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Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo XXI del Tiempo Ordinario (Ciclo B). «¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna»
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Domingo XXI del Tiempo Ordinario. «¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna»

I. LA PALABRA DE DIOS

Jos 24,1-2.15-18: “Nosotros serviremos al Señor: ¡Él es Dios!”

En aquellos días, Josué reunió a las tribus de Israel en Siquem. Convocó a los ancianos de Israel, a los jefes, jueces y oficiales, y se presentaron ante el Señor. Josué habló al pueblo:

—«Si no les agrada servir al Señor, digan aquí y ahora a quién quieren servir: a los dioses que sirvieron sus antepasados al otro lado del río Éufrates o a los dioses de los amorreos, en cuyo país ustedes habitan; mi familia y yo serviremos al Señor».

El pueblo respondió:

—«¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! El Señor es nuestro Dios; Él nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la esclavitud de Egipto; Él hizo a nuestra vista grandes signos, nos protegió en el camino que recorrimos y en todos los pueblos por donde cruzamos. También nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!»

Sal 33,2-3.16-23: “Gusten y vean qué bueno es el Señor”.

Ef 5,21-32: “Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella”.

Hermanos:

Ténganse mutuamente respeto en honor a Cristo.

Que las mujeres respeten a sus maridos como si se tratara del Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza y salvador de la Iglesia que es su cuerpo. Por tanto, así como la Iglesia es dócil a Cristo, así también las mujeres sean dóciles a sus maridos en todo.

Esposos, amen a sus esposas como Cristo amó a su Iglesia.

Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para presentársela ante sí como una Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus esposas, como cuerpos suyos que son.

Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo.

«Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne».

Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.

Jn 6,60-69: “Señor, nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron:

—«Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?»

Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo:

—«¿Esto los escandaliza? ¿Qué sería si vieran al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne de nada sirve. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida. Y, a pesar de esto, algunos de ustedes no creen».

Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar.

Y dijo:

—«Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede».

Desde entonces, muchos discípulos suyos se retiraron y ya no andaban con Él.

Entonces Jesús dijo a los Doce:

—«¿También ustedes quieren irse?»

Simón Pedro le contestó:

—«Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios».

II. APUNTES

Luego de la muerte de Moisés y luego de cuarenta años de peregrinación en el desierto, Josué será el elegido de Dios para introducir a su pueblo a la tierra prometida. Él es quien con la ayuda divina conquista la tierra de Canaán y la distribuye entre las doce tribus de Israel. Hacia el final de sus días convoca a los isrealitas en Siquem para invitarlos a tomar una posición clara y asumir un compromiso definitivo frente a Dios: «Si no les agrada servir al Señor, digan aquí y ahora a quién quieren servir». Todos rechazan servir a otros dioses y afirman unánimemente: «Serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!»

Al llegar la plenitud de los tiempos Dios envía a su Hijo al mundo para reconciliar consigo a la humanidad entera. En Cristo Dios verdaderamente se hace hombre, asumiendo plenamente la naturaleza humana sin dejar de ser Dios. Por tanto, servir a Cristo es servir a Dios.

Al mismo tiempo, el Hijo es paradigma de una elección radical por servir a Dios. Por esta elección que brota de su amor al Padre, toda su vida es una vida hecha obediencia y servicio del Plan divino hasta la total donación de sí mismo (ver Jn 4,33-34).

Mirando a su Maestro y Señor, todo aquel o aquella que verdaderamente elije servir a Dios busca hacer lo mismo que Él: amar a su Iglesia y entregarse a sí mismo por ella (2ª. lectura). Quien desde el recto ejercicio de su libertad opta servir al Señor elige de este modo abrirse a un gran misterio de amor que se verifica en la donación total de sí mismo a Dios y a aquellos a quienes ama. Esta donación tiene una aplicación muy concreta en el matrimonio cristiano.

