Soporte
Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo IV de Pascua (Ciclo B). «Yo soy el Buen Pastor»
Incrementar tamaño de fuente Disminuir tamaño de fuente
Compartir

Domingo IV de Pascua. «Yo soy el Buen Pastor»

I. LA PALABRA DE DIOS

Hech 4,8-12: “Ningún otro puede salvar”

En aquellos días, Pedro, lleno del Espíritu Santo, dijo:

—«Jefes del pueblo y ancianos: hoy ha quedado sano un hombre enfermo, y nos preguntan en nombre de quien se ha realizado esta curación; pues sepan todos ustedes y todo el pueblo de Israel que ha sido en nombre de Jesucristo Nazareno, a quien ustedes crucifi-caron y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su nombre, se presenta éste sano ante ustedes.

Jesús es la piedra que desecharon ustedes los arquitectos y que se ha convertido en piedra angular; porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el cual nosotros podamos salvarnos».

Sal 117,1.8-9.21-23.26.28 y 29: “Es el Señor quien lo ha hecho”

1Jn 3,1-2: “¡Mirad qué amor nos ha tenido el Padre!”

Queridos hermanos:

Miren qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios; y en verdad ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoció a Él.

Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es.

Jn 10,11-18: “El buen Pastor da la vida por las ovejas”

En aquel tiempo, dijo:

—«Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estragos y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas.

Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas.

Tengo, además, otras ovejas que no son de este rebaño, tam-bién a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor.

Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre».

II. APUNTES

Pastor y rebaño eran desde antiguo los términos de una figura que reflejaba la relación de Dios con su pueblo Israel. Dios, como un pastor (ver Sal 23,1), había liberado a su rebaño humano de la opresión de Egipto y sellado con él una Alianza en el Monte Sinaí: «Si de veras escuchan mi voz y guardan mi Alianza, ustedes serán mi propiedad personal entre todos los pueblos» (Ex 19,5).

Así como en el antiguo Oriente los reyes solían designarse a sí mismos como pastores de sus pueblos, en Israel eran considerados pastores también aquellos a quienes Dios elegía para guiar y apacentar a su pueblo. Mas he aquí que en la época del exilio en Babilonia Ezequiel (34,1-16) se ve impulsado por Dios para hablar duramente contra aquellos pastores de su pueblo, sus guías políticos o espirituales, que habían fracasado en su misión de servicio, descuidando sus funciones o peor aún se habían aprovechado de su posición para apacentarse a sí mismos, abusando de y maltratando a las ovejas que habían sido confiadas a su cuidado. También Jeremías alzó la voz en nombre de Dios para reprobar a aquellos pastores irresponsables: «¡Ay de los pastores que dejan perderse y desparramarse las ovejas de mis pastos! (…) Ustedes han dispersado las ovejas mías, las empujaron y no las atendieron» (Jer 23,1-2).

Ante el dolor de ver a sus ovejas dispersas, descarriadas y maltratadas, Dios por medio de su profeta promete entonces hacerse cargo Él mismo de su rebaño: «Como un pastor vela por su rebaño (...), así velaré yo por mis ovejas. Las reuniré de todos los lugares donde se habían dispersado en día de nubes y brumas.» (Ez 34,12; ver Jer 23,3)

Tal promesa la cumple Dios en su Hijo, el Señor Jesús. Él es Dios mismo que se compadece al ver a tantos que andaban «como ovejas que no tienen pastor» (Mt 9,36). Él proclama abiertamente ante Israel: «Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da la vida por las ovejas.» (Jn 10,11) Aquel «Yo soy…» del Señor Jesús remite inmediatamente al Nombre con que Dios se presentó ante el pueblo de Israel, por medio de Moisés: «Yo soy el que soy» (Ex 3,14). Dios, en Jesucristo, ha venido a reunir nuevamente a su rebaño disperso. Por su vida entregada libremente, por su sangre derramada en el Altar de la Cruz, devuelve la vida a quien la ha perdido, recobra a sus ovejas para reunirlas nuevamente en un único redil y conducirlas Él mismo a las fuentes y pastos de vida eterna.

El evangelio de este Domingo es, como sabemos, una sección del gran discurso del Señor Jesús sobre los pastores (ver Jn 10,1ss). En el pasaje de este Domingo el Señor ofrece tres características que permiten reconocer al verdadero pastor: es el que da su propia vida por sus ovejas; es quien las conoce y ellas a Él; es quien está al servicio de la unidad de su rebaño.

