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Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo XXXII del Tiempo Ordinario (Ciclo B). «Los demás han echado de lo que les sobra, pero ella ha dado todo lo que tenía para vivir»
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Domingo XXXII del Tiempo Ordinario. «Los demás han echado de lo que les sobra, pero ella ha dado todo lo que tenía para vivir»

I. LA PALABRA DE DIOS

1Re 17,10-16: “La viuda hizo un pan y lo llevó a Elías”

En aquellos días, el profeta Elías se puso en camino hacia Sarepta, y, al llegar a la puerta de la ciudad, encontró allí una viuda que recogía leña. La llamó y le dijo:

—«Por favor, tráeme un poco de agua en un jarro para que beba».

Mientras iba a buscarla, le gritó:

—«Por favor, tráeme también en la mano un trozo de pan».

Respondió ella:

—«Te juro por el Señor, tu Dios, que no tengo pan cocido; me queda sólo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en una vasija, y ahora estaba recogiendo un poco de leña, para ir a prepararlo para mi hijo y para mí; comeremos y luego moriremos».

Respondió Elías:

—«No temas. Prepáralo como has dicho, pero primero hazme a mí un pan pequeño y tráemelo; para ti y para tu hijo lo harás después.

Porque así dice el Señor, Dios de Israel:

“El cántaro de harina no se vaciará, la vasija de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra”».

Ella se fue, hizo lo que le había dicho Elías, y comieron él, ella y su hijo.

Ni el cántaro de harina se vació, ni la vasija de aceite se agotó, como lo había dicho el Señor por medio de Elías.

Sal 145,7-10: “Alaba, alma mía, al Señor”

Que mantiene su fidelidad perpetuamente, que hace justicia a los oprimidos, que da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos.

El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos.

Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad.

Heb 9,24-28: “Cristo destruyó el pecado con el sacrificio de sí mismo”

Cristo ha entrado no en un santuario construido por hombres —imagen del auténtico—, sino en el mismo Cielo, para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros.

Tampoco se ofrece a sí mismo muchas veces —como el sumo sacerdote, que entraba en el santuario todos los años y ofrecía sangre ajena; si hubiese sido así, tendría que haber padecido muchas veces, desde el principio del mundo—. De hecho, Él se ha manifestado una sola vez, al final de la historia, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo.

Por cuanto el destino de los hombres es morir una sola vez. Y después de la muerte, el juicio.

De la misma manera, Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos.

Después aparecerá por segunda vez, ya no en relación con el pecado, sino para salvar a los que lo esperan.

Mc 12,38-44: “Esa viuda pobre ha dado todo lo que tenía para vivir”

En aquel tiempo, enseñaba Jesús a la gente y les decía:

—«¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza; buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Éstos recibirán una sentencia más rigurosa».

Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y puso dos monedas de poco valor. Llamando a sus discípulos, les dijo:

—«Les aseguro que esa pobre viuda ha puesto en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para vivir».

II. APUNTES

Elías, el más grande profeta de Israel, le pide de comer y beber a una viuda pobre de Sarepta (1ª. lectura). La mujer se encuentra en una situación en extremo desesperada, pues en medio de la carestía general no le queda más que un puñado de harina y un poco de aceite para hacer un pan para ella y para su hijo: «comeremos y luego moriremos», le dice al profeta. El profeta Elías la invita a confiar en Dios, pues Él ha dicho: «El cántaro de harina no se vaciará, la vasija de aceite no se agotará». La viuda responde con un acto de enorme generosidad, desprendimiento y confianza en Dios: «hizo lo que le había dicho Elías». Dios, por su parte, no defraudó la confianza de aquella mujer y cumplió su promesa tal y como lo había dicho Elías.

Este episodio del Antiguo Testamento encuentra un paralelo en el Evangelio de este Domingo. El Señor Jesús se encuentra en el Templo de Jerusalén. Allí solía ir a enseñar. En una ocasión se puso a observar a la gente que iba echando sus óbolos en los cepillos.