También en el Evangelio vemos cómo los seguidores del Señor son puestos en una posición extrema, en una situación de definición. Ante las enseñanzas del Señor, que aseguraba que Él les daría a comer de su Carne y beber de su Sangre para que tuviesen vida eterna, ellos se encuentran ante lo que califican como un “lenguaje duro”, una enseñanza que tomada en sentido literal era demasiado chocante, aberrante y macabra. ¿Cómo podían aceptar algo semejante? Ante la confusión y disputa generada por sus enseñanzas, el Señor Jesús no retracta, ni siquiera suaviza lo dicho, tampoco dice que haya que tomar sus palabras en sentido figurado, sino que reafirma lo dicho e insiste en la literalidad de sus palabras. Quienes entonces escuchaban al Maestro se encontraban en la situación de tomar la decisión de seguirlo o de dejarlo, de creer y confiar en Él aunque de momento no comprendiesen el alcance de sus enseñanzas y les sonasen demasiado “duras”, o de negar la fe en Él.

Al no creer en Él y debido a esto que les resultaba demasiado escandaloso, muchos de sus discípulos optaron por alejarse. Tampoco en ese momento en que muchos se marchan el Señor hace algún esfuerzo por retenerlos. ¿Cómo podía permitir que se marchen, que se aparten de quien es la Vida misma, si sus palabras tan sólo hubieran tenido un sentido figurativo? El Señor no los retiene, porque sus enseñanzas sobre el Pan de Vida no son metafóricas, y deben entenderse en toda la literalidad de sus letras.

Una vez que se han marchado aquellos que no podían aceptar sus enseñanzas, el Señor se vuelve a aquellos que aún permanecen con Él, especialmente a sus Apóstoles, para preguntarles si también ellos quieren marcharse, dando a entender nuevamente que sus palabras hay que aceptarlas tal cual Él las ha pronunciado, y no de manera simbólica.

La respuesta de Pedro, en nombre de todos, expresa su fe y confianza en el Señor a pesar de que sus palabras sean tan “duras”: «Señor… Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios». Aunque de momento no comprendan cómo se va a realizar este anuncio tremendo, los Apóstoles creen en Él, confían en Él y en lo que dice, y optan decididamente por seguir con Él hasta que en el momento oportuno Él les revele cómo les dará de comer su carne y beber su sangre.

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Con renovada actualidad resuenan también hoy, en cada Eucaristía, aquellas “duras” palabras y anuncio que fue ocasión para que muchos se alejaran del Señor: «el Pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo» (Jn 6,51), «mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él» (Jn 6,55-56).

Si tomamos conciencia, ¿no son “duras” también las palabras que todo sacerdote, en Nombre de Cristo y con su poder, pronuncia en la consagración sobre el pan y el vino: «Esto es mi Cuerpo… esto es mi Sangre»? ¡Estas palabras son palabras que, como enseña la Iglesia, transforman verdaderamente ese pan en carne de Cristo y el vino en su sangre! ¡Es Cristo que se hace realmente presente, todo Él, y se nos ofrece como verdadera comida y bebida! ¡Es Dios mismo, bajo la apariencia de un trozo de pan y un poco de vino! ¡Dios! ¡Dios infinito, aunque ante los sentidos no aparezca nada sino el pan y el vino! ¿No es tremenda esta enseñanza? ¿No es para muchos algo absolutamente absurdo?

Ante lo que a los ojos del mundo aparece como un absurdo sin igual, es decir, que Cristo-Dios esté realmente presente en la Hostia consagrada, ¿no se nos exige también a nosotros una opción radical, una definición clara? Y si decimos que creemos, ¿no tiene que reflejarse en nuestra vida cotidiana esa convicción? ¿No se nos exige abandonar toda actitud indolente e indiferente? ¿No tienen que expresar y demostrar nuestras palabras, nuestro comportamiento y obras, que llevamos a Cristo en nosotros, cada vez que comulgamos su Cuerpo y Sangre? Si recibimos a Cristo, ¿cómo no comprometernos con Cristo para ser sus portadores, para transmitirlo a Él con nuestro apostolado y caridad?