Estas características se aplican todas a Él.

Él es el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, porque realmente ofrece su vida como sacrificio en el Altar de la Cruz, en rescate por todos. Gracias a su libre entrega ha reconciliado a la humanidad entera con su Padre, devolviendo la vida divina y eterna —perdida por el pecado— a quienes creen en Él (ver Jn 3,15).

Él es el Buen Pastor que conoce a sus ovejas y las suyas lo conocen a Él. En sentido bíblico el conocimiento no es un conocimiento puramente racional o intelectual, sino que entraña un profundo amor, una relación interior, una íntima aceptación de aquel que es conocido. El fundamento de la relación entre el Señor Jesús y el discípulo es este conocimiento mutuo, dinámico: «se ama lo que se conoce, y (...) se conoce lo que se ama», decía San Agustín. Así va construyéndose entre el Señor y su discípulo una profunda e indisoluble unidad y comunión de vida. Esta comunión íntima, fruto de tal conocimiento, se expresa naturalmente por parte del discípulo en la obediencia amorosa: quien conoce a Cristo escucha a su voz, hace lo que Él le pide (ver Jn 2,5), pone por obra lo que Él le manda, con prontitud y alegría. De este modo entra también a participar de la misma comunión que Él, el Hijo, vive con el Padre: «igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre».

Finalmente, Él es el Buen Pastor que está al servicio de la unidad no sólo de Israel, sino de todo el rebaño humano: «Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo pastor» (Jn 10,16). El Señor Jesús realizó plenamente la unificación del Israel disperso prometida por Dios a través de su profeta Ezequiel (ver Ez 34,22-24), pero fue más allá: abarcó a todos los hijos de Dios, de la humanidad entera. Esta unidad la ha venido a realizar mediante su propio sacrificio. Por su muerte ha roto los muros de la división (ver Ef 2,14), ha reunido «en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos» (Jn 11,52). Por su Cruz nos ha reconciliado con el Padre, reconciliación fundamental de la que procede toda otra reconciliación y unificación: del hombre consigo mismo, con todos los demás, con la creación entera.

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

El cuarto Domingo de Pascua es llamado también el “Domingo del Buen Pastor”, puesto que en él se lee el Evangelio en el que el Señor habla de los buenos y malos pastores, presentándose a sí mismo como el Buen Pastor que ha venido a reunir nuevamente al rebaño de Dios disperso por el pecado, mediante el don de su propia vida.

El Papa Pablo VI decretó que el cuarto Domingo de Pascua, Domingo del Buen Pastor, se celebrara anualmente la Jornada Mundial de oración por las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Así, pues, la Iglesia nos invita este Domingo a elevar todos juntos nuestras fervientes plegarias al Dueño de la mies (ver Mt 9,38) por todos aquellos que antes de haber nacido (ver Jer 1,5) han sido sellados y son llamados a ser en Cristo buenos pastores para Su pueblo, ya sea mediante el sacerdocio ministerial o también mediante la vida consagrada a Él.

Quizá alguna vez hemos oído hablar de que la Iglesia atraviesa por una gran “crisis de vocaciones”. Son sin duda cada vez menos los católicos bautizados que piensan hoy en día en ser sacerdotes o consagrar su vida a Dios. Mas al decir que se trata de una “crisis de vocaciones” estaríamos diciendo en otras palabras que la disminución en el número de llamados se debe a que Dios llama cada vez menos. La palabra vocación, recordemos, proviene del latín vocare, que significa llamar. Al decir que una persona tiene vocación al sacerdocio o a la vida consagrada queremos decir que Dios desde su eterno amor (ver Jer 31,3) la ha elegido y llamado, que la ha “sellado” desde su concepción creándola con una estructura interior y adornándola con dones y talentos necesarios para la vida sacerdotal o consagrada, de modo que ese —y no otro— será también su propio camino de realización, de plenitud humana. El ser humano, hombre o mujer —así lo entendemos quienes creemos en Dios—, se realiza a sí mismo respondiendo y siguiendo ese llamado que experimenta en lo más profundo de su ser y siguiendo el camino que Dios le señala. De allí es tan importante que todo joven se detenga ante sí mismo y ante Dios y se pregunte seriamente: ¿Para qué he nacido? ¿Cuál es el sentido de mi vida? ¿Cuál mi misión en el mundo? ¿Cuál mi llamado, mi vocación? ¿Para qué estoy hecho? ¿Cuál, Señor, es el camino que debo seguir? ¿Es el matrimonio mi llamado? ¿O me llamas al sacerdocio, o a la vida consagrada? Y junto con todos estos necesarios cuestionamientos, debe elevarse aquella súplica incesante: “Habla, Señor, que tu siervo, que tu sierva escucha” (ver 1Sam 3,10).

