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Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo I de Cuaresma (Ciclo B). «Conviértanse y crean en el Evangelio»
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Domingo I de Cuaresma. «Conviértanse y crean en el Evangelio»

I. LA PALABRA DE DIOS

Gén 9,8-15: “El pacto de Dios con Noé salvado del diluvio”

Dios dijo a Noé y a sus hijos:

—«Voy a establecer mi alianza con ustedes y con sus descendientes, con todos los animales que los acompañaron: aves, ganado, y fieras; con todos los que salieron del arca y ahora viven en la tierra. Ésta es mi alianza con ustedes: el diluvio no volverá a destruir la vida, ni habrá otro diluvio que devaste la tierra».

Y Dios añadió:

—«Ésta es la señal de la alianza que establezco con ustedes para siempre y con todos los seres vivos que los han acompañado: pondré mi arco en el cielo, como señal de mi alianza con la tierra. Cuando traiga nubes sobre la tierra, aparecerá en las nubes el arco, y recordaré mi alianza con ustedes y con todos los animales, y el diluvio no volverá a destruir los vivientes».

Sal 24,4-9: “Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad”

1Pe 3,18-22: “Actualmente los salva el Bautismo”

Queridos hermanos:

Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente por los culpables, para conducirnos a Dios. Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida.

Con este Espíritu, fue a proclamar su mensaje a los espíritus encarcelados que habían sido rebeldes en los tiempos de Noé, cuando la paciencia de Dios aguardaba, mientras se construía el arca, en la que unos pocos —ocho personas— se salvaron cruzando las aguas.

Aquello fue un símbolo del Bautismo que actualmente los salva a ustedes y que no consiste en limpiar una suciedad corporal, sino en implorar de Dios una conciencia pura, por la resurrección de Cristo Jesús, Señor nuestro, que llegó al Cielo, está sentado a la derecha de Dios y se le sometieron ángeles, dominaciones y potestades.

Mc 1,12-15: “Se dejaba tentar por Satanás, y los ángeles le servían”

En aquel tiempo, el Espíritu llevó a Jesús al desierto.

Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre las fieras salvajes, y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía:

—«Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: conviértanse y crean en el Evangelio».

II. APUNTES

En este primer Domingo de Cuaresma, tiempo de conversión y salvación, las dos primeras lecturas se relacionan con el sacramento del Bautismo cristiano.

El Bautismo hace partícipe a la persona concreta del don de la reconciliación que el Señor Jesús ha obtenido para la humanidad entera por el misterio de su Pasión, Muerte y Resurrección. Cristo «murió por los pecados una vez para siempre... para conducirnos a Dios», escribe San Pedro (2ª. lectura). Es Él quien, por la entrega amorosa de su propia vida en el Altar de la Cruz, así como por su resurrección gloriosa, nos reconcilia con Dios y se convierte en fuente de vida eterna para todos los que creen en Él. Por tanto, si «por la desobediencia de un solo hombre [Adán] todos los demás quedaron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos quedarán constituidos justos; para que así como reinó el pecado produciendo la muerte así también reine la gracia por la justificación, dándonos vida eterna» (Rom 5,19-21).

Gracias a este sacramento todo bautizado queda liberado del pecado y regenerado como hijo de Dios (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1213). De este modo, «el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo. Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo» (2Cor 5,17-18).

La Iglesia considera que los grandes acontecimientos de la historia de la salvación prefiguraban ya el misterio del Bautismo. Así, por ejemplo, «ha visto en el arca de Noé una prefiguración de la salvación por el Bautismo. En efecto, por medio de ella “unos pocos, es decir, ocho personas, fueron salvados a través del agua” (1Pe 3,20)». (Catecismo de la Iglesia Católica, 1219; ver también n. 1217) «Aquello —sigue diciendo el Apóstol— fue un símbolo del Bautismo que actualmente los salva a ustedes» (2ª. lectura: 1Pe 3,21).

El pasaje evangélico de este Domingo está situado en el momento inmediatamente posterior al bautismo del Señor en las aguas del río Jordán. Refiere la Escritura de que, una vez bautizado por Juan, descendió sobre Él el Espíritu Santo en forma de paloma. El Espíritu de inmediato «llevó a Jesús al desierto». El verbo griego exbalo sugiere que Jesús fue impelido, impulsado con gran fuerza por el Espíritu. El evangelista indica de este modo su dominio completo sobre Jesús.

