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Mons. José Antonio Eguren Anselmi, Homilía durante la Santa Misa Crismal celebrada en la Catedral de Piura. «Que no disminuya nuestro celo»
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Homilía durante la Santa Misa Crismal celebrada en la Catedral de Piura. «Que no disminuya nuestro celo»

Queridos sacerdotes y hermanos todos en el Señor Jesús.

1. Nos hemos congregado en esta Basílica Catedral de Piura para participar en la “Misa Crismal”. Su celebración nos ayuda a comprender que el Obispo en su Iglesia particular, ha de ser estimado como el gran sacerdote de su rebaño. En esta Eucaristía, que es concelebrada por todos los sacerdotes de la Arquidiócesis, el Obispo consagra el santo crisma y bendice los óleos de los catecúmenos y de los enfermos. De esta manera la “Misa Crismal” es una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del Obispo y un signo de la unión estrecha de sus sacerdotes con él.

Con el santo crisma que hoy se consagra, son ungidos los nuevos bautizados y son signados los que reciben el sacramento de la confirmación. Asimismo el santo crisma es usado para consagrar sacerdotes y dedicar nuevas iglesias. Con el óleo de los catecúmenos se preparan y disponen para el bautismo los mismos catecúmenos. Finalmente con el óleo de los enfermos, nuestros hermanos dolientes son aliviados en sus enfermedades.

Esta Santa Misa, tiene sin lugar a dudas un profundo carácter sacerdotal, ya que en ella conmemoramos el día en que el Señor Jesús confirió su sacerdocio a los apóstoles y a nosotros. Por esta razón los sacerdotes renuevan hoy las promesas que un día hicieron ante su Obispo y ante el pueblo santo de Dios. Quisiera, por tanto esta mañana, dirigirme de manera muy especial a los sacerdotes de Piura y Tumbes aquí presentes.

Queridos Hijos: hoy y siempre debemos recordar la grandeza del don que hemos recibido. Cada año la “Misa Crismal” es una ocasión preciosa para volver a darle al Señor Jesús un «sí» pleno e incondicional, a Él que sin mérito de nuestra parte nos eligió y nos llamó. Se trata entonces de renovarle aquel «sí» entusiasta, alegre y generoso que le dimos el día de nuestra ordenación, cuando Cristo por medio del Obispo nos impuso sus manos y nos consagró a su misión, constituyéndonos sacerdotes para siempre, mediadores entre Dios y los hombres.

“¿Podemos afirmar siempre lo que escribió san Pablo a los Corintios después de años de arduo servicio al Evangelio marcado por sufrimientos de todo tipo: «No disminuye nuestro celo en el ministerio que, por misericordia de Dios, nos ha sido encomendado»? (ver 2 Cor 4, 1). «No disminuye nuestro celo». Pidamos hoy que se mantenga siempre encendido, que se alimente continuamente con la llama viva del Evangelio”.1

Sí, ¡qué no disminuya nuestro celo! Cuidemos el tesoro de nuestro sacerdocio, procurando no tornar estéril la gracia que Dios nos ha dado en el Orden Sagrado y que continuamente nos envía. Para que no disminuya nuestro celo, despojémonos continuamente de las costumbres, hábitos y aspiraciones de nuestro hombre viejo, así como de las marcas de una cultura materialista, hedonista y aburguesada que lastimosamente deja muchas veces su huella en nosotros. No hacerlo es renunciar a ser sacerdotes santos, y un sacerdote que no aspira todos los días de manera seria y responsable a la santidad, no vale. No olvidemos nunca que el sacerdote es el primero que ha de responder a la llamada a la santidad que Dios dirige a todos los bautizados.

¡Qué no disminuya nuestro celo! Si no procuramos avanzar de modo humilde pero constante por el camino de nuestra santificación, terminaremos tarde o temprano haciendo componendas y concesiones a nuestro hombre viejo y al mundo. Al principio éstas podrán ser pequeñas, pero poco a poco se irán haciendo inexorablemente más graves y pueden desembocar incluso en la traición, abierta o encubierta, al amor de predilección con el que el Señor nos ama al habernos llamado al sacerdocio.

Hoy como ayer, la necesidad no es tanto de sacerdotes eficientes en muchas áreas y cosas, sino más bien de sacerdotes santos. El camino real e insustituible para avanzar por el camino de nuestra santificación es la oración, entendida como “estar con Cristo” (ver Mc 3, 14), como “permanecer con Él” (Jn 15, 5), para que así Su mirada se transforme progresivamente en nuestra mirada y Su corazón en nuestro corazón y de esta manera podamos dar mucho fruto y un fruto que dure. No olvidemos que al sacerdote que siempre reza y se esfuerza por ser fiel al don recibido, Dios le ayuda siempre.

Ahora bien, sabemos que el corazón de la oración cristiana y la clave del misterio de nuestro sacerdocio es sin lugar a dudas la Eucaristía. Por eso la celebración de la Santa Misa debe ser para cada uno de nosotros el centro de nuestra vida y el momento más importante de nuestro día. Cada Misa que celebro me debe recordar que yo, con Cristo, estoy llamado a ser hostia viva para la salvación del mundo. Que a las palabras de la consagración debo unir la entrega de mi vida, todo lo que soy y tengo.

Por el sacramento del Orden Sagrado que he recibido, Cristo esta en mí, y por tanto cuando pronuncio las palabras “Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre”, también se trata de la entrega de mi propio cuerpo y de mi propia sangre, es decir de mi vida entera.

Queridos Hijos: cuando uno pierde de vista el donarse, el ofrecerse con Cristo para la salvación del mundo, perdemos de vista nuestra vocación. ¡La vida de un sacerdote debe ser una Misa continua! Por tanto una entrega continua, una donación continua según la medida de Cristo en la Cruz.

