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Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo XII del Tiempo Ordinario (Ciclo B). «¿Quién es éste?»
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Domingo XII del Tiempo Ordinario. «¿Quién es éste?»

I. LA PALABRA DE DIOS

Job 38,1.8-11: “Aquí se romperá la arrogancia de tus olas”

El Señor habló a Job desde la tormenta:

—«¿Quién cerró el mar con una puerta, cuando salía impetuoso del seno materno, cuando le puse nubes por mantillas y nieblas por pañales, cuando le impuse un límite con puertas y cerrojos, y le dije: “Hasta aquí llegarás y no pasarás; aquí se romperá la arrogancia de tus olas?”».

Sal 106,23-31: “Den gracias al Señor, porque es eterna su misericordia”

2 Cor 5,14-17: “El que está en Cristo, es una nueva creación”

Hermanos:

El amor de Cristo nos apremia, al considerar que, si uno solo murió por todos, todos murieron.

Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.

Por tanto, no valoramos a nadie con criterios humanos.

Si alguna vez juzgamos a Cristo con tales criterios, ahora ya no. El que es de Cristo es una criatura nueva.

Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado.

Mc 4,35-40: “¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!”

Un día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos:

—«Vamos a la otra orilla».

Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, así como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un fuerte huracán, y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba a popa, dormido sobre un almohadón. Lo despertaron, diciéndole:

—«Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?»

Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar:

«¡Silencio, cállate!»

El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo:

—«¿Por qué son tan cobardes? ¿Aún no tienen fe?»

Se quedaron espantados y se decían unos a otros:

«¿Pero quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?»

II. APUNTES

«¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y el mar le obedecen!»

Al calmar la tempestad que azota la pequeña barca el Señor manifiesta quién es Él, su identidad: Aquel que como hombre se rindió al sueño, se muestra ahora ante ellos como Dios. ¿Y quién tiene el dominio sobre el mar, sino quien ha creado el mar? Dios es quien controla su ímpetu, quien manda a las aguas marinas: «Hasta aquí llegarás y no pasarás; ¡aquí se romperá la arrogancia de tus olas!» (1ª lectura) Dios es quien apacigua la tormenta en suave brisa, y enmudece las olas del mar. (Salmo)

Así, pues, la pregunta que surge entre los discípulos parece ser solamente retórica: sólo a su Creador pueden obedecer las fuerzas de la naturaleza, el viento impetuoso o el mar embravecido, sólo Dios puede decirle a la tempestad: “¡Silencio! ¡Cállate!” y ser inmediatamente obedecido. (Evangelio)

Y si parece admirable lo que el Señor hace al manifestar su dominio frente a las fuerzas de la naturaleza, más admirable aún es lo que Él ha hecho por su criatura humana: Él, por rescatar y reconciliar a su criatura humana, encarnándose de María por obra del Espíritu Santo, se hizo “uno como nosotros”. Más aún, en la plenitud de su amor, murió por todos dejando que toda la furia del mal como una tempestad violenta se desatase sobre la frágil barca de su cuerpo. Pero al morir en la Cruz mandó callar la furia del mal que se abatía contra la humanidad entera, y con su Resurrección estableció su dominio sobre aquello que el mar, en la mentalidad semita, significaba: el dominio de la muerte, que el hombre al pecar introdujo en el mundo.

Ante Cristo cada ser humano debe poder preguntarse: ¿Quién es éste, que hasta a la muerte vence? ¿Quién es este que resucitando de entre los muertos destruyó el pecado, trajo la paz y reconciliación a los corazones, ha devuelto la dignidad de hijos de Dios a los hombres, ha restaurado la comunión de los hombres con Dios? La Iglesia responde: ¡Es el Señor, el Hijo de Dios vivo, Dios mismo que por la reconciliación del ser humano se ha hecho hombre! Por su Resurrección de entre los muertos el Señor Jesús “ha despertado del sueño profundo”, trayendo la vida nueva a quien cree en Él, de modo que «el que es de Cristo es una criatura nueva. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado» (2ª lectura).

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

¿Cuántas veces le reclamo al Señor que “Él duerme mientras yo me hundo” en el dolor, en la tristeza o sufrimiento, por alguna situación difícil que estoy pasando? ¿Cuántas veces le reclamo su silencio mientras me golpea el mal, una grave injusticia, una desgracia? ¿Cuántas veces rezo y rezo, le pido e imploro al Señor que me quite de encima una pesada cruz que me deja sin respiración y no pasa nada? Y le digo entonces: “¿Es que no te importa mi sufrimiento? ¿Por qué duermes, mientras la frágil barca de mi vida parece hundirse en medio de estas aguas turbulentas? ¿Dónde estás?”