Dentro del gran Templo, en el atrio de las mujeres, se encontraba la sala del tesoro. A la entrada de esta sala había colocados trece cepillos, llamados “trompas” por la forma de su abertura exterior. Las ofrendas se hacían más numerosas cuando los judíos acudían a Jerusalén con ocasión de alguna fiesta importante, como por ejemplo en la Pascua. Los peregrinos aprovechaban la visita a la ciudad santa para pagar también el tributo del Templo, obligatorio para los judíos.

El Señor observaba cómo los ricos echaban en cantidad. Acaso lo hacían con cierta ostentación, para que se viera lo mucho que echaban. Observa asimismo a una viuda pobre que se acerca para echar apenas «dos moneditas», una suma irrisoria en sí misma y más aún si se comparaba con lo mucho que echaban los ricos. Aquellas moneditas eran dos “leptá”. Si queremos hacernos una idea del valor aproximado de su ofrenda, dieciséis leptá equivalían a un denario, que es lo que recibía un obrero por un día de trabajo (ver Mt 20,2). Su ofrenda equivale, pues, a la octava parte de un jornal.

De las viudas en Israel sabemos que se encontraban en una situación bastante precaria, por estar jurídicamente desprotegidas. Al casarse la mujer se separaba de su propia familia. Si enviudaba, perdía el vínculo con la familia del difunto. Podía volver a la familia de sus padres, pero ésta no tenía obligación de mantenerla. Con el tiempo muchas viudas terminaban pobres y abandonadas.

El Señor Jesús aprovecha la ocasión para dar una lección fundamental a sus discípulos. Pone a esta viuda pobre como modelo de generosidad: ella ha dado más que nadie, porque mientras los demás echaban de lo que les sobraba, «ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para vivir» (Mc 12,43-44). La lección es clara: lo que pesa en la ofrenda dada a Dios no es tanto la cantidad, sino la actitud con que se da. Aquella viuda, a diferencia de los que dan “de lo que les sobra”, muestra una enorme generosidad y confianza en Dios. Ella, por amor a Dios, se desprende incluso de lo que necesita, se desprende de todo lo que tiene para vivir. Su entrega no es un acto suicida, sino que manifiesta su enorme confianza en Dios, confianza de que a ella nada le faltará porque está en las manos de Dios. Sabe que Dios no se deja ganar en generosidad: Él es muchísimo más generoso con quien es generoso con Él. Dios, en cuyas manos se sabe, proveerá lo necesario para su subsistencia.

La confianza en Dios y la generosidad mostrada por aquellas dos mujeres tan dignas de alabanza es mostrada también por el Señor mismo. Jesucristo, el Hijo del Padre, Dios de Dios que por amor al hombre se ha hecho hombre encarnándose de María Virgen por obra del Espíritu Santo: no sólo da todo de sí, sino que Él mismo se entrega totalmente por nosotros en el Altar de la Cruz (2ª. lectura). Él ha ofrecido este sacrificio «una sola vez para quitar los pecados de todos». Por el don total de sí mismo nos ha reconciliado definitivamente con Dios.

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

¿Y yo, cuánto le doy al Señor? ¿Le doy todo de mí? ¿O le doy sólo de lo que me sobra? La generosidad con el Señor no se mide sólo en cuánta limosna doy, cuánto colaboro económicamente con el sostenimiento de la Iglesia, sino más aún en cuanto le entrego de mi tiempo, para rezar, para encontrarme con Él, para dedicarme a obras sociales en nombre del Señor. Así, por ejemplo, puedo preguntarme: ¿Cuántas veces he dejado de ir a Misa los Domingos y le he dicho al Señor “hoy no tengo tiempo para Ti”, “hoy prefiero mi descanso”? ¿Le he dado “más” cuando experimentaba que me pedía más, o le he dicho “hasta aquí no más”, “no me pidas más”? ¿Qué tan generoso he sido con Él ofreciéndole mi tiempo, dones, talentos, ofreciéndome yo mismo para lo que Él quiera?

