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Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo VII de Pascua (Ciclo B). «Que sean uno, como nosotros»
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Domingo VII de Pascua. «Que sean uno, como nosotros»

I. LA PALABRA DE DIOS

Hech 1,15-17.20-26: “Hace falta que uno se asocie a nosotros como testigo de la resurrección de Jesús”

Uno de aquellos días, Pedro se puso en pie en medio de los hermanos y dijo (había reunidas unas ciento veinte personas):

—«Hermanos, tenía que cumplirse lo que el Espíritu Santo, por boca de David, había predicho, en la Escritura, acerca de Judas, que hizo de guía a los que arrestaron a Jesús. Era uno de nuestro grupo y compartía el mismo ministerio.

En el libro de los Salmos está escrito: “Que su cargo lo ocupe otro”.

Hace falta, por tanto, que uno se asocie a nosotros como testigo de la resurrección de Jesús, uno de los que nos acompañaron mientras convivió con nosotros el Señor Jesús, desde que Juan bautizaba, hasta el día de su ascensión».

Propusieron dos nombres: José, apellidado Barsabá, de sobrenombre Justo, y Matías. Y rezaron así:

—«Señor, tú penetras el corazón de todos; muéstranos a cuál de los dos has elegido para que, en este ministerio apostólico, ocupe el puesto que dejó Judas al marcharse al lugar que le correspondía».

Echaron suertes, le tocó a Matías, y lo asociaron a los Once Apóstoles.

Sal 102,1-2.11-12.19-20: “El Señor puso en el cielo su trono”

1Jn 4,11-16: “Quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él”

Queridos hermanos:

Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.

A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.

En esto conocemos que permanecemos en Él, y Él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu.

Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo.

Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios.

Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él.

Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él.

Jn 17,11-19: “Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo”

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, oró, diciendo:

—«Padre santo, guarda en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba, y ninguno se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura. Ahora voy a ti, y digo esto en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada. Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos en la verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo. Y por ellos me consagro yo, para que también se consagren ellos en la verdad».

II. APUNTES

El evangelio de este Domingo nos sitúa nuevamente a la noche de la última Cena: noche de celebración por las maravillas realizadas por Dios para con su pueblo, noche de la institución de una nueva y definitiva «cena pascual», noche de instrucción y de diálogo íntimo, noche de anuncios, despedidas y últimas recomendaciones, noche de oraciones de gratitud y de profundas súplicas. En suma, noche intensa en la que el Señor, sabiendo que su hora estaba ya próxima, se preparaba a beber el cáliz amargo de su Pasión y Muerte en la Cruz.

Aquella noche el Señor Jesús elevó al Padre una intensa súplica en favor de sus discípulos: «Padre santo, guarda en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros» (Jn 17,11) Esta súplica por la unidad de sus discípulos la repite el Señor insistentemente (ver Jn 17,21-22).

Tal unidad de los discípulos sería, por un lado, el fruto precioso de su propia Muerte reconciliadora en Cruz: «Porque Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad, anulando en su carne la Ley de los mandamientos con sus preceptos, para crear en sí mismo, de los dos, un solo Hombre Nuevo, haciendo la paz, y reconciliar con Dios a ambos en un solo Cuerpo, por medio de la Cruz, dando en sí mismo muerte a la Enemistad» (Ef 2,14-16). En efecto, el Señor se entregó a sí mismo como sacrificio reconciliador en el Altar de la Cruz para constituirse en principio de unidad para toda la humanidad: unidad con Dios, unidad interior del hombre consigo mismo, unidad entre todos los seres humanos. Él, y sólo Él, es la fuente de la verdadera unidad y se ha convertido para todas las generaciones en el testimonio radical del amor infinito del Padre que de este modo ha congregado a los hombres dispersos por el pecado en una unidad como la que Él tiene con su Hijo.

