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Rvdo. P. Jürgen Daum, Solemnidad de la Santísima Trinidad (Ciclo B). «Hagan discípulos bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»
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Solemnidad de la Santísima Trinidad. «Hagan discípulos bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»

I. LA PALABRA DE DIOS

Dt 4,32-34.39-40: “El Señor es el único Dios; no hay otro”

Moisés habló al pueblo, diciendo:

—«Pregunta, pregunta a los tiempos antiguos que te han precedido, desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra: ¿Hubo jamás desde un extremo al otro del cielo palabra tan grande como ésta?; ¿se oyó cosa semejante?; ¿hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego, y haya sobrevivido?; ¿algún dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras por medio de pruebas, signos, prodigios y guerra, con mano fuerte y brazo poderoso, con terribles portentos, como todo lo que el Señor, su Dios, hizo con ustedes en Egipto, ante sus ojos?

Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios, allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro. Guarda los preceptos y mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz tú, y tus hijos después de ti, y prolongues tus días en el suelo que el Señor, tu Dios, te da para siempre».

Sal 32,4-9.18-22: “Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor”

Rom 8,14-17: “Hemos recibido un espíritu de hijos adoptivos”

Hermanos:

Todos los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios.

No han recibido ustedes un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: «¡Abba!» (Padre).

Ese mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para juntos dar testimonio: que somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con Él para ser también con Él glorificados.

Mt 28,16-20: “Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos”

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.

Al verlo, ellos se postraron y le adoraron, pero algunos dudaban.

Acercándose a ellos, Jesús les dijo:

—«Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra.

Vayan pues y hagan discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado.

Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo».

II. APUNTES

Creemos, como verdad revelada, que Dios es uno y único, que fuera de Él no hay otros dioses (1ª lectura). Como verdad revelada creemos también que Dios, siendo uno, es comunión de tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Tres personas distintas, no tres dioses distintos. Son un solo Dios, porque poseen la misma naturaleza divina.

Dios en sí mismo no es, por tanto, un ser solitario ni inmóvil: es Comunión divina de Amor; el Padre desde toda la eternidad se entrega al Hijo, el Hijo desde toda la eternidad acoge al Padre y se entrega también a Él en un dinamismo de mutua entrega y acogida que es la tercera persona de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo.

Pero, ¿cómo llegó a nuestro conocimiento este profundo Misterio, imposible de ser conocido y plenamente comprendido por la sola razón humana? Es el Hijo quien lo ha revelado: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado» (Jn 1,18). El Señor Jesús, el Hijo que por nuestra reconciliación se hizo hombre, ha revelado al Padre y al Espíritu Santo, ha revelado la unidad y comunión existente entre ellos.

En el Evangelio de este Domingo vemos al Señor Jesús que, antes de volver definitivamente al Padre, encarga a sus Apóstoles una misión muy específica: «Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado.»

Bautizar, del griego baptizein, significa literalmente “sumergir”, “introducir dentro del agua”. También el Señor fue bautizado por Juan, sumergido en las aguas del Jordán. El de Juan era un “bautismo de penitencia”, ofrecido a aquellos que arrepentidos de sus pecados querían sumergir o sepultar en el agua su vida antigua para, purificados, renacer y resurgir a una nueva vida. El Señor insistió en ser bautizado por Juan, aún cuando en Él no había pecado alguno (ver Mt 3,14-15).

En aquella ocasión el Bautista anunciaba que a diferencia de él, que bautizaba con agua, el Señor bautizaría «con Espíritu Santo» (Mc 1,7 8). En efecto, el Bautismo ofrecido por el Señor Jesús es muy superior al bautismo de Juan, puesto que ya no es tan sólo un símbolo, sino que realiza verdaderamente aquello que simboliza: libera al hombre de la culpa original y perdona sus pecados, lo rescata de la esclavitud del mal y marca su renacimiento espiritual, comunicándole una vida nueva que es participación en la vida de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