Ante esta “locura” que afirma que el pan y el vino consagrados son verdaderamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo ningún cristiano puede permanecer impasible e indeciso. Por eso también hoy se dirigen a nosotros las palabras que Josué dirige al pueblo de Israel: Si no te parece bien servir al Señor, escoge hoy a quién quieres servir (ver Jos 24,15). ¿Quieres tú servir al Señor, Dios único y verdadero? ¿O quieres servir a los falsos dioses, a los ídolos del poder, del placer, del tener? Estos ídolos, aunque deslumbran, aunque seducen, aunque producen seguridades y gozos pasajeros, no harán sino dejarte cada vez mas vacío, más triste, más solo. ¡Producen la muerte del espíritu! ¡Llevan a perder la vida verdadera! Sólo el Señor llena nuestros vacíos mas profundos, sólo Él es capaz de saciar nuestra sed de infinito, nuestra hambre de amor y comunión, porque sólo Él tiene y da la vida eterna!

¡Tú eliges! ¿A quién quieres servir? ¿En quién quieres poner tu confianza? ¿Cuál es tu respuesta? ¿Serás de quienes deciden abandonar al Señor –o lo han abandonado ya en la práctica– por sus “duras palabras”, porque afirma que tienes que comer su carne y beber su sangre para tener vida eterna? ¿O serás de los que confían en el Señor y creen en sus palabras aún cuando no entiendas “cómo puede ser esto”? ¡Ante el don de la Eucaristía se nos exige también hoy una opción clara, sin medias tintas, sin componendas! O le creo al Señor y lo sigo, o no le creo y me aparto. ¡Tú eres libre, pero haz buen uso de tu libertad! Por ello, ten en cuenta que al apartarte de Él, te apartas de aquel único que tiene “palabras de vida eterna”, te apartas de aquel que el Padre ha enviado para reconciliarte y darte la vida, su misma vida, por toda la eternidad.

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Agustín: «Diciendo esto Jesucristo, no creían que hablaba de cosas grandes y que encerraban algún misterio aquellas palabras; mas lo entendieron como quisieron (tal es la condición humana), creyendo que Jesús o podía o se disponía a distribuir la carne con que estaba vestido el Verbo, repartiéndola entre los que creyeran en Él. Por esto dice el evangelista: “Mas muchos” de los que oían, no de sus enemigos sino “de sus discípulos”, dijeron: “duro es este razonamiento”».

San Juan Crisóstomo: «A causa de esto presenta otra solución, diciendo: “El espíritu es el que da vida: la carne nada aprovecha”. Lo que Él dice es esto: conviene oír con el espíritu las cosas que me conciernen, porque quien las entiende de una manera carnal, nada aprovecha. Equivale a entender de una manera carnal el ver sencillamente lo que el Salvador había dicho, sin elevar el pensamiento. Más conviene no juzgar de este modo, sino ver todos los misterios con los ojos del espíritu, lo que siempre debe entenderse en sentido espiritual. Y era carnal el dudar acerca de cómo podría darnos a comer su carne. ¿Qué, no es verdadera carne? Sí, en verdad, y por esto dice: “La carne nada aprovecha”, no refiriéndose a su carne, sino a aquéllos que entendían en sentido carnal lo que Él les decía».

San Atanasio: «Nosotros también seremos dignos de estos bienes si siempre seguimos a nuestro Salvador, y, si no solamente en esta Pascua nos purificásemos, sino toda nuestra vida la juzgásemos como una solemnidad, y siempre unidos a Él y nunca apartados le dijésemos: “Tú tienes palabras de vida eterna, ¿adónde iremos?” Y si alguna vez nos hemos apartado, volvamos por la confesión de nuestras trasgresiones, no guardando rencor contra nadie, sino mortifiquemos con el espíritu los actos del cuerpo».

San Agustín: «Y esto sin duda sucedió así para nuestro consuelo, porque alguna vez ocurre que hable un hombre la verdad y no se entiende lo que dice y por esto los que lo oyen se escandalizan y se marchan, y entonces se arrepiente aquel hombre de haber dicho lo que era verdad; y dice entre sí: no he debido decir esto de esta manera. Pues así sucedió a nuestro Señor. Habló y se quedó sin muchos. Pero no por esto se turbó, porque desde el principio había conocido a los que no habrían de creer».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

«Es duro este lenguaje, ¿quién puede escucharlo?»

