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S.S. Benedicto XVI, Homilía del Santo Padre durante la Santa Misa en la explanada de Islind de Ratisbona
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Homilía del Santo Padre durante la Santa Misa en la explanada de Islind de Ratisbona

Queridos hermanos en el ministerio episcopal y sacerdotal;

queridos hermanos y hermanas:

"El que cree nunca est√° solo". Permitidme repetir una vez m√°s el lema de estos d√≠as y expresar mi alegr√≠a porque podemos verlo realizado aqu√≠: la fe nos re√ļne y nos regala una fiesta. Nos da la alegr√≠a en Dios, la alegr√≠a por la creaci√≥n y por estar juntos. S√© que esta fiesta ha requerido mucho empe√Īo y mucho trabajo previo. Por las noticias de los peri√≥dicos he podido conocer un poco cu√°ntas personas han dedicado su tiempo y sus fuerzas para preparar esta explanada de un modo tan digno; gracias a ellos est√° la cruz aqu√≠, sobre la colina, como signo de Dios para la paz del mundo; los caminos de entrada y de salida est√°n libres; la seguridad y el orden est√°n garantizados; se han preparado alojamientos, etc.

No pod√≠a imaginar ‚ÄĒe incluso ahora lo s√© s√≥lo sucintamente‚ÄĒ cu√°nto trabajo, hasta los m√≠nimos detalles, ha sido necesario para que pudi√©ramos reunirnos todos hoy aqu√≠. Por todo ello quiero decir sencillamente: "¬°Gracias de todo coraz√≥n!". Que el Se√Īor os lo pague todo y que la alegr√≠a que ahora podemos experimentar gracias a vuestra preparaci√≥n vuelva centuplicada a cada uno de vosotros.

Me conmovió conocer cuántas personas, especialmente de las escuelas profesionales de Weiden y Amberg, así como empresas y particulares, hombres y mujeres, han colaborado para embellecer mi casa y mi jardín. Me emociona tanta bondad, y también en este caso quiero decir solamente un humilde "¡gracias!" por este esfuerzo. No habéis hecho todo esto por un hombre, por mi pobre persona; en definitiva, lo habéis hecho por la solidaridad de la fe, impulsados por el amor a Cristo y a la Iglesia. Todo esto es un signo de verdadera humanidad, que brota de haber sido tocados por Jesucristo.

Nos hemos reunido para una fiesta de la fe. Ahora, sin embargo, surge la pregunta: ¬ŅPero qu√© es lo que creemos en realidad? ¬ŅQu√© significa creer? ¬ŅPuede existir todav√≠a, de hecho, algo as√≠ en el mundo moderno? Viendo las grandes "Sumas" de teolog√≠a redactadas en la Edad Media o pensando en la cantidad de libros escritos cada d√≠a a favor o contra la fe, podemos sentir la tentaci√≥n de desalentarnos y pensar que todo esto es demasiado complicado. Al final, por ver los √°rboles, ya no se ve el bosque.

Es verdad: la visi√≥n de la fe abarca el cielo y la tierra; el pasado, el presente, el futuro, la eternidad; por ello no se puede agotar jam√°s. Ahora bien, en su n√ļcleo es muy sencilla. El Se√Īor mismo habl√≥ de ella con el Padre diciendo: "Has revelado estas cosas a los peque√Īos, a los que son capaces de ver con el coraz√≥n" (cf. Mt 11, 25). La Iglesia, por su parte, nos ofrece una peque√Īa "Suma", en la cual se expresa todo lo esencial: es el as√≠ llamado "Credo de los Ap√≥stoles". Se divide normalmente en doce art√≠culos, como el n√ļmero de los Ap√≥stoles, y habla de Dios, creador y principio de todas las cosas; de Cristo y de su obra de la salvaci√≥n, hasta la resurrecci√≥n de los muertos y la vida eterna. Pero en su concepci√≥n de fondo, el Credo s√≥lo se compone de tres partes principales y, seg√ļn su historia, no es sino una amplificaci√≥n de la f√≥rmula bautismal, que el Se√Īor resucitado entreg√≥ a los disc√≠pulos para todos los tiempos cuando les dijo: "Id, pues, y haced disc√≠pulos a todas las gentes bautiz√°ndolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Esp√≠ritu Santo" (Mt 28, 19).

