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Mons. José Antonio Eguren Anselmi, Carta de Monseñor José Antonio Eguren, Arzobispo Metropolitano de Piura, con ocasión del inicio del Año Sacerdotal Especial
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Carta de Monseñor José Antonio Eguren, Arzobispo Metropolitano de Piura, con ocasión del inicio del Año Sacerdotal Especial

Muy queridos hermanos en el Sacerdocio y hermanos todos en el Señor Jesús:

Comenzamos con mucha ilusión y alegría, en unión con toda la Iglesia universal, el “Año Sacerdotal”, que bajo el lema, Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote, el Santo Padre Benedicto XVI ha convocado para celebrar el 150 aniversario de la muerte de San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, quien próximamente será proclamado patrono de todos los sacerdotes.

En primer lugar expresamos nuestra profunda gratitud al Santo Padre por tan feliz iniciativa, la cual ha sido acogida entre nosotros con mucha alegría. Busquemos en nuestras parroquias y comunidades, vivir este año en toda su profundidad y con el máximo fervor posible.

Seamos Sacerdotes Santos

El “Año Sacerdotal”, será un año de gracia para todos nosotros sacerdotes, que en palabras del Santo Padre, deberá favorecer nuestra tensión hacia aquella perfección espiritual de la cual depende sobre todo la eficacia de nuestro ministerio1. Es decir tenemos delante de nosotros, un año para impulsar nuestra vida de santidad sacerdotal. ¡Un año para creer en la fuerza de nuestro sacerdocio! Bien sabemos que el sacerdote es el primero que ha de responder a la llamada a la santidad que Dios dirige a todos los bautizados. ¿Por qué?

En primero lugar es exigencia de nuestra ordenación. Por ella nos hemos donado totalmente a Cristo y a la Iglesia, y esta entrega total es compromiso de santidad.

Más aún, el día de nuestra ordenación se grabó en nosotros para siempre, por el fuego del Espíritu Santo, la imagen de Cristo sacerdote y víctima. Esa imagen reclama ser reproducida con absoluta fidelidad y precisión, tanto en el ejercicio de nuestro ministerio como en nuestra diaria conducta de vida.

Sólo viviendo radicalmente conforme a lo que ontológicamente somos, seremos instrumentos vivos de la acción de Cristo en el mundo, prolongación de su misión para gloria del Padre.

Cuando en virtud del sacramento del Orden Sagrado pronunciamos las palabras “Yo te absuelvo…Esto es mi Cuerpo…Esta es mi Sangre”, no lo hacemos en nuestro nombre, sino en nombre de Cristo, “in persona Christi capitis”2, que quiere servirse de nuestros labios y manos, de nuestra inteligencia y espíritu de sacrificio. Esta identificación con el Señor Jesús, reclama nuestra santidad.

El sacerdocio es fundamentalmente una transformación sacramental y misteriosa, una configuración con Cristo Sumo y Eterno Sacerdote, único Mediador. Por ello, la santidad es la única perspectiva en la que debe situarse todo el camino de nuestra vida sacerdotal.

Como en ningún otro, el modelo de vida de un sacerdote influye poderosamente en los demás. Por eso el que cuenta con un buen sacerdote, ¡qué bien tan grande y precioso tiene!

Cuando el sacerdote aspira seria y responsablemente a la santidad toda la Iglesia resplandece, pero si no lo hace, la vida de fe, esperanza y caridad del Pueblo de Dios se debilita.

Queridos Hijos: debemos comprender que si descuidamos nuestra santidad no sólo comprometemos nuestra salvación sino que también comprometemos a la Iglesia ya que nuestro ministerio está íntimamente unido al misterio, a la vida, al crecimiento y al destino de la Iglesia. ¡Seamos entonces sacerdotes santos!

