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S.S. Benedicto XVI, Discurso del Santo Padre durante su visita al Campo de refugiados Aida, en Belén
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Discurso del Santo Padre durante su visita al Campo de refugiados Aida, en Belén

Peregrinación a Tierra Santa (8-15 de mayo de 2009)

Se√Īor presidente;

queridos amigos:

Mi visita de esta tarde al campo de refugiados de Aida me brinda la grata oportunidad de expresar mi solidaridad a todos los palestinos que no tienen vivienda, y anhelan poder volver a sus lugares de origen o vivir permanentemente en una patria propia. Gracias, se√Īor presidente, por su amable saludo. Tambi√©n le doy las gracias a usted, se√Īora Abu Zayd, y a los dem√°s portavoces. A todos los oficiales de la Agencia de las Naciones Unidas para la asistencia y el apoyo, que cuidan de los refugiados, les manifiesto el aprecio que sienten innumerables hombres y mujeres de todo el mundo por la labor que se realiza aqu√≠ y en otros campos de la regi√≥n.

Extiendo mi saludo en particular a los ni√Īos y a los profesores de la escuela. Con vuestro compromiso en la educaci√≥n expres√°is esperanza en el futuro. A todos los j√≥venes aqu√≠ presentes les digo: renovad vuestros esfuerzos a fin de prepararos para el tiempo en que se√°is responsables de los asuntos del pueblo palestino en los pr√≥ximos a√Īos. Los padres de familia desempe√Īan aqu√≠ un papel muy importante. A todas las familias presentes en este campo les digo: no dej√©is de sostener a vuestros hijos en sus estudios y en el cultivo de sus dones, de forma que no haya escasez de personal bien formado para ocupar en el futuro puestos de responsabilidad en la comunidad palestina.

S√© que muchas de vuestras familias est√°n divididas ‚ÄĒa causa del encarcelamiento de miembros de la familia o de restricciones a la libertad de movimiento‚ÄĒ y que muchos de vosotros hab√©is experimentado p√©rdidas durante las hostilidades. Mi coraz√≥n acompa√Īa a todos los que sufren por esa raz√≥n. Tened la seguridad de que recuerdo constantemente en mis oraciones a todos los pr√≥fugos palestinos en el mundo, especialmente a los que han perdido su casa o a personas queridas durante el reciente conflicto de Gaza.

Me complace constatar el excelente trabajo que han realizado muchas agencias de la Iglesia al cuidar de los refugiados aqu√≠ y en otras partes de los Territorios palestinos. La Misi√≥n pontificia para Palestina, fundada hace aproximadamente sesenta a√Īos para coordinar la asistencia humanitaria cat√≥lica a los refugiados, prosigue su obra tan necesaria en colaboraci√≥n con otras organizaciones similares. En este campo la presencia de las religiosas Franciscanas Misioneras del Coraz√≥n Inmaculado de Mar√≠a recuerda la figura carism√°tica de san Francisco, el gran ap√≥stol de paz y de reconciliaci√≥n. A este respecto, quiero expresar mi aprecio en particular por la inmensa contribuci√≥n que han dado diversos miembros de la familia franciscana cuidando de la gente de estas tierras, convirti√©ndose en "instrumentos de paz", seg√ļn la conocida expresi√≥n atribuida al Santo de As√≠s.

Instrumentos de paz. ¬°Cu√°nto anhelan la paz las personas de este campo, de estos Territorios y de toda la regi√≥n! En estos d√≠as ese deseo asume una intensidad particular al recordar los sucesos de mayo de 1948 y los a√Īos de conflicto, a√ļn sin resolver, que siguieron a esos acontecimientos. Vosotros ahora viv√≠s en condiciones precarias y dif√≠ciles, con escasas oportunidades de empleo. Es comprensible que a menudo sint√°is frustraci√≥n. Vuestras leg√≠timas aspiraciones a una patria permanente, a un Estado palestino independiente, siguen sin hacerse realidad. Y vosotros, al contrario, os sent√≠s atrapados, como muchos en esta regi√≥n y en el mundo, en una espiral de violencia, de ataques y contraataques, de represalias y de destrucci√≥n continua. Todo el mundo desea fuertemente que se rompa esa espiral, anhela que la paz ponga fin a las hostilidades perennes. Mientras nos encontramos aqu√≠ reunidos esta tarde, se yergue sobre nosotros un duro testimonio del punto muerto en el que parecen hallarse los contactos entre israel√≠es y palestinos: el muro.

En un mundo en que se van abriendo cada vez m√°s las fronteras ‚ÄĒpara el comercio, para viajar, para la movilidad de la gente, para intercambios culturales‚ÄĒ es tr√°gico ver que todav√≠a se siguen construyendo muros. ¬°Cu√°nto aspiramos a ver los frutos de la tarea, mucho m√°s dif√≠cil, de edificar la paz! ¬°Cu√°n ardientemente oramos para que cesen las hostilidades que han causado la erecci√≥n de este muro!

A los dos lados del muro se necesita una gran valent√≠a para superar el miedo y la desconfianza, para superar el deseo de venganza por p√©rdidas o heridas. Hace falta magnanimidad para buscar la reconciliaci√≥n despu√©s de a√Īos de enfrentamientos armados. Y, sin embargo, la historia nos ense√Īa que la paz llega solamente cuando las partes en conflicto est√°n dispuestas a ir m√°s all√° de las recriminaciones y a colaborar para fines comunes, tomando en serio los intereses y las preocupaciones de los dem√°s y tratando de crear un clima de confianza. Debe haber voluntad de poner en marcha iniciativas fuertes y creativas para la reconciliaci√≥n: si cada uno insiste en concesiones preliminares por parte del otro, el resultado ser√° s√≥lo el estancamiento de las negociaciones.

La ayuda humanitaria, como la que se presta en este campo, desempe√Īa un papel esencial, pero la soluci√≥n a largo plazo a un conflicto como este s√≥lo puede ser pol√≠tica. Nadie espera que los pueblos palestino e israel√≠ lleguen a ella por s√≠ solos. Es vital el apoyo de la comunidad internacional. Por eso, renuevo mi llamamiento a todas las partes implicadas para que ejerzan su influencia en favor de una soluci√≥n justa y duradera, respetando las leg√≠timas exigencias de todas las partes y reconociendo su derecho a vivir en paz y con dignidad, seg√ļn el derecho internacional.

Con todo, al mismo tiempo, los esfuerzos diplomáticos sólo podrán tener éxito si los mismos palestinos e israelíes están dispuestos a romper con el ciclo de las agresiones. Me vienen a la mente estas otras espléndidas palabras atribuidas a san Francisco: "Que donde hay odio, ponga yo amor; que donde hay ofensa, ponga yo perdón...; que donde hay tinieblas, ponga vuestra luz; que donde hay tristeza, ponga yo alegría".

A cada uno de vosotros renuevo la invitación a un profundo compromiso de cultivar la paz y la no violencia, siguiendo el ejemplo de san Francisco y de otros grandes constructores de paz. La paz debe comenzar en el propio hogar, en la propia familia, en el propio corazón. Sigo rezando para que todas las partes en conflicto en esta tierra tengan la valentía y la imaginación de avanzar por el camino exigente pero indispensable de la reconciliación. Que la paz florezca una vez más en estas tierras. Que Dios bendiga a su pueblo con la paz.

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