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Rvdo. P. J√ľrgen Daum, Domingo XXIII del Tiempo Ordinario (Ciclo B). ¬ęTodo lo ha hecho bien¬Ľ
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Domingo XXIII del Tiempo Ordinario. ¬ęTodo lo ha hecho bien¬Ľ

I. LA PALABRA DE DIOS

Is 35,4-7: ‚ÄúDios viene en persona a salvarlos‚ÄĚ

Esto dice el Se√Īor:

Digan a los cobardes de corazón:

¬ęSean fuertes, no teman.

Miren a su Dios que trae la venganza y el desquite, viene en persona a salvarlos.¬Ľ

Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará.

Porque han brotado aguas en el desierto, torrentes en la llanura; el desierto se convertir√° en un estanque; la tierra reseca, en manantial.

Sal 145,7-10: ‚ÄúAlaba, alma m√≠a, al Se√Īor‚ÄĚ

Stgo 2,1-5: ‚Äú¬ŅAcaso no ha elegido Dios a los pobres para hacerlos herederos del reino?‚ÄĚ

Hermanos míos:

Que la fe de ustedes en nuestro glorioso Se√Īor Jesucristo no vaya unida a favoritismos.

Por ejemplo: si entran en su asamblea dos hombres, uno con un anillo de oro y un vestido espl√©ndido, y entra tambi√©n un pobre con vestido andrajoso. Si ustedes se fijan en el que va espl√©ndidamente vestido y dicen: ¬ęSi√©ntate aqu√≠, en el lugar de honor¬Ľ, y al pobre le dicen: ¬ęT√ļ qu√©date ah√≠ de pie o si√©ntate en el suelo a mis pies¬Ľ; si hacen eso, ¬Ņno son inconsecuentes y juzgan con criterios malos?

Queridos hermanos, escuchen: ¬ŅAcaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino, que prometi√≥ a los que lo aman?

Mc 7,31-37: ‚ÄúHace o√≠r a los sordos y hablar a los mudos‚ÄĚ

En aquel tiempo, dej√≥ Jes√ļs el territorio de Tiro, pas√≥ por Sid√≥n, y fue hacia el mar de Galilea, atravesando la Dec√°polis. Y le presentaron un sordo que, adem√°s, apenas pod√≠a hablar; y le piden que le imponga las manos.

√Čl, apart√°ndolo de la gente a un lado, le meti√≥ los dedos en los o√≠dos y con la saliva le toc√≥ la lengua. Y, mirando al cielo, suspir√≥ y le dijo:

‚ÄĒ¬ęEffet√°¬Ľ, que quiere decir: ¬ę√Ābrete¬Ľ.

Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la atadura de su lengua y hablaba sin dificultad.

√Čl les mand√≥ que no lo dijeran a nadie; pero, cuando m√°s se lo mandaba, con m√°s insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro dec√≠an:

‚ÄĒ¬ęTodo lo ha hecho bien; hace o√≠r a los sordos y hablar a los mudos¬Ľ.

II. APUNTES

En la primera lectura tomada del libro del profeta Isa√≠as, encontramos una palabra de aliento y √°nimo a aquellos que aguardan ansiosos una intervenci√≥n divina en favor de la restauraci√≥n de Jerusal√©n: ¬ęSean fuertes, no teman. Miren a su Dios que‚Ķ viene en persona a salvarlos¬Ľ. √Čstos son los signos acompa√Īar√°n aquella prometida presencia salvadora: los ciegos ver√°n, los cojos caminar√°n, los sordos escuchar√°n, los mudos hablar√°n.

A este anuncio se refiere Cristo mismo para responder a los disc√≠pulos del Bautista, a quienes √©ste hab√≠a enviado a preguntarle: ¬ę¬ŅEres t√ļ el que ha de venir, o debemos esperar a otro?¬Ľ. El Se√Īor responde: ¬ęVayan y cuenten a Juan lo que oyen y ven: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva¬Ľ (Mt 11,3-5). En el Se√Īor Jes√ļs se realiza la antigua promesa divina. √Čl es ‚ÄúDios-con-nosotros‚ÄĚ, el Mes√≠as largamente anhelado, que vino al mundo para obrar la restauraci√≥n no de la Jerusal√©n f√≠sica, sino de la humanidad entera.