Y cuántos, resentidos con Dios porque piensan que no los escucha y que los ha abandonado a su suerte, sienten que su fe desfallece: “¡he perdido mi fe!”, dicen. Pero, ¿es que alguna vez la tuvieron? ¿O acaso sólo creían que la tenían? ¿No se muestra la fe justamente en esos momentos de prueba intensa, cuando Dios parece dormir, cuando su silencio nos hiere profundamente?

Para comprender esto, miremos a María al pie de la Cruz. ¿No experimentó Ella una espada atravesar su Corazón al ver morir a su Hijo en la Cruz? ¡Qué impotencia la suya al no poder hacer nada por Aquel a quien amaba con todo su ser! ¿Y Dios dónde estaba cuando ella cargaba con todo ese dolor y sufrimiento? ¿Por qué no actuaba? ¿Por qué no despertaba de “su sueño”? Sin embargo, Ella nos da una tremenda lección: permanece de pie, firme, sostenida por la esperanza en las promesas de su Hijo. Ella no desespera, no desfallece en su fe, porque sabe y confía en que a pesar de tanto dolor y sufrimiento, a pesar de tanta injusticia, a pesar de la muerte misma de su Hijo amado, el triunfo será de Dios, y que Él no la abandonará.

Ante nuestros reclamos en semejantes situaciones el Señor nos dice también a ti y a mí: “¿Por qué eres tan cobarde? ¿Aún no tienes fe? ¿No te das cuenta que Yo estoy contigo?” No, Dios no está lejos, tampoco se desinteresa de nuestros problemas o sufrimientos; al contrario, Él se ha acercado a nosotros de una manera inaudita, se ha hecho hombre para acompañarnos en la frágil barca de nuestra existencia, para estar a nuestro lado y quedarse con nosotros todos los días.

Y si te parece que duerme o está ausente, a decir de San Agustín, es que Cristo está dormido en ti, es que tu fe está dormida. Por ello, ¡hay que despertar a Cristo en nosotros! ¡Hay que avivar nuestra fe día a día, nutrirla mediante el estudio, hacerla madurar al calor de la oración perseverante, permitir que fructifique poniéndola en práctica!

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Agustín: «Con la gracia de Dios os voy a explicar el evangelio de hoy. También quiero, con la ayuda de Dios, animaros a no dejar dormir la fe en vuestros corazones en medio de las tempestades y las borrascas de este mundo. El Señor Jesucristo ejercía sin duda alguna su poder sobre el sueño como sobre la muerte misma, y, cuando navegaba por el lago, el Todopoderoso no sucumbió al sueño al margen de su voluntad. Si pensáis que Él no era dueño de sí es que Cristo duerme dentro de vosotros. Al contrario, si Cristo está despierto dentro de vosotros, vuestra fe también está despierta. El apóstol Pablo dice: “Que Cristo habite en vosotros por la fe” (ver Ef 3,17).

»Así pues, el sueño de Cristo es el signo de un misterio. Los ocupantes del barco representan a los hombres que atraviesan el mar de esta vida sobre la madera de la Cruz. Además, la barca es figura de la Iglesia. Sí, realmente, todos los fieles son el templo donde habita Dios y el corazón de cada uno es una barca que navega en el mar. No puede perderse si el espíritu mantiene buenos pensamientos. Si te han injuriado: es el viento que golpea. Te has encolerizado: las corrientes crecen. Así, cuando el viento sopla y las corrientes crecen, la barca peligra. Tu corazón está en peligro, tu corazón se ve sacudido por las corrientes. El ultraje ha suscitado en ti el deseo de venganza. Te has vengado, cediendo así bajo el influjo de una falta de otro y has naufragado. ¿Por qué? Porque Cristo se durmió dentro de ti, es decir: te has olvidado de Cristo. ¡Despierta a Cristo dentro de ti, acuérdate de Él, que Cristo se despierte en ti, piensa en Él!»

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

¿Quién es éste?

152: «No se puede creer en Jesucristo sin tener parte en su Espíritu. Es el Espíritu Santo quien revela a los hombres quién es Jesús. Porque «nadie puede decir: “Jesús es Señor” sino bajo la acción del Espíritu Santo» (1Cor 12,3). «El Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios... Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios» (1Cor 2,10-11). Sólo Dios conoce a Dios enteramente. Nosotros creemos en el Espíritu Santo porque es Dios.