Los cuarenta días que pasa en el desierto remiten a los cuarenta años que Israel pasó en el desierto del Sinaí, tiempo intenso de purificación y de extrema prueba: «Acuérdate de todo el camino que Yahveh tu Dios te ha hecho andar durante estos cuarenta años en el desierto para humillarte, probarte y conocer lo que había en tu corazón: si ibas o no a guardar sus mandamientos» (Dt 8,2). Remiten también a los cuarenta días y noches que Moisés pasó en el monte Sinaí luego de entrar en la nube, signo de la presencia velada de Dios (ver Ex 24,19; Catecismo de la Iglesia Católica, 697), o los cuarenta días y noches que Elías caminó en ayunas por el desierto hasta llegar a la montaña en la que Dios se le manifestaría en la suave brisa (1Re 19,8ss).

También el Señor es probado en el desierto, porque Él así lo permite: «se dejó tentar por Satanás». San Marcos, sumamente escueto en su relato, no especifica en qué consistieron aquellas tentaciones, como sí lo hacen en cambio San Mateo (4,1ss) y San Lucas (4,1ss). El Señor Jesús, como relatan estos dos evangelistas, sale victorioso de la prueba rechazando la triple tentación y rechazando al tentador mismo: Él guarda los mandamientos divinos y se somete en adoración únicamente a Dios. Que «los ángeles le servían» parece ser la manera como San Marcos expresa el triunfo de Cristo, pues es de suponer que le sirvieron luego de su victoria sobre el tentador y no antes (ver Mt 4,11).

Luego de su triunfo y al enterarse el Señor del arresto de Juan el Bautista, «se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios». El contenido esencial de su predicación inicial es éste: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: conviértanse y crean en el Evangelio».

El plazo o “el tiempo es cumplido” se refiere a la venida del Mesías prometido, así como del Reino de los Cielos que él inauguraría en la tierra. La palabra griega éngiken que se traduce como “está cerca” puede entenderse como “se aproxima” o también como “ya llegó”. El Señor Jesús en su predicación la usó en ambos sentidos, tanto para hablar del Reino como “ya llegado” al identificarlo con su propia persona y sus actos, como para hablar de su llegada en un futuro próximo.

«Conviértanse y crean en el Evangelio» es el llamado que hace el Señor a todos. La palabra griega para hablar de conversión es metánoia, que literalmente quiere decir cambio de mentalidad, abandonar una forma o modo de pensar que lleva al pecado para asumir un nuevo modo de pensar, la nueva mentalidad propuesta por el Evangelio, para asumir y hacer suyos los criterios evangélicos o enseñanzas del Señor que por esa asimilación se han de convertir en norma de conducta y de una nueva vida. Dado que el ser humano actúa de acuerdo a lo que piensa, a los valores que asume, la invitación a un cambio de mente implica evidentemente un arrepentimiento del mal cometido y un deseo de enmendar el camino, viviendo de acuerdo a las enseñanzas divinas. No existe un cambio auténtico, profundo y duradero si la persona no abandona los criterios que le conducen a obrar mal y hace suyos —hablamos de una aceptación intelectual así como de una adhesión afectiva— los criterios divinos, las enseñanzas del Señor Jesús.

El Señor en ese proceso invita a creer en el Evangelio. Lo que se traduce por creer proviene del verbo griego pistéuo, que se puede traducir también como prestar fe. En el Nuevo Testamento la fe es la creencia en relación a Dios y lo que Él revela. Quien tiene fe confía en Dios porque sabe que Él es fiel y que no miente. La fe lleva por tanto al creyente a prestar obediencia a Dios, a vivir de acuerdo a lo que Él enseña, a modelar la propia existencia de acuerdo a lo que Él revela y manifiesta al hombre para que viva, en este caso muy concreto, el Evangelio de Jesucristo.

En su significado original el término evangelio no designaba un libro. Evangelio es una palabra griega compuesta de la partícula eu, que significa bueno y del sustantivo angelion, que significa anuncio, noticia, mensaje. Por eso se traduce también como buena nueva. Pero esta buena nueva o buena noticia ya en la época de Jesús está vinculada a la salvación del ser humano. Es, por tanto, un mensaje que trae la salvación, un anuncio que está orientado a la reconciliación del ser humano con Dios, consigo mismo, con los demás y con la creación entera. Por Evangelio hay que entender todo lo que Cristo ha predicado y enseñado, así como también su misma Persona: Él es el Evangelio vivo del Padre.