En el Evangelio, el Se√Īor Jes√ļs realiza justamente uno de los milagros anunciados por Isa√≠as. Usando signos visibles, como lo son el meter sus dedos en los o√≠dos y tocar la lengua con su saliva, ¬ęlevantando los ojos al cielo¬Ľ y pronunciando la palabra ‚Äú¬°√°brete!‚ÄĚ, cura milagrosa e instant√°neamente a un sordomudo. De este hecho palpable y visible debe concluirse: Jes√ļs es el esperado, √Čl es Dios que ha venido a salvar a su pueblo.

Vale la pena prestar atenci√≥n a la conclusi√≥n a la que llegan los testigos de este milagro: ¬ęTodo lo ha hecho bien¬Ľ. Inmediatamente viene a nuestra mente aquella expresi√≥n que encontramos en el G√©nesis, al concluir Dios su obra creadora: ¬ęVio Dios cuanto hab√≠a hecho, y todo estaba muy bien¬Ľ (G√©n 1,31). En realidad, s√≥lo de Dios, Bien supremo, se puede decir que ‚Äútodo lo ha hecho bien‚ÄĚ. Al crear ‚Äútodo lo hizo bien‚ÄĚ. Mas por el pecado del hombre entr√≥ el mal y la muerte en el mundo. Con la presencia de Jesucristo ha llegado el tiempo de restaurar la creaci√≥n, de hacer nuevamente ‚Äútodo bien‚ÄĚ. √Čl es ‚ÄúDios-con-nosotros‚ÄĚ (Is 7,14), Dios que ‚Äúviene y salva‚ÄĚ, Dios que al encarnarse de Mar√≠a Virgen por obra del Esp√≠ritu Santo asume la naturaleza humana para reconciliar a la humanidad entera con Dios y realizar una nueva creaci√≥n. √Čl, por su muerte y resurrecci√≥n, y por el don del Esp√≠ritu, ha hecho todo nuevo, ha hecho todo bien, ha restaurado lo que el pecado del hombre hab√≠a da√Īado.

Dios en Cristo ha venido a salvar y reconciliar a toda la humanidad. Todo ser humano, desde el m√°s culto hasta el m√°s ignorante, desde el concebido no nacido hasta el anciano o enfermo ‚Äúin√ļtil‚ÄĚ a los ojos del mundo, desde el m√°s rico hasta el m√°s pobre, desde el m√°s famoso hasta el m√°s olvidado, son igualmente amados por √Čl, valen exactamente el mismo precio que Cristo pag√≥ en la Cruz por todos. Sin embargo, Dios sale al encuentro especialmente del m√°s d√©bil, del abatido. Quiere curar, sanar, rescatar y elevar al hombre de su miseria para hacer que participe de su misma naturaleza divina (ver 2 Pe 1,4). Se fija especialmente en los pobres que se experimentan necesitados de Dios para enriquecerlos en la fe. Y as√≠ como √Čl no hace acepci√≥n de personas, tampoco debe hacerla el creyente. (2da. lectura)

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Al milagro concreto de la curación del sordomudo se le puede dar una interpretación alegórica: el sordomudo es como un signo visible de todo ser humano afectado por el pecado. En efecto, el pecado vuelve al hombre sordo e insensible para escuchar a Dios mismo que le habla de muchas formas y maneras y lo vuelve mudo para proclamar sus maravillas.

