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Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo XVII del Tiempo Ordinario (Ciclo C). «Señor, enséñanos a orar»
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Domingo XVII del Tiempo Ordinario. «Señor, enséñanos a orar»

I. LA PALABRA DE DIOS

Gen 18, 20-32: “Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza”

En aquellos días, el Señor dijo:

— «La acusación contra Sodoma y Gomorra es fuerte, y su pecado es grave; voy a bajar, a ver si realmente sus acciones responden a la acusación que contra ellas llega a mí; y si no es así, lo sabré».

Partieron de allí aquellos hombres y se dirigieron a Sodoma, mientras el Señor seguía en compañía de Abraham.

Entonces Abraham se acercó y dijo a Dios:

«¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás a la ciudad por los cincuenta inocentes que hay en ella? ¡Lejos de ti hacer tal cosa!, matar al inocente juntamente con el culpable, de modo que la suerte del inocente sea como la del culpable; ¡lejos de ti! El juez de todo el mundo, ¿no hará justicia?»

El Señor contestó:

— «Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos».

Abraham respondió:

— «Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza. Si faltan cinco para el número de cincuenta inocentes, ¿destruirás, por cinco, toda la ciudad?»

Respondió el Señor:

— «No la destruiré, si es que encuentro allí cuarenta y cinco».

Abraham insistió:

— «Quizá no se encuentren más que cuarenta».

Le respondió:

— «En atención a los cuarenta, no lo haré».

Abraham siguió:

— «Que no se enoje mi Señor, si sigo hablando. ¿Y si se encuentran treinta?»

Él respondió:

— «No lo haré, si encuentro allí treinta».

Insistió Abraham:

— «Me he atrevido a hablar a mi Señor. ¿Y si se encuentran sólo veinte?»

Respondió el Señor:

— «En atención a los veinte, no la destruiré».

Abraham continuó:

— «Que no se enoje mi Señor si hablo una vez más. ¿Y si se encuentran diez?»

Contestó el Señor:

— «En atención a los diez, no la destruiré».

Sal 137, 1-3.6-8: “Cuando te invoqué, Señor, me escuchaste”

Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tocaré para ti, me postraré hacia tu santuario.

Daré gracias a tu nombre, por tu misericordia y tu lealtad. Cuando te invoqué, me escuchaste, aumentaste el valor en mi alma.

El Señor es sublime, se fija en el humilde, y de lejos conoce al soberbio. Cuando camino entre peligros, me conservas la vida; extiendes tu brazo contra la ira de mi enemigo y tu derecha me salva.

El Señor completará sus favores conmigo: Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.

Col 2,12-14: “Sepultados con Cristo por el Bautismo, han resucitado con Él”

Hermanos:

Por el Bautismo fueron ustedes sepultados con Cristo, y han resucitado con Él, porque han creído en la fuerza de Dios que lo resucitó de entre los muertos.

Ustedes estaban muertos por sus pecados, porque no estaban circuncidados; pero Dios les dio vida en Él, perdonándoles todos los pecados.

Borró el documento que nos condenaba con sus cláusulas y era contrario a nosotros; lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz.

Lc 11,1-13: “Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre…”

Una vez, estaba Jesús orando en cierto lugar. Cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:

— «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».

Él les dijo:

— «Cuando oren digan: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos ofende, y no nos dejes caer en la tentación”».

Y les dijo:

— «Si alguno de ustedes tiene un amigo, y viene durante la medianoche para decirle:

“Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”.

Y, desde dentro, el otro le responde:

“No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”.

Si el otro insiste llamando, yo les digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos para que no siga molestando se levantará y le dará cuanto necesite.

Por eso yo les digo:

Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra, y al que llama se le abre.

¿Qué padre entre ustedes, cuando su hijo le pide pan, le dará una piedra?

¿O si le pide pescado, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?

Pues, si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?»

