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Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo III de Pascua (Ciclo B). «Ustedes son testigos de mi resurrección»
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Domingo III de Pascua. «Ustedes son testigos de mi resurrección»

I. LA PALABRA DE DIOS

Hech 3,13-15.17-19: “Mataron al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos”

En aquellos días, Pedro dijo a la gente:

—«El Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que ustedes entregaron y rechazaron ante Pilato, cuando había decidido soltarlo.

Ustedes rechazaron al santo, al justo, y pidieron el indulto de un asesino; ustedes mataron al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos.

Sin embargo, hermanos, sé que lo hicieron por ignorancia, de la misma manera que sus autoridades; pero Dios cumplió de esta manera lo que había dicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer.

Por tanto, arrepiéntanse y conviértanse, para que se borren sus pecados».

Sal 4,2.4.7.9: “Haz brillar sobre nosotros el resplandor de tu rostro”

1Jn 2,1-5: “Él es víctima de propiciación por nuestros pecados y también por los del mundo entero”

Hijos míos, les escribo esto para que no pequen.

Pero, si alguno peca, tenemos un abogado ante el Padre: a Jesucristo, el Justo.

El es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.

En esto sabemos que lo conocemos: en que guardamos sus mandamientos.

Quien dice: «Yo lo conozco», y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él.

Pero quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud. En esto conocemos que estamos en Él.

Lc 24, 35-48: “Estaba escrito: el Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día”

En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.

Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice:

—«Paz a ustedes».

Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. Él les dijo:

—«¿Por qué se asustan?, ¿por qué surgen dudas en su interior? Miren mis manos y mis pies: soy yo en persona. Tóquenme y dense cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como ven que yo tengo».

Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría y el asombro, les dijo:

—«¿Tienen ahí algo de comer?».

Ellos le ofrecieron un trozo de pescado asado. El lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo:

—«Esto es lo que les decía mientras estaba con ustedes: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse».

Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió:

—«Así estaba escrito: el Cristo padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Ustedes son testigos de esto».

II. APUNTES

En el Evangelio de este Domingo San Lucas trae el relato del momento en el que el Señor resucitado se presenta en medio de sus Apóstoles y discípulos reunidos en el Cenáculo el mismo día de su resurrección: «Estaban hablando de estas cosas, cuando Jesús se presentó en medio de ellos».

¿De qué cosas hablaban? De la realidad de la resurrección del Señor, de la que daba testimonio Pedro porque se le había presentado personalmente. También los dos discípulos que tristes y decepcionados se habían marchado a Emaús habían regresado prontamente al Cenáculo, rebosantes de entusiasmo e inflamados sus corazones, para compartir con todos cómo el Señor resucitado se les había aparecido también a ellos. Para ese momento la resurrección del Señor ya no era, como al principio habían sospechado, el fruto de la imaginación o delirio de algunas mujeres “emocionalmente alteradas”, sino una realidad que dejaba atrás todo escepticismo: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado!» (Lc 24, 34)

En medio de este intenso coloquio y estando las puertas del recinto cerradas, el Señor se presentó en medio de ellos, sin previo aviso. Tomados por sorpresa se llenaron de miedo, pues por un momento creían que se trataba de un fantasma o espíritu. ¿Si no, cómo había podido entrar sin que nadie abriese la puerta? El Señor, a modo de saludo y como expresión del don obtenido para ellos por su Pascua, les dice: «Paz a ustedes», e inmediatamente añade: «¿Por qué se asustan?, ¿por qué surgen dudas en su interior?». El Señor conoce sus sentimientos y también sus pensamientos, percibe el miedo, la turbación profunda que experimentan al verlo, así como también las dudas y pensamientos que surgen en sus mentes. El miedo no sólo es fruto de la sorpresiva aparición, sino también de los razonamientos equivocados o dialogismoi, palabra griega que designa los pensamientos de un hombre que delibera consigo mismo, un razonamiento interior, pero también un cuestionamiento interno de aquello que es verdadero. Por ello a veces se traduce por pensamientos y otras por dudas.