¿Pero realmente se debe esta crisis de la que venimos hablando a que Dios llama cada vez menos? ¿No quiere Él ya pastores para su pueblo? ¿Es que no se compadece ya al ver a tantos que hoy andan en el mundo entero “como ovejas sin pastor”? ¿O hay que buscar la respuesta en otro lado?

En medio de una sociedad materialista, agnóstica, secularista y secularizante, son mayoría los que experimentando la inquietud y el llamado del Señor, lo descartan de plano por múltiples razones o “excusas”, internas o externas. El problema no es que Dios haya dejado de llamar, sino antes bien que los llamados ya no responden, o responden cada vez menos. Es, pues, un problema de egoísmo por parte de los llamados, de mezquindad y falta de generosidad, de falta de fe y confianza en el Señor, de miedo y cobardía, de poco conocimiento de sí mismos, de vivir en la superficialidad de la existencia, de estar demasiado centrados en sí mismos, en sus gustos, placeres y propios planes que excluyen a Dios, de no hacerse sensibles a las necesidades de tantos que andan tan vacíos, sin sentido por el mundo, como ovejas sin pastor. Abundan más que nunca los “jóvenes ricos”, aquellos o aquellas que escuchando en sus corazones aquel radical “ven y sígueme” se llenan de miedos y prefieren aferrarse a sus “riquezas”, proyectos o seguridades humanas (ver Mc 10,21-22). Son cada vez más los que se niegan a dar el salto porque prefieren fijarse en todo lo que pierden, en vez de aspirar al “ciento por uno” y a la vida eterna que el Señor pone en su horizonte (ver Mt 19,29). Dios sigue llamando, hoy como ayer sigue tocando y tocando a la puerta de muchos corazones. Por tanto, en justicia no podemos hablar de una “crisis de vocaciones”, sino de una “crisis de respuesta a la vocación”.

Por otro lado, están las “modernas” familias católicas de hoy que ya no consideran el llamado de uno de sus hijos al sacerdocio o a la vida consagrada como una bendición de Dios. Todo lo contrario, muchos padres católicos —a veces incluso “de Misa diaria”— toman el llamado de uno de sus hijos como una locura, un desatino, el fruto de su inmadurez y, finalmente, como una maldición de Dios. “¿Por qué fanatizarte tanto —dirán—, si igual puedes ser un hombre o mujer de bien? Dios no puede pedirte un sacrificio tan grande. ¡Disfruta de la vida primero y conoce el mundo! Lo primero es tu carrera. Etc.” Con estos consejos y razonamientos, aferrándose a los planes que (se) han hecho para “sus” hijos (¿no son ellos acaso un don de Dios?), se convierten en los más férreos opositores de Dios y del llamado que le puede estar haciendo a alguno de sus hijos. ¡Cuántas vocaciones se pierden por la oposición de los propios padres! ¿Se reza en mi familia, para que el Señor se digne llamar a alguno de nuestros hijos o hijas a seguirlo de cerca, como se hacía en las antiguas familias que realmente ponían al Señor en el centro de sus vidas? ¡Me imagino el pánico que deben experimentar muchas madres católicas hoy en día con tan sólo proponerles que recen para que alguno de sus hijos tenga vocación al sacerdocio o a la vida consagrada!

A Dios gracias hay también de aquellos jóvenes que venciendo todo temor y lanzándose a la gran aventura le dicen al Señor “aquí me tienes, haré lo que tú me pidas”, perseverando en ese seguimiento día a día a pesar de las múltiples pruebas, obstáculos, tentaciones y dificultades que se les presentan en el camino. Hay también padres generosos que respetando la libertad de sus hijos los alientan a escuchar la voz del Señor y seguirlo con generosidad. También ellos sin duda recibirán del Señor “el ciento por uno”, por la inmensa generosidad y sacrificio que significa entregarle un hijo al Señor.

Recemos, pues, este Domingo especialmente, por las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Recemos intensamente por todos aquellos que de este modo son bendecidos por Dios, para que sepan ser sensibles a su voz y sepan responder con decisión, con coraje y generosidad a tal llamado. Recemos también por la fidelidad de todos aquellos que han respondido ya al llamado del Señor, para que permanezcan siempre fieles a su llamado en medio de las múltiples pruebas y situaciones adversas que se les puedan presentar. Recemos por todos ellos este Domingo, pero también cada día, especialmente en familia. Esta oración es un deber de todo católico coherente y de toda familia cristiana.

