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S.S. Benedicto XVI, Homilía del Santo Padre durante la celebración de la Vigilia Pascual
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Homilía del Santo Padre durante la celebración de la Vigilia Pascual

Queridos hermanos y hermanas

San Marcos nos relata en su Evangelio que los disc√≠pulos, bajando del monte de la Transfiguraci√≥n, discut√≠an entre ellos sobre lo quer√≠a decir ¬ęresucitar de entre los muertos¬Ľ (cf. Mc 9,10). Antes, el Se√Īor les hab√≠a anunciado su pasi√≥n y su resurrecci√≥n a los tres d√≠as. Pedro hab√≠a protestado ante el anuncio de la muerte. Pero ahora se preguntaban qu√© pod√≠a entenderse con el t√©rmino ¬ęresurrecci√≥n¬Ľ. ¬ŅAcaso no nos sucede lo mismo a nosotros? La Navidad, el nacimiento del Ni√Īo divino, nos resulta enseguida hasta cierto punto comprensible. Podemos amar al Ni√Īo, podemos imaginar la noche de Bel√©n, la alegr√≠a de Mar√≠a, de san Jos√© y de los pastores, el j√ļbilo de los √°ngeles. Pero resurrecci√≥n, ¬Ņqu√© es? No entra en el √°mbito de nuestra experiencia y, as√≠, el mensaje muchas veces nos parece en cierto modo incomprensible, como una cosa del pasado. La Iglesia trata de hac√©rnoslo comprender traduciendo este acontecimiento misterioso al lenguaje de los s√≠mbolos, en los que podemos contemplar de alguna manera este acontecimiento sobrecogedor. En la Vigilia Pascual nos indica el sentido de este d√≠a especialmente mediante tres s√≠mbolos: la luz, el agua y el canto nuevo, el Aleluya.

Primero la luz. La creaci√≥n de Dios ‚Äď lo acabamos de escuchar en el relato b√≠blico ‚Äď comienza con la expresi√≥n: ¬ęQue exista la luz¬Ľ (Gn 1,3). Donde hay luz, nace la vida, el caos puede transformarse en cosmos. En el mensaje b√≠blico, la luz es la imagen m√°s inmediata de Dios: √Čl es todo Luminosidad, Vida, Verdad, Luz. En la Vigilia Pascual, la Iglesia lee la narraci√≥n de la creaci√≥n como profec√≠a. En la resurrecci√≥n se realiza del modo m√°s sublime lo que este texto describe como el principio de todas las cosas. Dios dice de nuevo: ¬ęQue exista la luz¬Ľ. La resurrecci√≥n de Jes√ļs es un estallido de luz. Se supera la muerte, el sepulcro se abre de par en par. El Resucitado mismo es Luz, la luz del mundo. Con la resurrecci√≥n, el d√≠a de Dios entra en la noche de la historia. A partir de la resurrecci√≥n, la luz de Dios se difunde en el mundo y en la historia. Se hace de d√≠a. S√≥lo esta Luz, Jesucristo, es la luz verdadera, m√°s que el fen√≥meno f√≠sico de luz. √Čl es la pura Luz: Dios mismo, que hace surgir una nueva creaci√≥n en aquella antigua, y transforma el caos en cosmos.

Tratemos de entender esto a√ļn mejor. ¬ŅPor qu√© Cristo es Luz? En el Antiguo Testamento, se consideraba a la Torah como la luz que procede de Dios para el mundo y la humanidad. Separa en la creaci√≥n la luz de las tinieblas, es decir, el bien del mal. Indica al hombre la v√≠a justa para vivir verdaderamente. Le indica el bien, le muestra la verdad y lo lleva hacia el amor, que es su contenido m√°s profundo. Ella es ¬ęl√°mpara para mis pasos¬Ľ y ¬ęluz en el sendero¬Ľ (cf. Sal 119,105). Adem√°s, los cristianos sab√≠an que en Cristo est√° presente la Torah, que la Palabra de Dios est√° presente en √Čl como Persona. La Palabra de Dios es la verdadera Luz que el hombre necesita. Esta Palabra est√° presente en √Čl, en el Hijo. El Salmo 19 compara la Torah con el sol que, al surgir, manifiesta visiblemente la gloria de Dios en todo el mundo. Los cristianos entienden: s√≠, en la resurrecci√≥n, el Hijo de Dios ha surgido como Luz del mundo. Cristo es la gran Luz de la que proviene toda vida. √Čl nos hace reconocer la gloria de Dios de un conf√≠n al otro de la tierra. √Čl nos indica la senda. √Čl es el d√≠a de Dios que ahora, avanzando, se difunde por toda la tierra. Ahora, viviendo con √Čl y por √Čl, podemos vivir en la luz.

