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S.S. Benedicto XVI, Homilía de Santo Padre durante la Celebración de las Vísperas con los Obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, movimientos eclesiales y agentes de pastoral de Galilea en la Basílica superior
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Homilía de Santo Padre durante la Celebración de las Vísperas con los Obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, movimientos eclesiales y agentes de pastoral de Galilea en la Basílica superior de la Anunciación de Nazaret

Peregrinación a Tierra Santa (8-15 de mayo de 2009)

Hermanos obispos;

padre custodio;

queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Para mí es fuente de profunda conmoción estar presente con vosotros hoy en el lugar donde la Palabra de Dios se hizo carne y vino a habitar entre nosotros. ¡Qué oportuno es encontrarnos aquí reunidos para cantar la oración de las Vísperas de la Iglesia, alabando y dando gracias a Dios por las maravillas que ha hecho por nosotros! Agradezco al arzobispo Sayah sus palabras de bienvenida, y a través de él, saludo a todos los miembros de la comunidad maronita que vive aquí en Tierra Santa. Saludo a los sacerdotes, a los religiosos, a los miembros de los movimientos eclesiales y a los agentes de pastoral que han venido de toda Galilea.

Una vez m√°s alabo la solicitud demostrada por los frailes de la Custodia, en el curso de los siglos, para mantener los lugares Santos como este. Saludo al patriarca latino em√©rito, Su Beatitud Michel Sabbah, que durante m√°s de veinte a√Īos vel√≥ por su reba√Īo en estas tierras. Saludo a los fieles del Patriarcado latino y al actual patriarca, Su Beatitud Fouad Twal, as√≠ como a los miembros de la comunidad greco-melquita, representada aqu√≠ por el arzobispo Elias Chacour. Y en este lugar, donde Jes√ļs creci√≥ hasta la madurez y aprendi√≥ la lengua hebrea, saludo a los cristianos de habla hebrea, que son para nosotros un recuerdo de las ra√≠ces jud√≠as de nuestra fe.

Lo que sucedi√≥ aqu√≠ en Nazaret, lejos de la mirada del mundo, fue un acto singular de Dios, una poderosa intervenci√≥n en la historia, a trav√©s de la cual un ni√Īo fue concebido para traer la salvaci√≥n al mundo entero. El prodigio de la Encarnaci√≥n contin√ļa desafi√°ndonos a abrir nuestra inteligencia a las ilimitadas posibilidades del poder transformador de Dios, de su amor a nosotros, de su deseo de estar unido a nosotros. Aqu√≠ el Hijo eterno de Dios se hizo hombre, permiti√©ndonos a nosotros, sus hermanos y hermanas, compartir su filiaci√≥n divina. Ese movimiento de abajamiento de un amor que se vaci√≥ a s√≠ mismo, hizo posible el movimiento inverso de exaltaci√≥n, en el cual tambi√©n nosotros fuimos elevados para compartir la misma vida de Dios (cf. Flp 2, 6-11).

El Esp√≠ritu que "vino sobre Mar√≠a" (cf. Lc 1, 35) es el mismo Esp√≠ritu que alete√≥ sobre las aguas en los albores de la creaci√≥n (cf. Gn 1, 2). Esto nos recuerda que la Encarnaci√≥n fue un nuevo acto creador. Cuando nuestro Se√Īor Jesucristo fue concebido por obra del Esp√≠ritu Santo en el seno virginal de Mar√≠a, Dios se uni√≥ con nuestra humanidad creada, entrando en una nueva relaci√≥n permanente con nosotros e inaugurando la nueva creaci√≥n. El relato de la Anunciaci√≥n ilustra la extraordinaria cortes√≠a de Dios (cf. Madre Juliana de Norwich, Revelaciones 77-79). √Čl no impone su voluntad, no predetermina sencillamente el papel que Mar√≠a desempe√Īar√° en su plan para nuestra salvaci√≥n: √©l busca primero su consentimiento. Obviamente, en la creaci√≥n original Dios no pod√≠a pedir el consentimiento de sus criaturas, pero en esta nueva creaci√≥n lo pide. Mar√≠a representa a toda la humanidad. Ella habla por todos nosotros cuando responde a la invitaci√≥n del √°ngel.

