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Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo XVIII del Tiempo Ordinario (Ciclo C). «Guardaos de toda codicia»
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Domingo XVIII del Tiempo Ordinario. «Guardaos de toda codicia»

I. LA PALABRA DE DIOS

Ecl 1,2; 2,21-23: “¡Vanidad de vanidades, todo es vanidad!”

¡Vanidad de vanidades, dice el sabio Qohelet; vanidad de vanidades, todo es vanidad!

Hay quien trabaja con sabiduría, ciencia y acierto, y tiene que dejarle su herencia a uno que no ha trabajado. También esto es vanidad y grave desgracia. Entonces, ¿qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol? De día su tarea es sufrir y penar, de noche no descansa su mente. También esto es vanidad.

Sal 94,1-2.6-9: “Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación”

Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: «Retornen, hijos de Adán».
Mil años en tu presencia
son un ayer, que pasó;
una vela nocturna.

Los siembras año por año,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde se marchita y se seca.

Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos.

Por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.

Col 3,1-5.9-11: “Aspiren a los bienes de arriba, no a los de la tierra”

Hermanos:

Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspiren a los bienes de arriba, no a los de la tierra.

Porque ustedes han muerto, y su vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también ustedes aparecerán gloriosos, juntamente con Él.

En consecuencia, den muerte a todo lo que hay de terreno en ustedes: la fornicación, la impureza, la pasión desordenada, la codicia y la avaricia, que es una idolatría.

No sigan engañándose los unos a los otros.

Despójense del hombre viejo con sus obras, y revístanse del hombre nuevo que, en busca de un conocimiento más profundo, se va renovando a imagen de su Creador.

En este orden nuevo no hay distinción entre judíos y griegos, circuncisos e incircuncisos, bárbaros e incivilizados, esclavos y libres, porque Cristo es la síntesis de todo y está en todos.

Lc 12, 13-21: “Así le sucede al que amontona riquezas para sí mismo y no es rico a los ojos de Dios”

En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús:

— «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia».

Él le contestó:

— «Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre ustedes?»

Y dijo a la gente:

— «Miren: guárdense de toda clase de codicia. Que por más rico que uno sea, la vida no depende de los bienes».

Y les propuso una parábola:

— «Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y se puso a pensar:

“¿Qué haré? No tengo dónde almacenar la cosecha”.

Y se dijo:

“Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida”.

Pero Dios le dijo:

“Necio, esta misma noche vas a morir. Lo que has acumulado, ¿para quién será?”

Así le sucede al que amontona riquezas para sí mismo y no es rico a los ojos de Dios».

II. APUNTES

De camino a Jerusalén, mientras anuncia a todos la llegada del Reino de los Cielos y proclama la Buena Nueva, uno se le acerca para pedirle que haga de juez en un litigio netamente mundano: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo». Como lamentablemente sucede tantas veces, la codicia o ambición se convierte en causa de división entre los hermanos.

En la petición de aquel hombre descubrimos un deseo de manipular a Cristo para obtener lo que quiere. Movido por sus intereses personales quiere servirse del Señor, de su fama, de su influencia sobre la gente, para obtener la parte de la herencia que el hermano le niega. Quien se acercaba al Señor con esta petición pensaba que estaba en todo su derecho y que era de justicia que su hermano repartiese la herencia con él. El hermano que se niega a compartir con él la herencia está obrando de un modo injusto, egoísta, codicioso. Sin embargo, también aquel que se acerca al Señor para pedirle que resuelva este conflicto lo hace movido por la codicia: lo que le preocupa es que su hermano le dé su parte y por ello quiere lograr que el Señor, justo juez, sentencie en su favor.

El Señor rechaza una tarea que no le ha sido encomendada: «¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre ustedes?». Denuncia la actitud de cuantos se acercan a Él más como alguien que debe resolver sus problemas familiares, económicos o de cualquier otra índole, en vez de buscar en Él la Vida que ha venido a traer. Su misión primordial consiste en perdonar los pecados, reconciliar al ser humano con Dios y devolverle la semejanza divina. Es a partir de esa reconciliación fundamental que todo ser humano podrá vivir también una reconciliación consigo mismo, con sus hermanos humanos y con la creación toda. Sólo mediante una conversión auténtica los hermanos que ahora se enemistan por la ambición y el egoísmo podrán vivir entre ellos la justicia y la caridad.