Relación entre las dos primeras lecturas y el llamado del Señor

El Bautismo, si bien libera del pecado y regenera como hijos de Dios, no suprime la inclinación al pecado. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña claramente que «la vida nueva recibida en la iniciación cristiana [el Bautismo] no suprimió la fragilidad y la debilidad de la naturaleza humana, ni la inclinación al pecado que la tradición llama concupiscencia, y que permanece en los bautizados a fin de que sirva de prueba en ellos en el combate de la vida cristiana ayudados por la gracia de Dios. Esta lucha es la de la conversión con miras a la santidad y la vida eterna a la que el Señor no cesa de llamarnos» (n. 1426).

Todo bautizado ha de vivir, pues, con la certeza de que una vez liberado del pecado y hecho hijo de Dios debe «seguir luchando contra la concupiscencia de la carne y los apetitos desordenados» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2520), así como contra las astutas tentaciones de Satanás que «ronda como león rugiente, buscando a quién devorar» (1Pe 5,8). Como al Señor Jesús en el desierto, a todo bautizado le aguarda en este mundo una lucha tenaz contra el Demonio y sus seducciones, contra el mundo que le pertenece a él, y contra su propio hombre viejo. En esta lucha debe tener la certeza y confianza de que ninguna tentación «puede dañar a los que no la consienten y la resisten con coraje por la gracia de Jesucristo», y que en esta lucha será coronado con la victoria todo aquel que sostenido por la gracia divina «legítimamente luchare» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1263).

Por tanto el llamado a la conversión y a creer en el Evangelio es siempre actual y se dirige a todo bautizado, ya que la conversión, que nunca será una meta plenamente alcanzada aquí en la tierra, es un empeño que abarca toda la vida.

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

La tentación es una sugestión, una invitación a obrar el mal. Puede venir del demonio, del “mundo” (en su sentido de opuesto a Dios) o del “hombre viejo” (ver Ef 4,22), es decir, de nuestra propia inclinación al mal. Se percibe en primer lugar como un pensamiento o idea que viene a nuestra mente, a veces no deseada, con capacidad de distorsionar nuestra razón de tal modo que terminamos viendo el mal objetivo como algo “bueno para mí, en mis circunstancias actuales, según mis necesidades del momento”, despertando nuestras pasiones de tal manera que nos sentimos a veces incluso como “arrastrados” a obrar en esa dirección, con pocas fuerzas para resistir y decir ‘no’. Tal es su fuerza que muchas veces terminamos haciendo el mal que no queríamos (ver Rom 7,15).

Pero, ¿en qué reside su poder de seducción? ¿Cómo opera? La tentación nunca nos quita nuestra libertad de elección: eres tú quien elige entre hacer el bien o el mal, eres tú quien serás responsable por tus opciones y actos. Su acción se dirige al entendimiento: tú eliges, pero para que haciendo uso de tu libertad elijas el mal, buscará convencerte para que creas que el mal que te propone en realidad es un bien para ti. ¿Quién de nosotros pecaría si supiese que el pecado le va a producir un gran daño, que lo va a hundir en la tristeza y la soledad, que lo va a hacer infeliz? Cual astuto estafador, quien te tienta buscará convencerte de que “el producto que te va a vender”, producto que te va a causar la muerte, en realidad es “bueno y excelente para ti”, algo que “necesitas urgentemente” para ser feliz, para vivir plenamente, para alcanzar las estrellas, para ser como dios.

Una vez que tu entendimiento engañado decide que lo que es un mal objetivo en realidad es algo bueno para ti, tu voluntad entra en juego, quiere ese seudo-bien para ti y activa tus pasiones que hacen de ti una como flecha lanzada hacia el objetivo, flecha que no se detiene hasta dar en el blanco. O por otro lado, si tu entendimiento engañado por la tentación determina que algo que es un bien objetivo en realidad es un mal para ti, tu voluntad lo rechazará, despertando en ti una fuerza o pasión que te llevará a apartar de ti o huir de lo que en realidad es un bien para ti. La cruz, por ejemplo.