En nombre del Señor Jesús les pido que se adhieran con todo su ser a su identidad de sacerdotes y con San Pedro Crisólogo les digo: “Sé, pues, sacrificio y sacerdote para Dios; no pierdas lo que te ha sido dado por el poder de Dios; revístete de la vestidura de la santidad, cíñete el cíngulo de la castidad; sea Cristo el casco de protección para tu cabeza; que la Cruz se mantenga en tu frente como una defensa; pon sobre tu pecho el misterio del conocimiento de Dios; haz que arda continuamente el incienso aromático de tu oración; empuña la espada del Espíritu; haz de tu corazón un altar; y así, puesta en Dios tu confianza, lleva tu cuerpo al sacrificio”.2 Preparemos así de manera anticipada el “Año Especial Sacerdotal” que el Santo Padre ha convocado para el 19 de junio próximo.

Para ser también sacerdotes según el corazón del Señor Jesús, debemos amar a la Iglesia y servirla como Él la amó, entregándose a sí mismo por Ella (ver Ef 5, 25). No debemos tener miedo de identificarnos con la Iglesia, de adherirnos y transmitir fielmente su doctrina, de presentarla como misterio de salvación, de esforzarnos por servir a su misión que es la Evangelización, de defender su santidad y autonomía, más aún en estos tiempos en que asistimos a un ofuscamiento de su sacramentalidad. El sacerdote, hombre de Dios, ha de ser también hombre de Iglesia.

En este año dedicado al gran Apóstol San Pablo y ahora que estamos comprometidos en la Gran Misión Arquidiocesana, “Quédate con nosotros, Señor”, les pido que en el ejercicio diario de su ministerio formen una verdadera conciencia evangelizadora en todos los fieles cristianos que les han sido encomendados. Que nuestras parroquias y comunidades sean auténticas comunidades evangelizadoras y que cada bautizado se esfuerce por ser testigo del Señor Jesús resucitado en todos los ambientes y situaciones de la vida.

¡Que la “Gran Misión” sea una ocasión maravillosa para manifestar que el Amor es el alma de la vida de la Iglesia y de su actividad pastoral!

El Evangelio es la Verdad y el Amor porque es Cristo mismo. No tengamos miedo de ofrecerlo a los demás. “Toda persona tiene derecho a escuchar la Buena Noticia de Dios que se revela y se da en Cristo, para realizar en plenitud la propia vocación”3. De otro lado, “la Misión no es una imposición, sino ofrecer el don de Dios, dejando a su bondad iluminar a las personas para que se difunda el don de la amistad concreta con el Dios de rostro humano (Jesucristo)”4.

Anunciando con valentía al Señor Jesús, en quien la persona humana y el mundo en el que vivimos encuentran su sentido último y su plenitud, realizarán de la manera más plena y genuina vuestro sacerdocio.

No hay que olvidar que a través del sacerdocio del Obispo, el sacerdocio de los presbíteros “se incorpora a la estructura apostólica de la Iglesia”5, llegando a ser verdadero sacerdocio apostólico.

Queridos sacerdotes: no se cansen jamás de ser testigos y mensajeros del Señor Jesús y que este anuncio se caracterice siempre por la ausencia de cualquier interés individual y por la adhesión sin reservas al amor de Cristo.

Quiero finalmente reiterarles lo que les compartí recientemente en nuestros ejercicios espirituales; que cuando estuve a principios de este año en Ciudad de México, con ocasión del VI encuentro Mundial de las Familias, visité la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe y en un momento prolongado de oración que tuve ante la imagen de nuestra Madre, los consagré a cada uno de ustedes así como a los seminaristas de nuestra Arquidiócesis a su Inmaculado y Doloroso Corazón. En mi oración, pedí por la fidelidad y santificación de cada uno de ustedes.

Cultiven siempre la piedad filial mariana, procuren amar a Santa María, Madre del Sumo y Eterno Sacerdote y nuestra, con los sentimientos nobles del Sacratísimo Corazón de Jesús. Estén siempre muy cerca de Ella al pie de la Cruz, con la certeza de que en ese lugar privilegiado, donde también estuvo San Juan recién ordenado sacerdote, obtendrán las fuerzas necesarias para desplegar el propio ministerio sacerdotal y así dar gloria a Dios.

A Ella hoy nos dirigimos diciéndole:

Oh María: deseo poner mi persona,
mi voluntad de ser santo,
bajo tu protección e inspiración materna
para que Tú me guíes
hacia aquella “conformación con Cristo Cabeza y Pastor”
que requiere mi ministerio sacerdotal.
Haz que yo tome conciencia
de que Tú estás siempre junto a todo sacerdote,
en su misión de ministro
del Único Mediador Jesucristo:
Oh Madre de los Sacerdotes,
Socorro y Mediadora de todas las gracias.

Que así sea. Amén.6

San Miguel de Piura, 07 de abril de 2009
Martes Santo – Santa Misa Crismal

+ JOSÉ ANTONIO EGUREN ANSELMI, SCV.
Arzobispo Metropolitano de Piura


1

S.S. Benedicto XVI, Homilía Misa Crismal, 20-III-08.

2

San Pedro Crisólogo, Sermón 108.

3

S.S. Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris missio, n. 46.

4

S.S. Benedicto XVI, Discurso a los sacerdotes de Roma, 07-II-08.

5

S.S. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Postsinodal, Pastores dabo vobis, n. 16.

6

Oración tomada de la Instrucción “El presbítero, pastor y guía de la comunidad parroquial”,
promulgada por la Congregación para el Clero el 4 de agosto de 2002.
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