Inmediatamente el Señor busca sacar provecho de la situación para educar a sus discípulos: «Miren: guárdense de toda clase de codicia». La codicia es una afición o apego desordenado y desproporcionado a las riquezas y bienes materiales. La codicia, enseña el Apóstol, es una idolatría (ver 2ª. lectura). El codicioso hace del dinero su dios. Su seguridad y su confianza las encuentra en el dinero, se preocupa de tener cada vez más para sí y endurece el corazón a las necesidades del prójimo. El codicioso cree que posee sus riquezas, cuando en realidad es poseído por ellas: es su esclavo, aunque vive en la ilusión de ser su señor. Codicioso puede ser también el que poco o nada tiene, pero que piensa que el dinero lo es todo en la vida y hace lo que sea, de modo honesto o deshonesto, para adquirirlo y llegar algún día a “ser alguien” y experimentar la vana sensación de poder y seguridad que da el dinero. El Señor advierte a sus discípulos contra toda codicia pues el codicioso termina sustituyendo irremediablemente a Dios por Mamón, por el dios-dinero, y termina ofrendando su vida a este “dios”.

La parábola que propone el Señor a raíz de esta situación tiene una clara lección: «por más rico que uno sea, la vida no depende de los bienes». Vive en la ilusión quien pone su confianza en la abundancia de sus bienes. Un hombre que centra su seguridad en sus posesiones y que no tiene en cuenta la caducidad de esta vida sólo puede ser calificado de necio, estúpido, poco inteligente. La expresión usada por el Señor es fuerte, pues busca despertar y hacer salir de la ilusión a quien cree que lo más importante es atesorar para sí, poner en los bienes materiales y riquezas su gozo y confianza, cuando éstos son incapaces de asegurarle la Vida. Pretender lo contrario es pura vanidad y querer atrapar vientos (ver 1ª. lectura). Sólo Dios puede liberar al ser humano de la muerte y garantizarle la Vida eterna.

Es sabio, en cambio, quien pone su confianza en Dios y encuentra su seguridad en Él, consciente de que la muerte le puede sobrevenir en cualquier momento. Para lo que hay que estar preparados es para el encuentro final con Dios, que puede llegar ese mismo día. Entonces cada uno se encontrará cara a cara ante Dios, y la riqueza entonces no se medirá por los bienes temporales que uno haya acumulado en el terreno peregrinar, sino por el amor y la caridad vivida en el compartir.

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Hoy mucho parece girar en torno al dios-dinero: se trabaja para tener no sólo una seguridad económica razonable sino para tener la mayor abundancia posible. Por el dinero o la posesión de las herencias surgen tantas desavenencias entre hermanos, conflictos, divisiones, se generan odios y se maquinan venganzas e incluso asesinatos. La ambición se apodera de muchos corazones cuando el dinero está en juego. Normalmente los que más tienen siempre quieren más, y más se aferran a lo que tienen. Cada vez más la vida gira en torno al tener: los que tienen para no perder lo que tienen y para tener más. Los que no tienen o tienen poco, para llegar a tener más. Hombres o mujeres que se dejan llevar por el ansia de tener, por la codicia, se trastornan y se vuelven cada vez más egoístas e insensibles a las necesidades de los demás. Y aunque se creen dueños de su propio dinero, se vuelven sus esclavos; aunque se creen ricos, viven en la pobreza más espantosa: la del espíritu.