Es paradigmática la tentación primigenia (ver Gén 3,1-6): el fruto que Dios había dicho traería la muerte a quien lo tocase o comiese, por efecto de la tentación se convierte de pronto en «bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría». ¡Eva nunca lo había probado, sin embargo de pronto tiene la convicción de que en realidad es “bueno para ella” porque “es buen alimento”, porque “es rico y placentero”, porque la hará “sabia”, porque cuando coma de él “será como una diosa”! La tentación lleva a una obnubilación de la mente, del juicio objetivo, a un oscurecimiento de la verdad y del criterio objetivo (Dios le había dicho que comer del fruto le traería la muerte), de modo que terminamos viendo el bien como mal, y el mal como bien. En ese proceso, y para consumar la caída, Satanás siembra hábilmente la desconfianza en Dios: “¿Por qué te prohíbe Dios algo que es bueno para ti? Lo que pasa es que Dios es un mentiroso, un egoísta y envidioso, Él no quiere tu bien, Él es enemigo de tu felicidad. No lo escuches a Él, ¡escúchame a mí!”. Y así, en vez de escuchar la voz de Dios, terminamos escuchando tantas veces la voz de quien es enemigo de Dios y enemigo nuestro.

No olvides nunca que con la tentación no se dialoga. Si alguien te sugiere o en tu mente aparece una idea que te incita a lo que objetivamente es un mal moral, aunque aparezca disfrazado de “es bueno para ti”, ¡recházala de inmediato! ¡No le des vueltas admitiéndola en tu mente! ¡No le prestes tu memoria, tu imaginación o fantasía! Si dialogas con la tentación, si acaricias la “idea seductora”, experimentarás al principio acaso una lucha y tensión interior más o menos fuerte, pero tarde o temprano cederás y terminarás dejándote arrastrar por el dinamismo de la tentación hasta consumar el pecado. Sólo si desde el inicio pronuncias un rotundo y tajante “apártate Satanás”, fortalecido por la gracia del Señor habrás logrado vencer la tentación (ver Mt 4,10; Stgo 4,7).

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Juan Crisóstomo: «Porque Cristo lo hacía y soportaba todo para enseñanza nuestra, empezó, después del bautismo, por habitar en el desierto. Allí luchó contra el diablo para que cada uno de los bautizados resistiese pacientemente las mayores tentaciones después del bautismo, y para que permaneciese vencedor resistiéndolo todo, no turbándose si algo sucedía fuera de lo que esperaba. Pues aunque Dios permita que las tentaciones sean de muchas y variadas maneras, las permite también para que sepamos que el hombre tentado se constituye en el mayor honor, pues no se dirige el diablo sino a los que ve en grande elevación».

San Agustín: «Nuestra vida, mientras dura esta peregrinación, no puede verse libre de tentaciones; pues nuestro progreso se realiza por medio de la tentación y nadie… puede ser coronado si no ha vencido, ni puede vencer si no ha luchado, ni puede luchar si carece de enemigo y de tentaciones».

San Agustín: «El mismo Señor Jesús comenzó así su predicación: “Arrepentíos, porque está llegando el Reino de los Cielos” (Mt 4,17). Juan Bautista, su precursor, había comenzado de la misma forma: “Arrepentíos porque está llegando el Reino de los Cielos” (Mt 3,2). Ahora, el Señor recrimina a los hombres que no se convierten, estando cerca el Reino de los Cielos, este Reino de los Cielos del que él mismo dice: “no vendrá de forma espectacular”, y también “está en medio de vosotros” (Lc 17,20-21). Que cada uno, pues, sea sensato y acepte los avisos del Maestro, para no dejar escaparse el tiempo de la misericordia, este tiempo que transcurre ahora, para que se salve el género humano de la perdición. Porque si el hombre es puesto a salvo es para que se convierta y que nadie sea condenado. Sólo Dios sabe el momento del fin del mundo. Sea cuando sea, ahora es el tiempo de la fe».

San Basilio: «¿Hasta cuándo esperamos decidirnos a obedecer a Cristo que nos llama a su Reino celestial? ¿No nos vamos a purificar? ¿No vamos a dejar de una vez este género de vida que llevamos para seguir a fondo el Evangelio? (…) Pretendemos desear el Reinado de Dios, pero sin preocuparnos demasiado por los medios a emplear para conseguirlo. Aún más, por la vanidad de nuestro espíritu, sin preocuparnos lo más mínimo por observar los mandamientos del Señor, nos creemos ser dignos de recibir las mismas recompensas que aquellos que han resistido al pecado hasta la muerte. Pero ¿quién en tiempo de la siembra ha podido quedarse sentado y dormir en casa, y después recoger con los brazos bien abiertos las gavillas segadas? ¿Quién ha vendimiado sin haber plantado y cultivado la viña? Los frutos son para los que han trabajado; las recompensas y las coronas para los que han vencido. ¿Es que alguna vez alguien ha coronado a un atleta sin que éste ni tan sólo se haya revestido para combatir con el adversario? Y, por consiguiente, no sólo es necesario vencer sino también “luchar según las reglas”, como lo dice el apóstol Pablo (2Tim 2,5), es decir, según los mandamientos que nos han sido dados».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