Por otro lado, la unidad de los discípulos es asimismo el fruto del Don del Espíritu Santo prometido por el Padre, el Espíritu que el Señor mediante su soplo comunicó a los apóstoles el día de su Resurrección, Espíritu que descendió nuevamente, en forma visible de lenguas de fuego, sobre los apóstoles y discípulos reunidos en torno a María el día de Pentecostés. «Que sean uno, como nosotros» expresa que esta unidad «no consiste simplemente en el encontrarse juntas unas personas que se suman unas a otras. (…) Los fieles son uno porque, en el Espíritu, están en la comunión del Hijo y, en Él, en su comunión con el Padre» (Ut unum sint, 9).

Así pues, por medio de su Hijo y por el Don de su Espíritu «Dios formó una congregación de quienes, creyendo, ven en Jesús al autor de la salvación y el principio de la unidad y de la paz, y la constituyó Iglesia a fin de que fuera para todos y cada uno el sacramento visible de unidad salutífera» (Lumen gentium, 9).

En efecto, esta unidad se realiza misteriosamente en la Iglesia, palabra que significa “convocación”, pues «en ella, Dios “convoca” a su Pueblo desde todos los confines de la tierra» (Catecismo de la Iglesia Católica, 751). La Iglesia «nació del corazón traspasado de Cristo muerto en la Cruz» (San Ambrosio) para formar desde entonces «un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (San Cipriano). La unidad que el Señor quiso para sus discípulos está en el centro de su obra reconciliadora. Él la dio a su Iglesia y con ella quiere abrazar a todos los seres humanos. Y porque esa unidad pertenece al ser mismo de la comunidad (ver Ut unum sint, 9), la Iglesia está llamada a ser un «signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Lumen gentium,1).

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Al mirar el mundo en el que vivimos surge una inevitable pregunta: ¿De dónde procede el mal, si Dios es bueno? ¿Por qué vemos y experimentamos profundas divisiones y dolorosas rupturas, si la criatura humana «debía realizarse como imagen creada de Dios, reflejando el misterio divino de comunión en sí mismo y en la convivencia con sus hermanos, a través de una acción transformadora sobre el mundo» (Puebla, 184)? ¿Por qué si, según los amorosos planes de Dios, el hombre debía tener sobre la tierra el hogar de su felicidad, vemos sin embargo que el mundo se ha transformado en un campo de batalla donde reinan la violencia, el odio, la explotación y la servidumbre (ver allí mismo)?

La razón de esta ruptura que vemos por doquier hay que buscarla no en Dios, sino en el pecado, es decir, en el ser humano que libremente rechaza a Dios y su invitación a participar de su comunión en el amor, en la desobediencia a sus amorosos y sabios designios: «en cuanto ruptura con Dios el pecado es el acto de desobediencia de una creatura que, al menos implícitamente, rechaza a aquel de quien salió y que la mantiene en vida; es, por consiguiente, un acto suicida. Puesto que con el pecado el hombre se niega a someterse a Dios, también su equilibrio interior se rompe y se desatan dentro de sí contradicciones y conflictos. Desgarrado de esta forma el hombre provoca casi inevitablemente una ruptura en sus relaciones con los otros hombres y con el mundo creado» (S.S. Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, 15) .

Ante la realidad de ruptura que vemos y experimentamos por doquier, la reconciliación se presenta no sólo como una aspiración, sino como una aguda necesidad que el ser humano experimenta y desea vivamente ya desde la primera caída. Una mirada profunda a los corazones de tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo, a nuestros propios corazones, «si es suficientemente aguda, capta en lo más vivo de la división un inconfundible deseo (…) de recomponer las fracturas, de cicatrizar las heridas, de instaurar a todos los niveles una unidad esencial. Tal deseo comporta en muchos una verdadera nostalgia de reconciliación, aun cuando no usen esta palabra» (S.S. Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, 3).

Dios ha salido al encuentro de esta necesidad y nostalgia de reconciliación y unidad que hay en el ser humano. Su respuesta está colgada en un madero: «en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres» (2Cor 5,19; ver Col 1,21-22). En efecto, «cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo», por Él «hemos obtenido ahora la reconciliación» (Rom 5,10-11). Cristo, el Reconciliador, por el misterio de su Pasión, Muerte y Resurrección, ha liberado al hombre del pecado en todas sus formas, de tal modo que «el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo. Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo» (2Cor 5,17-18).