1336: El primer anuncio de la Eucaristía dividió a los discípulos, igual que el anuncio de la pasión los escandalizó: «Es duro este lenguaje, ¿quién puede escucharlo?» (Jn 6, 60). La Eucaristía y la cruz son piedras de tropiezo. Es el mismo misterio, y no cesa de ser ocasión de división. «¿También vosotros queréis marcharos?» (Jn 6, 67): esta pregunta del Señor resuena a través de las edades, como invitación de su amor a descubrir que sólo Él tiene «palabras de vida eterna» (Jn 6, 68), y que acoger en la fe el don de su Eucaristía es acogerlo a Él mismo.

«Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios.»

168: «La Iglesia es la primera que cree, y así conduce, alimenta y sostiene mi fe. La Iglesia es la primera que, en todas partes, confiesa al Señor, y con ella y en ella somos impulsados y llevados a confesar también: “creo”, “creemos”. Por medio de la Iglesia recibimos la fe y la vida nueva en Cristo por el Bautismo. En el Ritual Romano, el ministro del Bautismo pregunta al catecúmeno: “¿Qué pides a la Iglesia de Dios?” Y la respuesta es: “La fe”. “¿Qué te da la fe?” “La vida eterna”».

458: «El Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el amor de Dios: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de Él» (1 Jn 4, 9). “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16)».

679: «Cristo es Señor de la vida eterna. El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a Cristo como Redentor del mundo. “Adquirió” este derecho por su Cruz. El Padre también ha entregado “todo juicio al Hijo” (Jn 5, 22). Pues bien, el Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar y para dar la vida que hay en Él. Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo; es retribuido según sus obras y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor».

El Viático, último Sacramento del cristiano

1524: «A los que van a dejar esta vida, la Iglesia ofrece, además de la Unción de los enfermos, la Eucaristía como viático. Recibida en este momento del paso hacia el Padre, la Comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo tiene una significación y una importancia particulares. Es semilla de vida eterna y poder de resurrección, según las palabras del Señor: “El que come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día” (Jn 6, 54). Puesto que es sacramento de Cristo muerto y resucitado, la Eucaristía es aquí sacramento del paso de la muerte a la vida, de este mundo al Padre».

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«Ser joven que peregrina es una realidad que no puede haber nacido sino de la convicción profunda de que Cristo es real; de que sólo Él tiene palabras de vida eterna, que Él es el único que ofrece esperanza para el futuro de la humanidad; que Él es el Señor de la Vida, el Señor de la Historia, el Señor de mi propia vida y el Señor de mi historia personal. Es estar convencido que Cristo es mi Salvador. Ser joven que peregrina es recorrer el camino de la fidelidad, es adherirse intensamente al Señor Jesús, acogiendo su amor, expresando su amor».

«Las preguntas fundamentales del ser humano: ¿Quién soy? ¿A dónde voy? ¿Qué debo hacer? Sólo se pueden responder realmente desde el Señor Jesús, quien muestra al ser humano su propia identidad, su situación concreta, su destino, el camino y la respuesta que debe dar para realizarse como persona y alcanzar la plenitud en el encuentro de amor y comunión para toda la eternidad. Eso lo creíamos entonces, y cada vez lo creemos con mayor intensidad, hasta diría sin tapujos, con evidencia. Pienso que quien vive la vida cristiana puede sentirse tan seguro como Pedro cuando en un momento difícil es interrogado por Jesús y responde: “¿A dónde iremos, Señor, si sólo Tú tienes palabras de vida eterna?”».

»Sólo Tú eres el Señor, añado. Sólo Tú eres el amor, la paz, la reconciliación, la justicia, el Camino, la Verdad, la Vida. Sólo Tú, Señor, me enseñas a ser persona, a realizarme, a avanzar por el sendero de lo santo hacia el encuentro pleno por toda la eternidad».

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