El Bautismo que el Señor manda conferir a los que crean en Él sumerge no sólo en agua (gesto simplificado y sustituido en la Iglesia latina con el gesto de la triple infusión con agua en la cabeza del candidato), sino en aquel otro “Bautismo” de Cristo, el de su Muerte y Resurrección (ver Lc 12,50; Mc 10,38). Por ello su valor trasciende absolutamente al de los antiguos ritos bautismales, tanto judíos como también paganos, que, aunque significaban una purificación interior y un cambio de vida, no eran más que abluciones incapaces de borrar realmente los pecados y, menos aún, de obrar una transformación radical del pecador. En cambio el Bautismo cristiano, por el poder de Cristo Resucitado conferido por el Señor a sus Apóstoles (ver Mt 28,18-19), es un signo eficaz que a su vez comunica realmente el perdón de los pecados y confiere una vida nueva por el Espíritu Santo. Por una real transformación interior los «bautizados en Cristo» (Gál 3,27) llegan a ser verdaderamente «hijos de Dios» (ver 1Jn 3,2).

El Señor manda a sus Apóstoles bautizar “en el nombre de…”. Esto quiere decir no sólo “en lugar de”, “en representación de”. En la mentalidad hebrea, el nombre de alguien sustituía a la persona misma. Al ser pronunciado o invocado el nombre de alguien sobre una cosa, ésta quedaba íntimamente ligada con la persona nombrada, pasaba a ser propiedad suya. Lo mismo sucedía con el nombre de Dios. Bautizar «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» significa, por tanto, consagrar la persona a Dios, hacerla pertenecer a Él totalmente, incorporándola a Aquel cuyo nombre era pronunciado, incorporándola a Dios, uno y trino. Verdaderamente el Bautismo cristiano «significa y realiza la muerte al pecado y la entrada en la vida de la Santísima Trinidad a través de la configuración con el misterio pascual de Cristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1239).

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Llama la atención que el ser humano, para ser feliz, necesite de los demás, de otros “tú” humanos como él. Nadie puede hallar la felicidad en la soledad. Antes bien, es a quedarnos solos a lo que tanto tememos, lo que menos queremos, pues una profunda tristeza y desolación inunda a quien carece de alguien que lo ame y a quien pueda amar.

Mientras que la tristeza inunda a quien se halla existencialmente solo, la alegría y la felicidad rebosan del corazón de quien experimenta el amor y la comunión con sus seres amados. Sí, el más auténtico y profundo gozo procede de la comunión de las personas, comunión que es fruto del mutuo conocimiento y amor. Sin el otro, y sin el Otro por excelencia, la criatura humana no puede llegar a ser feliz, porque es imposible que se realice como persona humana.

Sin duda parece muy contradictorio que la propia felicidad la encuentre uno no en sí mismo, sino “fuera de sí”, es decir, en el otro, en la comunión con el otro, mientras que la opción por la autosuficiencia, por la independencia de los demás, por no amar a nadie para no sufrir, por el propio egoísmo, aparta cada vez más del corazón humano la felicidad que tanto busca y está llamado a vivir. Quienes por cualquier razón optan por cerrarse a los demás terminan frustrados y amargados en su búsqueda de la felicidad, concluyendo equivocadamente que ésta en realidad no existe, que es una bella aunque inalcanzable ilusión para el ser humano. El fracaso en la búsqueda se debe no a que no exista, sino a que han equivocado el camino.

¿Y por qué el Señor Jesús quiso hablarnos de la intimidad de Dios? ¿Por qué es tan importante que el ser humano comprenda algo que es tan incomprensible para la mente humana? ¿Dios uno, y al mismo tiempo tres personas? Sin duda podemos encontrar una razón poderosa en la afirmación de Santa Catalina de Siena: «En tu naturaleza, deidad eterna, conoceré mi naturaleza». El ser humano es un misterio para sí mismo, y «para conocer al hombre, al hombre verdadero, al hombre integral, es necesario conocer a Dios» (S.S. Pablo VI). Conocer a Dios, el Misterio de la Santísima Trinidad, es conocer mi origen, es comprender el misterio que soy yo mismo, es entender que yo he sido creado persona humana por Dios-Comunión de Amor para participar de su misma vida y comunión, para participar de la misma felicidad que Él vive en sí mismo.