El Señor Jesús es quien ha venido a recomponer las fracturas y sanar las heridas de los corazones humanos. Al reconciliarnos con el Padre hace posible también la reconciliación con nosotros mismos, con los hermanos humanos y con la entera creación.

Ante el Don de la Reconciliación que brota del amor de Dios mi respuesta no puede ser otra que la libre y agradecida acogida. No podemos dejar de acercarnos continuamente a quien es nuestro Reconciliador y la Reconciliación misma. La vida en unión con el Señor Jesús ilumina, nutre y dinamiza nuestra propia reconciliación interior, una reconciliación que lleva a la unificación total, a la armonización de todas mis energías y potencias interiores: físicas, síquicas y espirituales. En cambio, «sin la reconciliación de Dios en Jesús y su dinamismo abierto a los hombres, el ser humano, con toda su libertad, es totalmente impotente para sanar sus propias heridas, sus rupturas. Cuando más se esfuerza en hacerlo, según sus exclusivas miras e intenciones, más estropicios se causa y causa a los demás» (Luis Fernando Figari). Si en mi interior persisten rupturas, será eso lo que transmita y disemine por doquier.

Quien le abre las puertas al Reconciliador y se deja reconciliar por Él, se convierte él mismo en artesano de la reconciliación, trabajando incansablemente por aportar según sus posibilidades y capacidades a la unidad de todos los creyentes y del género humano todo. Poniéndose también él «a la escucha del grito del hombre y viendo cómo manifiesta en las circunstancias de la vida una nostalgia de unidad con Dios, consigo mismo y con el prójimo», busca proponer «con fuerza ese don original de la Iglesia que es la reconciliación» (S.S. Juan Pablo II).

El artesano de reconciliación es aquel que en colaboración con el Don y la gracia recibidos, y desde su propio corazón permanentemente reconciliado, pone todos sus dones y talentos, todo su esfuerzo y empeño, por transformar el mundo de salvaje en humano, de humano en divino, según el corazón de Dios. Indesmayablemente trabaja por aportar en la construcción de una familia más unida, de una sociedad más justa, fraterna y reconciliada, de una civilización del Amor. Serán estos los que reciban la alabanza del Señor: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9).

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Cirilo de Alejandría:

Todos los que participamos de la carne sagrada de Cristo alcanzamos la unión corporal con Él, como atestigua San Pablo, cuando dice, refiriéndose al misterio del amor misericordioso del Señor: El misterio que no fue dado a conocer a las pasadas generaciones ahora ha sido revelado por el Espíritu a los santos apóstoles y profetas: esto es, que los gentiles son coherederos miembros del mismo cuerpo y copartícipes de las promesas divinas, en Cristo Jesús.

Y si somos unos para otros miembros de un mismo cuerpo en Cristo, y no sólo entre nosotros mismos, sino también para Aquél que está en nosotros por su carne, ¿por qué, entonces, no procuramos vivir plenamente esa unión que existe entre nosotros y con Cristo? Cristo, en efecto, es el vínculo de unidad, ya que es Dios y hombre a la vez.

Siguiendo idéntico camino, podemos hablar también de nuestra unión espiritual, diciendo que todos nosotros, por haber recibido un solo y mismo Espíritu, a saber, el Espíritu Santo, estamos como mezclados unos con otros y con Dios. Pues, si bien es verdad que tomados cada uno por separado somos muchos, y en cada uno de nosotros Cristo hace habitar el Espíritu del Padre y suyo, este Espíritu es uno e indivisible, y a nosotros, que somos distintos el uno del otro en cuanto seres individuales, por su acción nos reúne a todos y hace que se nos vea como una sola cosa, por la unión que en Él nos unifica.

