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Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo XV del Tiempo Ordinario (Ciclo B). «Los fue enviando»
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Domingo XV del Tiempo Ordinario. «Los fue enviando»

I. LA PALABRA DE DIOS

Am 7,12-15: “Dios me tomó y me dijo: ‘Ve y profetiza a mi pueblo’”

En aquellos días, dijo Amasías, sacerdote de Betel, a Amós:

—«Vidente, vete y refúgiate en tierra de Judá; come allí tu pan y profetiza allí. No vuelvas a profetizar en Betel, porque es santuario del rey y templo principal del reino».

Respondió Amós:

—«No soy profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos. El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: “Ve y profetiza a mi pueblo Israel”».

Sal 84,9-14: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”

Ef 1,3-14: “Dios nos eligió en Cristo para ser santos e inmaculados en el amor”

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra.

Por medio de Él hemos sido hechos herederos.
A esto estábamos destinados
por decisión del que hace todo según su voluntad.
Y así, nosotros, los que ya esperábamos en Cristo,
seremos alabanza de su gloria.

Y también ustedes,
que han escuchado la palabra de verdad,
el Evangelio de salvación, en el que creyeron,
han sido marcados por Cristo con el Espíritu Santo prometido,
el cual es garantía de nuestra herencia,
para liberación del pueblo adquirido por Dios,
para alabanza de su gloria.

Mc 6,7-13: “Ellos predicaron con el poder de Cristo”

En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.

Y añadió:

—«Cuando entren en una casa, quédense en ella hasta que se vayan de aquel lugar. Y si en algún sitio no los reciben ni los escuchan, márchense de allí, sacúdanse el polvo de los pies, para que les sirva a ellos de advertencia».

Ellos salieron a predicar la conversión, echando muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

II. APUNTES

Luego de la muerte del rey Salomón (s. X a.C.) el pueblo de Israel sufre una división. Al sur las tribus de Judá y de Benjamín mantienen el templo de Jerusalén como único lugar de culto, mientras las diez restantes tribus de Israel acuden a un templo en Betel.

Un siglo después Dios elige a Amós como mensajero suyo (1ª lectura) y lo envía a Betel diciéndole: «Ve y profetiza a mi pueblo Israel...». Su anuncio no será bien recibido. Amasías, sacerdote del templo de Betel, lo conmina a volver a su tierra diciéndole: «Vete, vidente; huye a la tierra de Judá… profetiza allí. Pero en Betel no has de seguir profetizando.»

También “los Doce” son elegidos y enviados por el Señor Jesús, el Hijo de Dios, quien antes de enviarlos los reviste de autoridad. Esta autoridad, delegada a los apóstoles por Aquel que posee Él mismo toda autoridad divina, les confiere derecho de actuar con total libertad de acción, en Su Nombre y con poder para expulsar demonios y curar enfermos.

A “los Doce” los fue enviando “de dos en dos”, no sólo para ayudarse y acompañarse mutuamente, sino para que el testimonio de uno estuviese avalado por otro testigo. Su misión consistirá en “predicar la conversión” dada la inminente llegada del “Reino de los Cielos” (ver Mc 1,15).

El Reino de Dios sería inaugurado en la tierra por el Mesías prometido por Dios. La expulsión de demonios así como la curación milagrosa de los enfermos eran signos patentes que certificaban la llegada de los tiempos mesiánicos (ver Mt 11,2-6; Lc 7,18-23) y acreditaban a los apóstoles como embajadores del Mesías que venía “detrás de ellos”.

En las indicaciones del Señor a sus apóstoles de no llevar ninguna provisión para el camino hemos de ver una invitación a la confianza total en Dios, en su providencia y asistencia divina. Esta providencia divina habrá de manifestarse a través de la acogida y generosidad de aquellos que sabrán acoger a los apóstoles y su anuncio (ver Lc 10,7). “Los Doce” deberán pasar así por la experiencia de que en el fiel cumplimiento de su misión nada les faltará, porque Dios vela por ellos (ver Lc 22,35). La instrucción era dada para aquella ocasión específica y no deberá ser tomada como norma general (ver Lc 22,36).

