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S.S. Pablo VI, Homil√≠a del Papa Pablo VI durante la Santa Misa para la ¬ęJornada del desarrollo¬Ľ
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Homil√≠a del Papa Pablo VI durante la Santa Misa para la ¬ęJornada del desarrollo¬Ľ

QUEREMOS DIRIGIROS unas sencillas palabras. Ellas suponen que todos nosotros aqu√≠ presentes y cuantos desde lejos escuchan nuestra voz, estamos firmemente persuadidos de la verdad del t√≠tulo que se ha dado al misterio eucar√≠stico para definir este Congreso: v√≠nculo de caridad. Se ha tratado as√≠ de penetrar en las intenciones de Se√Īor, el cual al instituir este Sacramento quiso unir su vida divina a la nuestra tan √≠ntimamente, tan amorosamente, hasta convertirse en alimento nuestro y de este modo hacernos participes personalmente de su sacrificio redentor, representado y perpetuado en el sacramento eucar√≠stico. Pero no quiso con ello acabar, en el √°mbito de cada uno de los comensales de su mesa sacramental, la onda de su caridad, sino injertar y llevar a cada uno de nosotros en el designio de salvaci√≥n, abierto a toda la humanidad y realizado en aqu√©llos que se dejan absorber por la unidad efectiva de su cuerpo m√≠stico que es la Iglesia (Cf. S. Th., III, 73, 3.). La finalidad, la gracia, la virtud de la Eucarist√≠a que brota del amor de Cristo hacia nosotros, tiende a difundir este amor desde nosotros a los dem√°s. Quien se nutre de la Eucarist√≠a, debe por esto mismo comprender su vocaci√≥n a la caridad para con el pr√≥jimo, debe dilatar el espacio de la caridad (Cfr. S. Aug. Sermo 10. De Verbis Domini) desde s√≠ mismo a los otros, debe poner en conexi√≥n el v√≠nculo sacramental de caridad, que lo incorpora vitalmente a Cristo, con el v√≠nculo social de caridad, mediante el cual debe unir la propia vida a la vida de los dem√°s hombres, transformados virtualmente en hermanos suyos.

Esta es la premisa, éste es el punto de acuerdo del que todos debemos estar convencidos.

Por ello, al celebrar en medio de vosotros, con vosotros y para vosotros, esta Santa Misa, no tenemos otra cosa que deciros sino ésta: en nombre de Cristo y como empujados por su caridad interior, haceos todos y cada uno promotores de su caridad. Dejaos colmar de su amor en el secreto de vuestra intimidad personal, y después, procurad que este amor rebose, se extienda idealmente en el círculo universal de la humanidad y prácticamente en la esfera de vuestras relaciones familiares y sociales. Que la chispa de amor, encendida en cada uno de los corazones, se convierta en fuego, que arda en el ámbito-comunitario de nuestra vida. Haced del amor de Cristo el principio de renovación moral y de regeneración social de esta América Latina, a donde hemos venido también para suscitar la llama de esa caridad que une al manantial supremo de nuestra salvación y transforma la convivencia humana, tan necesitada de superar sus divisiones y sus contrastes, en una familia de hermanos. El amor es el principio, la fuerza, el método, el secreto para lograrlo. El amor es la causa por la cual vale la pena actuar y luchar. El amor debe ser el vínculo para transformar a la gente sencilla, amorfa, desordenada, sufrida y a veces maliciosa, en un Pueblo nuevo, vivo y activo: en un Pueblo unido, fuerte, consciente, próspero y feliz. Al decir amor, entendemos el amor a Cristo, su misteriosa caridad, divina y humana; el amor de Dios que trasciende el amor a los hombres .y que, siendo distinto de éste, es su luz y su manantial.

No prolongaremos nuestro discurso, sino para dirigir a las categor√≠as m√°s numerosas y m√°s representativas de esta asamblea, una palabra relacionada con una objeci√≥n que puede surgir en la mente de todos: ¬Ņbasta la caridad? ¬ŅEs suficiente el amor para levantar el mundo y para vencer las innumerables dificultades de diversa √≠ndole que se oponen al desarrollo transformador y regenerador de la sociedad, como la historia, la etnograf√≠a, la econom√≠a, la pol√≠tica, la organizaci√≥n de la vida p√ļblica, nos la presentan hoy? ¬ŅEstamos seguros de que, frente al mito moderno de la efectividad temporal, la caridad no es pura ilusi√≥n ni una alienaci√≥n? Tenemos que responder s√≠ y no. S√≠ la caridad es necesaria y suficiente como principio propulsor del gran fen√≥meno innovador de este mundo imperfecto en que vivimos. No, la caridad no basta si se queda en pura teor√≠a verbal y sentimental ( Cfr. Mt. 7, 21) y si no va acompa√Īada de otras virtudes, la primera la justicia que es la medida m√≠nima de la caridad, y de otros coeficientes, que hagan pr√°ctica, operante y completa la acci√≥n, inspirada y sostenida por la misma caridad, en el campo espec√≠ficamente variado de las realidades humanas y temporales.