Así pues, lo que el Señor Jesús nos ha revelado del misterio de Dios echa una luz poderosa sobre nuestra propia naturaleza, sobre las necesidades profundas que experimentamos, sobre la necesidad que tenemos de vivir el amor de Cristo y la comunión con otras personas semejantes a nosotros para realizarnos plenamente. En efecto, creados a imagen y semejanza de Dios, creados por quien es Amor y para el amor, necesitamos vivir la mutua entrega y acogida que viven las Personas divinas entre sí para llegar a ser verdaderamente felices. Y el camino concreto para vivir eso no es otro que el que Jesucristo nos ha mostrado, el de la entrega a los demás, del amor que se hace don de sí mismo en el servicio a los hermanos humanos y en la reverente acogida del otro: «ámense los unos a los otros como yo los he amado» (Jn 15,12).

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Gregorio Nacianceno: «Ante todo, guardadme este buen depósito, por el cual vivo y combato, con el cual quiero morir, que me hace soportar todos los males y despreciar todos los placeres: quiero decir la profesión de fe en el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. Os la confío hoy. Por ella os introduciré dentro de poco en el agua y os sacaré de ella. Os la doy como compañera y patrona de toda vuestra vida. Os doy una sola Divinidad y Poder, que existe Una en los Tres, y contiene los Tres de una manera distinta. Divinidad sin distinción de substancia o de naturaleza, sin grado superior que eleve o grado inferior que abaje... Es la infinita connaturalidad de tres infinitos. Cada uno, considerado en sí mismo, es Dios todo entero... Dios los Tres considerados en conjunto... No he comenzado a pensar en la unidad cuando ya la Trinidad me baña con su esplendor. No he comenzado a pensar en la Trinidad cuando ya la unidad me posee de nuevo».

San Ambrosio: «Has profesado —no lo olvides— tu fe en el Padre, en el Hijo, en el Espíritu Santo. Vive conforme a lo que has hecho. (…) Recuerda tu profesión de fe en el Padre, en el Hijo, en el Espíritu Santo. No significa esto que creas en uno que es el más grande, en otro que es menor, en otro que es el último, sino que el mismo tenor de tu profesión de fe te induce a que creas en el Hijo igual que en el Padre, en el Espíritu igual que en el Hijo».

San Antonio de Padua (Doctor de la Iglesia): «El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son de la misma sustancia y de una inseparable igualdad. La unidad reside en la esencia, la pluralidad en las personas. El Señor indica abiertamente la unidad de la divina esencia y la Trinidad de las personas cuando dice: “Bautizadlas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. No dice “en los nombres” sino “en el nombre”, por donde nos enseña la unidad en la esencia. Pero, a renglón seguido emplea tres nombres, para enseñarnos que hay tres personas».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

233: Los cristianos son bautizados en «el nombre» del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y no en «los nombres» de éstos, pues no hay más que un solo Dios, el Padre todopoderoso y su Hijo único y el Espíritu Santo: la Santísima Trinidad.

El misterio central de la fe

234: El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la «jerarquía de las verdades de fe». «Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos».

237: La Trinidad es un misterio de fe en sentido estricto, uno de los «misterios escondidos en Dios, que no pueden ser conocidos si no son revelados desde lo alto». Dios, ciertamente, ha dejado huellas de su ser trinitario en su obra de Creación y en su Revelación a lo largo del Antiguo Testamento. Pero la intimidad de su Ser como Trinidad Santa constituye un misterio inaccesible a la sola razón e incluso a la fe de Israel antes de la Encarnación del Hijo de Dios y el envío del Espíritu Santo.

240: Jesús ha revelado que Dios es «Padre» en un sentido nuevo: no lo es sólo en cuanto Creador, es eternamente Padre en relación a su Hijo Único, que recíprocamente sólo es Hijo en relación a su Padre: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27).