II. APUNTES

El Señor Jesús, Hijo de Dios e hijo de Santa María Virgen, es un hombre de acción y oración. El anuncio de la Buena Nueva, sus signos y milagros, la obra de la Reconciliación obrada en su Muerte y Resurrección son ante todo acción, acción que se sustenta en la comunión profunda y en el diálogo continuo con el Padre, acción que es ella misma una acto de ininterrumpida alabanza al Padre porque es fiel cumplimiento de sus amorosos designios divinos: «Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar» (Jn 17,4). En efecto, llevando a cabo la obra que el Padre le ha encomendado, el Hijo glorifica al Padre porque hace de su actividad una liturgia continua, una oración que no se interrumpe. El Señor Jesús vive intensamente el binomio de la acción y oración: oración para la vida y apostolado, vida y apostolado hechos oración.

Es en medio de la intensa actividad que realiza en su camino a Jerusalén, actividad que es ella misma oración, que el Señor no deja de buscar los necesarios “momentos fuertes” de diálogo y encuentro íntimo con el Padre. Él estaba «orando en cierto lugar», leemos en el Evangelio de este Domingo. Ésta es una de las tantas ocasiones en las que Jesús busca al Padre en el silencio y la soledad de la oración. En medio de la actividad el Señor se muestra como un hombre de oración (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 2599-2606), constituyéndose en modelo que «con su oración atrae a la oración» (Catecismo de la Iglesia Católica, 520), ya que el discípulo que contempla a su Maestro en oración experimenta él mismo la necesidad de orar, experimenta el deseo de aprender de quien es el Maestro. Por ello que cuando Jesús termina de orar le dijo uno de sus discípulos: «Señor, enséñanos a orar».

Ante la pregunta el Señor no enseña propiamente “cómo” orar, no establece un método de oración, sino que enseña qué decir en el momento de orar y propone una plegaria muy breve y concreta, cuyo contenido va a lo esencial: «Cuando oren digan: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos ofende, y no nos dejes caer en la tentación”».

En esta oración la primera palabra que debe dirigir el creyente a Dios es la de “Padre”. Es verdaderamente hijo, en Jesucristo y por Jesucristo, quien con Él ha sido sepultado en el Bautismo y quien ha resucitado con Él también a una vida nueva (2ª. lectura). La reconciliación que el Señor ha obrado por su pasión, muerte y resurrección, es perdón de los pecados, cancelación de «la nota de cargo que había contra nosotros». Todo bautizado ha sido vivificado en Cristo y hecho hijo en el Hijo: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (1Jn 3,1). Gracias a Jesucristo y en comunión con Él, el creyente es verdaderamente hijo de Dios y se puede dirigir a Él como Padre.

Luego de enseñar a sus discípulos esta fundamental plegaria el Señor continúa su instrucción sobre la oración. La persistencia y la confianza han de ser sus principales características. Con la parábola del amigo importuno enseña cuán insistente debe ser la súplica dirigida al Padre. También Abraham muestra esa terca insistencia al suplicar a Dios que no destruya las ciudades inicuas de Sodoma y Gomorra, en consideración a los pocos justos que allí pudiese haber (1ª. lectura). Jesús por su parte concluye su parábola dándoles la certeza a los discípulos de que serán atendidos por Dios en sus plegarias: «Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra, y al que llama se le abre».

Sin embargo, el Señor deja entrever que si no reciben lo que piden, es porque están pidiendo algo que no conviene. La razón de no recibir lo que se pide hay que buscarla no en que Dios no escucha, sino en que como Padre Él no dará a sus hijos lo que no es conveniente. Y a veces, aunque no se comprenda de momento, lo más conveniente será la Cruz a la que el Padre en sus misteriosos designios invita al discípulo a abrazarse con firmeza. En esas circunstancias el Hijo por excelencia será también Modelo y Maestro de cómo se ha de rezar: «Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú» (Mt26,39).

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Al ver al maestro en oración, el discípulo experimenta la necesidad de rezar él también. ¿Pero cómo orar? ¿Cuál es la mejor manera o el método seguro para comunicarse con Dios? ¿Y quién mejor que el mismo Jesucristo para enseñarnos a orar? Así, ante la súplica de los discípulos que le dicen “enséñanos a orar”, el Señor les propone una plegaria sencilla y concreta: «Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino…».

Muchos hoy hacen una distinción entre “orar” y “rezar”. Definen que “rezar” es tan sólo repetir una fórmula, mientras que “orar” es dialogar espontáneamente con el Señor. A quien corre el riesgo de pensar que el diálogo espontáneo con Dios es superior y preferible a “rezar” con alguna fórmula establecida, conviene recordarle que lo que Jesús enseñó a sus discípulos es justamente una fórmula, que millones de cristianos vienen rezando desde entonces, fieles a la instrucción del Señor. ¡Qué importante es rezar con esta oración que el Señor mismo nos ha dejado como una preciosísima herencia!