Quiz√° muchas veces hemos pensado en medio de nuestra desesperaci√≥n o impaciencia, o hemos escuchado decir a otras personas: ‚Äú¬°Dios no me escucha! ¬°Quiero que me hable ya!‚ÄĚ ¬ŅEs que Dios es sordo a nuestras s√ļplicas? ¬ŅO acaso no nos habla? En realidad, no es Dios quien no nos escucha o habla, sino que somos nosotros quienes no sabemos o no queremos escuchar a Dios cuando nos habla. ¬ŅNo nos habla Dios a trav√©s de la creaci√≥n (ver Rom 1,20)? ¬ŅNo habl√≥ a trav√©s de los profetas (ver Heb 1,1)? ¬ŅNo habla a todo hombre y mujer con potente voz en su Hijo amado, Jesucristo (ver Lc 9,35)?

Dios tambi√©n hoy nos habla de muchas maneras: a trav√©s de la Iglesia, a trav√©s de la Palabra divina le√≠da en la Iglesia e interpretada de acuerdo a la Tradici√≥n y Magisterio de la Iglesia, a trav√©s de un texto o lectura de la Sagrada Escritura que llega en un momento oportuno, a trav√©s de una homil√≠a o una pl√°tica, a trav√©s de una persona, a trav√©s de una ‚Äúcoincidencia‚ÄĚ (o m√°s bien habr√≠a que decir ‚ÄúDiosidencia‚ÄĚ), en la oraci√≥n, en una visita al Sant√≠simo, etc. En fin, son muchas las maneras por las que Dios est√° tocando continuamente a la puerta de nuestros corazones. ¬°A cada uno le toca abrir sus o√≠dos y escuchar cuando √Čl habla!

Para escuchar a Dios que habla, es necesario acudir a √Čl para pedirle que nos cure de la sordera, es necesario purificar continuamente el coraz√≥n de todo vicio, pecado o apego desordenado, es necesario tambi√©n hacer mucho silencio en nuestro interior. Asimismo hay que estar dispuestos a escuchar lo que √Čl me quiera decir, que no necesariamente es lo que muchas veces yo quisiera escuchar, lo que se ajusta a mis propios planes, proyectos personales o incluso caprichos.

Quien, liberado de esta sordera, escucha y acoge por la fe la Palabra divina con todas sus radicales exigencias y consecuencias, quien se adhiere a ella cordialmente y procura ponerla por obra en su propia vida, experimenta c√≥mo esa Palabra poco a poco transforma todo su ser (ver Heb 4,12) y experimenta tambi√©n como se le suelta ‚Äúla traba de la lengua‚ÄĚ para que en adelante pueda proclamar las maravillas de Dios y anunciar el Evangelio de Jesucristo con sus palabras pero sobre todo con la vida misma, con una vida santa que en el cumplimiento del Plan de Dios se despliega y se hace un ininterrumpido canto de alabanza al Padre.

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Beda: ¬ęEs sordo y mudo el que no tiene o√≠dos para o√≠r la palabra de Dios, ni lengua para hablarla; y es necesario que los que saben hablar y o√≠r las palabras de Dios ofrezcan al Se√Īor a los que ha de curar.¬Ľ

Lactancio (autor eclesi√°stico): ¬ęAbr√≠a los o√≠dos a los sordos. Es cierto que hasta entonces no se hab√≠a visto una obra celestial tal. Pero con ella declaraba que en breve suceder√≠a que quienes no conoc√≠an la verdad iban a o√≠r y a entender las palabras divinas de Dios. Y es que se puede llamar aut√©nticamente sordos a quienes no oyen lo divino, lo verdadero y lo que se debe hacer. Hac√≠a que hablaran las lenguas de los mudos. ¬°Admirable poder! Pero en este milagro subyac√≠a otro significado, con el cual estaba mostrando que los que hasta hac√≠a poco eran ignorantes de las cosas celestiales iban a hablar sobre Dios y sobre la verdad, tras haber aprendido la ciencia de la sabidur√≠a¬Ľ.