Este envío será un anticipo de la futura y universal misión de los apóstoles. Es parte de su formación para lo que será toda su vida: anunciar a Jesucristo, reconciliador del ser humano, fuente de vida y bendición para todo aquel que crea en Él. De este modo quiso Dios asociar a hombres concretos a la realización de sus designios reconciliadores, hasta que todo tenga a Cristo por Cabeza.

En la segunda lectura San Pablo invita a los cristianos de Éfeso a dar gracias a Dios Padre, pues en Cristo «nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales». Gracias al anuncio de la Palabra de la verdad, del Evangelio de salvación, los cristianos hemos recibido gratuitamente un cúmulo inmenso de bendiciones. Este anuncio es esencial para llevar a cabo el proyecto divino de «hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza», y por aquel mandato apostólico de Cristo resuena aún hoy en la Iglesia y se dirige a todos los bautizados, porque el mensaje de la salvación y reconciliación debe llegar a todos los rincones del mundo, a todos los corazones necesitados del Don de la Reconciliación.

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Gracias al testimonio audaz y valiente que los apóstoles y primeros discípulos dieron de Cristo, gracias al fiel cumplimiento de la misión recibida del Señor de anunciar el Evangelio a todos los pueblos, nosotros hemos podido recibir el don de la fe. ¡Qué hermosos son los pies del mensajero! ¡Y qué enorme bendición que por ellos hemos recibido! Sí, la fe en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, es el mayor regalo que luego de la vida hemos podido haber recibido, es nuestro mayor tesoro. Y por ello hemos de exclamar continuamente con el Apóstol Pablo: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales… en Cristo.»

Quienes hemos recibido el don de la fe, dos mil años después que la gesta evangelizadora se iniciaba cuando el Espíritu divino fue derramado en forma de lenguas de fuego en el corazón de los apóstoles y discípulos reunidos en torno a María el día de Pentecostés, escuchamos también la invitación del Señor: «Gratis lo recibisteis; dadlo gratis» (Mt 10,8). En efecto, hoy todos nosotros estamos llamados a comunicar a cuantos podamos el Evangelio que gratuitamente hemos recibido y a hacer llegar sus bendiciones a muchos otros. Quien ha sido alcanzado y reconciliado por Cristo, quien ha recibido el don maravilloso de la vida nueva, se experimenta impulsado a anunciarlo y trasmitirlo a los demás.

En esta tarea de anunciar el Evangelio de Jesucristo a los demás no caben excusas. Nadie puede excluirse de esta necesidad y responsabilidad pensando que “eso corresponde sólo a curas y monjas”, “yo no puedo”, “yo soy incapaz”, “yo no sé hablar”, etc. ¡No! ¡Nada puede ni debe ser obstáculo para anunciar a Cristo y su Evangelio! Y si algún obstáculo encuentra en sí mismo o el mundo que lo rodea, en el Señor y en su Espíritu ha de buscar la fuerza, el valor y el arrojo para anunciar a los demás lo que él mismo ha encontrado en el Señor Jesús: el perdón, la reconciliación, el gozo del corazón, una vida nueva, el sentido pleno, luminoso y grandioso a su existencia humana. ¡Cuántas veces, cuando superando miedos y cobardías nos lanzamos a anunciar a Cristo y su Evangelio, experimentamos cómo Él habla a través de nuestros labios, nos inspira la palabra oportuna y ablanda los corazones más endurecidos! Sí, cuando confiamos en Él, el Señor actúa en nosotros y a través de nosotros, más allá de nuestras debilidades e insuficiencias. Nada hemos de temer, porque Él estará con nosotros. Como a los primeros apóstoles, también Él nos acompañará con la fuerza de su Espíritu, con su gracia y con su poder.