Obvio que existe el peligro de la rutina, que lleva a recitar la oración del Padrenuestro como podría repetirla un loro, sin entender el contenido de sus palabras y súplicas. Así terminamos vaciándola de todo contenido y haciendo de ella un puro parloteo. ¡Cuántos creen que rezan porque al final del día balbucean un Padrenuestro apuradamente, antes de acostarse, como si eso fuera rezar!

Sin embargo, bastaría rezar bien esta oración cada día, dándole el verdadero peso y sentido a sus palabras y súplicas, para que nuestra vida quedase transformada. Para ello es necesario profundizar en el sentido de lo que rezamos en esta preciosa oración, elaborada por el Señor mismo para enseñarnos cómo orar.

Con la primera palabra de esta oración el Señor Jesús nos invita a dirigirnos a Dios diciéndole “Padre”. Dios es verdaderamente Padre, un Padre rico en misericordia y ternura, es mi Padre y verdaderamente me ama y como tal quiere mi máximo bien (ver 1Jn 3,1; Lc 15,11-32).

Pero Dios, a quien el Señor Jesús me enseña a dirigirme con confianza filial, no sólo es mi Padre: es también Padre de Jesucristo, Padre mío y tuyo, de todos los que hemos recibido la vida nueva en Cristo, es “Padre nuestro”. Sí, el Señor nos enseña que su Padre es también Padre nuestro y eso nos hace a ti y a mí hermanos, verdaderamente hermanos, unidos por un vínculo más profundo que el de la sangre, el vínculo del Espíritu que hemos recibido el día de nuestro Bautismo. Y si somos hijos de un mismo Padre, no podemos consentir divisiones entre quienes somos de Cristo, más aún, somos responsables los unos de los otros, somos responsables de trabajar por nuestra unidad, por vivir reconciliados en el amor del Señor. No hay fraternidad más profunda y real que ésa: la que se sustenta en la dignidad y condición de ser hijos de un mismo Padre, que es Dios.

Podríamos así profundizar en cada una de las palabras y peticiones que el Señor ha querido poner no sólo en nuestros labios, sino más aún en nuestros corazones. Eso queda como tarea para cada uno, y en esta tarea nos ayudará muchísimo la lectura y meditación del Catecismo de la Iglesia Católica, números 2779 al 2856.

Procuremos además rezar todos los días el Padrenuestro pausadamente, en la mañana antes de empezar nuestra jornada, tomando conciencia de cada una de las palabras que pronunciamos con nuestros labios y procurando con la gracia de Dios vivirlas intensamente a lo largo de nuestra jornada.

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Cipriano: «Ante todo, el Doctor de la paz y Maestro de la unidad no quiso que hiciéramos una oración individual y privada, de modo que cada cual rogara sólo por sí mismo. No decimos: “Padre mío, que estás en los cielos”, ni: “El pan mío dámelo hoy”, ni pedimos el perdón de las ofensas sólo para cada uno de nosotros, ni pedimos para cada uno en particular que no caigamos en la tentación y que nos libre del mal. Nuestra oración es pública y común, y cuando oramos lo hacemos no por uno solo, sino por todo el pueblo, ya que todo el pueblo somos como uno solo».

San Cipriano: «El hombre nuevo, nacido de nuevo y restituido a Dios por su gracia, dice en primer lugar: Padre, porque ya ha empezado a ser hijo. La Palabra vino a su casa —dice el Evangelio— y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Por esto, el que ha creído en su nombre y ha llegado a ser hijo de Dios debe comenzar por hacer profesión, lleno de gratitud, de su condición de hijo de Dios, llamando Padre suyo al Dios que está en los cielos».

