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Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo XXII del Tiempo Ordinario (Ciclo B). «Del corazón del hombre salen los malos propósitos»
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Domingo XXII del Tiempo Ordinario. «Del corazón del hombre salen los malos propósitos»

I. LA PALABRA DE DIOS

Dt 4,1-2.6-8: “Escucha los preceptos que te enseño, a fin de que vivas”

Moisés habló al pueblo, diciendo:

—«Ahora, Israel, escucha las leyes y decretos que yo les mando cumplir. Así vivirán y entrarán a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de sus padres, les va a dar.

No añadan ni quiten nada a lo que yo les mande; así cumplirán los mandamientos del Señor, su Dios, que yo les mando hoy. Cúmplanlos y practíquenlos, porque de esta manera los pueblos reconocerán que en ustedes hay sabiduría y entendimiento; ellos, al conocer todas estas leyes dirán: “Cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente”.

Y, en efecto, ¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca de ella como lo está el Señor, Dios nuestro, siempre que lo invocamos? Y, ¿cuál es la gran nación, cuyos mandatos y decretos sean tan justos como toda esta Ley que, en presencia de ustedes, promulgo hoy?

Sal 14,2-5: “Señor, ¿quién puede hospedarse en tu casa?”

Stgo 1,17-18.21-22.27: “Desecha el mal y recibe con docilidad la Palabra sembrada en ti”

Mis queridos hermanos:

Todo beneficio y todo don perfecto viene de arriba, del Padre de los astros luminosos, en quien no hay fases ni períodos de sombra.

Por propia iniciativa, con la palabra de la verdad, nos engendró para que seamos como las primicias de su creación.

Acepten dócilmente la palabra que ha sido sembrada en ustedes y es capaz de salvarlos. Llévenla a la práctica y no se limiten a escucharla, engañándose ustedes mismos.

La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con la maldad de este mundo.

Mc 7,1-8.14-15.21-23: “Las maldades que salen de dentro hacen al hombre impuro”

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos escribas de Jerusalén, y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos.

Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos meticulosamente, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas.

Según eso, los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús:

—«¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?»

Él les contestó:

—«Bien profetizó Isaías de ustedes, hipócritas, como está escrito:

“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.
El culto que me dan está vacío,
porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”.

Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios para aferrarse a la tradición de los hombres».

Entonces llamó de nuevo a la gente y les dijo:

—«Escuchen todos y entiendan: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro».

II. APUNTES

Dios, por medio de Moisés, da preceptos y normas a su pueblo elegido (1ª. lectura). Los mandamientos, lejos de ser una imposición arbitraria de Dios al hombre, lejos de “obligarlo” a hacer algo que es ajeno a él, que “lo limita”, que “le impide ser feliz”, son señales de advertencia y claras guías de orientación en el camino que conduce a la vida verdadera, al pleno desarrollo y realización del ser humano. Los mandamientos divinos son por eso mismo un inmenso regalo y bendición para el hombre y la mujer. Sabio e inteligente es quien los escucha, los guarda y practica.

Estos preceptos que Dios da al ser humano, cuando son obedecidos, ayudan a ir purificando el corazón de toda inmundicia y del mal, disponiéndolo a acoger la Palabra sembrada por Dios en los corazones humanos (2ª. lectura), Palabra que cuando germina, crece y da fruto en la tierra fértil de un corazón bien dispuesto, trae la salvación a la persona humana. En efecto, para que tenga esa eficacia reconciliadora y salvadora es necesario que quien la recibe y acoge la ponga también en práctica. Quien solamente se contenta con oírla, sin ponerla en práctica, se engaña a sí mismo. La fe se expresa en la obediencia a Dios y sus mandamientos; de lo contrario, no es fe.

El Evangelio relata la controversia del Señor Jesús con los fariseos y escribas venidos de Jerusalén. El lugar de encuentro es en Galilea. Los fariseos formaban el grupo más observante y más religioso de Israel. Los escribas, también fariseos, eran los “letrados” que sabían leer y escribir, muy instruidos en la Ley de Moisés y los profetas. Estos hombres cultos y observantes, escandalizados, plantean al Señor la siguiente cuestión: «¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?». El cuestionamiento iba dirigido asimismo contra el Señor, que permitía a sus discípulos violar dicha tradición sin corregirlos. Para ellos tal trasgresión era a todas luces gravísima.