515: «Los evangelios fueron escritos por hombres que pertenecieron al grupo de los primeros que tuvieron fe y quisieron compartirla con otros. Habiendo conocido por la fe quién es Jesús, pudieron ver y hacer ver los rasgos de su Misterio durante toda su vida terrena. Desde los pañales de su natividad hasta el vinagre de su Pasión y el sudario de su Resurrección, todo en la vida de Jesús es signo de su Misterio. A través de sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado que «en él reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente» (Col 2,9). Su humanidad aparece así como el “sacramento”, es decir, el signo y el instrumento de su divinidad y de la salvación que trae consigo: lo que había de visible en su vida terrena conduce al misterio invisible de su filiación divina y de su misión redentora».

430: «Jesús quiere decir en hebreo: “Dios salva”. En el momento de la anunciación, el Ángel Gabriel le dio como nombre propio el nombre de Jesús que expresa a la vez su identidad y su misión. Ya que “¿quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?” (Mc 2,7); es Él quien, en Jesús, su Hijo eterno hecho hombre “salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21). En Jesús, Dios recapitula así toda la historia de la salvación en favor de los hombres.»

590: «Sólo la identidad divina de la persona de Jesús puede justificar una exigencia tan absoluta como ésta: “El que no está conmigo está contra mí” (Mt 12,30); lo mismo cuando dice que él es “más que Jonás... más que Salomón” (Mt 12,41-42), “más que el Templo” (Mt 12,6); cuando recuerda, refiriéndose a que David llama al Mesías su Señor (372), cuando afirma: “Antes que naciese Abraham, Yo soy” (Jn 8,58); e incluso: “El Padre y yo somos una sola cosa” (Jn 10,30).»

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«Es Jesús, el Señor, quien llama e invita a seguirle, a dejarse reconciliar, a responder desde la propia libertad, a dejarse configurar en Él, a tornarse amor. “Ven y sígueme” es el llamado que ha recibido todo hijo de la Iglesia. Cada cual recibe una vocación personal.

La respuesta proferida no sólo de palabra, sino con el corazón y con toda la vida, conduce a un encuentro personal con el Señor Jesús. Lleva a descubrir que lo central en nuestra vida es creer en Jesús y creer a Jesús. Aceptar el Evangelio Vivo que es Él mismo, y recorrer las huellas que nos ha dejado en las palabras de la Sagrada Escritura, inspiradas por el Espíritu Santo, conservadas por la Iglesia y enseñadas teniendo en cuenta la unidad de toda ella; en la Sagrada Tradición que ha recogido “la Palabra de Dios, encomendada por Cristo y el Espíritu Santo a los Apóstoles, y la transmite íntegra”, bajo la guía del Magisterio que profesa la fe recibida y la enseña bajo la acción del Espíritu».

«Credo, Domine Iesu

Creo que sólo Tú eres el Mesías,
el Hijo de Dios vivo.

Creo que te encarnaste,
¡oh Verbo Eterno!,
por obra del Espíritu Santo
en la siempre Virgen María.

Creo que la preparaste
para esa misión
desde todos los tiempos.

Creo que el don anticipado
de su Inmaculada Concepción
es un regalo
para toda la humanidad.

Creo que Tú eres el Reconciliador,
el único Cristo.

Creo que invitas
a todos los seres humanos
a la conversión y al perdón.

Creo que eres el Camino,
la Verdad y la Vida.

Creo que sólo Tú
eres la Palabra que salva.

Creo que quien permanece
en tu Amor,
vivirá para siempre.

Creo que eres el vencedor
de la muerte.

Creo que abres para la humanidad
el camino de la vida eterna.

Creo que quienes en Ti mueren,
son invitados a participar plenamente
en la Comunión de Amor.

Creo que en tu comunión
se encuentran
cuantos te sirvieron con fidelidad
y en Ti gozan de la felicidad
del encuentro pleno.

Creo en Ti,
Señor y Dios mío,
y vivo para cumplir
tu Plan de Amor.

Me dejo amar por Ti,
y con la gracia de tu amor,
vivo en este peregrinar
con la esperanza
de alcanzar la vida eterna,
de participar
en la Comunión de Amor,
de ser parte de ese pueblo
que canta tu gloria en el triunfo,
de llegar al encuentro
que se nutre de la participación
en tu Amor.

Te pido,
Dios y Señor mío,
por intercesión de Santa María,
tu Madre,
y Madre nuestra
-don maravilloso
que explicitaste
para nosotros
desde el árbol de la Cruz-
que me concedas
todos los auxilios y gracias
para permanecer en tu Amor,
y que aquel día
en que sea llamado
a tu presencia,
aunque me sé indigno,
tu misericordia
se derrame con abundancia
y pueda escucharte
invitarme
al gozo pleno
de la eterna comunión.
Amén.»

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