Podemos hacernos esta otra pregunta también: ¿Es posible que ame a Dios con todo mi ser, si no estoy dispuesto a darle todo lo que Él me pide, a darle todo de mí, a darle mi propia vida incluso? Muchas veces ponemos límites a nuestro amor. Limitamos nuestro amor a Dios cuando nos dejamos vencer por el miedo y la desconfianza, cuando nos apegamos a nuestras seguridades materiales, a las personas, a los puestos de importancia, a nuestra fama, etc. Limitamos nuestro amor y lo dañamos cuando preferimos nuestros vicios y pecados como la pereza, la lujuria, la vanagloria, la ira, la soberbia, o cuando antes que buscar cumplir el Plan de Dios anteponemos nuestros propios planes.

La experiencia humana nos enseña que aquel o aquella que ama de verdad, está dispuesto a darlo todo por aquel a quien ama, está dispuesto incluso a sacrificar la propia vida por el amado. No otra cosa decía el Señor del amor pleno: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15,13). Ama a Dios verdaderamente quien no se reserva nada para sí mismo. Así, dándose, asumiendo una actitud oblativa en su vida, el ser humano experimenta aquello que enseñaba también el Señor: «Hay mayor felicidad en dar que en recibir» (Hech 20,35). Es en ese darse totalmente a Dios, en ese confiar plenamente en Él, aunque cueste, aunque duela, cuando experimenta la profunda alegría del corazón, cuando se realiza verdaderamente.

El egoísta cree que no puede haber alegría alguna en dar. Se resiste a compartir. Cree que la alegría la encontrará únicamente aferrándose a lo que tiene, recibiendo y poseyendo cada vez más. Sin embargo, al vivir de ese modo sólo crece la angustia de su corazón por la preocupación de no perder lo que tiene. Y si lo pierde, le invade una inmensa desolación, una tristeza y depresión tal que incluso su propia vida pierde sentido. ¡Qué triste y pobre es la vida de quien cierra su corazón por el egoísmo y la mezquindad! Aferrándose a sus riquezas y bienes, cae en la mayor pobreza, la pobreza de aquel a quien le falta amor.

En cambio, quien como la viuda pobre o como el Señor mismo aprende a hacer de la generosidad y magnanimidad la ley de su vida, aunque no tenga mucho o se encuentre en la indigencia, posee una riqueza enorme, una riqueza que nadie le podrá quitar, es la riqueza de poder vivir el amor verdadero, no sólo en esta vida, sino para toda la eternidad.

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Beda: «“Entonces convocando a sus discípulos, les dijo: En verdad os digo que esta pobre viuda ha echado más en el arca que todos los otros”. Porque Dios no valora la ofrenda en sí, sino la intención del que la hace. Tampoco considera tanto la cantidad que se da, sino la parte que de todo lo poseído se separa».

San Agustín: «Zaqueo fue un hombre de gran voluntad y su caridad fue grande. Dio la mitad de sus bienes en limosnas y se quedó con la otra mitad sólo para devolver lo que acaso había defraudado. Mucho dio y mucho sembró. Entonces aquella viuda que dio dos céntimos, ¿sembró poco? No, lo mismo que Zaqueo. Tenía menos dinero pero igual voluntad, y entregó sus dos moneditas con el mismo amor que Zaqueo la mitad de su patrimonio. Si miras lo que dieron, verás que entregan cantidades diversas; pero si miras de dónde lo sacan, verás que sale del mismo sitio lo que da la una que lo que entrega el otro».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

La pobreza de corazón o el desprendimiento de riquezas

2544: Jesús exhorta a sus discípulos a preferirle a Él respecto a todo y a todos y les propone «renunciar a todos sus bienes» (Lc 14, 33) por Él y por el Evangelio. Poco antes de su pasión les mostró como ejemplo la pobre viuda de Jerusalén que, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir. El precepto del desprendimiento de las riquezas es obligatorio para entrar en el Reino de los Cielos.

