Soporte
S.S. Benedicto XVI, Homilía del Santo Padre durante la Solemnidad de San Pedro y San Pablo
Incrementar tama√Īo de fuente Disminuir tama√Īo de fuente
Compartir

Homilía del Santo Padre durante la Solemnidad de San Pedro y San Pablo

Se√Īores cardenales;

venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;

queridos hermanos y hermanas:

Dirijo a cada uno mi saludo cordial con las palabras del Ap√≥stol, junto a cuya tumba nos encontramos: "A vosotros gracia y paz abundantes" (1 P 1, 2). Saludo en particular a los miembros de la delegaci√≥n del Patriarcado ecum√©nico de Constantinopla y a los numerosos arzobispos metropolitanos que hoy reciben el palio. En la oraci√≥n colecta de esta solemnidad hemos pedido al Se√Īor "que su Iglesia se mantenga siempre fiel a las ense√Īanzas de aquellos que fueron fundamento de nuestra fe cristiana". Esta petici√≥n que dirigimos a Dios nos interpela tambi√©n a nosotros: ¬ŅSeguimos la ense√Īanza de los grandes Ap√≥stoles fundadores? ¬ŅLos conocemos de verdad?

En el A√Īo paulino que se concluy√≥ ayer tratamos de escucharlo de modo nuevo a √©l, el "maestro de los gentiles", y de aprender as√≠ nuevamente el alfabeto de la fe. Tratamos de reconocer a Cristo con san Pablo y mediante san Pablo, y de encontrar as√≠ el camino para la vida cristiana recta. En el canon del Nuevo Testamento, adem√°s de las cartas de san Pablo, se encuentran tambi√©n dos cartas bajo el nombre de san Pedro. La primera de ellas se concluye expl√≠citamente con un saludo desde Roma, pero a la que se presenta con el nombre apocal√≠ptico de Babilonia: "Os saluda la que est√° en Babilonia, elegida como vosotros..." (1P 5, 13). Al llamar a la Iglesia de Roma "elegida como vosotros", la sit√ļa en la gran comunidad de todas las Iglesias locales, en la comunidad de todos los que Dios ha congregado, para que en la "Babilonia" del tiempo de este mundo construyan su pueblo y hagan que Dios entre en la historia. La primera carta de san Pedro es un saludo dirigido desde Roma a la cristiandad entera de todos los tiempos. Nos invita a escuchar "la ense√Īanza de los Ap√≥stoles", que nos se√Īala el camino hacia la vida.

Esta carta es un texto muy rico, que brota del coraz√≥n y toca el coraz√≥n. Su centro es ‚ÄĒno pod√≠a ser de otra manera‚ÄĒ la figura de Cristo, presentado como Aquel que sufre y ama, como crucificado y resucitado: "El que, al ser insultado, no respond√≠a con insultos; al padecer, no amenazaba; (...) con cuyas heridas hab√©is sido curados" (1 P 2, 23-24).

Partiendo del centro, que es Cristo, la carta constituye tambi√©n una introducci√≥n a los sacramentos cristianos fundamentales del Bautismo y la Eucarist√≠a, y un discurso dirigido a los sacerdotes, en el que san Pedro se califica como co-presb√≠tero juntamente con ellos. Habla a los pastores de todas las generaciones como aquel a quien el Se√Īor encarg√≥ personalmente que apacentara a sus ovejas y as√≠ recibi√≥ de modo particular un mandato sacerdotal.

As√≠ pues, ¬Ņqu√© nos dice san Pedro, precisamente en el A√Īo sacerdotal, acerca de la misi√≥n del sacerdote? Ante todo, comprende el ministerio sacerdotal totalmente a partir de Cristo. Llama a Cristo el "pastor y guardi√°n de las almas" (1 P 2, 25). En el texto griego la palabra "guardi√°n" se expresa con el t√©rmino ep√≠scopos (obispo). Un poco m√°s adelante a Cristo se le califica como el Pastor supremo, archipoimen (1 P 5, 4). Sorprende que san Pedro llame a Cristo mismo "obispo", "obispo de las almas". ¬ŅQu√© quiere decir con esa expresi√≥n? En la ra√≠z de la palabra griega ‚Äúepiscopos‚ÄĚ se encuentra el verbo "ver"; por eso, se suele traducir por "guardi√°n", es decir, "vigilante". Pero ciertamente no se refiere a una vigilancia externa, como podr√≠a ser la del guardi√°n de una c√°rcel. M√°s bien, se entiende como un "ver desde lo alto", un ver desde la altura de Dios. Ver desde la perspectiva de Dios es ver con un amor que quiere servir al otro, que quiere ayudarle a llegar a ser lo que debe ser.

Cristo es el "obispo de las almas", nos dice san Pedro. Eso significa que nos ve desde la perspectiva de Dios. Contemplando desde Dios, se tiene una visión de conjunto, se ven los peligros al igual que las esperanzas y las posibilidades. Desde la perspectiva de Dios se ve la esencia, se ve al hombre interior. Si Cristo es el obispo de las almas, el objetivo es evitar que en el hombre el alma se empobrezca; hacer que el hombre no pierda su esencia, la capacidad para la verdad y para el amor; hacer que el hombre llegue a conocer a Dios, que no se pierda en callejones sin salida, que no se pierda en el aislamiento, sino que permanezca abierto al conjunto.