Pero, ¿por qué se ambiciona tanto la riqueza, a veces a niveles obsesivos? El dinero ofrece una sensación de poder y dominio: “poderoso caballero, don dinero”, reza una sentencia popular. ¡Cuántas cosas se pueden alcanzar en este mundo cuando se tiene dinero! Tal es su poder que “hace girar al mundo” en torno a uno. Quien con el dinero “todo lo puede comprar” —cosas lícitas como también ilícitas— experimenta una sensación de seguridad: “mientras tenga dinero, nada me faltará, nada tengo de qué preocuparme; todo está a mi alcance”. El Señor advierte que se trata de una falsa sensación de seguridad, pues la vida de uno no está asegurada por sus bienes. Los bienes nada pueden contra la muerte, que llegará inexorablemente en el momento menos esperado, quizá cuando más seguros nos sintamos.

El Señor nos invita a estar atentos para no ceder a la codicia, que nos lleva a poner nuestra seguridad última en las riquezas. Ellas no podrán comprarle la vida eterna, todo lo contrario, por su apego, por poner en ellas su confianza, existe el riesgo de que pierda la vida: «¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida?» (Mc 8,36). Mas esos mismos bienes nos pueden ayudar a ganar el Cielo si con actitud desprendida sabemos hacer un recto uso de ellos, administrándolos con sabiduría, para beneficio de muchos, según el corazón de Dios: «No amontonen tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonen más bien tesoros en el Cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben» (Mt 6,19-20). Ayudar con obras de caridad o de promoción humana y cristiana es hacerte rico a los ojos de Dios y atesorar riquezas en el Cielo.

Frente a la codicia, frente a la tendencia a aferrarme a lo que tengo, debo recordar constantemente esta verdad: yo no soy dueño de lo que poseo, sino sólo un administrador. Dios me ha dado todo lo que soy, tengo y puedo alcanzar en la vida. Si todo lo he recibido de Dios, ¿no conviene que también yo aprenda a ser generoso como Él ha sido y es generoso conmigo? ¿Cómo puedo hacer un buen uso de mis bienes, para poder ayudar a otros? No perdamos de vista que sólo somos peregrinos en este mundo, y que el Señor nos pedirá cuentas de lo que hicimos con los talentos que Él nos confió. A quien ha sabido administrar rectamente esos talentos, multiplicándolos para beneficio de todos, el Señor lo premiará con abundancia.

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Basilio: «Debía haber dicho “abriré mis graneros y convocaré a los pobres”. Pero piensa, no en repartir, sino en amontonar. Continúa, pues: “Y dijo, esto haré; derribaré mis graneros”. Hace bien, porque son dignas de destrucción las adquisiciones de la maldad: destruye tú también tus graneros, porque de ellos nadie ha obtenido consuelo. Añade: “Y los haré mayores”. Y si también llenas éstos, ¿volverás acaso a destruirlos? ¿Qué cosa más necia que trabajar indefinidamente? Los graneros son para ti —si tú quieres— las casas de los pobres; pero dirás: ¿a quién ofendo conservando lo que es mío? Y prosigue: “Y allí recogeré todos mis frutos y mis bienes”. Dime, ¿qué bienes son los tuyos? ¿De dónde los has tomado para llevarlos en la vida? Como los que llegan temprano a un espectáculo, impiden que participen los que llegan después, tomando para sí lo que está ordenado para el uso común de todos, así son los ricos, que apoderándose antes de lo que es común, lo estiman como si fuese suyo. Porque si cualquiera que habiendo recibido lo necesario para satisfacer sus necesidades, dejase lo sobrante para los pobres, no habría ni ricos ni pobres».

San Gregorio de Nacianzo: «No, hermanos y amigos míos, no seamos malos administradores de los bienes que Dios nos ha regalado, no nos hagamos acreedores a la reprensión de Pedro: “Avergonzaos, los que retenéis lo ajeno, esforzaos en imitar la equidad de Dios, y así nadie será pobre”. No pongamos nuestro afán en reunir y conservar riquezas, mientras otros padecen necesidad».

San León Magno: «No puede dudarse de que los pobres consiguen con más facilidad que los ricos el don de la humildad, ya que los pobres, en su indigencia, se familiarizan fácilmente con la mansedumbre y, en cambio, los ricos se habitúan fácilmente a la soberbia. Sin embargo, no faltan tampoco ricos adornados de esta humildad y que de tal modo usan de sus riquezas que no se ensoberbecen con ellas, sino que se sirven más bien de ellas para obras de caridad, considerando que su mejor ganancia es emplear los bienes que poseen en aliviar la miseria de sus prójimos.