En la Vigilia Pascual, la Iglesia representa el misterio de luz de Cristo con el signo del cirio pascual, cuya llama es a la vez luz y calor. El simbolismo de la luz se relaciona con el del fuego: luminosidad y calor, luminosidad y energ√≠a transformadora del fuego: verdad y amor van unidos. El cirio pascual arde y, al arder, se consume: cruz y resurrecci√≥n son inseparables. De la cruz, de la autoentrega del Hijo, nace la luz, viene la verdadera luminosidad al mundo. Todos nosotros encendemos nuestras velas del cirio pascual, sobre todo las de los reci√©n bautizados, a los que, en este Sacramento, se les pone la luz de Cristo en lo m√°s profundo de su coraz√≥n. La Iglesia antigua ha calificado el Bautismo como fotismos, como Sacramento de la iluminaci√≥n, como una comunicaci√≥n de luz, y lo ha relacionado inseparablemente con la resurrecci√≥n de Cristo. En el Bautismo, Dios dice al bautizando: ¬ęRecibe la luz¬Ľ. El bautizando es introducido en la luz de Cristo. Ahora, Cristo separa la luz de las tinieblas. En √Čl reconocemos lo verdadero y lo falso, lo que es la luminosidad y lo que es la oscuridad. Con √Čl surge en nosotros la luz de la verdad y empezamos a entender. Una vez, cuando Cristo vio a la gente que hab√≠a venido para escucharlo y esperaba de √Čl una orientaci√≥n, sinti√≥ l√°stima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor (cf. Mc 6,34). Entre las corrientes contrastantes de su tiempo, no sab√≠an d√≥nde ir. Cu√°nta compasi√≥n debe sentir Cristo tambi√©n en nuestro tiempo por tantas grandilocuencias, tras las cuales se esconde en realidad una gran desorientaci√≥n. ¬ŅD√≥nde hemos de ir? ¬ŅCu√°les son los valores sobre los cuales regularnos? ¬ŅLos valores en que podemos educar a los j√≥venes, sin darles normas que tal vez no aguantan o exigirles algo que quiz√°s no se les debe imponer? √Čl es la Luz. El cirio bautismal es el s√≠mbolo de la iluminaci√≥n que recibimos en el Bautismo. As√≠, en esta hora, tambi√©n san Pablo nos habla muy directamente. En la Carta a los Filipenses, dice que, en medio de una generaci√≥n tortuosa y convulsa, los cristianos han de brillar como lumbreras del mundo (cf. 2,15). Pidamos al Se√Īor que la llamita de la vela, que √Čl ha encendido en nosotros, la delicada luz de su palabra y su amor, no se apague entre las confusiones de estos tiempos, sino que sea cada vez m√°s grande y luminosa, con el fin de que seamos con √Čl personas amanecidas, astros para nuestro tiempo.

El segundo s√≠mbolo de la Vigilia Pascual ‚Äď la noche del Bautismo ‚Äď es el agua. Aparece en la Sagrada Escritura y, por tanto, tambi√©n en la estructura interna del Sacramento del Bautismo en dos sentidos opuestos. Por un lado est√° el mar, que se manifiesta como el poder antagonista de la vida sobre la tierra, como su amenaza constante, pero al que Dios ha puesto un l√≠mite. Por eso, el Apocalipsis dice que en el mundo nuevo de Dios ya no habr√° mar (cf. 21,1). Es el elemento de la muerte. Y por eso se convierte en la representaci√≥n simb√≥lica de la muerte en cruz de Jes√ļs: Cristo ha descendido en el mar, en las aguas de la muerte, como Israel en el Mar Rojo. Resucitado de la muerte, √Čl nos da la vida. Esto significa que el Bautismo no es s√≥lo un lavacro, sino un nuevo nacimiento: con Cristo es como si descendi√©ramos en el mar de la muerte, para resurgir como criaturas nuevas.