Para ser sacerdotes santos, vivamos la conversión

En este Año Sacerdotal, somos llamados a vivir la conversión de manera muy particular. ¿Qué significa entonces para nosotros sacerdotes convertirnos? Convertirnos significa retornar a la gracia misma de nuestra vocación, meditar en la inmensa bondad y en el amor infinito de Cristo que se ha fijado en nosotros y nos ha llamado por nuestro nombre.

Convertirnos significa conciencia y esfuerzo, ciertamente en activa cooperación con la gracia, por ser siempre más auténticamente aquello que somos en la Iglesia y para la Iglesia, para que así nuestro ministerio sea absolutamente consecuente con lo que somos.

Convertirnos significa también darnos cuenta de nuestras negligencias y pecados, de nuestras impurezas y cobardías, de nuestras faltas de fe, esperanza y caridad, y de las muchas veces que hemos pensado y actuado únicamente de “modo humano” y no “divino” (ver Mt 16, 23).

Convertirnos quiere decir buscar de nuevo el perdón y la fuerza de la misericordia divina en el Sacramento de la Reconciliación y así volver a “recomenzar desde Cristo”, haciendo de Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, la medida de nuestra vida, avanzando cada día de manera firme y decida en nuestra conformación con Él.

Sí, convertirnos cada día para que el estilo de vida de Cristo sacerdote sea cada vez más el estilo de vida de cada uno de nosotros.

¿Qué esperan de nosotros nuestros hermanos?

Nuestros hermanos esperan de nosotros solamente una cosa: que seamos especialistas en promover el encuentro con Dios. “Al sacerdote no se le pide que sea experto en economía, en construcción o en política. De él se espera que sea experto en la vida espiritual…Antes las tentaciones del relativismo o del permisivismo, no es necesario que el sacerdote conozca todas las corrientes actuales de pensamiento, que van cambiando; lo que los fieles esperan de él, es que sea testigo de la sabiduría eterna, contenida en la palabra revelada”3. Ver y escuchar a un sacerdote habitualmente unido al Señor, es hoy en día el principal anhelo de nuestros fieles cristianos. Como aquel abogado de Lyon al que le preguntaron a su regreso de ver a San Juan María Vianney: “¿Qué has visto en Ars?” Y él contestó: “He visto a Dios en un hombre”.

Con ocasión del quincuagésimo aniversario de su ordenación sacerdotal celebrado el año 1996, el Papa Juan Pablo II escribió en su libro “Don y Misterio: “El hombre de hoy tiene sed de Cristo...El resto (lo que necesita a nivel económico, social y político) se lo puede pedir a muchos otros. Al sacerdote (el hombre contemporáneo) le pide a Cristo…Y tiene derecho a esperarlo, ante todo mediante el anuncio del Evangelio de Dios…Pero el anuncio tiende a que el hombre encuentre a Jesús, especialmente en el misterio eucarístico, corazón palpitante de la Iglesia y de la vida sacerdotal. Es un misterioso y formidable poder el que el sacerdote tiene en relación con el Cuerpo eucarístico de Cristo…El sacerdote es el administrador del bien más grande de la Redención porque da a los hombres al Redentor en persona. Celebrar la Eucaristía es la misión más sublime y más sagrada de todo presbítero”4.

San Juan María Vianney estaba convencido que todo el fervor en la vida de un sacerdote dependía de la Santa Misa, por ello decía: "la causa de la relajación del sacerdote es que descuida la Misa. Dios mío, ¡qué pena el sacerdote que celebra como si estuviese haciendo algo ordinario!”5.

No tengamos miedo, démosle a Cristo todo nuestro amor

La grandeza del sacerdocio de Cristo, del cual participamos, puede infundirnos temor. Como Pedro podemos sentir la tentación de decirle a Jesús: “Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador” (Lc 5, 8). Nos cuesta creer que el Señor Jesús se haya fijado en nosotros y nos haya llamado por nuestro nombre.