2545: «Todos los cristianos... han de intentar orientar rectamente sus deseos para que el uso de las cosas de este mundo y el apego a las riquezas no les impidan, en contra del espíritu de pobreza evangélica, buscar el amor perfecto» (LG 42).

2546: «Bienaventurados los pobres en el espíritu» (Mt 5,3). Las bienaventuranzas revelan un orden de felicidad y de gracia, de belleza y de paz. Jesús celebra la alegría de los pobres, a quienes pertenece ya el Reino (Lc 6,20):

El Verbo llama «pobreza en el Espíritu» a la humildad voluntaria de un espíritu humano y su renuncia; el apóstol nos da como ejemplo la pobreza de Dios cuando dice: «Se hizo pobre por nosotros» (2Cor 8,9) (S. Gregorio de Nisa).

2547: El Señor se lamenta de los ricos porque encuentran su consuelo en la abundancia de bienes. «El orgulloso busca el poder terreno, mientras el pobre en espíritu busca el Reino de los Cielos» (San Agustín). El abandono en la providencia del Padre del Cielo libera de la inquietud por el mañana (ver Mt 6,25-34). La confianza en Dios dispone a la bienaventuranza de los pobres: ellos verán a Dios.

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«La adhesión al Señor Jesús y el escuchar y acoger su Plan tocan lo fundamental de la persona y encuentran eco vital desde los dinamismos fondales que se abren y elevan hacia el encuentro. Si siguiendo el ejemplo de Jesús debemos morir a la muerte, y hoy diríamos a su cultura (de muerte), para vivir la verdadera vida, poniendo nuestra vida personal al servicio del Plan divino y sus consecuencias, es lógico que participemos también del dinamismo bendicional que es ese misterio del amor del Señor, poniendo nuestros bienes —según los que se posean— al servicio de los hermanos, en especial de los más necesitados. Precisamente por allí va la ejemplar lección de Dios Amor a los hombres. Si uno no percibe esa fuerza que va de lo central del corazón humano a todo su ser, y se abre en efectiva, servicial y solidaria fraternidad hacia los hermanos, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?»

«La adhesión al dinero y a las riquezas temporales contrasta con la certeza del inconmensurable valor de aquella “riqueza mejor y más duradera” (Heb 10,34). La recta valoración de los bienes materiales debe producir una actitud de desprendimiento, una conducta que no se afane tanto en las posesiones, en el tener, sino que viva el desapego y se abra a la dimensión solidaria de la comunicación de bienes. Bien enseña el Espíritu a Timoteo: “A los ricos de este mundo recomiéndales que no sean altaneros ni pongan su esperanza en lo inseguro de las riquezas sino en Dios, que nos provee espléndidamente de todo para que lo disfrutemos; que practiquen el bien, que se enriquezcan de buenas obras, que den con generosidad y con liberalidad; de esta forma irán atesorando para el futuro un excelente fondo con el que podrán adquirir la vida verdadera” (1Tim 6,17-19). Así, el tener queda purificado por el desapego y la comunicación de bienes en el horizonte de la caridad».

«María, desde su naturaleza inmaculada y haciendo recto uso de su libertad, responde a su vocación, a su llamado, con ejemplar generosidad. No hay temores ni cobardías que la paralicen. No hay dudas ni inseguridades que la detengan. No hay planes propios ni falsas seguridades que la aten. María nos enseña cómo la respuesta a la propia vocación es el camino por excelencia que hace realidad la vida cristiana para cada uno, y posibilita el despliegue de aquello que llevamos inscrito en nuestra naturaleza más profunda, en nuestra mismidad, en lo hondo de nuestro ser. Ése es el camino de realización y de avance a la felicidad: responder al llamado de Dios a cada uno».

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