»El don de esta pobreza se da, pues, en toda clase de hombres y en todas las condiciones en las que el hombre puede vivir, pues pueden ser iguales por el deseo incluso aquellos que por la fortuna son desiguales, y poco importan las diferencias en los bienes terrenos si hay igualdad en las riquezas del espíritu. Bienaventurada es, pues, aquella pobreza que no se siente cautivada por el amor de bienes terrenos ni pone su ambición en acrecentar las riquezas de este mundo, sino que desea más bien los bienes del Cielo».

San Ambrosio: «En vano amontona riquezas el que no sabe si habrá de usar de ellas; ni tampoco son nuestras aquellas cosas que no podemos llevar con nosotros. Sólo la virtud es la que acompaña a los difuntos. Únicamente nos sigue la caridad, que obtiene la vida eterna a los que mueren».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

2259: La Escritura, en el relato de la muerte de Abel a manos de su hermano Caín, revela, desde los comienzos de la historia humana, la presencia en el hombre de la ira y la codicia, consecuencias del pecado original. El hombre se convirtió en el enemigo de sus semejantes.

El noveno mandamiento

«No codiciarás la casa de tu prójimo, ni codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo» (Ex 20,17).

«El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5,28).

2514: S. Juan distingue tres especies de codicia o concupiscencia: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida (ver 1Jn 2,16). Siguiendo la tradición catequética católica, el noveno mandamiento prohíbe la concupiscencia de la carne; el décimo prohíbe la codicia del bien ajeno.

El décimo mandamiento

«No codiciarás... nada que sea de tu prójimo» (Éx 20,17).

«No desearás... su casa, su campo, su siervo o su sierva, su buey o su asno: nada que sea de tu prójimo» (Dt 5,21).

«Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6,21).

2534: El décimo mandamiento desdobla y completa el noveno, que versa sobre la concupiscencia de la carne. Prohíbe la codicia del bien ajeno, raíz del robo, de la rapiña y del fraude, prohibidos por el séptimo mandamiento. La «concupiscencia de los ojos» lleva a la violencia y la injusticia prohibidas por el quinto precepto. La codicia tiene su origen, como la fornicación, en la idolatría condenada en las tres primeras prescripciones de la ley. El décimo mandamiento se refiere a la intención del corazón; resume, con el noveno, todos los preceptos de la Ley.

2535: El apetito sensible nos impulsa a desear las cosas agradables que no poseemos. Así, desear comer cuando se tiene hambre, o calentarse cuando se tiene frío. Estos deseos son buenos en sí mismos; pero con frecuencia no guardan la medida de la razón y nos empujan a codiciar injustamente lo que no es nuestro y pertenece o es debido a otra persona.

2536: El décimo mandamiento prohíbe la avaricia y el deseo de una apropiación inmoderada de los bienes terrenos. Prohíbe el deseo desordenado nacido de la pasión inmoderada de las riquezas y de su poder. Prohíbe también el deseo de cometer una injusticia mediante la cual se dañaría al prójimo en sus bienes temporales:

Cuando la Ley nos dice: «No codiciarás», nos dice, en otros términos, que apartemos nuestros deseos de todo lo que no nos pertenece. Porque la sed del bien del prójimo es inmensa, infinita y jamás saciada, como está escrito: «El ojo del avaro no se satisface con su suerte» (Si 14,9) (Catech. R. 3,37).

2537: No se quebranta este mandamiento deseando obtener cosas que pertenecen al prójimo siempre que sea por medios justos. La catequesis tradicional señala con realismo «quiénes son los que más deben luchar contra sus codicias pecaminosas» y a los que, por tanto, es preciso «exhortar más a observar este precepto»:

Los comerciantes, que desean la escasez o la carestía de las mercancías, que ven con tristeza que no son los únicos en comprar y vender, pues de lo contrario podrían vender más caro y comprar a precio más bajo; los que desean que sus semejantes estén en la miseria para lucrarse vendiéndoles o comprándoles... Los médicos, que desean tener enfermos; los abogados que anhelan causas y procesos importantes y numerosos… (Catech. R. 3,37).