Jes√ļs, el "obispo de las almas", es el prototipo de todo ministerio episcopal y sacerdotal. Desde esta perspectiva, ser obispo, ser sacerdote, significa asumir la posici√≥n de Cristo. Pensar, ver y obrar desde su posici√≥n elevada. A partir de √©l estar a disposici√≥n de los hombres, para que encuentren la vida.

As√≠, la palabra "obispo" se acerca mucho al t√©rmino "pastor"; m√°s a√ļn, los dos conceptos se pueden intercambiar. La tarea del pastor consiste en apacentar, en cuidar la grey y llevarla a buenos pastos. Apacentar la grey quiere decir encargarse de que las ovejas encuentren el alimento necesario, de que sacien su hambre y apaguen su sed. Sin met√°fora, esto significa: la Palabra de Dios es el alimento que el hombre necesita. Hacer continuamente presente la Palabra de Dios y dar as√≠ alimento a los hombres es tarea del buen pastor. Y este tambi√©n debe saber resistir a los enemigos, a los lobos. Debe preceder, indicar el camino, conservar la unidad de la grey.

San Pedro, en su discurso a los presbíteros, pone de relieve también otra cosa muy importante. No basta hablar. Los pastores deben ser "modelos de la grey" (1 P 5, 3). La Palabra de Dios, cuando se vive, es trasladada del pasado al presente. Es admirable ver cómo en los Santos la Palabra de Dios se transforma en una palabra dirigida a nuestro tiempo. En Santos como Francisco, como el padre Pío y muchos otros, Cristo se hace verdaderamente contemporáneo de su generación, sale del pasado y entra en el presente. Ser pastor, modelo de la grey, significa vivir la Palabra ahora, en la gran comunidad de la Iglesia Santa.

Ahora quiero llamar brevemente vuestra atenci√≥n sobre otras dos afirmaciones de la primera carta de san Pedro que se refieren de modo especial a nosotros, en nuestro tiempo. Ante todo, la frase, hoy redescubierta, sobre cuya base los te√≥logos medievales comprendieron su tarea, la tarea del te√≥logo: "Adorad al Se√Īor, Cristo, en vuestro coraz√≥n, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida raz√≥n de vuestra esperanza" (1 P 3, 15). La fe cristiana es esperanza. Abre el camino hacia el futuro. Y es una esperanza que posee racionalidad; una esperanza cuya raz√≥n podemos y debemos exponer. La fe procede de la Raz√≥n eterna que entr√≥ en nuestro mundo y nos mostr√≥ al verdadero Dios. Supera la capacidad propia de nuestra raz√≥n, del mismo modo que el amor ve m√°s que la simple inteligencia. Pero la fe habla a la raz√≥n y, en la confrontaci√≥n dial√©ctica, puede resistir a la raz√≥n. No la contradice, sino que avanza juntamente con ella y, al mismo tiempo, conduce m√°s all√° de ella: introduce en la Raz√≥n m√°s grande de Dios.

Como pastores de nuestro tiempo tenemos la tarea de ser los primeros en comprender la razón de la fe. La tarea de no dejar que quede simplemente como una tradición, sino de reconocerla como respuesta a nuestros interrogantes. La fe exige nuestra participación racional, que se profundiza y se purifica en una comunión de amor. Forma parte de nuestros deberes de pastores penetrar la fe con el pensamiento para ser capaces de mostrar la razón de nuestra esperanza en el debate de nuestro tiempo.

Con todo, pensar ‚ÄĒaunque es muy necesario‚ÄĒ, por s√≠ solo, no basta; del mismo modo que hablar, por s√≠ solo, no basta. En su catequesis bautismal y eucar√≠stica en el cap√≠tulo segundo de su carta, san Pedro alude al Salmo que se usaba en la Iglesia primitiva en el contexto de la comuni√≥n, es decir, en el vers√≠culo que dice: "Gustad y ved cu√°n bueno es el Se√Īor" (Sal 34, 9; cf. 1 P 2, 3). S√≥lo gustar lleva a ver. Pensemos en los disc√≠pulos de Ema√ļs: sus ojos s√≥lo se abren a la hora de la comuni√≥n durante la cena con Jes√ļs, en la fracci√≥n del pan. S√≥lo en la comuni√≥n con el Se√Īor, verdaderamente experimentada, logran ver. Eso vale para todos nosotros: m√°s que pensar y hablar, necesitamos la experiencia de la fe, de la relaci√≥n vital con Jesucristo.

