Soporte
Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo XVI del Tiempo Ordinario (Ciclo B). «Les daré un Pastor que apaciente a mis ovejas»
Incrementar tamaño de fuente Disminuir tamaño de fuente
Compartir

Domingo XVI del Tiempo Ordinario. «Les daré un Pastor que apaciente a mis ovejas»

I. LA PALABRA DE DIOS

Jer 23,1-6: “Pondré al frente de mis ovejas pastores que las apacienten”

¡Ay de los pastores que dispersan
y dejan que se pierdan las ovejas de mi rebaño!
—oráculo del Señor—.

Así dice el Señor, Dios de Israel:
—«A los pastores que pastorean a mi pueblo:
Ustedes han dispersado y ahuyentado mis ovejas,
y no las han cuidado;
pues yo les tomaré cuentas,
por la maldad de sus acciones
—oráculo del Señor—.

Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas
de todos los países adonde las expulsé,
y las volveré a traer a sus praderas,
para que crezcan y se multipliquen.
Les pondré pastores que las pastoreen;
ya no temerán ni se espantarán,
y ninguna se perderá
—oráculo del Señor—.

Miren que llegan días
—oráculo del Señor—
en que suscitaré para David un germen justo;
reinará como rey prudente,
practicará el derecho y la justicia en la tierra.
En sus días se salvará Judá
e Israel habitará en paz.
Y lo llamarán con este nombre:
El-Señor-nuestra-justicia».

Sal 22,1-6: “El Señor es mi pastor, nada me falta”

Ef 2,13-18: “Cristo es nuestra paz, Él nos ha reconciliado por medio de su Cruz”

Hermanos:

Ahora, gracias a Cristo Jesús y en virtud de su sangre, los que un tiempo estuvieron lejos, ahora están cerca.

Él es nuestra paz.

Él ha hecho de los dos pueblos uno solo, derribando con su cuerpo el muro que los separaba: el odio.

Él ha abolido la ley con sus mandamientos y reglas, haciendo las paces, para crear en sí mismo con los dos pueblos un solo hombre nuevo.

Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en Él, al odio.

Vino y trajo la noticia de la paz: paz a ustedes, los de lejos; paz también a los de cerca.

Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu.

Mc 6,30-34: “Andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles”

En aquel tiempo, los Apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo:

—«Vengan ustedes solos a un sitio tranquilo a descansar un poco».

Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer.

Se fueron en la barca a un sitio tranquilo y apartado.

Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todos los pueblos fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y sintió compasión de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.

II. APUNTES

El profeta Jeremías (1ª lectura) habla en nombre de Dios para lanzar una durísima invectiva contra quienes son infieles a su misión de guiar a los hijos de Israel por los caminos de Dios: «¡Ay de los pastores que dispersan y dejan que se pierdan las ovejas de mi rebaño!». Dios los acusa de haberlas dispersado y de no atenderlas debidamente, anuncia que les tomará cuentas y promete enviar a sus ovejas «pastores que las apacienten». Anuncia la restauración y la vuelta de Israel del destierro, pero anuncia también otra restauración mucho más importante.

En el Señor Jesús esta promesa hallará su pleno cumplimiento. Él es por excelencia el Buen Pastor, Dios mismo que viene a rescatar y curar a sus ovejas heridas y dispersadas a causa del pecado. El buen Pastor da la vida por sus ovejas: mediante su Cruz Cristo ha traído la verdadera paz al corazón del hombre y la reconciliación a los pueblos antes divididos (2ª lectura). El Señor Jesús no sólo vino a apacentar a las ovejas de Israel, sino a integrar también a su gran rebaño a quienes no pertenecían al pueblo de la primera Alianza, considerados hasta entonces enemigos de Dios. Cristo, por su Cruz, ha reunido en un solo Cuerpo, que es Su Iglesia, a unos y a otros. Ningún ser humano está excluido de su rebaño.