Esta visión demuestra dos cosas: en primer lugar, que la fe es sencilla. Creemos en Dios, principio y fin de la vida humana. En el Dios que entra en relación con nosotros, los seres humanos; que es nuestro origen y nuestro futuro. Así, la fe es al mismo tiempo esperanza, es la certeza de que tenemos un futuro y de que no caeremos en el vacío. Y la fe es amor, porque el amor de Dios quiere "contagiarnos". Esto es lo primero: nosotros simplemente creemos en Dios, y esto lleva consigo también la esperanza y el amor.

La segunda constatación es la siguiente: el Credo no es un conjunto de afirmaciones, no es una teoría. Está, precisamente, anclado en el acontecimiento del bautismo, un acontecimiento de encuentro entre Dios y el hombre. Dios, en el misterio del bautismo, se inclina hacia el hombre; sale a nuestro encuentro y así también nos acerca los unos a los otros. Porque el bautismo significa que Jesucristo, por decirlo así, nos adopta como hermanos y hermanas suyos, acogiéndonos así como hijos en la familia de Dios. Por consiguiente, de este modo hace de todos nosotros una gran familia en la comunidad universal de la Iglesia. Sí, el que cree nunca está solo. Dios nos sale al encuentro.

Encaminémonos también nosotros hacia Dios, pues así nos acercaremos los unos a los otros. En la medida de nuestras posibilidades, no dejemos solo a ninguno de los hijos de Dios.

Creemos en Dios. Esta es nuestra opci√≥n fundamental. Pero, nos preguntamos de nuevo: ¬Ņes posible esto a√ļn hoy? ¬ŅEs algo razonable? Desde la Ilustraci√≥n, al menos una parte de la ciencia se dedica con empe√Īo a buscar una explicaci√≥n del mundo en la que Dios ser√≠a superfluo. Y si eso fuera as√≠, Dios ser√≠a in√ļtil tambi√©n para nuestra vida. Pero cada vez que parec√≠a que este intento hab√≠a tenido √©xito, inevitablemente resultaba evidente que las cuentas no cuadran. Las cuentas sobre el hombre, sin Dios, no cuadran; y las cuentas sobre el mundo, sobre todo el universo, sin √©l no cuadran. En resumidas cuentas, quedan dos alternativas: ¬ŅQu√© hay en el origen? La Raz√≥n creadora, el Esp√≠ritu creador que obra todo y suscita el desarrollo, o la Irracionalidad que, carente de toda raz√≥n, produce extra√Īamente un cosmos ordenado de modo matem√°tico, as√≠ como el hombre y su raz√≥n. Esta, sin embargo, no ser√≠a m√°s que un resultado casual de la evoluci√≥n y, por tanto, en el fondo, tambi√©n algo irracional.

Los cristianos decimos: "Creo en Dios Padre, Creador del cielo y de la tierra", creo en el Espíritu Creador. Creemos que en el origen está el Verbo eterno, la Razón y no la Irracionalidad. Con esta fe no tenemos necesidad de escondernos, no debemos tener miedo de encontrarnos con ella en un callejón sin salida. Nos alegra poder conocer a Dios. Y tratamos de hacer ver también a los demás la racionalidad de la fe, como san Pedro exhortaba explícitamente, en su primera carta (cf. 1 P 3, 15), a los cristianos de su tiempo, y también a nosotros.

Creemos en Dios. Lo afirman las partes principales del Credo y lo subraya sobre todo su primera parte. Pero ahora surge inmediatamente la segunda pregunta: ¬Ņen qu√© Dios? Pues bien, creemos precisamente en el Dios que es Esp√≠ritu Creador, Raz√≥n creadora, del que proviene todo y del que provenimos tambi√©n nosotros.