San Cipriano: «[Decimos] santificado sea tu nombre, no en el sentido de que Dios pueda ser santificado por nuestras oraciones, sino en el sentido de que pedimos a Dios que su nombre sea santificado en nosotros. Por lo demás, ¿por quién podría Dios ser santificado, si es Él mismo quien santifica? Mas, como sea que Él ha dicho: Sed santos, porque yo soy santo, por esto, pedimos y rogamos que nosotros, que fuimos santificados en el Bautismo, perseveremos en esta santificación inicial. Y esto lo pedimos cada día. Necesitamos, en efecto, de esta santificación cotidiana, ya que todos los días delinquimos, y por esto necesitamos ser purificados mediante esta continua y renovada santificación».

San Cipriano: «Venga a nosotros tu reino. Pedimos que el reino de Dios se realice, en el mismo sentido en que imploramos que su nombre sea santificado en nosotros. En efecto, ¿cuándo es que Dios no reina? ¿Cuándo ha comenzado a ser lo que en Él siempre ha existido y jamás dejará de existir? Pedimos, pues, que venga nuestro reino, el que Dios nos ha prometido, aquel que Cristo nos ha alcanzado por su Pasión y su Sangre. Así, después de haber sido esclavos en este mundo, seremos reyes cuando Cristo será soberano, tal como Él mismo nos lo ha prometido cuando dice: “Venid, benditos de mi Padre, recibid en herencia el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo” (Mt 25,34)».

San Cipriano: «[Decimos] hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo, no en el sentido de que Dios haga lo que quiera, sino de que nosotros seamos capaces de hacer lo que Dios quiere. ¿Quién, en efecto, puede impedir que Dios haga lo que quiere? Pero a nosotros sí que el diablo puede impedirnos nuestra total sumisión a Dios en sentimientos y acciones; por esto pedimos que se haga en nosotros la voluntad de Dios, y para ello necesitamos de la voluntad de Dios, es decir, de su protección y ayuda, ya que nadie puede confiar en sus propias fuerzas, sino que la seguridad nos viene de la benignidad y misericordia divinas».

San Cipriano: «Dios nos enseñó a orar no sólo con palabras, sino también con hechos, ya que Él oraba con frecuencia, mostrando, con el testimonio de su ejemplo, cuál ha de ser nuestra conducta en este aspecto; leemos, en efecto: Jesús solía retirarse a despoblado para orar; ytambién: Subió a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

Sobre la oración del Padrenuestro

2761: «La Oración dominical [el Padrenuestro] es, en verdad, el resumen de todo el Evangelio». «Cuando el Señor hubo legado esta fórmula de oración, añadió: “Pedid y se os dará” (Lc 11, 9). Por tanto, cada uno puede dirigir al cielo diversas oraciones según sus necesidades, pero comenzando siempre por la oración del Señor que sigue siendo la oración fundamental».

2764: El Sermón de la Montaña es doctrina de vida, la Oración dominical es plegaria, pero en uno y otra el Espíritu del Señor da forma nueva a nuestros deseos, esos movimientos interiores que animan nuestra vida. Jesús nos enseña esta vida nueva por medio de sus palabras y nos enseña a pedirla por medio de la oración. De la rectitud de nuestra oración dependerá la de nuestra vida en Él.

2765: La expresión tradicional «Oración dominical» [es decir «Oración del Señor»] significa que la oración al Padre nos la enseñó y nos la dio el Señor Jesús. Esta oración que nos viene de Jesús es verdaderamente única: ella es «del Señor». Por una parte, en efecto, por las palabras de esta oración el Hijo único nos da las palabras que el Padre le ha dado: Él es el Maestro de nuestra oración. Por otra parte, como Verbo encarnado, conoce en su corazón de hombre las necesidades de sus hermanos y hermanas los hombres, y nos las revela: es el Modelo de nuestra oración.

2766: Pero Jesús no nos deja una fórmula para repetirla de modo mecánico. Como en toda oración vocal, el Espíritu Santo, a través de la Palabra de Dios, enseña a los hijos de Dios a hablar con su Padre. Jesús no sólo nos enseña las palabras de la oración filial, sino que nos da también el Espíritu por el que éstas se hacen en nosotros «espíritu y vida» (Jn 6, 63). Más todavía: la prueba y la posibilidad de nuestra oración filial es que el Padre «ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: “¡Abbá, Padre!”» (Gal 4, 6). Ya que nuestra oración interpreta nuestros deseos ante Dios, es también «el que escruta los corazones», el Padre, quien «conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión en favor de los santos es según Dios» (Rom 8, 27). La oración al Padre se inserta en la misión misteriosa del Hijo y del Espíritu.