Evidentemente no se trataba de una mera recomendación higiénica. Lavarse las manos para acceder a los alimentos tenía, según “la tradición de los mayores”, el sentido de una purificación ritual, una purificación de toda contaminación legal que por el contacto tornase impuros los alimentos que iban a consumir, llevando esa impureza a su interior. La tradición rabínica —explica el evangelista— prohibía a todo judío comer sin realizar esta meticulosa purificación.

Para los fariseos la tradición rabínica tenía un peso y autoridad excepcional. En efecto, aquellos expertos en la Ley consideraban que, junto con la Ley escrita, Dios había comunicado a Moisés una Ley oral, transmitida ininterrumpidamente hasta entonces por personas calificadas. A esta tradición se sumaban las interpretaciones jurídicas de la Ley, ofrecidas por grandes maestros judíos o rabinos. Y aunque sus enseñanzas no siempre se inferían de los textos sagrados, se incluían en esta tradición para dar peso a ciertos usos. Estas enseñanzas rabínicas o interpretaciones de la Ley se consideraban además aprobadas por Dios mismo. Tanta fue la autoridad que llegó a tener esta Ley oral o “tradición de los mayores” que se situaba incluso por encima de la autoridad de la Ley escrita o Torá. En efecto, algunos rabinos llegarían a sostener que transgredir las prescripciones dadas por la tradición de rabinos era más grave que transgredir la misma Ley escrita.

Dentro de esta tradición, el lavado ritual de manos y objetos ocupaba un lugar destacado. Tan importante había llegado a ser para ellos la purificación de manos que algún rabino sostenía que comer “sin lavarse las manos, es como si fuese a casa de una mujer de mal vivir”. Así pues, el asunto de ver a los discípulos comer sin antes lavarse las manos resultaba no menos que escandaloso para los fariseos, que no comprendían —por decir algo benévolo— cómo su Maestro podía permitir que transgrediesen esa tradición “aprobada por Dios”. En realidad, no se daban cuenta de que al conceder a dichas tradiciones absurdas tal peso, llegaban a desvirtuar el mismo sentido de la Ley, las verdaderas enseñanzas de Dios.

La respuesta del Señor desvela su hipocresía. Afirma que el profeta Isaías hablaba de ellos al acusar un culto vacío debido a que «la doctrina que enseñan son preceptos humanos». Acto seguido pronuncia una condena lapidaria: «Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios para aferrarse a la tradición de los hombres». Lo que los fariseos consideraban “tradición de los mayores” en realidad no era sino “tradición de los hombres”. Y no es que el Señor critique las “tradiciones de los hombres” en sí mismas, sino a los fariseos que aferrándose a ellas y concediéndoles una importancia absolutamente desproporcionada terminan transgrediendo el mandamiento de Dios y anulando su Palabra.

En un segundo momento, suponemos que, sin la presencia de aquellos fariseos, el Señor llama a la gente para instruirlos sobre este punto y dar razón de su durísima respuesta: «Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre». Una purificación ritual, exteriorista, de nada sirve, porque no puede purificar el corazón de la maldad que hay en él, del pecado que concibe en lo íntimo y escondido. Lo que hace impuro al ser humano, lo que lo aparta de Dios, brota de un corazón herido por el pecado: «fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad». Para cambiar eso no basta lavarse las manos, sino que se hace necesaria la obediencia a Dios, a sus normas y mandamientos.

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

¡Nos ocupamos tanto en cuidar lo exterior, la apariencia, estar limpios, bien vestidos y peinados, perfumados, etc.! Sin embargo, ¿nos empeñamos igualmente en tener y mantener un corazón limpio y puro?

Quizá en ese empeño por purificarme de mi pecado y maldad me confieso con frecuencia, y eso está muy bien. Pero, una vez confesado, una vez purificado mi corazón por la gracia y el amor del Señor, ¿me dejo seducir y arrastrar sin oponer mayor resistencia por la corriente de esta anti-cultura de muerte en la que vivimos, que se arrodilla y ofrece el sacrificio de sus propias vidas a los ídolos del poder, del placer, del tener? ¿Permito que en mi mente y corazón vaya germinando no la palabra del Señor, sino «fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad»?