La segunda parte del Credo nos dice algo m√°s. Esta Raz√≥n creadora es Bondad. Es Amor. Tiene un rostro. Dios no nos deja andar a tientas en la oscuridad. Se ha manifestado como hombre. Es tan grande que se puede permitir hacerse muy peque√Īo. "El que me ha visto a m√≠, ha visto al Padre", dice Jes√ļs (Jn 14, 9). Dios ha asumido un rostro humano. Nos ama hasta el punto de dejarse clavar por nosotros en la cruz, para llevar los sufrimientos de la humanidad hasta el coraz√≥n de Dios. Hoy, que conocemos las patolog√≠as y las enfermedades mortales de la religi√≥n y de la raz√≥n, las destrucciones de la imagen de Dios a causa del odio y del fanatismo, es importante decir con claridad en qu√© Dios creemos y profesar con convicci√≥n este rostro humano de Dios. S√≥lo esto nos impide tener miedo a Dios, un sentimiento que en definitiva es la ra√≠z del ate√≠smo moderno. S√≥lo este Dios nos salva del miedo del mundo y de la ansiedad ante el vac√≠o de la propia vida. S√≥lo mirando a Jesucristo, nuestro gozo en Dios alcanza su plenitud, se hace gozo redimido. Durante esta solemne celebraci√≥n de la Eucarist√≠a dirijamos nuestra mirada al Se√Īor, que est√° aqu√≠ ante nosotros clavado en la cruz, y pid√°mosle el gran gozo que √©l prometi√≥ a sus disc√≠pulos en el momento de su despedida (cf. Jn 16, 24).

La segunda parte del Credo concluye con la perspectiva del Juicio final, y la tercera parte con la de la resurrecci√≥n de los muertos. Juicio: ¬Ņse nos quiere infundir de nuevo el miedo con esta palabra? Pero, ¬Ņacaso no deseamos todos que un d√≠a se haga justicia a todos los condenados injustamente, a cuantos han sufrido a lo largo de la vida y han muerto despu√©s de una vida llena de dolor? ¬ŅAcaso no queremos todos que el exceso de injusticia y sufrimiento, que vemos en la historia, al final desaparezca; que todos en definitiva puedan gozar, que todo cobre sentido?

Este triunfo de la justicia, esta unión de tantos fragmentos de historia que parecen carecer de sentido, integrándose en un todo en el que dominen la verdad y el amor, es lo que se entiende con el concepto de Juicio del mundo. La fe no quiere infundirnos miedo; pero quiere llamarnos a la responsabilidad. No debemos desperdiciar nuestra vida, ni abusar de ella; tampoco debemos conservarla sólo para nosotros mismos. Ante la injusticia no debemos permanecer indiferentes, siendo conniventes o incluso cómplices. Debemos percibir nuestra misión en la historia y tratar de corresponder a ella. No se trata de miedo, sino de responsabilidad; se necesita responsabilidad y preocupación por nuestra salvación y por la salvación de todo el mundo. Cada uno debe contribuir a esto. Pero cuando la responsabilidad y la preocupación tiendan a convertirse en miedo, recordemos las palabras de san Juan: "Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo" (1 Jn 2, 1). "En caso de que nos condene nuestra conciencia, Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo" (1 Jn 3, 20).

Celebramos hoy la fiesta del "Nombre de Mar√≠a". A quienes llevan este nombre ‚ÄĒmi mam√° y mi hermana lo llevaban, como ha recordado el Obispo‚ÄĒ quisiera expresarles mi m√°s cordial felicitaci√≥n por su onom√°stico. Mar√≠a, la Madre del Se√Īor, recibi√≥ del pueblo fiel el t√≠tulo de "Abogada", pues es nuestra abogada ante Dios. Desde las bodas de Can√° la conocemos como la mujer benigna, llena de solicitud materna y de amor, la mujer que percibe las necesidades ajenas y, para ayudar, las lleva ante el Se√Īor.

Hoy hemos escuchado en el evangelio c√≥mo el Se√Īor la entrega como Madre al disc√≠pulo predilecto y, en √©l, a todos nosotros. En todas las √©pocas los cristianos han acogido con gratitud este testamento de Jes√ļs, y junto a la Madre han encontrado siempre la seguridad y la confiada esperanza que nos llenan de gozo en Dios y en nuestra fe en √©l.

Acojamos también nosotros a María como la estrella de nuestra vida, que nos introduce en la gran familia de Dios. Sí, el que cree nunca está solo. Amén.

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