El Señor, como leemos en el Evangelio, experimenta compasión, una profunda conmoción interior, al ver a la multitud de hombres y mujeres que andan desvalidos como ovejas sin pastor. En Él buscan el remedio a sus males así como la respuesta a sus preguntas fundamentales. Esta profunda compasión de Jesús, que brota de su inmenso amor al ser humano, lo mueve a la acción decidida y comprometida: «se puso a enseñarles muchas cosas».

Enseñar es lo primero que Él hace, por tanto, es lo que considera más urgente y necesario en esa situación concreta. La mayor pobreza y mal que sufren las ovejas de su pueblo son la confusión, la ignorancia y la mentira en la que andan sumidas, constituyéndose todo ello en una indigencia que hay que remediar, en una carencia que hay que subsanar, pues impide a su criatura humana avanzar hacia el horizonte de su plena realización y alcanzar su destino último, cual es su plena participación en la vida y comunión divina de Amor.

Para sacarlos de esta indigencia el Señor «se puso a enseñarles muchas cosas», y aunque el evangelista no refiere qué es lo que enseñó en aquella ocasión específica, sabemos que enseñó la verdad sobre Dios y sobre el hombre, la verdad que disipa las tinieblas de la ignorancia, la verdad que une y reconcilia, la verdad que trae la paz, la verdad que señala e ilumina el camino de retorno de todo hijo o hija a la casa del Padre, la verdad que llena de sentido la existencia humana, porque Él mismo es el Camino, la Verdad y la Vida del hombre (ver Jn 14,6).

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Para no ser confundidos y dispersados por tantas opiniones y pensamientos anti-evangélicos que circulan por doquier, quienes somos buscadores de la verdad hemos de acudir confiadamente al Señor Jesús con la plena convicción de que sólo Él tiene la verdad completa sobre Dios y sobre el hombre. En verdad, todo aquél «que quiera comprenderse hasta el fondo a sí mismo —no solamente según criterios y medidas del propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes— debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo» (S.S. Juan Pablo II, Redemptor hominis, 10a ).

Abriendo nuestro entendimiento y corazón a las verdades fundamentales que Cristo nos ha enseñado, verdades que Él confió a Su Iglesia para su custodia, profundización y transmisión, encontramos en Él el Camino que conduce a nuestra realización y plenitud humana, a nuestra propia felicidad y a la de todo ser humano.

Por otro lado, mostrándonos su profunda conmoción ante la multitud en búsqueda, el Señor nos invita a experimentar su misma compasión ante la situación de desorientación y confusión en la que tantos viven hoy sumergidos. Movidos por esa compasión se trata de actuar decididamente involucrándonos en la enseñanza y transmisión de las verdades fundamentales de la fe, es decir, en la “catequesis”.

Catequesis viene de la palabra griega ejo, de donde procede nuestra palabra castellana “eco”, y que significa “hacer resonar”. Catequizar es “hacer resonar” mediante nuestra predicación las verdades de la fe en la mente y corazón de otras personas.

Siguiendo al divino Modelo que es Cristo, cada discípulo, cada cristiano está llamado a transmitir y enseñar a otros las verdades que Él ha hecho resonar en nuestras mentes y corazones por la predicación de todos aquellos cristianos que nos han antecedido. ¡La transmisión de la fe es una ‘cadena’ que no se debe interrumpir conmigo! ¡Yo soy responsable de que otros reciban el inmenso don que yo, a mi vez, he recibido de aquellos hombres y mujeres que supieron trasmitirme fielmente las enseñanzas del Señor, incluso a precio de su propia vida!

No olvidemos que nadie da lo que no tiene. Para enseñar las verdades de la fe necesito yo mismo instruirme en ellas por el estudio perseverante, hacerlas mías al calor de la oración y ponerlas en práctica procurando llevar una vida concorde con las enseñanzas del Señor.

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Beda: «San Mateo dice que curó a los que entre ellos estaban enfermos; que la verdadera compasión hacia los pobres consiste en abrirles por la enseñanza el camino de la verdad y librarlos de los padecimientos corporales».