2767: Este don indisociable de las palabras del Señor y del Espíritu Santo que les da vida en el corazón de los creyentes ha sido recibido y vivido por la Iglesia desde los comienzos. Las primeras comunidades recitan la Oración del Señor «tres veces al día», en lugar de las «Dieciocho bendiciones» de la piedad judía.

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

En el Padre Nuestro los hijos de la Iglesia hemos recibido un invalorable tesoro, una especie de magna escuela de oración. La Oración Dominical es la plegaria que el mismo Señor Jesús nos enseñó. A propósito de ello comenta San Cipriano de Cartago: «Quien nos dio la vida nos enseñó también a orar [...], para que al hablar ante el Padre con la misma oración que el Hijo enseñó, más fácilmente seamos escuchados».

En el Padre Nuestro se pone de manifiesto la unidad del Cuerpo Místico de Cristo que eleva su oración al Padre con las palabras del Hijo por acción del Espíritu Santo. Al pronunciar las palabras en plural se evidencia la referencia a la comunidad que peregrina a la Casa Paterna e invoca unida al Padre. Se trata de una oración de la comunidad eclesial, en la que incluso cuando uno de los hijos de la Iglesia la recita solo, está siempre unido a la comunidad toda. Es una expresión de la unidad de aquella magnífica realidad que el Apóstol inspirado enseñaba a losGálatas: «ya todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gál 3,28).

Quisiera detenerme brevemente a considerar dos aspectos de la Oración Dominical que pueden aportar a la conciencia reconciliadora de cara al siglo XXI. El Señor Jesús al enseñarnos a orar con el Padre Nuestro nos dispone a hacerlo en dos secciones o bloques de peticiones. De cada una de ellas tomaré una petición para reflexionar en relación al tema que venimos tratando.

«Venga a nosotros tu Reino»

Podemos preguntarnos con San Gregorio de Nisa: «¿Qué busca, pues, esta petición?». En cierto sentido se puede entender que el Reino es la realidad dinámica de Dios y su Plan, que operando en la existencia y mediando la gratuita invitación divina, es acogida en la vida humana por la fe, la esperanza y la caridad.

Se trata de una situación que ya ha comenzado, y que sin embargo espera aún su consumación. «El Reino de Dios está ante nosotros. Se aproxima en el Verbo Encarnado, se anuncia a través de todo el Evangelio, llega en la Muerte y la Resurrección de Cristo. El Reino de Dios adviene en la Última Cena y por la Eucaristía está entre nosotros. El Reino de Dios llegará en la Gloria cuando Jesucristo lo devuelva a su Padre», explica el Catecismo de la Iglesia. Vivimos esa misteriosa realidad del “ya” pero “todavía no”, en la que la Iglesia peregrina espera en perspectiva escatológica, y al mismo tiempo no se aparta «de su misión en este mundo... Porque desde Pentecostés, la venida del Reino es obra del Espíritu del Señor “a fin de santificar todas las cosas llevando a plenitud su obra en el mundo”».

Como miembros de la Iglesia recibimos la misión, cada uno desde el propio llamado y estado, de anunciar el amor y la reconciliación del Reino. A él nos adherimos desde nuestra mismidad. Esa adhesión al Reino implica para el creyente una acogida del Plan de Dios para la propia vida y para la convivencia social. El «venga a nosotros tu Reino» es una imploración que elevamos al Padre pidiéndole nos conceda la gracia de vivir esa adhesión al divino Plan en nuestra vida y en nuestras acciones, cotidianamente, desde las raíces mismas de nuestro ser.

El pueblo fiel de nuestras tierras canta hermosamente, también, este anhelo cada vez que entona el Tú reinarás. En este sentido resulta interesante la opinión de diversos Padres y comentaristas que ven una unidad entre esta petición de la Oración Dominical y la siguiente: «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo...». Por ejemplo, Tertuliano, quien decía que: «“Venga tu reino” se relaciona con “hágase tu voluntad”, es decir, en nosotros». El compromiso por hacer realidad el reinado de Dios en nosotros implica pronunciar un “hágase” generoso y permanente ante el llamado que el Señor nos hace, en sintonía con el «Hágase» de Santa María. Es decir, adherirse afectiva y efectivamente a Dios y a su divino Plan.

