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S.S. Benedicto XVI, Homilía del Santo Padre durante la Solemnidad de Pentecostés
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Homilía del Santo Padre durante la Solemnidad de Pentecostés

Queridos hermanos y hermanas:

Cada vez que celebramos la eucarist√≠a vivimos en la fe el misterio que se realiza en el altar; es decir, participamos en el acto supremo de amor que Cristo realiz√≥ con su muerte y su resurrecci√≥n. El √ļnico y mismo centro de la liturgia y de la vida cristiana ‚ÄĒel misterio pascual‚ÄĒ, en las diversas solemnidades y fiestas asume "formas" espec√≠ficas, con nuevos significados y con dones particulares de gracia. Entre todas las solemnidades Pentecost√©s destaca por su importancia, pues en ella se realiza lo que Jes√ļs mismo anunci√≥ como finalidad de toda su misi√≥n en la tierra. En efecto, mientras sub√≠a a Jerusal√©n, declar√≥ a los disc√≠pulos: "He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¬°cu√°nto desear√≠a que ya estuviera encendido!" (Lc 12, 49). Estas palabras se cumplieron de la forma m√°s evidente cincuenta d√≠as despu√©s de la resurrecci√≥n, en Pentecost√©s, antigua fiesta jud√≠a que en la Iglesia ha llegado a ser la fiesta por excelencia del Esp√≠ritu Santo: "Se les aparecieron unas lenguas como de fuego (...) y quedaron todos llenos del Esp√≠ritu Santo" (Hch 2, 3-4). Cristo trajo a la tierra el fuego verdadero, el Esp√≠ritu Santo. No se lo arrebat√≥ a los dioses, como hizo Prometeo, seg√ļn el mito griego, sino que se hizo mediador del "don de Dios" obteni√©ndolo para nosotros con el mayor acto de amor de la historia: su muerte en la cruz.

Dios quiere seguir dando este "fuego" a toda generaci√≥n humana y, naturalmente, es libre de hacerlo como quiera y cuando quiera. √Čl es esp√≠ritu, y el esp√≠ritu "sopla donde quiere" (cf. Jn 3, 8). Sin embargo, hay un "camino normal" que Dios mismo ha elegido para "arrojar el fuego sobre la tierra": este camino es Jes√ļs, su Hijo unig√©nito encarnado, muerto y resucitado. A su vez, Jesucristo constituy√≥ la Iglesia como su Cuerpo m√≠stico, para que prolongue su misi√≥n en la historia. "Recibid el Esp√≠ritu Santo", dijo el Se√Īor a los Ap√≥stoles la tarde de la Resurrecci√≥n, acompa√Īando estas palabras con un gesto expresivo: "sopl√≥" sobre ellos (cf. Jn 20, 22). As√≠ manifest√≥ que les transmit√≠a su Esp√≠ritu, el Esp√≠ritu del Padre y del Hijo.

Ahora, queridos hermanos y hermanas, en esta solemnidad, la Escritura nos dice una vez m√°s c√≥mo debe ser la comunidad, c√≥mo debemos ser nosotros, para recibir el don del Esp√≠ritu Santo. En el relato que describe el acontecimiento de Pentecost√©s, el autor sagrado recuerda que los disc√≠pulos "estaban todos reunidos en un mismo lugar". Este "lugar" es el Cen√°culo, la "sala grande en el piso superior" (cf. Mc 14, 15) donde Jes√ļs hab√≠a celebrado con sus disc√≠pulos la √ļltima Cena, donde se les hab√≠a aparecido despu√©s de su resurrecci√≥n; esa sala se hab√≠a convertido, por decirlo as√≠, en la "sede" de la Iglesia naciente (cf. Hch 1, 13). Sin embargo, los Hechos de los Ap√≥stoles, m√°s que insistir en el lugar f√≠sico, quieren poner de relieve la actitud interior de los disc√≠pulos: "Todos ellos perseveraban en la oraci√≥n con un mismo esp√≠ritu" (Hch 1, 14). Por consiguiente, la concordia de los disc√≠pulos es la condici√≥n para que venga el Esp√≠ritu Santo; y la concordia presupone la oraci√≥n.