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

La adhesión al Señor Jesús y el escuchar y acoger su Plan tocan lo fundamental de la persona y encuentran eco vital desde los dinamismos fondales que se abren y elevan hacia el encuentro. Si siguiendo el ejemplo de Jesús debemos morir a la muerte, y hoy diríamos a su cultura (de muerte), para vivir la verdadera vida, poniendo nuestra vida personal al servicio del Plan divino y sus consecuencias, es lógico que participemos también del dinamismo bendicional que es ese misterio del amor del Señor, poniendo nuestros bienes —según los que se posean— al servicio de los hermanos, en especial de los más necesitados. Precisamente por allí va la ejemplar lección de Dios Amor a los hombres. Si uno no percibe esa fuerza que va de lo central del corazón humano a todo su ser, y se abre en efectiva, servicial y solidaria fraternidad hacia los hermanos, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?

Por ello mismo la codicia y apego a los bienes temporales es un acto que va contra el amor de Dios y en ese sentido contra el divino designio, y por lo tanto es idolatría. Es cerrarse al dinamismo de la vida y permanecer en la muerte. El desapego del dinero, el no poner la confianza en él, es una condición fundamental en la vida cristiana. «Sea vuestra conducta sin avaricia; contentos con lo que tenéis, pues él ha dicho: No te dejaré ni te abandonaré; de modo que podamos decir confiados: El Señor es mi ayuda; no temeré» (Heb 13,5-6). A eso mismo apunta esa otra enseñanza del Espíritu cuando por el Apóstol dice que no participará en la herencia del Reino ningún codicioso, nadie que se postra idolátricamente ante los bienes perecederos. Y es que en la confianza en el tener se encuentra una raíz de los males, al punto que por dejarse llevar por la avaricia del dinero algunos «se extraviaron en la fe y se atormentaron con muchos dolores» (1Tim 6,10). El absurdo de esa confianza en el tener es denunciado, también, con energía y con un simbólico llamado a la conversión, en el Apocalipsis: «Sé también que vas pregonando: “Soy rico, estoy forrado de dinero y nada necesito”. ¡Pobre infeliz! ¿No sabes que eres miserable y pordiosero, y ciego y desnudo? Si de veras quieres enriquecerte, harías bien en comprarme oro pasado por el crisol, vestidos blancos con que cubrir tu vergonzosa desnudez y colirio con que ungir tus ojos para que puedas ver» (Ap 3,17-18).

La radical actitud de la comunidad de Jerusalén de poner los bienes en común es una manifestación de rechazo al hechizo de las riquezas y una manifestación de solidaridad (ver Hch2,45; 4,32). Obviamente no se trataba solamente de un poner en común, sino de una respuesta desde la centralidad del amor, como se ha de ver por la esclarecedora enseñanza del Apóstol que pone de relieve la importancia de lo interior, lo esencial: «Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha» (1Cor13,3).

La adhesión al dinero y a las riquezas temporales contrasta con la certeza del inconmensurable valor de aquella «riqueza mejor y más duradera» (Heb 10,34). La recta valoración de los bienes materiales debe producir una actitud de desprendimiento, una conducta que no se afane tanto en las posesiones, en el tener, sino que viva el desapego y se abra a la dimensión solidaria de la comunicación de bienes. Bien enseña el Espíritu a Timoteo: «A los ricos de este mundo recomiéndales que no sean altaneros ni pongan su esperanza en lo inseguro de las riquezas sino en Dios, que nos provee espléndidamente de todo para que lo disfrutemos; que practiquen el bien, que se enriquezcan de buenas obras, que den con generosidad y con liberalidad; de esta forma irán atesorando para el futuro un excelente fondo con el que podrán adquirir la vida verdadera» (1Tim 6,17-19). Así, el tener queda purificado por el desapego y la comunicación de bienes en el horizonte de la caridad.

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