242: Después de ellos, siguiendo la tradición apostólica, la Iglesia confesó en el año 325 en el primer Concilio Ecuménico de Nicea que el Hijo es «consubstancial» al Padre, es decir, un solo Dios con Él. El segundo Concilio Ecuménico, reunido en Constantinopla en el año 381, conservó esta expresión en su formulación del Credo de Nicea y confesó «al Hijo Único de Dios, engendrado del Padre antes de todos los siglos, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado, consubstancial al Padre».

243: Antes de su Pascua, Jesús anuncia el envío de «otro Paráclito» (Defensor), el Espíritu Santo. Este, que actuó ya en la Creación y «por los profetas», estará ahora junto a los discípulos y en ellos, para enseñarles y conducirlos «hasta la verdad completa» (Jn 16, 13). El Espíritu Santo es revelado así como otra persona divina con relación a Jesús y al Padre.

244: El origen eterno del Espíritu se revela en su misión temporal. El Espíritu Santo es enviado a los Apóstoles y a la Iglesia tanto por el Padre en nombre del Hijo, como por el Hijo en persona, una vez que vuelve junto al Padre. El envío de la persona del Espíritu tras la glorificación de Jesús, revela en plenitud el misterio de la Santísima Trinidad.

Llamados a participar en la vida de Dios, Comunión de Amor

260: «El fin último de toda la economía divina es la entrada de las criaturas en la unidad perfecta de la Bienaventurada Trinidad. Pero desde ahora somos llamados a ser habitados por la Santísima Trinidad: “Si alguno me ama —dice el Señor— guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23)».

1997: «La gracia es una participación en la vida de Dios. Nos introduce en la intimidad de la vida trinitaria: por el Bautismo el cristiano participa de la gracia de Cristo, Cabeza de su Cuerpo. Como “hijo adoptivo” puede ahora llamar “Padre” a Dios, en unión con el Hijo único. Recibe la vida del Espíritu que le infunde la caridad y que forma la Iglesia».

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«A la luz del misterio trinitario —donde descubrimos, no sin asombro y maravilla, al Padre comunicando como perfecto engendrador la naturaleza divina al Hijo y el amor mutuo del Padre y el Hijo: el Espíritu; y como Comunión creadora y reconciliadora vemos su acción creando y reconciliando—, como enseñanza de vida, recibimos la conciencia del valor de la persona, su apertura dialogal, así como la necesaria dimensión comunicativa de los bienes, ante todo los personales, los talentos que el Señor nos ha concedido; y también, obviamente, los bienes perecederos.

»Entonces como un don que el misterio trinitario ilumina en la vida humana tenemos la dimensión personal, abierta al encuentro, comunicativa y servicial de la existencia, como proyecto a realizar desde la propia libertad acogiendo el Plan divino.

»Igualmente, el misterio ilumina la realidad del valor infinito de cada ser humano, que es irreductible a los otros. La dimensión de valor de la persona, de donde surge la idea de la misión propia contemplada en el Plan de Dios desde todos los tiempos. Cada cual según el designio divino impreso en su naturaleza ve brotar en la originalidad de su existir una misión que constituye camino de realización hacia la plenitud de la felicidad en el Señor. Todo esto es realidad decisiva para la persona, iluminada extraordinariamente al descubrir, por la revelación de la comunión de la Trinidad en la unidad, que cada persona es para la otra desde su singularidad inconfundible.

»También como enseñanzas para la vida concreta que brotan de la contemplación del misterio de la Trinidad creadora tenemos que ser persona es estar en reverente apertura al otro. Los otros no son el infierno, como decía Sartre, sino que son invitación a plenificarme por la comunicación y el amoroso servicio. Comprometerme en el servicio a todos, pero preferencialmente a los más necesitados y pobres, es desplegarme desde la permanencia de mi ser, en posesión de mi libertad, realizándome en el encuentro con el hermano. ¡Qué claro se percibe eso en el texto del Evangelio según San Mateo (ver Mt 25,31-46) donde se describe la escena del juicio final, o en la plegaria de Jesús en el Evangelio según San Juan (ver Jn 17)!».

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