El otro modo en que aparece el agua es como un manantial fresco, que da la vida, o tambi√©n como el gran r√≠o del que proviene la vida. Seg√ļn el primitivo ordenamiento de la Iglesia, se deb√≠a administrar el Bautismo con agua fresca de manantial. Sin agua no hay vida. Impresiona la importancia que tienen los pozos en la Sagrada Escritura. Son lugares de donde brota la vida. Junto al pozo de Jacob, Cristo anuncia a la Samaritana el pozo nuevo, el agua de la vida verdadera. √Čl se manifiesta como el nuevo Jacob, el definitivo, que abre a la humanidad el pozo que ella espera: ese agua que da la vida y que nunca se agota (cf. Jn 4,5.15). San Juan nos dice que un soldado golpe√≥ con una lanza el costado de Jes√ļs, y que del costado abierto, del coraz√≥n traspasado, sali√≥ sangre y agua (cf. Jn 19,34). La Iglesia antigua ha visto aqu√≠ un s√≠mbolo del Bautismo y la Eucarist√≠a, que provienen del coraz√≥n traspasado de Jes√ļs. En la muerte, Jes√ļs se ha convertido √Čl mismo en el manantial. El profeta Ezequiel percibi√≥ en una visi√≥n el Templo nuevo del que brota un manantial que se transforma en un gran r√≠o que da la vida (cf. 47,1.12): en una Tierra que siempre sufr√≠a la sequ√≠a y la falta de agua, √©sta era una gran visi√≥n de esperanza. El cristianismo de los comienzos entendi√≥ que esta visi√≥n se ha cumplido en Cristo. √Čl es el Templo aut√©ntico y vivo de Dios. Y es la fuente de agua viva. De √Čl brota el gran r√≠o que fructifica y renueva el mundo en el Bautismo, el gran r√≠o de agua viva, su Evangelio que fecunda la tierra. Pero Jes√ļs ha profetizado en un discurso durante la Fiesta de las Tiendas algo m√°s grande a√ļn: ¬ęEl que cree en m√≠ ... de sus entra√Īas manar√°n torrentes de agua viva¬Ľ (Jn 7,38). En el Bautismo, el Se√Īor no s√≥lo nos convierte en personas de luz, sino tambi√©n en fuentes de las que brota agua viva. Todos nosotros conocemos personas de este tipo, que nos dejan en cierto modo sosegados y renovados; personas que son como el agua fresca de un manantial. No hemos de pensar s√≥lo en los grandes personajes, como Agust√≠n, Francisco de As√≠s, Teresa de √Āvila, Madre Teresa de Calcuta, y as√≠ sucesivamente; personas por las que han entrado en la historia realmente r√≠os de agua viva. Gracias a Dios, las encontramos continuamente tambi√©n en nuestra vida cotidiana: personas que son una fuente. Ciertamente, conocemos tambi√©n lo opuesto: gente de la que promana un vaho como el de un charco de agua putrefacta, o incluso envenenada. Pidamos al Se√Īor, que nos ha dado la gracia del Bautismo, que seamos siempre fuentes de agua pura, fresca, saltarina del manantial de su verdad y de su amor.