¿De qué dudaban aún los discípulos, si ya estaban convencidos de la autenticidad de su resurrección? ¿Qué pensamientos venían a sus mentes? Acaso aquellos que no habían tenido aún la experiencia de “ver y tocar” al Señor resucitado no terminaban de creer aún en la veracidad del hecho, ni siquiera por el testimonio de Pedro u otros discípulos, como sucedería con Tomás. Por otro lado, ¿era “el Señor resucitado” un espíritu o un fantasma? ¿O había resucitado con un cuerpo verdadero? ¿Cómo podía entonces hacerse presente de un momento a otro en un recinto cerrado? El Señor sabía que la mejor manera de disipar las dudas persistentes de algunos discípulos así como sus ideas equivocadas acerca de su resurrección era el contacto con la realidad objetiva, con la verdad de los hechos: «tóquenme», les dice, para que viesen que no era un espíritu o un ser inmaterial, sino que verdaderamente había resucitado en «carne y huesos». Asimismo «les mostró las manos y los pies» para que viesen que no se trataba de otro sino de Él mismo, el Crucificado. Finalmente «comió delante de ellos» para que terminasen de creer que había resucitado con un cuerpo auténtico y real. El suyo «posee sin embargo, al mismo tiempo, las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 645). De allí que puede hacerse presente donde quiere y cuando quiere.

Demostrada la verdad de su resurrección y su nueva condición como resucitado, el Señor procede a “abrirles el entendimiento”, esto es, a enseñarles cómo todo lo escrito «en la ley de Moisés y en los profetas y salmos» sobre el Mesías de Dios se había cumplido en Él. Todo lo que allí estaba escrito, de Él se decía. En Jesús y por Él, Dios había cumplido sus promesas. La espera había llegado a su fin: Él era el Mesías que —a diferencia de la idea que se habían hecho muchos judíos— debía padecer y resucitar al tercer día para la reconciliación de todo el género humano. A ellos les correspondía ahora la tarea de divulgar esta buena nueva a todos, de invitar a la conversión y de llevar los frutos de la reconciliación a todos los pueblos mediante el perdón de los pecados. Sería su misión dar testimonio de lo que ellos estando con el Señor oyeron, vieron y tocaron: «lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida… os lo anunciamos» (1Jn 1,1-3).

En cumplimiento de esta misión, al iniciarse la predicación de los Apóstoles luego de recibir el Espíritu Santo el día de Pentecostés, Pedro se presenta ante muchos israelitas como testigo del Resucitado (1ª. lectura). Su testimonio es valiente, decidido, audaz. El núcleo de su mensaje es éste: Dios resucitó de entre los muertos a quien ellos crucificaron por mano de los romanos. ¡Dios resucitó a Jesucristo! Es un testimonio desde la historia, desde el Acontecimiento realizado en la historia.

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

El Evangelio de este Domingo nos narra una nueva aparición del Señor Resucitado a los Apóstoles y otros discípulos que estaban con ellos: “Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos”. ¿De que hablaban? De un acontecimiento impactante, absolutamente inesperado para los hasta entonces desalentados discípulos: ¡el Señor Jesús se le había presentado a Simón Pedro vivo, resucitado! La incredulidad, las dudas y escepticismos ante las primeras noticias de la resurrección quedaban atrás para dar lugar a una fuerte afirmación: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado!” (Lc 24,34). En este contexto, también los dos discípulos de Emaús compartieron su intensa y singular experiencia.

También hoy muchos católicos bautizados, haciéndose eco de un mundo que no cree y que rechaza a Dios y a su Enviado, viven sumidos en la incredulidad, en las dudas y escepticismos. Dudan que Cristo haya resucitado verdaderamente, cuestionan el testimonio de aquellos testigos de la resurrección de Jesucristo porque cuestionan la veracidad de los mismos Evangelios y la autoridad de la Iglesia, y viven de acuerdo a lo que creen, es decir, viven como si Cristo no hubiera muerto en la Cruz y no hubiera resucitado.

Ante esta dolorosa incredulidad de tantos hijos e hijas de la Iglesia nos toca a nosotros afirmar hoy con convicción y gozo profundo, como aquellos Apóstoles y discípulos: «¡El Señor ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!». Afirmo, por tanto, haciéndome eco de las palabras del Santo Padre, que «la resurrección [de Jesucristo] no es una teoría, sino una realidad histórica», que «no es un mito ni un sueño, no es una visión ni una utopía, no es una fábula, sino un acontecimiento único e irrepetible: Jesús de Nazaret, hijo de María, que en el crepúsculo del Viernes fue bajado de la cruz y sepultado, ha salido vencedor de la tumba» (S.S. Benedicto XVI). Yo creo, pues, que la resurrección de Jesucristo es un acontecimiento auténtico, verdaderamente sucedido en la historia.