Pero Cristo nos ha mirado con amor precisamente a cada uno de nosotros, y debemos confiar en esta mirada. En el momento de nuestra ordenación, mediante el signo litúrgico de la imposición de las manos, el Señor Jesús tomó posesión de nosotros, diciéndonos «Tú, me perteneces».

Pero al mismo tiempo nos ha dicho: «Tú, estás bajo la protección de mis manos. Tú, estás bajo la protección de mi Sagrado Corazón». Como repetía con frecuencia San Juan María Vianney: “el sacerdocio, es el amor del Corazón de Jesús”6.

¡Qué consuelo y alivio nos da saber que Jesús nos ama y nos cuida! ¡Qué alegría y ánimo nos da saber que estamos sumergidos en su Amor! Por ello, queridos hijos sacerdotes, démosle a Jesús todo nuestro amor. No tengamos miedo de entregarnos a Él con radicalidad. Pero para amarle hay que tener tiempo para encontrarse y dialogar con el Señor en la oración.

La Oración es la fuente que mantiene vivo nuestro sacerdocio

En nuestra vida sacerdotal, no nos dejemos llevar de la prisa o el activismo de estos tiempos, como si el tiempo dedicado al Señor en la oración silenciosa fuera tiempo perdido. Todo lo contrario. Es de la oración de donde brotan los frutos más maravillosos de nuestro trabajo pastoral. La oración es la fuente que mantiene vivo nuestro sacerdocio. Más aún, como dice Su Santidad Benedicto XVI, la oración es ya trabajo pastoral7.

Lamentablemente, no faltan los que están dispuestos a “matarse” trabajando “por Cristo” pero no son capaces de pasar con Él una hora al día en la oración. Si no hay oración diaria y perseverante, Jesús está ausente de nuestra vida, y si Él está ausente de nuestra vida, perdemos el horizonte de nuestro sacerdocio para convertirnos en meros “funcionarios del reino”. ¿Se puede anunciar a Cristo cuando de Él sólo quedan las cenizas de antiguos recuerdos? ¿Se puede hablar de Él a los demás sólo de oídas y leídas?

Sigamos la recomendación del Santo Cura de Ars: “Todos los santos comenzaron su conversión por la oración y por ella perseveraron; y todos los condenados se perdieron por su negligencia en la oración. Digo, pues, que la oración nos es absolutamente necesaria para perseverar”8.

No nos olvidemos que el Señor Jesús nos ha llamado principalmente para que permanezcamos con Él en una intimidad privilegiada (ver Mc 3, 14). Una prioridad fundamental de la vida sacerdotal es “estar con el Señor”, y por tanto dedicar tiempo a la oración. De manera especial dediquemos tiempo a adorarle frecuentemente en la Hostia Santa, en el Santísimo Sacramento del Altar, en la adoración eucarística, siguiendo el consejo de San Juan María Vianney: "Sabemos que Jesús está allí, en el sagrario: abrámosle nuestro corazón, alegrémonos de su presencia. Ésta es la mejor oración"9.

Seamos auténticos en nuestra vida y ministerio

Queridos Sacerdotes: sean auténticos en su vida y en su ministerio. Como Cristo lleven una vida sencilla y modesta. Como San Juan María Vianney, que vuestro secreto para una vida feliz, “sea darlo todo y no conservar nada”.

Como Cristo, lleven una vida célibe. Cuando un sacerdote vive en la fe y en la oración su entrega total a Cristo y a sus hermanos, verá que con la ayuda del Señor, el celibato, verdadero don de Dios y estado de vida que Jesús vivió, no es sólo relativamente fácil sino gozoso y es el camino para una auténtica paternidad espiritual, en virtud de la cual nuestros fieles nos llaman con toda razón “padre”.

Igualmente, como Cristo sean servidores de todos en las parroquias y en los confesionarios. Como el Santo Cura de Ars, dediquen abundante tiempo para confesar. Nuestros fieles cristianos de Piura y Tumbes valoran y aman este Sacramento. Por ello no nos cansemos de ayudarles a que siempre redescubran y profundicen en el significado y la belleza de la Penitencia sacramental, mostrándola como una íntima exigencia del Sacramento de la Eucaristía.