La incoherencia entre lo que creo como católico y lo que vivo día a día es un gravísimo mal que nos afecta a todos. Es la misma hipocresía que denuncia el Señor ante quienes se preocupan por guardar las formas externas de la moralidad pero no purifican debidamente el propio corazón: «Bien profetizó Isaías de ustedes, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío…”».

Si me examino a mí mismo con sinceridad, veré que no todas mis acciones y reacciones concuerdan siempre con la fe que profeso. Digo que creo en Dios, ¡pero cuántas veces quebranto sus mandamientos! Predico a los demás el camino del Señor, ¡pero cuántas veces me aparto de él!

Para alcanzar la coherencia de la vida cristiana, la perfecta coincidencia entre lo que predicamos y lo que hacemos, el Señor nos invita a limpiar y purificar nuestro “corazón”, pues es de allí de donde “salen las intenciones malas”. Cabe decir que “corazón” para los hebreos significaba mucho más que la sede de los sentimientos, era asimismo la sede de los pensamientos, es decir, el “lugar” donde se dan los pensamientos y razonamientos. Es por tanto en el “corazón” donde se fragua el mal, el pecado, cuando en él se admiten los pensamientos equivocados, errados o perversos, las sugestiones o tentaciones que invitan a ir en contra de los mandamientos divinos.

Con la gracia y la ayuda del Señor, sin la cual nada podemos, Él nos invita a un serio trabajo de “purificación del corazón”, es decir, a un continuo esfuerzo por rechazar ciertos pensamientos o diálogos interiores que nos invitan a obrar en contra de los mandamientos divinos, que nos sugieren obrar el mal y pecar. Pero no sólo se trata de liberarnos de los malos pensamientos, sino que se trata de tener “la mente de Cristo” (ver 1Cor 2,16), de pensar como Cristo mismo, de asimilar y hacer nuestras las enseñanzas divinas o “criterios evangélicos”, para que de ese modo podamos sentir y actuar cada vez más como Cristo.

No basta, pues, con purificarnos de los malos pensamientos, no basta con rechazar las malas intenciones, tampoco podemos conformarnos con un vago “no hago daño a nadie”, sino que hay que ir más allá, hay que “cristificarnos” cada día más, hay que asemejarnos cada vez más al Señor Jesús, hasta pensar, sentir y actuar como Él. ¡Eso es ser verdaderamente discípulos suyos!

Insistimos en que sin la ayuda de Dios y sin la acción transformadora de su Espíritu en nosotros es imposible asemejarnos al Señor Jesús. Por eso debemos rezar incesantemente, sin desfallecer, y acudir a los sacramentos que Él nos ha dado para este efecto, porque todo depende de Dios. Pero, porque Dios respeta nuestra libertad, también sabemos que Él no realiza esta acción en nosotros sin nuestro consentimiento y decidida cooperación, y que por ello debemos trabajar como si todo dependiese de nosotros. Es ese esfuerzo perseverante el que el Señor sostendrá y hará fructificar con el tiempo.

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Beda: «Habían recibido en un sentido material las palabras espirituales de los profetas, que se referían a la corrección del espíritu y del cuerpo, diciendo: “Lavaos y sed puros” (Is 1,16); y: “Purificaos los que lleváis los vasos del Señor” (Is 52,11), y observaban solamente estos preceptos lavándose el cuerpo. Por tanto, es necia la tradición de lavarse varias veces para comer, habiéndolo hecho ya una vez, y de no comer nada sin hacer antes estas purificaciones. Pero es necesario para los que desean participar del pan que baja del cielo, el purgar con frecuencia sus obras con limosnas, lágrimas y los demás frutos de justicia. Necesario es igualmente purificar bajo la acción incesante de los buenos pensamientos y obras las manchas que podamos contraer en los cuidados temporales de los negocios. Así, pues, inútilmente se lavan las manos los judíos y se purifican exteriormente mientras no lo hagan en la fuente del Salvador. En vano purifican sus vasos, siendo así que descuidan el lavar las verdaderas manchas de sus cuerpos, esto es, las del espíritu».