San Hipólito: «Concede, Padre que conoces los corazones, a tu siervo que has elegido para el episcopado, que apaciente tu santo rebaño y que ejerza ante ti el supremo sacerdocio sin reproche sirviéndote noche y día; que haga sin cesar propicio tu Rostro y que ofrezca los dones de tu Santa Iglesia, que en virtud del espíritu del supremo sacerdocio tenga poder de perdonar los pecados según tu mandamiento, que distribuya las tareas siguiendo tu orden y que desate de toda atadura en virtud del poder que tú diste a los Apóstoles».

San Gregorio Nacianceno: «Es preciso comenzar por purificarse antes de purificar a los otros; es preciso ser instruido para poder instruir; es preciso ser luz para iluminar, acercarse a Dios para acercarle a los demás, ser santificado para santificar, conducir de la mano y aconsejar con inteligencia. Sé de quién somos ministros, dónde nos encontramos y adónde nos dirigimos».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

“Sintió compasión...”

2448: Bajo sus múltiples formas —indigencia material, opresión injusta, enfermedades físicas o psíquicas y, por último, la muerte—, la miseria humana es el signo manifiesto de la debilidad congénita en que se encuentra el hombre tras el primer pecado y de la necesidad que tiene de salvación. Por ello, la miseria humana atrae la compasión de Cristo Salvador, que la ha querido cargar sobre sí e identificarse con los “más pequeños de sus hermanos”.

“…y se puso a enseñarles”

427: En la catequesis lo que se enseña es a Cristo, el Verbo encarnado e Hijo de Dios y todo lo demás en referencia a Él; el único que enseña es Cristo, y cualquier otro lo hace en la medida en que es portavoz suyo, permitiendo que Cristo enseñe por su boca... Todo catequista debería poder aplicarse a sí mismo la misteriosa palabra de Jesús: “Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado” (Jn 7,16).

428: El que está llamado a “enseñar a Cristo” debe por tanto, ante todo, buscar esta “ganancia sublime que es el conocimiento de Cristo”; es necesario (…) “conocerle a Él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a Él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos” (Flp 3,8-11)».

429: De este conocimiento amoroso de Cristo es de donde brota el deseo de anunciarlo, de “evangelizar”, y de llevar a otros al “sí” de la fe en Jesucristo. Y al mismo tiempo se hace sentir la necesidad de conocer siempre mejor esta fe.

Cristo también hoy sigue apacentando a su rebaño

857: La Iglesia... sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los Apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los obispos, “a los que asisten los presbíteros juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia”: “Porque no abandonas nunca a tu rebaño, sino que, por medio de los santos pastores, lo proteges y conservas, y quieres que tenga siempre por guía la palabra de aquellos mismos pastores a quienes tu Hijo dio la misión de anunciar el Evangelio”.

2034: El Romano Pontífice y los obispos como «maestros auténticos por estar dotados de la autoridad de Cristo... predican al pueblo que tienen confiado la fe que hay que creer y que hay que llevar a la práctica» (LG 25). El magisterio ordinario y universal del Papa y de los obispos en comunión con él enseña a los fieles la verdad que han de creer, la caridad que han de practicar, la bienaventuranza que han de esperar.

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«Falta catequesis, educación en la fe. Se hace necesario ahondar en lo que es la Santa Misa, y la vida litúrgica y piadosa en general. Y este tema tiene una serie de secuelas como la pasividad en muchos lugares de quienes sí participan en la Misa. A veces se ve como una mera obligación y no como el oxígeno que da aliento y vida.

»La renovación de una ardorosa piedad eucarística tiene mucho que ver con la práctica de la fe. La incoherencia entre fe y vida es un mal terrible que debe resolverse. Esa ruptura que se alimenta por múltiples causas es un elemento determinante en el descenso de la piedad eucarística. Superficialidad, crisis de identidad, vacíos existenciales que se buscan llenar infructuosamente con sucedáneos, todo ello tiene que ver con el problema. Precisamente por ello el Papa Juan Pablo II insistía tanto en la urgencia de una nueva evangelización. Es decir se trata de anunciar la fe en todo momento y circunstancia. La perspectiva misionera de la vida de todo creyente debe ponerse de relieve. La fe debe hacerse vida cristiana. Si se presta atención a lo que viene haciendo y predicando el Papa Benedicto XVI se constatará que viene aplicando la nueva evangelización. Se trata de seguir ese camino, pues no habrá renovación si no se aviva la conciencia evangelizadora del hijo y de la hija de la Iglesia.