Esto, queridos hermanos y hermanas, vale tambi√©n para la Iglesia hoy; vale para nosotros, que estamos aqu√≠ reunidos. Si queremos que Pentecost√©s no se reduzca a un simple rito o a una conmemoraci√≥n, aunque sea sugestiva, sino que sea un acontecimiento actual de salvaci√≥n, debemos disponernos con religiosa espera a recibir el don de Dios mediante la humilde y silenciosa escucha de su Palabra. Para que Pentecost√©s se renueve en nuestro tiempo, tal vez es necesario ‚ÄĒsin quitar nada a la libertad de Dios‚ÄĒ que la Iglesia est√© menos "ajetreada" en actividades y m√°s dedicada a la oraci√≥n.

Nos lo ense√Īa la Madre de la Iglesia, Mar√≠a sant√≠sima, Esposa del Esp√≠ritu Santo. Este a√Īo Pentecost√©s cae precisamente el √ļltimo d√≠a de mayo, en el que de ordinario se celebra la fiesta de la Visitaci√≥n. Tambi√©n la Visitaci√≥n fue una especie de peque√Īo "pentecost√©s", que hizo brotar el gozo y la alabanza en el coraz√≥n de Isabel y en el de Mar√≠a, una est√©ril y la otra virgen, ambas convertidas en madres por una intervenci√≥n divina extraordinaria (cf.Lc 1, 41-45). Tambi√©n la m√ļsica y el canto que acompa√Īan nuestra liturgia nos ayudan a "perseverar en la oraci√≥n con un mismo esp√≠ritu"; por eso, expreso mi viva gratitud al coro de la catedral y a la Kammerorchester de Colonia. Para esta liturgia, en el bicentenario de la muerte de Joseph Haydn, se eligi√≥ muy oportunamente su Harmoniemesse, la √ļltima de las "Misas" que compuso ese gran m√ļsico, una sinfon√≠a sublime para gloria de Dios. A todos los que os hab√©is reunido aqu√≠ en esta circunstancia os dirijo mi m√°s cordial saludo.

Los Hechos de los Ap√≥stoles, para indicar al Esp√≠ritu Santo, utilizan dos grandes im√°genes: la de la tempestad y la del fuego. Claramente, san Lucas tiene en su mente la teofan√≠a del Sina√≠, narrada en los libros del √Čxodo (Ex 19, 16-19) y el Deuteronomio (Dt 4, 10-12.36). En el mundo antiguo la tempestad se ve√≠a como signo del poder divino, ante el cual el hombre se sent√≠a subyugado y aterrorizado. Pero quiero subrayar tambi√©n otro aspecto: la tempestad se describe como "viento impetuoso", y esto hace pensar en el aire, que distingue a nuestro planeta de los dem√°s astros y nos permite vivir en √©l. Lo que el aire es para la vida biol√≥gica, lo es el Esp√≠ritu Santo para la vida espiritual; y, como existe una contaminaci√≥n atmosf√©rica que envenena el ambiente y a los seres vivos, tambi√©n existe una contaminaci√≥n del coraz√≥n y del esp√≠ritu, que da√Īa y envenena la existencia espiritual. As√≠ como no conviene acostumbrarse a los venenos del aire ‚ÄĒy por eso el compromiso ecol√≥gico constituye hoy una prioridad‚ÄĒ, se deber√≠a actuar del mismo modo con respecto a lo que corrompe el esp√≠ritu. En cambio, parece que nos estamos acostumbrando sin dificultad a muchos productos que circulan en nuestras sociedades contaminando la mente y el coraz√≥n, por ejemplo im√°genes que enfatizan el placer, la violencia o el desprecio del hombre y de la mujer. Tambi√©n esto es libertad, se dice, sin reconocer que todo eso contamina, intoxica el alma, sobre todo de las nuevas generaciones, y acaba por condicionar su libertad misma. En cambio, la met√°fora del viento impetuoso de Pentecost√©s hace pensar en la necesidad de respirar aire limpio, tanto con los pulmones, el aire f√≠sico, como con el coraz√≥n, el aire espiritual, el aire saludable del esp√≠ritu, que es el amor.