San Gregorio de Nisa: «Si tú purificas tu corazón de toda escoria por el esfuerzo de una vida perfecta, la belleza divina volverá a brillar en ti. Es lo que pasa con un trozo de metal cuando la lima lo limpia de toda herrumbre. Antes estaba ennegrecido y ahora es radiante y brilla a la luz del sol. Asimismo, el hombre interior, lo que el Señor llama “el corazón”, recobrará la bondad a semejanza de su modelo, una vez quitadas las manchas de herrumbre que alteraban y afeaban su belleza. Porque lo que se asemeja a la bondad, necesariamente se vuelve bueno».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

El Señor lleva la Ley a su plenitud

581: Jesús fue considerado por los judíos y sus jefes espirituales como un «rabbi». Con frecuencia argumentó en el marco de la interpretación rabínica de la Ley. Pero al mismo tiempo, Jesús no podía menos que chocar con los doctores de la Ley porque no se contentaba con proponer su interpretación entre los suyos, sino que «enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas» (Mt 7,28-29). La misma Palabra de Dios, que resonó en el Sinaí para dar a Moisés la Ley escrita, es la que en Él se hace oír de nuevo en el Monte de las Bienaventuranzas. Esa palabra no revoca la Ley sino que la perfecciona aportando de modo divino su interpretación definitiva: «Habéis oído también que se dijo a los antepasados... pero yo os digo» (Mt 5,33-34). Con esta misma autoridad divina, desaprueba ciertas «tradiciones humanas» (Mc 7,8) de los fariseos que «anulan la Palabra de Dios» (Mc 7,13).

582: Yendo más lejos, Jesús da plenitud a la Ley sobre la pureza de los alimentos, tan importante en la vida cotidiana judía, manifestando su sentido «pedagógico» por medio de una interpretación divina: «Todo lo que de fuera entra en el hombre no puede hacerle impuro... —así declaraba puros todos los alimentos— ... Lo que sale del hombre, eso es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas» (Mc 7,18-21). Jesús, al dar con autoridad divina la interpretación definitiva de la Ley, se vio enfrentado a algunos doctores de la Ley que no recibían su interpretación a pesar de estar garantizada por los signos divinos con que la acompañaba.

¡Bienaventurados los limpios de corazón!

2518: La sexta bienaventuranza proclama: «Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8). Los «corazones limpios» designan a los que han ajustado su inteligencia y su voluntad a las exigencias de la santidad de Dios, principalmente en tres dominios: la caridad, la castidad o rectitud sexual, el amor de la verdad y la ortodoxia de la fe.

2520: El Bautismo confiere al que lo recibe la gracia de la purificación de todos los pecados. Pero el bautizado debe seguir luchando contra la concupiscencia de la carne y los apetitos desordenados. Con la gracia de Dios lo consigue:

- mediante la virtud y el don de la castidad, pues la castidad permite amar con un corazón recto e indiviso;
- mediante la pureza de intención, que consiste en buscar el fin verdadero del hombre: con una mirada limpia el bautizado se afana por encontrar y realizar en todo la voluntad de Dios;
- mediante la pureza de la mirada exterior e interior; mediante la disciplina de los sentidos y la imaginación; mediante el rechazo de toda complacencia en los pensamientos impuros que inclinan a apartarse del camino de los mandamientos divinos: «la vista despierta la pasión de los insensatos» (Sb 15, 5);
- mediante la oración;

2532: La purificación del corazón es imposible sin la oración, la práctica de la castidad y la pureza de intención y de mirada.

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«Colaborar en las tareas de la Nueva Evangelización reclama una intensa vida espiritual que irradie a la realidad toda del ser humano viador. Para ello es muy importante que reconozcamos en nuestro interior (ver Jn 16,7) la existencia de un combate espiritual en donde el hombre viejo, del que habla la Escritura, busca mantenerse y no dar espacio al crecimiento del hombre nuevo; y que “corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe” (Rom 5,5). Es fundamental despojarse del hombre viejo y revestirse del hombre nuevo, aquel “que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador” (Ecclesia in America, 10). La dimensión ascética de la vida cristiana es ineludible y forma parte del auténtico seguimiento del Señor Jesús para desplegarse en la realización del divino Plan».

«Coherencia es identificación; coherencia es dejarse poseer plenamente por el Señor; coherencia es poder repetir con el Apóstol: “Vivo yo, mas no yo, pues es Cristo quien vive en mí” (Gál 2, 20); coherencia es ser dócil colaborador del Plan de Dios».

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