»La nueva evangelización parece ser el paso lógico en el que uno debe comprometerse con todo su ser. Y en ello la celebración, comunión y adoración eucarística es la fuente, así como la cumbre».

«“La condición del discípulo brota de Jesucristo como de su fuente por la fe y el Bautismo, y crece en la Iglesia, comunidad donde todos sus miembros adquieren igual dignidad y participan de diversos ministerios y carismas. De este modo se realiza en la Iglesia la forma propia y específica de vivir la santidad bautismal al servicio del Reino de Dios” (Aparecida, 184). Como hemos visto, la misión primaria de la Iglesia es anunciar el Evangelio de manera tal que se garantice la relación entre fe y vida tanto en la persona individual como en el contexto socio–cultural en que las personas viven, actúan y se relacionan entre sí. Así procura “transformar mediante la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad que están en contraste con la Palabra de Dios y el designio de salvación” (S.S. Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 19).

»Esta misión de la Iglesia de anunciar el Evangelio cae primero sobre el discípulo que requiere ser evangelizado. En este aspecto del proceso, que implica la formación en la fe o catequesis, es donde más debilidades se han mostrado. Y dado que el discípulo debe evangelizar desde la fe recibida y la experiencia personal de su encuentro con el Señor Jesús, desde su experiencia de evangelizado, al estar esto débil, la secuencia del proceso evangelizador y misionero se debilita y flaquea. Hoy vemos las consecuencias de ello. Ya lo decían hace más de cincuenta años los obispos que se reunieron para la primera Conferencia General en Río de Janeiro: “Nadie da lo que no tiene”.

»Por ello, de los ejes del lema temático que el Papa puso como tarea no se puede dejar de considerar como fundamental el primero, que habla del discípulo en relación a su identidad de hijo o hija de la Iglesia. Por eso decía que si no se da a esto la debida importancia se caerá en el mejor de los casos en unos fuegos artificiales que alguna luz darán, pero que será efímera. El lema “evangelizadores permanentemente evangelizados” lo recuerda y nos hace conscientes de que el primer campo de la evangelización, de la misión, es uno mismo. Y que la participación en el proceso evangelizador trae también como consecuencia la propia evangelización. Por ello, ante todo los “discípulos de Jesús están llamados a vivir en comunión con el Padre y con su Hijo muerto y resucitado, en ‘la comunión en el Espíritu Santo’” (Aparecida, 155). Esa actitud fundante de la amplia vocación que nace del Bautismo no se puede escamotear ni reducir sino que debe ocupar su justo lugar como base de la vida y del despliegue cristiano del discípulo en las tareas de evangelización, de misión y de participar en la transformación de este mundo en un mundo mejor.

»Veo una pauta, una luz para comprender mejor esto y un estímulo para aplicarla en las palabras del Papa Benedicto XVI en su primera visita latinoamericana: “Unidos en comunión suprema con el Señor en la Eucaristía y reconciliados con Dios y con nuestro prójimo, seremos portadores de aquella paz que el mundo no puede dar. ¿Podrán los hombres y las mujeres de este mundo encontrar la paz si no se concientizan acerca de la necesidad de reconciliarse con Dios, con el prójimo y consigo mismos?”».

Consultas

© Copyright 2013. BIBLIOTECA ELECTRÓNICA CRISTIANA -BEC- VE MULTIMEDIOS™. La versión electrónica de este documento ha sido realizada por VE MULTIMEDIOS - VIDA Y ESPIRITUALIDAD. Todos los derechos reservados. La -BEC- está protegida por las leyes de derechos de autor nacionales e internacionales que prescriben parámetros para su uso. Hecho el depósito legal.


Diseño web :: Hosting Católico