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Rvdo. P. Jürgen Daum, Fiesta del Bautismo del Señor (Ciclo C). «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto»
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Fiesta del Bautismo del Señor. «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto»

I. LA PALABRA DE DIOS

Is 42,1-4.6-7: “He aquí mi siervo a quien yo sostengo”

Así dice el Señor:

«Miren a mi siervo, a quien sostengo;
mi elegido, a quien prefiero.
Sobre él he puesto mi espíritu,
para que traiga el derecho a las naciones.
No gritará, no clamará,
no voceará por las calles.
La caña resquebrajada no la quebrará,
ni apagará la mecha que apenas arde.
Promoverá fielmente el derecho,
y no se debilitará ni se cansará,
hasta implantarlo en la tierra,
los pueblos lejanos anhelan su enseñanza.
Yo, el Señor, te he llamado según mi plan salvador,
te he cogido de la mano,
te he formado, y te he hecho
mediador de un pueblo, luz de las naciones.
Para que abras los ojos de los ciegos,
saques a los cautivos de la prisión,
y del calabozo a los que habitan las tinieblas».

Sal 28,1-4.9-10: “El Señor bendice a su pueblo con la paz”

Hijos de Dios, aclamen al Señor,
aclamen la gloria del nombre del Señor,
póstrense ante el Señor en el atrio sagrado.
La voz del Señor sobre las aguas,
el Señor sobre las aguas torrenciales.
La voz del Señor es potente,
la voz del Señor es magnífica.
El Dios de la gloria ha tronado.
En su templo un grito unánime: “¡Gloria!”
El Señor se sienta por encima del aguacero,
el Señor se sienta como rey eterno.

Hech 10,34-38: “Dios ungió a Jesús con la fuerza del Espíritu Santo”

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:

—«Ahora comprendo que Dios no hace distinciones; acepta al que lo honra y obra rectamente, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los hijos de Israel, anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos.

Ustedes saben lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, comenzando por Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él».

Lc 3, 15-16. 21-22: “Jesús también se bautizó”

En aquel tiempo, el pueblo estaba a la expectativa, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos:

«Yo les bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él les bautizará con Espíritu Santo y fuego».

Un día, cuando se bautizaba mucha gente, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre Él en forma de paloma, y vino una voz del cielo:

«Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto».

II. APUNTES

¿Por qué se hizo bautizar el Señor?

Juan invitaba a un bautismo, distinto de las habituales abluciones religiosas destinadas a la purificación de las impurezas contraídas de diversas maneras. Su bautismo era un bautismo «de conversión para perdón de los pecados» (Mc 1,4). Debía marcar un fin y un nuevo inicio, el cambio de conductas pecaminosas en conductas virtuosas, el abandono de una vida alejada de los mandamientos divinos para asumir una vida justa, santa, conforme a las enseñanzas divinas. Su bautismo implicaba el abandono de toda conducta injusta y pecaminosa así como el propósito decidido de dar «frutos dignos de conversión» (ver Mt 3,6-8).

El ritual del bautismo expresaba mediante el símbolo una realidad espiritual profunda. Quien se había arrepentido de su vida de pecado era sumergido completamente en el agua del Jordán. De ese modo se significaba que era sepultado aquel que había muerto al pecado y a todas sus obras de injusticia. Luego se le sacaba del agua simbolizando con ello un nuevo nacimiento, un resurgir —luego de haber sido purificado por el agua— a una vida nueva, justa, santa. Cabe decir que a este ritual del nuevo nacimiento se le conoce como “bautismo” dado que la palabra griega de la que procede, baptizein, significa literalmente “sumergir”, “introducir dentro del agua”.

Con su predicación y bautismo Juan realizaba aquello que anunciaban las antiguas promesas de salvación hechas por Dios a su pueblo: «Una voz clama en el desierto: “¡Preparen el camino del Señor! ¡Allánenle los caminos!”» (Is 40,3). Consciente de su misión precursora, Juan anunciaba que su bautismo daría paso a otro, infinitamente superior al suyo, aquel que realizaría el Señor Jesús: «Yo les bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él les bautizará con Espíritu Santo y fuego» (Lc 3,16; Mt 3,11).