La fe no debe quedarse en teor√≠a: debe convertirse en vida. Si en el sacramento encontramos al Se√Īor; si en la oraci√≥n hablamos con √©l; si en las decisiones de la vida diaria nos adherimos a Cristo, entonces "vemos" cada vez m√°s claramente cu√°n bueno es. Entonces experimentamos cu√°n bueno es estar con √©l. De esa certeza vivida deriva luego la capacidad de comunicar la fe a los dem√°s de modo cre√≠ble. El cura de Ars no era un gran pensador, pero "gustaba" al Se√Īor. Viv√≠a con √©l hasta en los detalles m√°s insignificantes de su vida diaria, adem√°s de en las grandes exigencias del ministerio pastoral. De este modo lleg√≥ a ser una "persona que ve√≠a". Hab√≠a gustado, y por eso sab√≠a que el Se√Īor es bueno. Pidamos al Se√Īor que nos conceda este gustar, a fin de que as√≠ seamos testigos cre√≠bles de la esperanza que est√° en nosotros.

Por √ļltimo, quiero destacar otra palabra peque√Īa, pero importante, de san Pedro. Al inicio de la carta nos dice que la meta de nuestra fe es la salvaci√≥n de las almas (cf. 1 P 1, 9). En el √°mbito del lenguaje y del pensamiento de la cristiandad actual parece una afirmaci√≥n extra√Īa, para algunos tal vez incluso escandalosa. La palabra "alma" ha ca√≠do en descr√©dito. Se dice que esto llevar√≠a a una divisi√≥n del hombre en esp√≠ritu y f√≠sico, en alma y cuerpo, mientras que en realidad √©l ser√≠a una unidad indivisible. Adem√°s, "la salvaci√≥n de las almas" como meta de la fe parece indicar un cristianismo individualista, una p√©rdida de responsabilidad con respecto al mundo en su conjunto, en su corporeidad y en su materialidad. Pero nada de todo esto se encuentra en la carta de san Pedro. El celo por el testimonio en favor de la esperanza, la responsabilidad por los dem√°s caracterizan todo el texto.

Para comprender la palabra sobre la salvación de las almas como meta de la fe debemos partir de otro lado. Sigue siendo verdad que el desinterés por las almas, el empobrecerse del hombre interior, no sólo destruye a la persona misma, sino que además amenaza el destino de la humanidad en su conjunto. Sin la curación de las almas, sin la curación del hombre desde dentro, no puede haber salvación para la humanidad. Para san Pedro, aunque nos sorprenda, la verdadera enfermedad de las almas es la ignorancia, es decir, no conocer a Dios. Quien no conoce a Dios, quien al menos no lo busca sinceramente, queda fuera de la verdadera vida (cf. 1 P 1, 14).

Hay otra palabra de la carta que puede ayudarnos a comprender mejor la f√≥rmula "salvaci√≥n de las almas": "Purificad vuestras almas con la obediencia a la verdad" (cf. 1 P 1, 22). La obediencia a la verdad es lo que purifica el alma. Y convivir con la mentira es lo que la contamina. La obediencia a la verdad comienza con las peque√Īas verdades de la vida diaria, que a menudo pueden ser costosas y dolorosas. Esta obediencia se extiende despu√©s hasta la obediencia sin reservas ante la Verdad misma, que es Cristo. Esta obediencia no s√≥lo nos hace puros, sino sobre todo libres para el servicio a Cristo, y as√≠ para la salvaci√≥n del mundo, que siempre comienza con la purificaci√≥n obediente de la propia alma mediante la verdad. S√≥lo podemos indicar el camino hacia la verdad si nosotros mismos, con obediencia y paciencia, nos dejamos purificar por la verdad.

Y ahora me dirijo a vosotros, queridos hermanos en el episcopado, que en esta hora recibir√©is de mi mano el palio. Ha sido tejido con la lana de los corderos que el Papa bendice en la fiesta de Santa In√©s. De este modo, recuerda los corderos y las ovejas de Cristo, que el Se√Īor resucitado encomend√≥ a Pedro con la tarea de apacentarlos (cf. Jn 21, 15-18). Recuerda la grey de Jesucristo, que vosotros, queridos hermanos, deb√©is apacentar en comuni√≥n con Pedro. Nos recuerda a Cristo mismo, que como buen Pastor tom√≥ sobre sus hombros a la oveja perdida, a la humanidad, para llevarla de nuevo a casa. Nos recuerda el hecho de que √©l, el Pastor supremo, quiso hacerse √©l mismo Cordero, para hacerse cargo desde dentro del destino de todos nosotros; para llevarnos y curarnos desde dentro.

Pidamos al Se√Īor que nos conceda ser, siguiendo sus huellas, buenos pastores, "no forzados, sino voluntariamente, seg√ļn Dios (...), con prontitud de √°nimo (...), modelos de la grey" (1P 5, 2-3). Am√©n.

Consultas

© Copyright 2013. BIBLIOTECA ELECTR√ďNICA CRISTIANA -BEC- VE MULTIMEDIOS‚ĄĘ. La versi√≥n electr√≥nica de este documento ha sido realizada por VE MULTIMEDIOS - VIDA Y ESPIRITUALIDAD. Todos los derechos reservados. La -BEC- est√° protegida por las leyes de derechos de autor nacionales e internacionales que prescriben par√°metros para su uso. Hecho el dep√≥sito legal.


Dise√Īo web :: Hosting Cat√≥lico