Pues, del mismo modo que la virtualidad de la carne sagrada convierte a aquellos en quienes actúa en miembros de un mismo cuerpo, pienso que, del mismo modo, el único e indivisible Espíritu de Dios, al habitar en cada uno, los vincula a todos en la unidad espiritual.

Por esto nos exhorta también San Pablo: Sobrellevaos mutuamente con amor, esforzaos por mantener la unidad del espíritu, con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la meta de la esperanza en la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un Bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo y lo invade todo. Al estar en cada uno de nosotros el único Espíritu, estará también, por el Hijo, el único Dios y Padre de todos, uniendo entre sí y consigo a los que participan del Espíritu. (…)

Por tanto, somos todos una sola cosa en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; una sola cosa por la identidad de condición, por la asimilación que obra el amor, por la comunión de la carne sagrada de Cristo y por la participación de un único y Santo Espíritu.

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

«El sagrado Misterio de la Unidad de la Iglesia»

813: La Iglesia es una debido a su origen: «El modelo y principio supremo de este misterio es la unidad de un solo Dios Padre e Hijo en el Espíritu Santo, en la Trinidad de personas» (240). La Iglesia es una debido a su Fundador: «Pues el mismo Hijo encarnado, Príncipe de la paz, por su cruz reconcilió a todos los hombres con Dios... restituyendo la unidad de todos en un solo pueblo y en un solo cuerpo» (241). La Iglesia es una debido a su «alma»: «El Espíritu Santo que habita en los creyentes y llena y gobierna a toda la Iglesia, realiza esa admirable comunión de fieles y une a todos en Cristo tan íntimamente que es el Principio de la unidad de la Iglesia» (242). Por tanto, pertenece a la esencia misma de la Iglesia ser una.

814: Desde el principio, esta Iglesia una se presenta, no obstante, con una gran diversidad que procede a la vez de la variedad de los dones de Dios y de la multiplicidad de las personas que los reciben. En la unidad del Pueblo de Dios se reúnen los diferentes pueblos y culturas. Entre los miembros de la Iglesia existe una diversidad de dones, cargos, condiciones y modos de vida; «dentro de la comunión eclesial, existen legítimamente las Iglesias particulares con sus propias tradiciones». La gran riqueza de esta diversidad no se opone a la unidad de la Iglesia. No obstante, el pecado y el peso de sus consecuencias amenazan sin cesar el don de la unidad. También el Apóstol debe exhortar a «guardar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz» (Ef 4,3).

815: ¿Cuáles son estos vínculos de la unidad? «Por encima de todo esto revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección» (Col 3,14). Pero la unidad de la Iglesia peregrina está asegurada por vínculos visibles de comunión:

- la profesión de una misma fe recibida de los Apóstoles; - la celebración común del culto divino, sobre todo de los sacramentos; - la sucesión apostólica por el Sacramento del Orden, que conserva la concordia fraterna de la familia de Dios.

Las heridas de la unidad

817: De hecho, «en esta una y única Iglesia de Dios, aparecieron ya desde los primeros tiempos algunas escisiones que el Apóstol reprueba severamente como condenables; y en siglos posteriores surgieron disensiones más amplias y comunidades no pequeñas se separaron de la comunión plena con la Iglesia católica y, a veces, no sin culpa de los hombres de ambas partes». Tales rupturas que lesionan la unidad del Cuerpo de Cristo (se distingue la herejía, la apostasía y el cisma) no se producen sin el pecado de los hombres.

Hacia la unidad

820: Aquella unidad «que Cristo concedió desde el principio a la Iglesia... creemos que subsiste indefectible en la Iglesia católica y esperamos que crezca hasta la consumación de los tiempos». Cristo da permanentemente a su Iglesia el don de la unidad, pero la Iglesia debe orar y trabajar siempre para mantener, reforzar y perfeccionar la unidad que Cristo quiere para ella. Por eso Cristo mismo rogó en la hora de su Pasión, y no cesa de rogar al Padre por la unidad de sus discípulos: «Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos sean también uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,21). El deseo de volver a encontrar la unidad de todos los cristianos es un don de Cristo y un llamamiento del Espíritu Santo.