San Bernardo describe c√≥mo toda la corte celestial estuvo esperando con ansiosa impaciencia su palabra de consentimiento gracias a la cual se consum√≥ la uni√≥n nupcial entre Dios y la humanidad. La atenci√≥n de todos los coros de los √°ngeles se redobl√≥ en ese momento, en el que tuvo lugar un di√°logo que dar√≠a inicio a un nuevo y definitivo cap√≠tulo de la historia del mundo. Mar√≠a dijo: "H√°gase en m√≠ seg√ļn tu palabra". Y la Palabra de Dios se hizo carne.

Reflexionar sobre este misterio gozoso nos da esperanza, la esperanza segura de que Dios continuará penetrando en nuestra historia, actuando con poder creativo para realizar objetivos que serían imposibles para el cálculo humano. Esto nos impulsa a abrirnos a la acción transformadora del Espíritu Creador que nos renueva, que nos hace uno con él y nos llena de su vida. Nos invita, con exquisita cortesía, a consentir que él habite en nosotros, a acoger la Palabra de Dios en nuestro corazón, capacitándonos para responderle con amor y para amarnos los unos a los otros.

En el Estado de Israel y en los Territorios palestinos los cristianos son una minoría de la población. Quizá a veces os parezca que vuestra voz cuenta poco. Muchos de vuestros hermanos cristianos han emigrado, con la esperanza de encontrar en otros lugares mayor seguridad y mejores perspectivas. Vuestra situación nos recuerda la de la joven virgen María, que llevó una vida oculta en Nazaret, con poca riqueza e influencia mundana. Para citar las palabras de María en su gran himno de alabanza, el Magníficat, Dios miró la humillación de su esclava, y a los hambrientos los colmó de bienes.

Saquemos fuerza del c√°ntico de Mar√≠a, que dentro de poco cantaremos en uni√≥n con la Iglesia de todo el mundo. Tened el valor de ser fieles a Cristo y permaneced aqu√≠ en la tierra que √©l santific√≥ con su presencia. Como Mar√≠a, ten√©is un papel que desempe√Īar en el plan divino de la salvaci√≥n, llevando a Cristo al mundo, dando testimonio de √©l y difundiendo su mensaje de paz y unidad. Por eso, es esencial que est√©is unidos entre vosotros, de modo que a la Iglesia en Tierra Santa se la pueda reconocer claramente como "signo e instrumento de la uni√≥n √≠ntima con Dios y de la unidad de todo el g√©nero humano" (Lumen gentium, 1). Vuestra unidad en la fe, en la esperanza y en el amor es un fruto del Esp√≠ritu Santo que habita en vosotros y os capacita para ser instrumentos eficaces de la paz de Dios, ayud√°ndoos a construir una genuina reconciliaci√≥n entre los diversos pueblos que reconocen a Abraham como su padre en la fe. Porque, como Mar√≠a proclam√≥ gozosamente en su Magn√≠ficat, Dios siempre "se acuerda de su misericordia ‚ÄĒcomo lo hab√≠a prometido a nuestros padres‚ÄĒ en favor de Abraham y su descendencia por siempre" (Lc 1, 54-55).

Queridos amigos en Cristo, podéis estar seguros de que os recuerdo constantemente en mi oración, y os pido que hagáis lo mismo por mí. Dirijámonos ahora a nuestro Padre celestial, que en este lugar miró la humildad de su esclava, y cantemos sus alabanzas en unión con la santísima Virgen María, con todos los coros de los ángeles y los Santos, y con la Iglesia en el mundo entero.

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