Creo hoy que Cristo ha resucitado gracias al testimonio que dieron aquellos que luego de crucificado y sepultado lo vieron nuevamente vivo y resucitado. Creo porque la Iglesia ha recogido y transmitido fielmente a lo largo de los siglos ese testimonio. Creo porque aquellos discípulos que al principio no creyeron, aquellos que ante las primeras apariciones del Señor resucitado o los primeros testimonios desconfiaron, dudaron, exigieron pruebas palpables, cambiaron radicalmente de actitud: de Apóstoles y discípulos frustrados, abatidos, descorazonados, cobardes, se transformaron en transmisores valientes y audaces de un mensaje totalmente insólito e increíble: «Dios resucitó de entre los muertos a quien ustedes crucificaron… y nosotros somos testigos de esto» (ver Hech 3,13-15). Creo porque aquellos testigos no dudaron en derramar incluso su sangre y dar la vida para afirmar la veracidad de su testimonio.

Sí, el Señor quiso hacer «testigos de estas cosas» (Lc 24,34) a aquel puñado de hombres y mujeres que lo siguieron y lo vieron triunfar sobre la muerte, encomendando a sus Apóstoles la misión de anunciar a toda la humanidad el don de la Reconciliación (ver 2Cor 5,18), enviándolos a predicar «la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones».

Como ellos ayer, tú y yo somos hoy herederos del testimonio que dieron aquellos testigos de la Resurrección del Señor. No podemos guardarnos esta tremenda Noticia para nosotros mismos, sino que estamos llamados a dejar que el acontecimiento histórico de la Resurrección de Cristo nos impacte y nos transforme de tal modo que nos impulse a transmitir esta buena Nueva a cuantos podamos, con nuestras palabras pero más aún con el testimonio de una vida transfigurada por el encuentro cotidiano con el Señor Resucitado. También a ti y a mí el Señor nos pide hoy ser «testigos de estas cosas».

¿Dónde encontrar el valor para anunciarlo? ¿Cómo transmitir al Señor Jesús con toda la fuerza atractiva de su Persona? Sólo si Cristo vive en mí podré irradiar a Jesús, podré atraer a muchos otros hacia Él. Por ello, «si habéis encontrado a Cristo, ¡vivid a Cristo, vivid con Cristo! Y anunciadlo en primera persona, como auténticos testigos: “para mí la vida es Cristo” (Flp 1,21)» (S.S. Juan Pablo II).

Para poder responder a esta tarea y misión, para tener el valor, el arrojo y la fuerza interior necesaria, es preciso que yo también me encuentre cada día con Aquel que vive, con Aquel que es la fuente de mi propia vida y esperanza de mi propia resurrección. Pero, ¿cómo puedo encontrarme hoy con el Señor Resucitado? ¿Cómo podrá Él vivir en mí para que yo pueda irradiarlo? No podemos olvidar que el Señor toca y toca a la puerta de nuestros corazones, que Él nos busca y busca entrar en la intimidad de nuestra casa (ver Ap 3,20). Sólo en la medida en que le abra, sólo en la medida en que nos afanemos en llevar una vida espiritual intensa, poniendo los medios para que esa vida espiritual sea consistente, constante y perseverante, Él entrará en nuestra casa y podremos llegar a tener esa experiencia de encuentro y comunión con el Señor, vivo y resucitado, una experiencia que nos transformará interiormente por la fuerza de su Espíritu. Dedicarle tiempo al Señor es ofrecerle esos espacios interiores tan necesarios para que Él pueda entrar también en nuestra “casa”, presentarse ante nosotros vivo y resucitado y transformar nuestra cobardía en ardor y coraje para salir a anunciar su Resurrección ante muchos que han de creer en el Señor por nuestro testimonio.

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Cirilo: «El Señor queriendo probar que la muerte ha sido vencida y que su naturaleza humana ya había dejado la corrupción, les enseña en primer lugar las manos y los pies y los agujeros de los clavos».

San Beda: «Para demostrarles la veracidad de su resurrección, no sólo quiso que le tocasen sus discípulos, sino que se dignó comer con ellos para que viesen que había aparecido de una manera real y no de un modo fantasmal. Por esto sigue: “Y habiendo comido delante de ellos, tomó las sobras y se las dio”. Comió para manifestar que podía, y no por necesidad. La tierra sedienta absorbe el agua de un modo distinto a como la absorbe el sol ardiente: La primera por necesidad, el segundo por potencia».

San Beda: «Después que el Señor se dejó ver y tocar, les recordó lo que decían las Escrituras, y a continuación les abrió el entendimiento para que entendiesen lo que leían».