822: «La preocupación por el restablecimiento de la unión atañe a la Iglesia entera, tanto a los fieles como a los pastores» (UR 5). Pero hay que ser «conocedor de que este santo propósito de reconciliar a todos los cristianos en la unidad de la única Iglesia de Jesucristo excede las fuerzas y la capacidad humana». Por eso hay que poner toda la esperanza «en la oración de Cristo por la Iglesia, en el amor del Padre para con nosotros, y en el poder del Espíritu Santo» (UR 24).

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«Ante las rupturas del pecado, de las que brotan todas las esclavitudes, opresiones, angustias y frustraciones que someten al hombre, aparece luminosa en el trasfondo de la historia la promesa auroral de la reconciliación, la que una y otra vez es puesta como horizonte de la humanidad, “en distintas ocasiones y de muchas maneras”. La promesa reconciliadora llega al hombre por palabras y por hechos de la misericordia de Dios, hasta el tiempo de la plenitud en que la promesa es cumplida por el Señor Jesús.

»No sólo las citas paulinas expresan estas realidades sino que ellas como que atraviesan de parte a parte el testimonio de la Palabra de Dios, que es la Sagrada Escritura.

»La revelación de Dios al hombre se produce por palabras y obras íntimamente vinculadas; en ellas se va manifestando el pleno sentido de la reconciliación. Para profundizar más en este asunto cabe tener presente lo que la Constitución Dei Verbum del Concilio Vaticano II nos enseña: “Las obras que Dios realiza en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y las realidades que las palabras significan; a su vez, las palabras proclaman las obras y explican su misterio”.

»Así pues, en el Señor Jesús que es la reconciliación con el Padre, el amor divino ofrece a la libertad del hombre la ocasión de aceptar su dinamismo reconciliativo e ingresar en su impulso convirtiéndose él mismo en una persona reconciliada que ejerce el ministerio de la reconciliación.

»Sin la reconciliación don de Dios en Jesús y su dinamismo abierto a todos los hombres, el ser humano, con toda su libertad, es totalmente impotente para sanar sus propias heridas, sus rupturas. Cuando más se esfuerza en hacerlo, según sus exclusivas miras e intenciones, más estropicios se causa y causa a los demás.

»La alegoría del niño, que jugando a disfrazarse, se cubre con una manta y todo tipo de trapos, que relata el escritor checo-austriaco Rainer María Rilke, bien puede ejemplificar esta situación de trampa existencial en la que cae el ser humano. En un aspecto de su descripción, Rilke hace decir al niño: “Vi mis peores temores confirmados: todo parecía haberse roto... busqué algún objeto que me permitiese reparar ese desastre. Pero no encontraba nada. Además, me resultaba muy difícil, así, ver y moverme, de modo que me sentí invadido de cólera contra esta vestimenta absurda que ya no comprendía. Las ataduras del manto me estrangulaban, y la tela se apoyaba sobre mi cabeza como si se le añadiesen otras sin cesar. Para colmo, el aire se hizo turbio...”. Cuando el ser humano se aparta del designio divino alienándose más y más y transmitiendo el eco de sus rupturas interiores a los demás y a su quehacer, es que ha caído en aquella trampa existencial que encuentra su paradigma en el relato del primer pecado. La impotencia propia y la desesperación de la mentira no hacen sino que se ahonde la ruptura y sus ecos.

»La revelación de Dios está transida de reconciliación, de invitación a no caer en el dinamismo de ruptura, de auxilios para no caer. La persona, dichos y hechos del Señor Jesús son, precisamente, la plenitud de la reconciliación amorosa y misericordiosa del Padre. Realidad viva, horizonte de encuentro, fuerza de reconciliación. La misión de la Iglesia es la de llevar esa reconciliación a los hombres. Su tarea la cumple haciéndose voz que anuncia la Palabra divina, iluminando la vida humana, y celebrando los sagrados misterios que conducen a los hombres a vivir la reconciliación, plenamente reconciliados».

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