de la Virgen Mar铆a; su cuerpo eucar铆stico, el pan del cielo que nos nutre en este gran sacramento, y su cuerpo eclesial, la Iglesia. Al considerar los distintos aspectos del Corpus Christi, llegamos a comprender m谩s profundamente el misterio de comuni贸n que nos une a quienes formamos parte de la Iglesia. En la eucarist铆a, el Esp铆ritu Santo congrega 鈥渆n la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo鈥� (cf. Plegaria Eucar铆stica II), para formar el 煤nico pueblo santo de Dios. Como el Esp铆ritu Santo descendi贸 sobre los Ap贸stoles en el cen谩culo de Jerusal茅n, as铆 tambi茅n el mismo Esp铆ritu Santo act煤a en cada celebraci贸n de la Misa con un doble objetivo: santificar las ofrendas del pan y del vino, para que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y llenar a cuantos se nutren de estas santas ofrendas, para que formen un solo cuerpo, un solo esp铆ritu en Cristo.

San Agust铆n explica espl茅ndidamente este proceso (cf. Serm贸n 272). Nos recuerda que el pan no se hace a partir de un solo grano, sino de muchos. Para que todos los granos se transformen en pan, primero hay que molerlos. Alude aqu铆 al exorcismo que han de hacer los catec煤menos antes de su bautismo. Cada uno de nosotros que formamos parte de la Iglesia necesita salir del mundo cerrado de su individualismo y aceptar la 鈥榗ompa帽铆a鈥� de los dem谩s, que 鈥渃omparten el pan鈥� con nosotros. Ya no debemos pensar m谩s a partir del 鈥測o鈥�, sino del 鈥渘osotros鈥�. Por esto, todos los d铆as pedimos a 鈥渘uestro鈥� Padre el pan 鈥渘uestro鈥� de cada d铆a. La condici贸n previa para entrar en la vida divina a la que estamos llamados es derribar las barreras entre nosotros y nuestros vecinos. Necesitamos ser liberados de lo que nos aprisiona y a铆sla: temor y desconfianza rec铆proca, avidez y ego铆smo, malevolencia, para arriesgarnos a la vulnerabilidad a la que nos exponemos cuando nos abrimos al amor.

Los granos de trigo, una vez triturados, se mezclan en la masa y se meten en el horno. Aqu铆, San Agust铆n se refiere a la inmersi贸n en las aguas bautismales a la que sigue el don sacramental del Esp铆ritu Santo, que inflama el coraz贸n de los fieles con el fuego del amor de Dios. Este proceso que une y transforma los granos aislados en un 煤nico pan nos ofrece una imagen sugerente de la acci贸n unificadora del Esp铆ritu Santo sobre los miembros de la Iglesia, realizada de una manera eminente a trav茅s de la celebraci贸n de la eucarist铆a. Quienes participan en este gran sacramento y se alimentan de su Cuerpo eucar铆stico se transforman en el Cuerpo eclesial de Cristo. 鈥淪茅 lo que ves鈥�, dice San Agust铆n anim谩ndolos, 鈥測 recibe lo que eres鈥�.

Estas significativas palabras nos invitan a responder generosamente a la llamada a 鈥渟er Cristo鈥� para los que nos rodean. Ahora somos su cuerpo en la tierra. Parafraseando una c茅lebre expresi贸n atribuida a Santa Teresa de 脕vila, somos los ojos con los que mira compasivamente a los que pasan necesidad, somos las manos que extiende para bendecir y curar, somos los pies de los que se sirve para hacer el bien, y somos los labios con los que se proclama su Evangelio. Sin embargo, es importante comprender que cuando participamos de este modo en su obra de salvaci贸n, no estamos honrando la memoria de un h茅roe muerto prolongando lo que 茅l hizo. Al contrario, Cristo vive en nosotros, su cuerpo, la Iglesia, su pueblo sacerdotal. Al tomarlo a 脡l como alimento en la eucarist铆a y acogiendo en nuestros corazones su Esp铆ritu Santo, nos transformamos realmente en el Cuerpo de Cristo que hemos recibido, estamos verdaderamente en comuni贸n con 脡l y entre nosotros, y nos transformamos en verdaderos instrumentos suyos, dando testimonio de 脡l en el mundo.

鈥淓n el grupo de los creyentes todos pensaban y sent铆an lo mismo鈥� (Hch 4,32). En las comunidades cristianas primitivas que se alimentaban de la mesa del Se帽or vemos los efectos de esta acci贸n unificadora del Esp铆ritu Santo. Pon铆an sus bienes en com煤n y cualquier apego material era superado por amor a los hermanos. Encontraban soluciones equitativas a sus diferencias, como vemos por ejemplo en la resoluci贸n de la disputa entre helenistas y hebreos acerca del suministro diario (cf.Hch 6, 1-6). As铆, un atento observador pudo comentar poco m谩s tarde: 鈥淢irad c贸mo se aman estos cristianos, y c贸mo est谩n dispuestos a morir unos por otros鈥� (Tertuliano, Apologia, 39). M谩s a煤n, su amor no se limitaba al grupo de los creyentes. No se ve铆an a s铆 mismos como beneficiarios exclusivos y privilegiados de los favores divinos, sino m谩s bien como mensajeros, para llevar la buena noticia de la salvaci贸n en Cristo hasta los confines del mundo. De esta manera, el mensaje que Cristo resucitado confi贸 a los Ap贸stoles se extendi贸 con rapidez por todo el Medio Oriente, y desde all铆 por el mundo entero.

Queridos hermanos y hermanas en Cristo, como ellos hicieron, tambi茅n nosotros estamos llamados hoy a tener un s贸lo coraz贸n y una sola alma, a profundizar en nuestra comuni贸n con el Se帽or y con los dem谩s, y a dar testimonio de 脡l ante el mundo.

Estamos llamados a superar nuestras diferencias, a poner paz y reconciliaci贸n donde exista un conflicto, a ofrecer al mundo un mensaje de esperanza. Estamos llamados a tender una mano a quien lo necesite, a compartir con generosidad nuestros bienes materiales con los m谩s desafortunados. Estamos llamados a proclamar de manera incansable la muerte y la resurrecci贸n del Se帽or, hasta que 脡l vuelva. Por Cristo, con 脡l y en 脡l, en la unidad que es el don del Esp铆ritu Santo a la Iglesia, demos honor y gloria a Dios nuestro Padre del cielo, en compa帽铆a de todos los 谩ngeles y santos que cantan su alabanza por los siglos. Am茅n.

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