San Eusebio: «Pero si todo lo que Jesús había predicho ya debía producir efecto, y ya su palabra, viva y eficaz, empezaba a verse por todo el mundo por medio de la fe, era llegado el momento en que no hubiese incrédulos respecto de Aquel que había producido esta fe. Conviene, pues, que lleve una vida muy santa aquel cuyas obras vivas deben estar conformes con sus palabras. Todo esto se cumplió por el ministerio de los Apóstoles. Por esto añade: “Y vosotros, testigos sois de estas cosas”. Esto es, de la muerte y de la resurrección del Señor».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

“Ustedes son testigos de esto”

642: Todo lo que sucedió en estas jornadas pascuales compromete a cada uno de los Apóstoles —y a Pedro en particular— en la construcción de la era nueva que comenzó en la mañana de Pascua. Como testigos del Resucitado, los Apóstoles son las piedras de fundación de su Iglesia. La fe de la primera comunidad de creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos, conocidos de los cristianos y, para la mayoría, viviendo entre ellos todavía. Estos «testigos de la Resurrección de Cristo» son ante todo Pedro y los Doce, pero no solamente ellos: Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las que se apareció Jesús en una sola vez, además de Santiago y de todos los Apóstoles.

Cristo verdaderamente resucitó

643: Ante estos testimonios es imposible interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico. Sabemos por los hechos que la fe de los discípulos fue sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro, anunciada por Él de antemano. La sacudida provocada por la pasión fue tan grande que (por lo menos, algunos de ellos) no creyeron tan pronto en la noticia de la resurrección. Los evangelios, lejos de mostrarnos una comunidad arrobada por una exaltación mística, nos presentan a los discípulos abatidos y asustados. Por eso no creyeron a las santas mujeres que regresaban del sepulcro y «sus palabras les parecían como desatinos» (Lc 24,11). Cuando Jesús se manifiesta a los once en la tarde de Pascua, «les echó en cara su incredulidad y su dureza de cabeza por no haber creído a quienes le habían visto resucitado» (Mc 16,14).

644: Tan imposible les parece la cosa que, incluso puestos ante la realidad de Jesús resucitado, los discípulos dudan todavía (ver Lc 24,38): creen ver un espíritu (ver Lc 24,39). «No acaban de creerlo a causa de la alegría y estaban asombrados» (Lc 24,41). Tomás conocerá la misma prueba de la duda y, en la última aparición en Galilea referida por Mateo, «algunos sin embargo dudaron» (Mt 28,17). Por esto la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un «producto» de la fe (o de la credulidad) de los Apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, su fe en la Resurrección nació —bajo la acción de la gracia divina— de la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado.

645: Jesús resucitado establece con sus discípulos relaciones directas mediante el tacto y el compartir la comida. Les invita así a reconocer que Él no es un espíritu, pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado con el que se presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado y crucificado, ya que sigue llevando las huellas de su pasión. Este cuerpo auténtico y real posee sin embargo, al mismo tiempo, las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere porque su humanidad ya no puede ser retenida en la tierra y no pertenece ya más que al dominio divino del Padre. Por esta razón también Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer como quiere: bajo la apariencia de un jardinero o «bajo otra figura» (Mc 16,12) distinta de la que les era familiar a los discípulos, y eso para suscitar su fe.

646: La Resurrección de Cristo no fue un retorno a la vida terrena como en el caso de las resurrecciones que Él había realizado antes de Pascua: la hija de Jairo, el joven de Naím, Lázaro. Estos hechos eran acontecimientos milagrosos, pero las personas afectadas por el milagro volvían a tener, por el poder de Jesús, una vida terrena «ordinaria». En cierto momento, volverán a morir. La Resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio. En la Resurrección, el cuerpo de Jesús se llena del poder del Espíritu Santo; participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que San Pablo puede decir de Cristo que es «el hombre celestial».

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«El conjunto de los trazos que relatan la Resurrección de Jesús es de una profundidad tal que no han cesado de atraer la admiración a lo largo de los siglos. Cada nota singular, la perspectiva de cada relato evangélico va iluminando desde diverso ángulo el acontecimiento central: la Resurrección de Jesús, el Señor».

«Señor resucitado se apareció varias veces y a muchas personas. Desde María, las mujeres, pasando por los Apóstoles, Tomás, el que dudaba, y los discípulos de Emaús. El Resucitado irrumpe victorioso en la historia de la humanidad. Ese conjunto de acontecimientos que desde la Anunciación-Encarnación, la Vida, Pasión y Muerte del Señor conducen al movimiento ascensional de su Resurrección y Ascensión forma una unidad que el creyente en su encuentro con Jesús no cesa de contemplar admirado. La convicción de que con el impulso de la gracia el cristiano recorrerá los nuevos senderos transforma el sentido de su vida y lo mueve al anuncio de la Buena Nueva de la Resurrección del Señor Jesús. Desde ese acontecimiento decisivo en la historia mira hacia el siglo como un tiempo propicio para dar gloria a Dios, laborar en la evangelización, enarbolar la esperanza, y colaborar en la construcción de una sociedad más justa, solidaria, fraterna y reconciliada: la Civilización del Amor».