Un día estaba Juan bautizando en el Jordán cuando se llegó a él el Señor para pedirle que lo bautice. Pero, ¿necesitaba Jesús el bautismo de Juan? ¿Necesitaba renunciar a una vida de pecado, de infidelidad a la Ley divina y de lejanía de Dios, para empezar una vida nueva? No. Por ello Juan se resiste a bautizarlo (ver Mt 3,14). El Señor Jesús es el Cordero inmaculado, en Él no hay pecado alguno, Él no necesita ser bautizado con un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, no necesita morir a una realidad de pecado —inexistente en Él— para comenzar una vida nueva. Ante el Cordero inmaculado Juan se siente indigno y reclama ser él quien necesita ser bautizado por el Señor Jesús. A pesar de ello, el Señor se acerca a Juan como uno de tantos pecadores que piden ser bautizados e insiste ante la negativa de Juan: «Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia» (ver Mt 3,15).

«Sólo a partir de la Cruz y la Resurrección se clarifica todo el significado de este acontecimiento... Jesús había cargado con la culpa de toda la humanidad; entró con ella en el Jordán. Inicia su vida pública tomando el puesto de los pecadores... El significado pleno del bautismo de Jesús, que comporta cumplir “toda justicia”, se manifiesta sólo en la Cruz: el bautismo es la aceptación de la muerte por los pecados de la humanidad, y la voz del Cielo —“Éste es mi Hijo amado”— es una referencia anticipada a la resurrección. Así se entiende también por qué en las palabras de Jesús el término bautismo designa su muerte (ver Mc 10,38; Lc 12,50)» (Joseph Ratzinger – S.S. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret).

Éste es entonces el sentido profundo del bautismo que recibe el Señor: «Haciéndose bautizar por Juan, junto con los pecadores, Jesús comenzó a cargar con el peso de la culpa de toda la humanidad como Cordero de Dios que “quita” el pecado del mundo. Una obra que cumplió sobre la cruz cuando recibió también su “bautismo”». Es entonces cuando «muriendo se sumergió en el amor del Padre y difundió el Espíritu Santo para que los que creen en Él renacieran de esa fuente inagotable de vida nueva y eterna. Toda la misión de Cristo se resume en esto: bautizarse en el Espíritu Santo para librarnos de la esclavitud de la muerte y “abrirnos el Cielo”, es decir, el acceso a la vida verdadera y plena» (S.S. Benedicto XVI).

El evangelista Lucas resalta que luego de su bautismo, mientras oraba, «se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre Él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”». El momento del bautismo del Señor Jesús se convierte en una “epifanía” o “manifestación” de Jesús como Mesías de Israel e Hijo de Dios. El nombre «Cristo» viene de la traducción griega del término hebreo «Mesías» que quiere decir «ungido». El Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino debía ser ungido por el Espíritu del Señor (ver Is 11,2) como rey, sacerdote y profeta. A la vista del pueblo de Israel, Jesús es mostrado como el Ungido por excelencia, Aquel que ha sido ungido por el Espíritu Santo, sobre quien ha descendido visiblemente, en quien ese Espíritu mora.

Mas el Mesías es manifestado al pueblo de Israel no solamente como rey, sacerdote y profeta, sino por encima de todo como el Hijo amado del Padre, el predilecto. Nos encontramos ante la autorizada manifestación y proclamación de la filiación divina de Jesucristo.

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

La fiesta del Bautismo del Señor es ocasión propicia para reflexionar sobre nuestro propio Bautismo y sus implicancias. El Bautismo no es un mero “acto social”. Un día yo fui bautizado y mi Bautismo marcó verdaderamente un antes y un después: por el don del agua y el Espíritu Santo fuimos sumergidos en la muerte de Cristo para nacer con Él a la vida nueva, a la vida de Cristo, a la vida de la gracia. Por el Bautismo llegué a ser “una nueva criatura” (2Cor 5,16), fui verdaderamente “revestido de Cristo” (Gál 3,27). En efecto, la Iglesia enseña que «mediante el Bautismo, nos hemos convertido en un mismo ser con Cristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2565).

Pero si mi Bautismo me ha transformado radicalmente, ¿por qué sigo experimentando en mí una inclinación al mal? ¿Por qué la incoherencia entre lo que creo y lo que vivo? ¿Por qué tantas veces termino haciendo el mal que no quería y dejo de hacer el bien que me había propuesto? (ver Rom 7,15) ¿Por qué me cuesta tanto vivir como Cristo me enseña? Ante esta experiencia tan contradictoria aclara la enseñanza de la Iglesia que aunque el Bautismo «borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios... las consecuencias para la naturaleza, debilitada e inclinada al mal, persisten en el hombre y lo llaman al combate espiritual» (Catecismo de la Iglesia Católica, 405).

