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S.S. Benedicto XVI, Homilía del Santo Padre durante la Santa Misa con sacerdotes, religiosos, religiosas, diáconos, catequistas y exponentes de movimientos eclesiales de Chipre
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Homilía del Santo Padre durante la Santa Misa con sacerdotes, religiosos, religiosas, diáconos, catequistas y exponentes de movimientos eclesiales de Chipre

Iglesia parroquial latina de la Santa Cruz - Nicosia

Viaje Apost√≥lico a Chipre (4 ‚Äď 6 de junio de 2010)

Queridos hermanos y hermanas en Cristo

El Hijo del Hombre tiene que ser elevado, para que todo el que cree en √©l tenga vida eterna (cf. Jn 3,14-15). En esta Misa votiva adoramos y alabamos a Nuestro Se√Īor Jesucristo, que con su santa cruz ha redimido al mundo. Con su muerte y resurrecci√≥n ha abierto las puertas del cielo y nos ha preparado un sitio, para que nosotros, sus disc√≠pulos, podamos participar de su gloria.

Con el gozo de la victoria redentora de Cristo, os saludo a todos, reunidos en la Iglesia de la Santa Cruz, y os agradezco vuestra presencia. Aprecio mucho la cordialidad con la que me habéis acogido. Doy las gracias, de modo particular, a Su Beatitud el Patriarca Latino de Jerusalén, por sus palabras de bienvenida al comienzo de la Misa, y por la presencia del Padre Custodio de Tierra Santa. He venido a Chipre, primer puerto de destino de los viajes misioneros de San Pablo por el Mediterráneo, siguiendo las huellas de aquel gran Apóstol, para confirmaros en vuestra fe cristiana y para predicar el Evangelio que da vida y esperanza al mundo.

El centro de la celebración de hoy es la cruz de Cristo. Muchos podrían tener la tentación de preguntar por qué nosotros, los cristianos, celebramos un instrumento de tortura, un signo de sufrimiento, de fracaso y derrota. Es verdad que la cruz expresa todos estos significados. Y, sin embargo, a causa del que ha sido elevado en la cruz por nuestra salvación, representa también el triunfo definitivo del amor de Dios sobre todos los males del mundo.

Una antigua tradición cuenta que el madero de la cruz se tomó de un árbol plantado por Set, el hijo de Adán, en el lugar donde Adán fue enterrado. En aquel mismo lugar, conocido como el Gólgota, el lugar de la calavera, Set plantó una semilla del árbol del conocimiento del bien y del mal, el árbol que estaba en medio del jardín de Edén. Gracias a la providencia divina, la obra del Maligno habría sido aniquilada usando contra él sus mismas armas.

Enga√Īado por la serpiente, Ad√°n se apart√≥ de la confianza filial en Dios y pec√≥ comiendo del fruto del √ļnico √°rbol del jard√≠n que le hab√≠a sido prohibido. Como consecuencia de aquel pecado entr√≥ en el mundo el sufrimiento y la muerte. Los efectos tr√°gicos del pecado, es decir, el sufrimiento y la muerte, se hicieron del todo patentes en la historia de los descendientes de Ad√°n. Lo hemos escuchado en la primera lectura de hoy, que evoca la ca√≠da y prefigura la redenci√≥n de Cristo.

Como castigo por sus pecados, el pueblo de Israel, extenuado en el desierto, fue mordido por serpientes, y s√≥lo pudo salvarse de la muerte volviendo su mirada hacia el s√≠mbolo que Mois√©s hab√≠a elevado, prefigurando la cruz que pondr√≠a fin al pecado y a la muerte de una vez por todas. Vemos claramente que el hombre no puede salvarse por s√≠ mismo de las consecuencias de su pecado. No puede salvarse por s√≠ mismo de la muerte. S√≥lo Dios puede librarlo de su esclavitud moral y f√≠sica. Y tanto am√≥ Dios al mundo, que envi√≥ a su Hijo unig√©nito, no para condenar al mundo, como requer√≠a la justicia, sino para que el mundo se salve por √Čl. El Hijo unig√©nito de Dios ha tenido que ser elevado, como Mois√©s elev√≥ la serpiente en el desierto, para que cuantos lo miren con fe tengan la vida.

El madero de la cruz se transforma en el instrumento de nuestra redención, igual que el árbol del que había sido extraído dio origen a la caída de nuestros progenitores. El sufrimiento y la muerte, consecuencias del pecado, se transformaron precisamente en el medio por el que el pecado fue derrotado. El Cordero inocente fue sacrificado en el altar de la cruz y, sin embargo, de la inmolación de la víctima brotó vida nueva: el poder del Maligno fue destruido por el poder del amor que se autosacrifica.

La cruz, por tanto, es algo más grande y misterioso de lo que puede parecer a primera vista. Indudablemente, es un instrumento de tortura, de sufrimiento y derrota, pero al mismo tiempo muestra la completa transformación, la victoria definitiva sobre estos males, y esto la convierte en el símbolo más elocuente de la esperanza que el mundo haya visto jamás. Habla a todos los que sufren -los oprimidos, los enfermos, los pobres, los marginados, las víctimas de la violencia- y les ofrece la esperanza de que Dios puede convertir su dolor en alegría, su aislamiento en comunión, su muerte en vida. Ofrece esperanza ilimitada a nuestro mundo caído.