«Su Pascua es anticipo de la nuestra, pues como nos recuerda la Congregación para el Culto Divino, “la muerte del cristiano es su propia Pascua” . “Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, ¡somos los más dignos de compasión de todos los hombres!” (1Cor 15,19). Donde se siembra la muerte, resucita la fuerza, el cuerpo espiritual, la gloria. Por ello, conscientes de la fe de la Iglesia que por gracia de Dios compartimos, en la luminosidad de estas festividades vivimos intensamente la esperanza del día del encuentro plenificador en la Resurrección del Señor. ¡Encontrarse con Cristo! ¿Se lo puede uno imaginar? ¡Participar en la Comunión de Amor! ¿Se lo puede uno imaginar? Es por ello también un día de memoria por nuestros seres queridos llamados a la Casa del Padre, en la esperanza viva e intensa de que quienes han muerto en el Señor Jesús, adheridos a Él (ver 1Tes 4,14), gozan de la vida de Dios y su gloria. Es hoy también ocasión de comprometerse y hacerlo con intensidad y radicalidad que se expresen en la vida cotidiana convertida en oración para dar gloria a Dios. Es ocasión de recordar que el Señor le dice al Padre en un ejemplar y paradigmático ejemplo de obediencia amorosa: “Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar” (Jn 17,4). Hoy, como vemos, la solemne celebración de la Pascua del Señor nos abre a la realidad del misterio de la muerte y de la vida. Nos abre a la realidad de la fidelidad de Dios. Hoy, como decía el Beato Juan XXIII: “Nuestra Pascua es, por lo tanto, para todos, un morir al pecado, a las pasiones, al odio, a las enemistades, a todo cuanto es fuente de desequilibrio, de amargura y de tormento, en el orden espiritual y en el material. Porque esta muerte no es sino el primer paso hacia una meta más elevada, porque nuestra Pascua es, además, un misterio de vida”. Nuestra Pascua es morir a la muerte, a cuanto es muerte, para vivir a la vida. La Pascua es fiesta grande del amor de Dios que nos alcanza en el peregrinar y es prenda de nuestra esperanza de que cuando llegue el momento de compartir la plenitud de la muerte en Cristo, que sacramentalmente hemos recibido en el Bautismo, se abrirá también para nosotros el horizonte de la transformación del cuerpo mortal en vida, en espiritual. “Porque, si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo” (Rom 10,9). “Y Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros mediante su poder” (1Cor 6,14).»

«Ellos creían que el Señor Jesús era el Santo de Dios, el Salvador del mundo, y por eso se regocijaban confesando la fe (ver Zac 9,9), y proclamaban de una u otra forma lo que el anciano Simeón, verdadera prolongación y signo del Antiguo Testamento, proclama en su encuentro íntimo con Jesús, realidad y signo pleno de la Nueva Alianza: “mis ojos han visto a tu Salvador” (Lc 2,30). Ésa es la verdad de la fe, la misma que confiesa ese testigo privilegiado de la Resurrección que fue Santo Tomás: “Señor mío, Dios mío” (Jn 20,28). Ésa era su fe, tantas veces reiterada en sus vidas y en las Santas Escrituras que de ellas nos hablan. La fe de los Apóstoles y de María, Madre y modelo, es creer a Dios y creer en Dios; es esperar en Dios y con Él; es amor por Dios, con el amor transformante inspirado por el Espíritu Santo, y es amor a sí y a los demás con ese mismo amor. Los cristianos, herederos de la fe apostólica, también creen y viven y sirven ayer y hoy. Ayer como hoy, tener fe es abrirse, sin condiciones ni reservas, a un encuentro con Dios, aceptando su plan de Salvación. Por eso dice con razón monseñor Raiza, antiguo Arzobispo de Galilea y Haifa: “que nos oponemos a Dios al no abrirnos, al no aceptarlo”. Quien no está abierto a Dios en el Señor Jesús, no tiene la fe de los Apóstoles; no es un cristiano auténtico; no profesa la fe católica; no pronuncia con sus labios y corazón el “Credo”, Creo...»

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