Así pues, confiemos en el Señor y proclamemos alto y fuerte nuestra fe, para que también muchos otros puedan creer y alcanzar las innumerables bendiciones que Dios nos ha regalado por medio de su Hijo.

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Beda: «Benigno y clemente, nuestro Señor y Maestro no escatima su poder a sus siervos y discípulos, puesto que así como Él curaba todo desfallecimiento y toda enfermedad, dio también a sus apóstoles poder para curarlos. Pero hay gran distancia entre dar y recibir. El Señor obra con su propio poder en todo lo que hace, en tanto que sus discípulos, si hacen algo, es confesando su debilidad y el poder del Señor, diciendo: “En nombre de Jesús, levántate y anda” (Hech 3,6)».

San Gregorio: «También vosotros, si lo queréis, podéis merecer este bello nombre de mensajero de Dios. En efecto, si cada uno de vosotros, según sus posibilidades y en la medida en que ha recibido del Cielo la inspiración, saca a su prójimo del mal, cuida de conducirlo al bien, si recuerda al extraviado el Reino o el castigo que le esperan en la eternidad, evidentemente que es un mensajero de las palabras santas de Jesús. Y que nadie venga diciendo: Soy incapaz de instruir a los otros, de exhortarles. Por lo menos debéis hacer lo que podáis, a fin de que un día no se os pida cuenta del talento recibido y mal guardado. (…) Haced que los otros os acompañen; que sean vuestros compañeros en el camino que conduce a Dios. Cuando, yendo por la plaza (…) encontréis a uno desocupado, invitadle a acompañaros. Porque vuestras mismas acciones cotidianas sirven para uniros a los otros. ¿Vais a Dios? Procurad no llegar solos. Que aquel que en su corazón ha escuchado ya la llamada divina saque de ella una palabra de aliento para su prójimo».

San Juan Crisóstomo: «No vale decir: “No puedo inducir a los demás”; si eres cristiano de verdad, esto es inadmisible, ya que es algo que radica en la misma naturaleza del ser cristiano, y las propiedades naturales no pueden negarse. No hagas injuria a Dios. Si dijeras que el sol no puede alumbrar, harías injuria al sol. Si dijeras que el cristiano no puede ser de provecho para los demás, haces injuria a Dios, porque lo tildas de mentiroso. Es más fácil que el sol no caliente y no alumbre, que no que deje de dar luz un cristiano; más fácil que esto sería que la luz fuese tinieblas. No digas que es cosa imposible: lo contrario es imposible. No hagas injuria a Dios. Si ponemos en orden nuestra propia conducta, todo lo demás que hemos dicho se seguirá por consecuencia natural. La luz del cristiano no puede quedar escondida; una lámpara tan resplandeciente no puede ocultarse».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

La misión de los apóstoles

858: Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su ministerio, «llamó a los que Él quiso, y vinieron donde Él. Instituyó Doce para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar» (Mc 3,13-14). Desde entonces, serán sus «enviados» [es lo que significa la palabra griega «apostoloi»]. En ellos continúa su propia misión: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20,21). Por tanto su ministerio es la continuación de la misión de Cristo: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe», dice a los Doce (Mt 10,40).

859: Jesús los asocia a su misión recibida del Padre: como «el Hijo no puede hacer nada por su cuenta» (Jn 5,19.30), sino que todo lo recibe del Padre que le ha enviado, así, aquellos a quienes Jesús envía no pueden hacer nada sin Él de quien reciben el encargo de la misión y el poder para cumplirla. Los apóstoles de Cristo saben por tanto que están calificados por Dios como «ministros de una nueva alianza» (2Cor 3,6), «ministros de Dios» (2Cor 6,4), «embajadores de Cristo» (2Cor 5,20), «servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios» (1Cor 4,1).