El Reino es vida cristiana y es horizonte hacia el cual encaminarnos y dirigir nuestro quehacer. El Reino es una expresión que sintetiza una dimensión fundamental en la existencia cristiana. Pedir que «venga a nosotros» expresa la conciencia de que la fuerza de Dios auxilia nuestra debilidad para llevarnos por sus senderos, viviendo y acogiendo su Plan de amor y reconciliación.

«Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden»

Esta súplica se ubica en el segundo grupo de peticiones del Padre Nuestro. En ella, nos dirigimos con esperanza a Aquel que reconocemos como Padre, con una clara conciencia de la propia debilidad y pecado, con la esperanza de la conversión y el perdón. La parábola del Hijo Pródigo, que bien se podría llamar parábola de la reconciliación, revela con profundidad la paternal ternura de Dios que acoge al hijo arrepentido, que regresa tras haberse sumergido en la más terrible alienación por un mal uso de su libertad.

En esta petición invocamos el perdón del Padre. Ante todo por uno mismo. Y, teniendo conciencia de la común fragilidad, por la que «en virtud de una solidaridad humana tan misteriosa e imperceptible como real y concreta, el pecado de cada uno repercute en cierta manera en los demás», expresamos una adhesión a la causa común de suplicar perdón por todos, confiando siempre en la divina Misericordia.

Ahora bien, la segunda parte de la invocación —«como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden»— pone una medida clara para nuestra conciencia, y al mismo tiempo constituye una exigencia según la cual nos comprometemos en el dinamismo de la cooperación, dejándonos impulsar por la gracia a hacer concreto el perdón y la reconciliación.

Así como también nosotros perdonamos, son palabras de un compromiso serio que nos llevan a tomar conciencia de un programa de vida cristiana cotidiana. La conciencia de acercarse a pedir perdón, haciendo en la vida diaria un ejercicio de esa dimensión reconciliativa de la existencia, es fundamental en la vida coherente de un cristiano. Por si fuera poco, allí tenemos la parábola del Maestro que evidencia lo que pasa con aquel que en su engreimiento y ceguera pide perdón para sí por sus ofensas pero no perdona las ofensas de las que ha sido víctima. Toda susceptibilidad propia que lleve a un tan mezquino proceder debe desvanecerse en el mar inmenso de la misericordia y caridad divinas que alcanza a las propias deudas. Esos dones de Dios invitan a vivir con ardor y perseverancia todo el alcance del perdón. La más intensa concordia fraterna, centrada en la verdad y la caridad, se abre como experiencia de vida.

Nunca debemos olvidar que la iniciativa del perdón viene del Padre que «nos reconcilió por la muerte de su Hijo» y «nos perdonó en Cristo». Junto a un elemental sentido de equidad y de gratitud, se pone así de manifiesto la unidad indivisible del amor en la Iglesia: «quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve».

En el camino de la búsqueda de perfección a la que todo hijo de la Iglesia está llamado, en virtud de la vocación de todos a la santidad, la dimensión de perdón es fundamental: el perdón hacia uno mismo, y ciertamente el perdón a los demás, dimensión fundamental de la caridad, y también de una vida sana. Así enseña el Papa Juan Pablo II, cuando dice: «El mundo de los hombres puede hacerse “cada vez más humano”, solamente si en todas las relaciones recíprocas que plasman su rostro moral introducimos el momento del perdón, tan esencial al Evangelio. El perdón atestigua que en el mundo está presente el amor más fuerte que el pecado». Tras él debemos abrazar la dinámica reconciliativa, en su rico despliegue, laborando por la comunión, conscientes de la gran tarea de contribuir a ello que implica adherirse plenamente a la Fe de la Iglesia.

En la Oración Dominical encontramos, pues, una invitación a profundizar y vivir la dinámica reconciliadora que brota del Designio amoroso del Padre, transforma nuestra realidad, nos impulsa a vivir esa reconciliación con nuestros hermanos y nos sitúa ante el desafío de anunciar la Buena Nueva de la Reconciliación a todos los seres humanos.

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