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Gregorio: «Él añade la manera de ser del pastor bueno, para que nosotros le imitemos. “El buen Pastor da su vida por sus ovejas”. Hizo lo que aconsejó, manifestó lo que mandó, dio su vida por sus ovejas, para hacer de su cuerpo y de su sangre un sacramento para nosotros y para poder saciar con el alimento de su carne a las ovejas que había rescatado. Se nos puso delante el camino del desprecio de la muerte, que debemos seguir, y la forma divina a la que debemos adaptarnos. Lo primero que debemos hacer es repartir generosamente nuestros bienes entre sus ovejas, y lo último dar, si fuera necesario, hasta nuestra misma vida por estas ovejas. Pero el que no da sus bienes por las ovejas, ¿cómo ha de dar por ellas su propia vida?».

San Cirilo de Alejandría: «El distintivo de la oveja de Cristo es su capacidad de escuchar, de obedecer, mientras que las ovejas extrañas se distinguen por su indocilidad. Comprendemos el verbo “escuchar” en el sentido de consentir a lo que se le ha dicho. Y las que lo escuchan las reconoce Dios, porque “ser conocido” significa estar unido a Él. Nadie es totalmente ignorado por Dios. Porque, cuando Cristo dice: “Yo conozco mis ovejas”, quiere decir: “Yo los acogeré y las uniré a mi de una forma mística y permanente”. Se puede decir que al hacerse hombre, Cristo se ha emparentado con todos los hombres, tomando su misma naturaleza. Todos estamos unidos a Cristo a causa de su encarnación. Pero aquellos que no guardan su parecido con la santidad de Cristo, se le han hecho extraños».

San Gregorio Magno: «Ved si sois verdaderamente ovejas suyas, ved si de verdad lo conocéis, ved si percibís la luz de la verdad. Me refiero a la percepción no por la fe, sino por el amor y por las obras. Pues el mismo evangelista Juan afirma también: “Quien dice: ‘Yo conozco a Dios’, y no guarda sus mandamientos, miente”. Así, pues, todo el que quiera entender lo que oye, apresúrese a practicar lo que ya puede comprender, (pues) el Señor no fue conocido mientras habló, pero se dejó conocer cuando fue alimentado».

San Cirilo de Alejandría: «“Mis ovejas me siguen”, dice Cristo. En efecto, por la gracia divina, los creyentes siguen los pasos de Cristo. No obedecen a los preceptos de la Ley antigua que no era más que figura, sino que siguen por la gracia los preceptos de Cristo. Llegarán a las cumbres, conforme a la vocación de hijos de Dios. Cuando Cristo sube al Cielo, ellos le seguirán».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

Cristo, Buen Pastor

754: La Iglesia, en efecto, es el redil cuya puerta única y necesaria es Cristo. Es también el rebaño cuyo pastor será el mismo Dios, como Él mismo anunció. Aunque son pastores humanos quienes gobiernan las ovejas, sin embargo es Cristo mismo el que sin cesar las guía y alimenta; Él, el Buen Pastor y Cabeza de los pastores, que dio su vida por las ovejas.

649: En cuanto al Hijo, él realiza su propia Resurrección en virtud de su poder divino. Jesús anuncia que el Hijo del hombre deberá sufrir mucho, morir y luego resucitar (sentido activo del término). Por otra parte, él afirma explícitamente: «Doy mi vida, para recobrarla de nuevo... Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo» (Jn 10,17-18). «Creemos que Jesús murió y resucitó» (1Tes 4,14).

Cristo actúa hoy por medio de sus ministros

1548: En el servicio eclesial del ministro ordenado es Cristo mismo quien está presente en su Iglesia como Cabeza de su cuerpo, Pastor de su rebaño, sumo sacerdote del sacrificio redentor, Maestro de la Verdad. Es lo que la Iglesia expresa al decir que el sacerdote, en virtud del sacramento del Orden, actúa «in persona Christi Capitis»:

El ministro posee en verdad el papel del mismo Sacerdote, Cristo Jesús. Si, ciertamente, aquél es asimilado al Sumo Sacerdote, por la consagración sacerdotal recibida, goza de la facultad de actuar por el poder de Cristo mismo a quien representa («virtute ac persona ipsius Christi»).