Asimismo les pido que reconozcan y promuevan sinceramente la dignidad de los laicos y la función que tienen como propia en la misión de la Iglesia10. Sostenga a las familias y no descuiden la atención pastoral de los jóvenes. Acompañen a los movimientos eclesiales y nuevas comunidades. Sean solidarios con los más pobres y necesitados. Promuevan las vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa, a semejanza de esos buenos sacerdotes que así lo hicieron con nosotros. Encuentren en Santa María a la Madre del sacerdote. A Ella confíelen especialmente vuestro sacerdocio. Cultiven el deseo de estar siempre muy cerca de Santa María, especialmente con el rezo diario del Santo Rosario.

A mis queridos Seminaristas les digo: que el Señor Jesús lo sea todo para ustedes. Ofrézcanle el oro de su libertad, el incienso de su oración fervorosa y la mirra de sus afectos más nobles y profundos. Como les ha pedido el Papa en mi reciente Visita Ad Limina Apostolorum: “fórmense bien en lo humano, espiritual y cultural”. Que el tiempo del Seminario sea un tiempo precioso para encontrarse con Jesús, para tener una experiencia personal de Cristo, para descubrir el Plan de Amor que Él tiene para cada uno de ustedes, para corresponder a su Amor de elección con la entrega de ustedes mismos.

Queridos fieles cristianos: que este “Año Sacerdotal” sea una ocasión maravillosa para que todos ustedes les manifiesten a sus sacerdotes su afecto y amor. “Ámenlos con filial cariño, como a sus pastores y padres; igualmente participando de sus solicitudes, ayuden en lo posible, por la oración y de obra, a sus presbíteros, a fin de que éstos puedan superar mejor sus dificultades y cumplir más fructuosamente sus deberes”11. Que a lo largo de este año y por medio de celebraciones religiosas y públicas demos a nuestros sacerdotes el justo homenaje que ellos se merecen.

Estoy seguro que la consciente y reverente celebración del “Año Sacerdotal Especial”, redundará en que la Gran Misión Arquidiocesana “Quédate con nosotros, Señor”, se vea bendecida con muchos frutos de santidad y apostolado, especialmente con nuevas y numerosas vocaciones. Si la falta de sacerdotes es ciertamente la tristeza de cada Iglesia, su abundancia es su gozo y alegría, señal de su vitalidad.

Que así sea. Amén.

San Miguel de Piura, 19 de junio de 2009
Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

+ JOSÉ ANTONIO EGUREN ANSELMI, S.C.V.
Arzobispo Metropolitano de Piura


1

Benedicto XVI, Discurso a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Clero, 16-III-2009.

2

Ver Concilio Vaticano II, Decreto Presbyterorum Ordinis, n.2.

3

S.S. Benedicto XVI, Discurso en el encuentro con el Clero, Catedral de Varsovia, 25-V-2006.

4

S.S. Juan Pablo II, “Don y Misterio”, pp. 10.

5

El Cura de Ars. Su pensamiento – Su Corazón. Por el padre Bernard Nodet, ed. Xavier Mappus, Fe Viva, 1966, p. 105.

6

Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1589.

7

Ver S.S. Benedicto XVI, Encuentro con los sacerdotes de la Diócesis de Albano, 31-VIII-2006.

8

San Juan María Vianney, Sermón sobre la Perseverancia.

9

El Cura de Ars. Su pensamiento – Su Corazón. Por el padre Bernard Nodet, ed. Xavier Mappus, Fe Viva, 1966, p. 85.

10

Ver Concilio Vaticano II, Decreto Presbyterorum ordinis, n. 9.

11

Concilio Vaticano II, Decreto Presbyterorum Ordinis, n.9.
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