La otra imagen del Esp√≠ritu Santo que encontramos en los Hechos de los Ap√≥stoles es el fuego. Al inicio alud√≠ a la comparaci√≥n entre Jes√ļs y la figura mitol√≥gica de Prometeo, que recuerda un aspecto caracter√≠stico del hombre moderno. Al apoderarse de las energ√≠as del cosmos ‚ÄĒel "fuego"‚ÄĒ, parece que el ser humano hoy se afirma a s√≠ mismo como dios y quiere transformar el mundo, excluyendo, dejando a un lado o incluso rechazando al Creador del universo. El hombre ya no quiere ser imagen de Dios, sino de s√≠ mismo; se declara aut√≥nomo, libre, adulto. Evidentemente, esta actitud revela una relaci√≥n no aut√©ntica con Dios, consecuencia de una falsa imagen que se ha construido de √©l, como el hijo pr√≥digo de la par√°bola evang√©lica, que cree realizarse a s√≠ mismo alej√°ndose de la casa del padre. En las manos de un hombre que piensa as√≠, el "fuego" y sus enormes potencialidades resultan peligrosas: pueden volverse contra la vida y contra la humanidad misma, como por desgracia lo demuestra la historia. Como advertencia perenne quedan las tragedias de Hiroshima y Nagasaki, donde la energ√≠a at√≥mica, utilizada con fines b√©licos, acab√≥ sembrando la muerte en proporciones inauditas.

En verdad, se podrían encontrar muchos ejemplos menos graves, pero igualmente sintomáticos, en la realidad de cada día. La Sagrada Escritura nos revela que la energía capaz de mover el mundo no es una fuerza anónima y ciega, sino la acción del "espíritu de Dios que aleteaba por encima de las aguas" (Gn 1, 2) al inicio de la creación. Y Jesucristo no "trajo a la tierra" la fuerza vital, que ya estaba en ella, sino el Espíritu Santo, es decir, el amor de Dios que "renueva la faz de la tierra" purificándola del mal y liberándola del dominio de la muerte (cf. Sal 104, 29-30). Este "fuego" puro, esencial y personal, el fuego del amor, vino sobre los Apóstoles, reunidos en oración con María en el Cenáculo, para hacer de la Iglesia la prolongación de la obra renovadora de Cristo.

Los Hechos de los Ap√≥stoles nos sugieren, por √ļltimo, otro pensamiento: el Esp√≠ritu Santo vence el miedo. Sabemos que los disc√≠pulos se hab√≠an refugiado en el Cen√°culo despu√©s del arresto de su Maestro y all√≠ hab√≠an permanecido segregados por temor a padecer su misma suerte. Despu√©s de la resurrecci√≥n de Jes√ļs, su miedo no desapareci√≥ de repente. Pero en Pentecost√©s, cuando el Esp√≠ritu Santo se pos√≥ sobre ellos, esos hombres salieron del Cen√°culo sin miedo y comenzaron a anunciar a todos la buena nueva de Cristo crucificado y resucitado. Ya no ten√≠an miedo alguno, porque se sent√≠an en las manos del m√°s fuerte.

S√≠, queridos hermanos y hermanas, el Esp√≠ritu de Dios, donde entra, expulsa el miedo; nos hace conocer y sentir que estamos en las manos de una Omnipotencia de amor: suceda lo que suceda, su amor infinito no nos abandona. Lo demuestra el testimonio de los m√°rtires, la valent√≠a de los confesores de la fe, el √≠mpetu intr√©pido de los misioneros, la franqueza de los predicadores, el ejemplo de todos los Santos, algunos incluso adolescentes y ni√Īos. Lo demuestra la existencia misma de la Iglesia que, a pesar de los l√≠mites y las culpas de los hombres, sigue cruzando el oc√©ano de la historia, impulsada por el soplo de Dios y animada por su fuego purificador.

Con esta fe y esta gozosa esperanza repitamos hoy, por intercesi√≥n de Mar√≠a: "Env√≠a tu Esp√≠ritu, Se√Īor, para que renueve la faz de la tierra".

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