Bien sabemos que tales realidades en América Latina - en el momento en que el Papa viene por primera vez a visitar este Continente - se encuentran en una situación de crisis profunda, verdaderamente histórica la cual encierra tantos, excesivos, aspectos de preocupación angustiosa.

¬ŅPuede el Papa ignorar este fermento? ¬ŅNo habr√≠a fallado una de las finalidades de este viaje si √©l volviese a Roma sin haber afrontado el punto central del problema que origina tanta inquietud?

Muchos, especialmente entre los j√≥venes, insisten en la necesidad de cambiar urgentemente las estructuras sociales que, seg√ļn ellos, no consentir√≠an la consecuci√≥n de unas efectivas condiciones de justicia para los individuos y las comunidades; y algunos concluyen que el problema esencial de Am√©rica Latina no puede ser resuelto sino con la violencia.

Con la misma lealtad con la cual reconocemos que tales teor√≠as y pr√°cticas encuentran frecuentemente su √ļltima motivaci√≥n en nobles impulsos de justicia y de solidaridad debemos decir y reafirmar que la violencia no es evang√©lica ni cristiana; y que los cambios bruscos o violentos de las estructuras ser√≠an falaces, ineficaces en s√≠ mismos y no conformes ciertamente a la dignidad del pueblo la cual reclama que las transformaciones necesarias se realicen desde dentro, es decir, mediante una conveniente toma de conciencia, una adecuada preparaci√≥n y esa efectiva participaci√≥n de todo que la ignorancia y las condiciones de vida, a veces infrahumanas, impiden hoy que sea asegurada.

Por tanto, a nuestro modo de ver, la llave para resolver el problema fundamental de Am√©rica Latina, la ofrece un dulce esfuerzo, simult√°neo, arm√≥nico y rec√≠procamente ben√©fico: proceder, s√≠, a una reforma de las estructuras sociales, pero que sea gradual y por todos asimilable y que se realice contempor√°nea y un√°nimemente, y dir√≠amos, como una exigencia de la labor vasta y paciente encaminada a favorecer la elevaci√≥n de la ¬ę manera de ser hombres ¬Ľ de la gran mayor√≠a de quienes hoy viven en Am√©rica Latina. Ayudar a cada uno a tener plena conciencia de su propia dignidad, a desarrollar su propia personalidad dentro de la comunidad de la que es miembro, a ser sujeto consciente de sus derechos y de sus obligaciones, a ser libremente un elemento v√°lido de progreso econ√≥mico, c√≠vico y moral en la sociedad a la que pertenece: esta es la grande y primordial empresa, sin cuyo cumplimiento, cualquier cambio repentino de estructuras sociales ser√≠a un artificio vano, ef√≠mero y peligroso.

Esa empresa, bien lo sabéis, se traduce concretamente en toda actividad apta para favorecer la promoción integral del hombre y su inserción activa en la comunidad: alfabetización, educación de base, educación permanente, formación profesional, formación de la conciencia cívica y política, organización metódica de los servicios materiales que son esenciales para el desarrollo normal de la vida individual y colectiva en la época moderna.

¬ŅPodemos esperar que el grave problema ser√° examinado y justamente comprendido a la luz tambi√©n del misterio de la caridad que estamos celebrando? ¬ŅSabr√©is sacar de este misterio, vosotros, queridos Hijos de Am√©rica Latina, la fuerza necesaria y eficaz para dar a cada uno su debida y urgente aportaci√≥n a fin de resolverlo? S√≠. El Papa lo espera. El Papa tiene confianza en vosotros.

Por nuestra parte, queremos recalcar aqu√≠, ante vosotros, representantes calificados de todas las categor√≠as sociales de Am√©rica Latina, nuestro empe√Īo: proseguir con renovado entusiasmo‚Äô y con todos los medios a nuestro alcance, en el esfuerzo en orden a la realizaci√≥n de los intentos mencionados, intentos y prop√≥sitos que ya proclamamos al mundo con la Enc√≠clica ¬ę Populorum Progressio ¬Ľ.

Diremos ahora una palabra especial a vosotros, estudiantes, a vosotros, estudiosos y hombres de la cultura: es necesario que vuestra caridad se empe√Īe sobre todo con el pensamiento, y tenga la sed, la humildad y la valent√≠a de la verdad. Es incumbencia vuestra especialmente liberar a vosotros mismos y a nuestro mundo intelectual de la supina adhesi√≥n a los lugares comunes, a la cultura de masa, a las ideolog√≠as que la moda o la propaganda convierten en f√°ciles e irresistibles; y sois vosotros los que hab√©is de encontrar en la verdad, -la √ļnica que tiene derecho a comprometer nuestra mente-, la libertad de obrar como hombres y come cristianos (Cf. Jo. 8,32). Y toca a vosotros, entre todos, ser ap√≥stoles de la verdad.