Dios ha permitido que luego de mi Bautismo permanezcan en mí la inclinación al mal, la debilidad que me hace frágil ante las tentaciones, la inercia o dificultad para hacer el bien, con el objeto de que sean un continuo aguijón que me estimule cada día al combate decidido por la santidad, así como a buscar siempre en Él la fuerza necesaria para vencer el mal con el bien.

Dios llama a todo bautizado al combate espiritual. El combate espiritual tiene como objetivo final nuestra propia santificación, es decir, asemejarnos lo más posible al Señor Jesús, alcanzar su misma estatura humana, llegar a pensar, amar y actuar como Él. Sabemos que esa transformación, que es esencialmente interior, es obra del Espíritu divino en nosotros. Es Dios mismo quien por su Espíritu nos renueva interiormente, nos transforma y conforma con su Hijo, el Señor Jesús. Sin embargo, Dios ha querido que desde nuestra fragilidad y pequeñez cooperemos activamente en la obra de nuestra propia santificación. Decía San Agustín: “quien te ha creado sin tu consentimiento, no quiere salvarte sin tu consentimiento”. Y este consentimiento implica la cooperación decidida en “despojarnos” del hombre viejo y sus obras para “revestirnos” al mismo tiempo del hombre nuevo, de Cristo (ver Ef 4,22ss). Esto no es sencillo, por eso hablamos de combate, de lucha interior.

Para vencer en este combate lo primero que debemos hacer es reconocer humildemente nuestra insuficiencia: sin Él nada podemos (ver Jn 15,5). No podemos dejar de rezar, no podemos dejar de pedirle a Dios las fuerzas y la gracia necesaria para vencer el mal, nuestros vicios y pecados, para rechazar con firmeza toda tentación que aparezca ante nosotros, para poder perseverar en el bien y en el ejercicio de las virtudes que nos enseña el Señor Jesús.

Junto con la incesante oración hemos de proponer medios concretos para ir venciendo los propios vicios o malos hábitos que descubro en mí, para ir cambiándolos por modos de pensar, de sentir y de actuar que correspondan a las enseñanzas del Señor.

El Señor a todos nos pide perseverar en ese combate (ver Mt 24,13), con paciencia, con esperanza, nunca dejarnos vencer por el desaliento, siempre levantarnos de nuestras caídas, pedirle perdón con humildad si caemos y volver decididos a la batalla cuantas veces sea necesario. No olvidemos que “el santo no es el que nunca cae, sino el que siempre se levanta”.

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Pedro Crisólogo: «Hoy entra Cristo en las aguas del Jordán, para lavar los pecados del mundo: así lo atestigua Juan con aquellas palabras: Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Hoy el siervo prevalece sobre el Señor, el hombre sobre Dios, Juan sobre Cristo; pero prevalece en vistas a obtener el perdón, no a darlo».

San Ambrosio: «Fue bautizado el Señor, no para purificarse, sino para purificar las aguas, a fin de que, purificadas por la carne de Jesucristo, que no conoció el pecado, tuviesen virtud para bautizar a los demás».

San Basilio Magno: «El bautismo tiene una doble finalidad: la destrucción del cuerpo de pecado, para que no fructifiquemos ya más para la muerte, y la vida en el Espíritu, que tiene por fruto la santificación; por esto el agua, al recibir nuestro cuerpo como en un sepulcro, suscita la imagen de la muerte; el Espíritu, en cambio, nos infunde una fuerza vital y renueva nuestras almas, pasándolas de la muerte del pecado a la vida original. Esto es lo que significa renacer del agua y del Espíritu, ya que en el agua se realiza nuestra muerte y el Espíritu opera nuestra vida».

San Gregorio de Nacianceno: «Honremos hoy, pues, el bautismo de Cristo y celebremos como es debido esta festividad. Procurad una limpieza de espíritu siempre en aumento. Nada agrada tanto a Dios como la conversión y salvación del hombre, ya que para Él tienen lugar todas estas palabras y misterios; sed como lumbreras en medio del mundo, como una fuerza vital para los demás hombres; si así lo hacéis, llegaréis a ser luces perfectas en la presencia de aquella gran luz, impregnados de sus resplandores celestiales, iluminados de un modo más claro y puro por la Trinidad, de la cual habéis recibido ahora, con menos plenitud, un único rayo proveniente de la única Divinidad, en Cristo Jesús, nuestro Señor, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

El bautismo de Jesús

536: El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja contar entre los pecadores; es ya «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29); anticipa ya el «bautismo» de su muerte sangrienta. Viene ya a «cumplir toda justicia» (Mt 3,15), es decir, se somete enteramente a la voluntad de su Padre: por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión de nuestros pecados. A esta aceptación responde la voz del Padre que pone toda su complacencia en su Hijo. El Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción viene a «posarse» sobre él. De él manará este Espíritu para toda la humanidad. En su bautismo, «se abrieron los cielos» (Mt 3,16) que el pecado de Adán había cerrado; y las aguas fueron santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu como preludio de la nueva creación.