Por eso, el mundo necesita la cruz. No es simplemente un s√≠mbolo privado de devoci√≥n, no es un distintivo de pertenencia a un grupo dentro de la sociedad, y su significado m√°s profundo no tiene nada que ver con la imposici√≥n forzada de un credo o de una filosof√≠a. Habla de esperanza, habla de amor, habla de la victoria de la no violencia sobre la opresi√≥n, habla de Dios que ensalza a los humildes, da fuerza a los d√©biles, logra superar las divisiones y vencer el odio con el amor. Un mundo sin cruz ser√≠a un mundo sin esperanza, un mundo en el que la tortura y la brutalidad no tendr√≠an l√≠mite, donde el d√©bil ser√≠a subyugado y la codicia tendr√≠a la √ļltima palabra. La inhumanidad del hombre hacia el hombre se manifestar√≠a de modo todav√≠a m√°s horrible, y el c√≠rculo vicioso de la violencia no tendr√≠a fin. S√≥lo la cruz puede poner fin a todo ello. Mientras que ning√ļn poder terreno puede salvarnos de las consecuencias de nuestro pecado, y ninguna potencia terrena puede derrotar la injusticia en su origen, la intervenci√≥n redentora de Dios Amor puede transformar radicalmente la realidad del pecado y la muerte. Esto es lo que celebramos cuando nos gloriamos en la cruz del Redentor. San Andr√©s de Creta describe con raz√≥n la cruz como ‚Äúel m√°s excelente de todos los bienes‚Ķ por el cual y para el cual culmina nuestra salvaci√≥n y se nos restituye a nuestro estado de justicia original‚ÄĚ (Serm√≥n 10: PG 97, 1018-1019).

Queridos hermanos sacerdotes, queridos religiosos, queridos catequistas, se nos ha confiado el mensaje de la cruz para que podamos ofrecer esperanza al mundo. Cuando proclamamos a Cristo crucificado, no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a √Čl. No ofrecemos nuestra propia sabidur√≠a al mundo, no proclamamos ninguno de nuestros m√©ritos, sino que actuamos como instrumentos de su sabidur√≠a, de su amor y de m√©ritos redentores. Sabemos que somos simplemente vasijas de barro y, sin embargo, hemos sido sorprendentemente elegidos para ser mensajeros de la verdad redentora que el mundo necesita escuchar. Jam√°s nos cansemos de admirarnos ante la gracia extraordinaria que se nos ha dado, nunca dejemos de reconocer nuestra indignidad, pero, al mismo tiempo, esforc√©monos siempre para ser menos indignos de nuestra noble llamada, de manera que no pongamos en entredicho la credibilidad de nuestro testimonio con nuestros errores y ca√≠das.

En este A√Īo Sacerdotal, permitidme que me dirija de modo especial a los presb√≠teros aqu√≠ presentes, y a quienes se preparan para la ordenaci√≥n. Meditad las palabras que el Obispo dirige al ordenando cuando le hace entrega del c√°liz y la patena: ‚ÄúConsidera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Se√Īor‚ÄĚ. A la vez que proclamamos la cruz de Cristo, esforc√©monos siempre por imitar el amor gratuito de quien se ofreci√≥ a s√≠ mismo por nosotros en el altar de la cruz, de quien es al mismo tiempo sacerdote y v√≠ctima, de aquel en cuyo nombre hablamos y actuamos cuando ejercemos el ministerio que hemos recibido. Mientras pensamos en nuestras faltas, tanto individual como comunitariamente, reconozcamos humildemente que hemos merecido el castigo que √Čl, Cordero inocente, ha sufrido por nosotros. Y si, en consonancia con cuanto nos merecemos, participamos en el sufrimiento de Cristo, alegr√©monos porque tendremos una felicidad mucho m√°s grande cuando se revele su gloria.

En mi pensamiento y oraci√≥n, me acuerdo particularmente de muchos sacerdotes y religiosos de Medio Oriente que est√°n sintiendo en estos momentos una llamada especial a configurar su vida con el misterio de la cruz del Se√Īor. Donde los cristianos son minor√≠a, donde sufren dificultades por tensiones religiosas y √©tnicas, muchas familias toman la decisi√≥n de huir, y tambi√©n los pastores tienen la tentaci√≥n de hacer lo mismo. En situaciones de este tipo, sin embargo, un sacerdote, una comunidad religiosa, una parroquia que se mantiene firme y contin√ļa dando testimonio de Cristo es un signo extraordinario de esperanza, no s√≥lo para los cristianos sino tambi√©n para todos los que viven en la regi√≥n. Su sola presencia es una manifestaci√≥n elocuente del Evangelio de la paz, de la voluntad del Buen Pastor de cuidar de todas las ovejas, del inquebrantable compromiso de la Iglesia en favor del di√°logo, la reconciliaci√≥n y la aceptaci√≥n amorosa del pr√≥jimo. Abrazando la cruz que se les presenta, los sacerdotes y religiosos de Oriente Medio pueden irradiar realmente la esperanza que est√° en el centro del misterio que celebramos en la liturgia de hoy.

Que nos consuelen las palabras de la segunda lectura de hoy, que expresan magn√≠ficamente el triunfo reservado a Cristo despu√©s de su muerte en cruz, triunfo que estamos invitados a compartir: ¬ęPor eso Dios lo levant√≥ sobre todo, y le concedi√≥ el ‚ÄúNombre-sobre-todo- nombre‚ÄĚ; de modo que al nombre de Jes√ļs toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra, en el abismo¬Ľ (Flp 2,9-10).

S√≠, amados hermanos y hermanas en Cristo, alej√©monos de aquella gloria que no sea la de Nuestro Se√Īor Jesucristo (cf. Ga 6,14). √Čl es nuestra vida, nuestra salvaci√≥n y nuestra resurrecci√≥n. √Čl nos ha salvado y liberado.

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