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

Curación de enfermos: signo de la presencia salvífica de Dios

1503: La compasi√≥n de Cristo hacia los enfermos y sus numerosas curaciones de dolientes de toda clase son un signo maravilloso de que ¬ęDios ha visitado a su pueblo¬Ľ (Lc 7,16) y de que el Reino de Dios est√° muy cerca. Jes√ļs no tiene solamente poder para curar, sino tambi√©n de perdonar los pecados: vino a curar al hombre entero, alma y cuerpo; es el m√©dico que los enfermos necesitan. Su compasi√≥n hacia todos los que sufren llega hasta identificarse con ellos: ¬ęEstuve enfermo y me visitasteis¬Ľ (Mt 25,36). Su amor de predilecci√≥n para con los enfermos no ha cesado, a lo largo de los siglos, de suscitar la atenci√≥n muy particular de los cristianos hacia todos los que sufren en su cuerpo y en su alma. Esta atenci√≥n dio origen a infatigables esfuerzos por aliviar a los que sufren.

1504: A menudo Jes√ļs pide a los enfermos que crean. Se sirve de signos para curar: saliva e imposici√≥n de manos, barro y abluci√≥n. Los enfermos tratan de tocarlo, ¬ępues sal√≠a de √Čl una fuerza que los curaba a todos¬Ľ (Lc 6,19). As√≠, en los sacramentos, Cristo contin√ļa ¬ętoc√°ndonos¬Ľ para sanarnos.

1506: Conmovido por tantos sufrimientos, Cristo no s√≥lo se deja tocar por los enfermos, sino que hace suyas sus miserias: ¬ę√Čl tom√≥ nuestras flaquezas y carg√≥ con nuestras enfermedades¬Ľ (Mt 8,17). No cur√≥ a todos los enfermos. Sus curaciones eran signos de la venida del Reino de Dios. Anunciaban una curaci√≥n m√°s radical: la victoria sobre el pecado y la muerte por su Pascua. En la Cruz, Cristo tom√≥ sobre s√≠ todo el peso del mal y quit√≥ el ¬ępecado del mundo¬Ľ (Jn 1,29), del que la enfermedad no es sino una consecuencia. Por su pasi√≥n y su muerte en la Cruz, Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento: desde entonces √©ste nos configura con √Čl y nos une a su pasi√≥n redentora.

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

¬ęSabemos muy bien lo que significa seguir al Se√Īor y anunciarlo en un mundo sumergido en la oscuridad de la cultura de muerte. En ese mundo muchos hacen o√≠dos sordos al anuncio, mientras otros, aun cuando dicen escucharlo, suelen recortar y seleccionar partes del mensaje, construy√©ndose as√≠ su propia versi√≥n subjetivista del Mensaje Salv√≠fico, viendo enfriarse su ardor. M√°s aun, como fuese claramente ense√Īado por el Se√Īor, la persecuci√≥n y la falsedad caer√°n como bald√≥n lanzado por los incr√©dulos a quienes se atreven, llenos de parres√≠a, a anunciar al Se√Īor, con la nueva vida recibida a trav√©s del Par√°clito, bajo la gu√≠a de los Pastores, y siempre unidos en filial obediencia al Vicario de Cristo en la tierra. Mantener encendida la antorcha de la fe en el mundo herido por la cultura de la muerte y envuelto en su oscuridad, constituye un llamado a todo bautizado, quien debe ser siempre consciente que la victoria que vence al mundo es nuestra fe. Ante los obst√°culos que se puedan presentar hay que recordar bien las palabras del Ap√≥stol Pablo: Todo lo puedo en Aquel que me conforta. Alguno puede olvidar esta visi√≥n que alimenta el ardor y dejarse atenazar por el miedo, quiz√° disfrazado de molicie. Pero, precisamente el Santo Padre viene recordando con insistencia que hay que escuchar a Dios que nos invita a no tener miedo, a no acobardarse. Por el contrario, hay que acoger el soplo del Esp√≠ritu que impulsa a elevar muy en alto la ense√Īa de la esperanza y confiar siempre en las promesas del Se√Īor¬Ľ.

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