El tercer gran s√≠mbolo de la Vigilia Pascual es de naturaleza singular, y concierne al hombre mismo. Es el cantar el canto nuevo, el aleluya. Cuando un hombre experimenta una gran alegr√≠a, no puede guard√°rsela para s√≠ mismo. Tiene que expresarla, transmitirla. Pero, ¬Ņqu√© sucede cuando el hombre se ve alcanzado por la luz de la resurrecci√≥n y, de este modo, entra en contacto con la Vida misma, con la Verdad y con el Amor? Simplemente, que no basta hablar de ello. Hablar no es suficiente. Tiene que cantar. En la Biblia, la primera menci√≥n de este cantar se encuentra despu√©s de la traves√≠a del Mar Rojo. Israel se ha liberado de la esclavitud. Ha salido de las profundidades amenazadoras del mar. Es como si hubiera renacido. Est√° vivo y libre. La Biblia describe la reacci√≥n del pueblo a este gran acontecimiento de salvaci√≥n con la expresi√≥n: ¬ęEl pueblo crey√≥ en el Se√Īor y en Mois√©s, su siervo¬Ľ (cf. Ex 14,31). Sigue a continuaci√≥n la segunda reacci√≥n, que se desprende de la primera como una especie de necesidad interior: ¬ęEntonces Mois√©s y los hijos de Israel cantaron un c√°ntico al Se√Īor¬Ľ. En la Vigilia Pascual, a√Īo tras a√Īo, los cristianos entonamos despu√©s de la tercera lectura este canto, lo entonamos como nuestro c√°ntico, porque tambi√©n nosotros, por el poder de Dios, hemos sido rescatados del agua y liberados para la vida verdadera.

La historia del canto de Mois√©s tras la liberaci√≥n de Israel de Egipto y el paso del Mar Rojo, tiene un paralelismo sorprendente en el Apocalipsis de san Juan. Antes del comienzo de las √ļltimas siete plagas a las que fue sometida la tierra, al vidente se le aparece ¬ęuna especie de mar de vidrio veteado de fuego; en la orilla estaban de pie los que hab√≠an vencido a la bestia, a su imagen y al n√ļmero que es cifra de su nombre: ten√≠an en sus manos las arpas que Dios les hab√≠a dado. Cantaban el c√°ntico de Mois√©s, el siervo de Dios, y el c√°ntico del Cordero¬Ľ (Ap 15,2s). Con esta imagen se describe la situaci√≥n de los disc√≠pulos de Jesucristo en todos los tiempos, la situaci√≥n de la Iglesia en la historia de este mundo. Humanamente hablando, es una situaci√≥n contradictoria en s√≠ misma. Por un lado, se encuentra en el √©xodo, en medio del Mar Rojo. En un mar que, parad√≥jicamente, es a la vez hielo y fuego. Y ¬Ņno debe quiz√°s la Iglesia, por decirlo as√≠, caminar siempre sobre el mar, a trav√©s del fuego y del fr√≠o? Consider√°ndolo humanamente, deber√≠a hundirse. Pero mientras a√ļn camina por este Mar Rojo, canta, entona el canto de alabanza de los justos: el canto de Mois√©s y del Cordero, en el cual se armonizan la Antigua y la Nueva Alianza. Mientras que a fin de cuentas deber√≠a hundirse, la Iglesia entona el canto de acci√≥n de gracias de los salvados. Est√° sobre las aguas de muerte de la historia y, no obstante, ya ha resucitado. Cantando, se agarra a la mano del Se√Īor, que la mantiene sobre las aguas. Y sabe que, con eso, est√° sujeta, fuera del alcance de la fuerza de gravedad de la muerte y del mal ‚Äď una fuerza de la cual, de otro modo, no podr√≠a escapar ‚Äď, sostenida y atra√≠da por la nueva fuerza de gravedad de Dios, de la verdad y del amor. Por el momento, se encuentra entre los dos campos de gravitaci√≥n. Pero desde que Cristo ha resucitado, la gravitaci√≥n del amor es m√°s fuerte que la del odio; la fuerza de gravedad de la vida es m√°s fuerte que la de la muerte. ¬ŅAcaso no es √©sta realmente la situaci√≥n de la Iglesia de todos los tiempos? Siempre se tiene la impresi√≥n de que ha de hundirse, y siempre est√° ya salvada. San Pablo ha descrito as√≠ esta situaci√≥n: ¬ęSomos... los moribundos que est√°n bien vivos¬Ľ (2 Co 6,9). La mano salvadora del Se√Īor nos sujeta, y as√≠ podemos cantar ya ahora el canto de los salvados, el canto nuevo de los resucitados: ¬°aleluya! Am√©n.

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