1549: Por el ministerio ordenado, especialmente por el de los obispos y los presbíteros, la presencia de Cristo como cabeza de la Iglesia se hace visible en medio de la comunidad de los creyentes.

1550: Esta presencia de Cristo en el ministro no debe ser entendida como si éste estuviese exento de todas las flaquezas humanas, del afán de poder, de errores, es decir, del pecado. No todos los actos del ministro son garantizados de la misma manera por la fuerza del Espíritu Santo. Mientras que en los sacramentos esta garantía es dada de modo que ni siquiera el pecado del ministro puede impedir el fruto de la gracia, existen muchos otros actos en que la condición humana del ministro deja huellas que no son siempre el signo de la fidelidad al Evangelio y que pueden dañar, por consiguiente, a la fecundidad apostólica de la Iglesia.

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«La primera tarea social, especialmente en un mundo como el nuestro que cada vez se hunde más en el dolor, en la negación y en todas aquellas otras consecuencias del pecado; digo, la primera tarea social es la de abrirnos a la gracia para que ella nos conduzca —con nuestra activa cooperación— a la perfección de los hijos de Dios. Nuestra meta en ese sentido es remover toda heteronomía para que el Amor —con mayúscula por ser de Dios— se instale en nuestros corazones y así podamos vivir en plena libertad nuestra tensión de trascendencia hacia Dios, relacionándonos con Dios, no como un sirviente con su amo, sino como un amigo con su amigo en una comunión de amistad que es modelo para nuestra relación comunitaria humana. Es claro, que a nuestro entender, la santidad, que es hacerse todo amor, es eminentemente generativa».

«Y morir duele; morir asusta; no sólo la muerte con la cual se termina el peregrinar en este vida; sino todas las muertes, todas las renuncias, todos los descubrimientos que lo que nos gusta está mal, que lo que nos resulta cómodo está mal, que aquello que da placer está mal. Cabe precisar que no todo lo que da gusto, es cómodo o da placer es malo, pero no pocas cosas sí que lo son. A éstas últimas me refiero. Duele también el morir a la ley de la mezquindad para vivir en la magnanimidad. Es decir duele morir al cristianismo de mínimos, al cristianismo de legalidades: “hasta aquí está permitido”: lo puedo hacer. Un milímetro más allá, ya no. Es la ley de los comodones, de los esclavizados a las medidas pues temen la entrega total; se mueren de miedo del precio de una generosidad auténtica, de la libertad, de la libertad de los hijos de Dios».

«El sacerdote, recorriendo el camino del Señor, prolongando su misión, ofrece su palabra a la Palabra de Dios, anunciando y dando testimonio del Evangelio. La invitación a la conversión, metanoia, y al Bautismo, la realiza prolongando la acción salvífica y las características de amor y donación del Buen Pastor, buscando siempre ir al encuentro de la oveja perdida, reflejando la reverencia y el cuidado por las características de cada persona, conociéndolas y dejando que la palabra de Dios sea reconocida por las ovejas en la voz humana del sacerdote que aspira día a día a conformarse más y más con Cristo».

«El Buen Pastor, que ama a sus ovejas, se conmueve ante la oveja herida y con amor y profunda reverencia la carga sobre sus hombros, y sana sus heridas. No es indiferente, su caridad solidaria lo lleva a cargar sobre sí las miserias, enfermedades y flaquezas humanas. Fruto del amor y de la misericordia hay un auténtico compromiso con la persona del otro. Éste llega a lo profundo del otro».

«Es el Señor Jesús quien se entrega por nuestros pecados. Él ofrece su vida por nosotros en un acto de amor, de cumplimiento de la decisión, también de amor, por la que vino al mundo. “Yo soy el Buen Pastor”, dice, y así se revela mesiánicamente a la humanidad. A lo que añade: “El Buen Pastor da su vida por las ovejas”. Jesús se ofrece desde su inabarcable amor a dar su vida por nosotros».

Consultas

© Copyright 2013. BIBLIOTECA ELECTRÓNICA CRISTIANA -BEC- VE MULTIMEDIOS™. La versión electrónica de este documento ha sido realizada por VE MULTIMEDIOS - VIDA Y ESPIRITUALIDAD. Todos los derechos reservados. La -BEC- está protegida por las leyes de derechos de autor nacionales e internacionales que prescriben parámetros para su uso. Hecho el depósito legal.


Diseño web :: Hosting Católico