Ministros elegidos por Cristo para actuar en su nombre

875: «¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído?, ¿cómo oirán sin que se les predique?, y ¿cómo predicarán si no son enviados?» (Rom 10,14-15). Nadie, ningún individuo ni ninguna comunidad, puede anunciarse a sí mismo el Evangelio. «La fe viene de la predicación» (Rom 10,17). Nadie se puede dar a sí mismo el mandato ni la misión de anunciar el Evangelio. El enviado del Señor habla y obra no con autoridad propia, sino en virtud de la autoridad de Cristo; no como miembro de la comunidad, sino hablando a ella en nombre de Cristo. Nadie puede conferirse a sí mismo la gracia, ella debe ser dada y ofrecida. Eso supone ministros de la gracia, autorizados y habilitados por parte de Cristo. De Él reciben la misión y la facultad [el «poder sagrado»] de actuar «in persona Christi Capitis». Este ministerio, en el cual los enviados de Cristo hacen y dan, por don de Dios, lo que ellos, por sí mismos, no pueden hacer ni dar, la tradición de la Iglesia lo llama «sacramento». El ministerio de la Iglesia se confiere por medio de un sacramento específico.

Quien conoce y ama a Cristo, anuncia a Cristo

429: De este conocimiento amoroso de Cristo es de donde brota el deseo de anunciarlo, de «evangelizar», y de llevar a otros al «sí» de la fe en Jesucristo. Y al mismo tiempo se hace sentir la necesidad de conocer siempre mejor esta fe.

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«El centro mismo de la Nueva Evangelización es el anuncio del Señor Jesús —el mismo ayer, hoy y siempre—, confesado por el Pueblo de Dios, a las personas de un mundo que se va apartando de su sentido al sumergirse en el secularismo, el agnosticismo funcional, el consumismo, el relativismo y tantas otras manifestaciones que obstaculizan la realización de las personas según el Plan de Dios.

»El anuncio del Señor implica la conciencia de la realidad en la que éste ha de realizarse. Ante todo, hay que tener en cuenta la situación de ese mundo en el que muchos hacen oídos sordos al anuncio, mientras que no pocos, aun cuando dicen escucharlo, suelen recortar y seleccionar partes del mensaje, construyéndose así su propia versión subjetivista del Mensaje Salvífico, y expresándola en una práctica meramente formal. De esta forma, se enfría su ardor y pierden la parresía, huyendo de ese compromiso que va hasta las raíces de la existencia de quien ha acogido verdaderamente al Señor y lo lleva hacia la intimidad del propio corazón anunciándolo y testimoniándolo en la vida cotidiana».

«Aunque sabemos bien que todo es obra de Dios, hemos de seguir las antiguas enseñanzas que a la vez que nos invitan a la total confianza en el Señor, quien nos precede y sustenta en todo, nos muestran que en su designio Él nos pide trabajar con el mayor esfuerzo, cooperando siempre a la realización del divino Plan. En aras de la vida y el apostolado, la formación y la capacitación constituyen parte importante de ese proceso, y no se las debe descuidar. Los nuevos tiempos requieren dar cuenta de la experiencia de Dios, conocer y explicar la fe de la Iglesia que hemos recibido y procuramos vivir.

»Bajo la acción del Espíritu, en fidelidad al depositum fidei, hay que usar la imaginación y la creatividad para que el Evangelio llegue a todos de manera pedagógica y convincente. Recordemos, con las Conclusiones de Santo Domingo, que: “Jesucristo nos pide proclamar la Buena Nueva con un lenguaje que haga más cercano el mismo Evangelio de siempre a las nuevas realidades culturales de hoy”.

»De manera especial, en medio de los desafíos del tiempo presente, hay que escuchar a Dios que nos invita a no tener miedo, a no acobardarse, a no dejar que se turbe el propio corazón. Por el contrario, hay que acoger el soplo del Espíritu que invita a elevar muy en alto la enseña de la esperanza, confiando siempre en las promesas del Señor y dando gloria a Dios con la vida, la acción y el apostolado».

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