Queremos deciros tambi√©n a vosotros, trabajadores, cu√°l nos parece que deba ser el camino para desplegar vuestra caridad, alimentada por la fe y por la comuni√≥n en Cristo; el camino que conduce al encuentro con vuestros compa√Īeros de fatiga y de esperanza; este camino es la uni√≥n, es decir, la asociaci√≥n, no como simple estructura organizativa o como instrumento de sumisi√≥n colectiva, en manos del despotismo de algunos jefes inapelables, sino como escuela de conciencia social, como profesi√≥n de solidaridad, de hermandad, de defensa de los intereses comunes y de empe√Īo ante los comunes deberes. Vuestra caridad debe por tanto tener para s√≠ misma la fuerza: la fuerza del n√ļmero, del dinamismo social; no la fuerza subversiva de la revoluci√≥n y de la violencia sino la constructiva de un orden nuevo m√°s humano, en el cual se satisfagan vuestras leg√≠timas aspiraciones y todo factor econ√≥mico y social converja en la justicia del bien com√ļn. Ya sab√©is c√≥mo en vuestro esfuerzo por este orden nuevo y mejor, la Iglesia es, singularmente para vosotros, hombres del trabajo, ¬ę Madre y Maestra ¬Ľ.

Y a vosotros, hombres de las clases dirigentes, ¬Ņqu√© os podemos decir? ¬ŅEn qu√© direcci√≥n debe dilatarse esa caridad que tambi√©n vosotros quer√©is sacar de la fuente eucar√≠stica? No rehus√©is nuestra palabra, aunque os pareciere parad√≥jica y hostil. Es la palabra del Se√Īor. A vosotros se os pide la generosidad. Es decir, la capacidad de sustraeros a un inmovilismo de vuestra posici√≥n, que puede ser o aparecer privilegiada, para poneros al servicio de quienes tienen necesidad de vuestra riqueza, de vuestra cultura, de vuestra autoridad. Podr√≠amos recordaros el esp√≠ritu de la pobreza evang√©lica, la cual, rompiendo las ataduras de la posesi√≥n ego√≠sta de los bienes temporales estimula al cristiano a disponer org√°nicamente la econom√≠a y el poder en beneficio de la comunidad. Tened vosotros, se√Īores del mundo e hijos de la Iglesia, el esp√≠ritu instintivo del bien que tanto necesita la sociedad. Que vuestro o√≠do y vuestro coraz√≥n sean sensibles a las voces de quienes piden pan, inter√©s, justicia, participaci√≥n m√°s activa en la direcci√≥n de la sociedad y en la prosecuci√≥n del bien com√ļn. Percibid y emprended con valent√≠a, hombres dirigentes, las innovaciones necesarias para el mundo que os rodea; haced que los menos pudientes, los subordinados, los menesterosos, vean en el ejercicio de la autoridad la solicitud, el sentido de medida, la cordura, que hacen que todos lo respeten y que para todos sea beneficioso. La promoci√≥n de la justicia y la tutela de la dignidad humana sean vuestra caridad. Y no olvid√©is que ciertas grandes crisis de la historia habr√≠an podido tener otras orientaciones, si las reformas necesarias hubiesen prevenido tempestivamente, con sacrificios valientes, las revoluciones explosivas de la desesperaci√≥n.

Y ¬Ņcu√°l vuestra caridad, familias cristianas, que hoy rode√°is nuestro altar, como representando a las innumerables familias que componen las poblaciones de Am√©rica Latina? Refluya sobre vosotras mismas vuestra caridad, que percibisteis de Cristo. Deb√©is ser los hogares de aquel primitivo amor humano, que el Se√Īor elev√≥, mediante el Sacramento del matrimonio, al grado de caridad, de gracia sobrenatural. Padres, madres e hijos de familia, convertid vuestra casa en una peque√Īa sociedad ideal, donde el amor reine soberano y sea escuela dom√©stica de todas las virtudes humanas y cristianas.

Y para terminar recordaremos a todos que Cristo se ha dado a sí mismo en la Eucaristía como memorial de su sacrificio. Por esto, nosotros no podremos hacer derivar de este sacramento el amor, del cual es signo y realidad, para ofrecerlo nosotros mismos como don a los hermanos, sin sacrificio. El amó y se sacrificó: dilexit et tradidit semetipsum.(Eph. 5, 2). Nosotros deberemos imitarlo. He ahí la Cruz! Tendremos que amar, hasta el sacrificio de nuestras personas, si queremos edificar una sociedad nueva, que merezca ponerse como ejemplo, verdaderamente humana y cristiana.

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