1224: Nuestro Señor se sometió voluntariamente al Bautismo de S. Juan, destinado a los pecadores, para «cumplir toda justicia» (Mt 3,15). Este gesto de Jesús es una manifestación de su «anonadamiento» (ver Flp 2,7). El Espíritu que se cernía sobre las aguas de la primera creación desciende entonces sobre Cristo, como preludio de la nueva creación, y el Padre manifiesta a Jesús como su «Hijo amado» (Mt 3,16-17).

1225: En su Pascua, Cristo abrió a todos los hombres las fuentes del Bautismo. En efecto, había hablado ya de su pasión que iba a sufrir en Jerusalén como de un «Bautismo» con que debía ser bautizado. La sangre y el agua que brotaron del costado traspasado de Jesús crucificado son figuras del Bautismo y de la Eucaristía, sacramentos de la vida nueva: desde entonces, es posible «nacer del agua y del Espíritu» para entrar en el Reino de Dios.

El Bautismo cristiano

1267: El Bautismo hace de nosotros miembros del Cuerpo de Cristo. «Por tanto... somos miembros los unos de los otros» (Ef 4,25). El Bautismo incorpora a la Iglesia. De las fuentes bautismales nace el único pueblo de Dios de la Nueva Alianza que trasciende todos los límites naturales o humanos de las naciones, las culturas, las razas y los sexos: «Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo» (1Cor 12,13).

1269: Hecho miembro de la Iglesia, el bautizado ya no se pertenece a sí mismo, sino al que murió y resucitó por nosotros. Por tanto, está llamado a someterse a los demás, a servirles en la comunión de la Iglesia, y a ser «obediente y dócil» a los pastores de la Iglesia y a considerarlos con respeto y afecto. Del mismo modo que el Bautismo es la fuente de responsabilidades y deberes, el bautizado goza también de derechos en el seno de la Iglesia: recibir los sacramentos, ser alimentado con la palabra de Dios y ser sostenido por los otros auxilios espirituales de la Iglesia.

1270: Los bautizados «por su nuevo nacimiento como hijos de Dios están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia» y de participar en la actividad apostólica y misionera del Pueblo de Dios.

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«El Bautismo en Cristo es un don porque el bautizado es reconciliado con Dios y transformado en criatura nueva en el Señor. Se trata de un dinamismo espiritual nutrido de caridad que lo lleva a reformular su relación con Dios, con su propia interioridad, alejándose del egoísmo, del pecado, de las rupturas y viviendo el amor.

»El cristiano percibe a los seres humanos como hermanos y ve brotar en su mente y corazón la solidaridad que, hecha de caridad, lo impulsa a la acción. Constata que las cosas están puestas para usarlas según el divino Plan. El bautismo invita a la persona a una perfección integral y la hace sensible a una profunda transformación de la sociedad y la cultura iluminada por el fuego ardiente de amor que viene del Señor Jesús».

«Aspiren a lo más, a entregar lo más, a darse con todo su amor y a pedir y a implorar y a rogar para crecer en el amor de Dios. A pedir, a rogar insistentemente a Dios para que podamos vivir plenamente de su gracia y podamos así recorrer el camino de la cuádruple reconciliación que Él pone ante nosotros. Al recibir el gran don del Bautismo, el ser humano es sumergido en Cristo, lo que quiere decir que es convertido en Cristo, Cristo se encuentra en esta realidad. El Sacramento ha impreso en nosotros la presencia del Señor, y nos invita como Sacramento a avanzar, a avanzar en nuestra existencia entregando el don del Bautismo. El Bautismo surge en la vida cristiana, el Bautismo es el Sacramento fundamental de la iniciación. Con el Bautismo la marca de la cruz y de la resurrección se convierte en nuestra realidad interior, y se abre para nosotros el camino de la pedagogía de la alegría y del dolor por el cual Dios mismo nos va formando a través de nuestra existencia. Pero esa dinámica bautismal exige una respuesta. Esa iniciativa de Amor Divino exige una respuesta de nuestro amor concreto y esa respuesta sólo es posible con la gracia de Dios que el Espíritu derrama en abundancia sobre nuestros corazones».

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