Las tentaciones de Jesús en el desierto

538: Los Evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el desierto... Al final de este tiempo, Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques que recapitulan las tentaciones de Adán en el Paraíso y las de Israel en el desierto, y el diablo se aleja de Él “hasta el tiempo determinado” (Lc 4,13).

539: Los evangelistas indican el sentido salvífico de este acontecimiento misterioso. Jesús es el nuevo Adán que permaneció fiel allí donde el primero sucumbió a la tentación. Jesús cumplió perfectamente la vocación de Israel: al contrario de los que anteriormente provocaron a Dios durante cuarenta años por el desierto. Cristo se revela como el Siervo de Dios totalmente obediente a la voluntad divina. En esto Jesús es vencedor del diablo; él ha «atado al hombre fuerte» para despojarle de lo que se había apropiado. La victoria de Jesús en el desierto sobre el Tentador es un anticipo de la victoria de la Pasión, suprema obediencia de su amor filial al Padre.

La conversión de los bautizados

1427: Jesús llama a la conversión. Esta llamada es una parte esencial del anuncio del Reino: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc 1,15). En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. Así, el Bautismo es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe en la Buena Nueva y por el Bautismo se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva.

1428: Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que «recibe en su propio seno a los pecadores» y que siendo «santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación». Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del «corazón contrito» (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia (ver Jn 6,44; 12,32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (ver 1Jn 4,10).

El Bautismo no suprime la concupiscencia: somos llamados al combate espiritual

1426: La conversión a Cristo, el nuevo nacimiento por el Bautismo, el don del Espíritu Santo, el Cuerpo y la Sangre de Cristo recibidos como alimento nos han hecho «santos e inmaculados ante Él» (Ef 1,4), como la Iglesia misma, esposa de Cristo, es «santa e inmaculada ante Él» (Ef 5,27). Sin embargo, la vida nueva recibida en la iniciación cristiana no suprimió la fragilidad y la debilidad de la naturaleza humana, ni la inclinación al pecado que la tradición llama concupiscencia, y que permanece en los bautizados a fin de que sirva de prueba en ellos en el combate de la vida cristiana ayudados por la gracia de Dios. Esta lucha es la de la conversión con miras a la santidad y la vida eterna a la que el Señor no cesa de llamarnos.

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«La renuncia es una dimensión fundamental en la vida del cristiano. Quien la ignora o la rehuye no se ve cómo pueda seguir el Plan Divino. La conformación con Cristo exige el despojarse del hombre viejo, abandonar su mente, sus hábitos, su ley: la famosa del gusto-disgusto. La conformación con el Señor Jesús requiere el paso de la renuncia a todo aquello que en el ser personal impide u obstaculiza la acogida y respuesta al Plan de Dios. La “metanoia” es renunciar: es morir a la realidad incuestionable, acuciante, exigente, a veces agobiante del hombre viejo. Pero es al mismo tiempo acoger, asumir, abrazarse al Señor y sus bienes, a su Palabra, sus sacramentos, sus dones, sus promesas, su Iglesia. “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1,15).

»Sin renuncia no hay cristianismo. Optar por Cristo es abandonar otras opciones. Para ingresar por la puerta bautismal al Pueblo de Dios, la persona —por sí o por sus padrinos— debe excluirse de todo lo que no se concilia con el Plan de Dios. Debe renunciar a Satanás, padre y príncipe del pecado, a todas sus obras y a todas sus seducciones. Renunciar al pecado para vivir en la libertad de los hijos de Dios. Renunciar a las seducciones del mal (ver Ritual de Bautismo). No hay ingreso, no hay paso de la muerte a la vida si no se renuncia . Y, más aún: si no se permanece tercamente firme en el sentido de esas renuncias, y en las nuevas —siempre nuevas y vivas— fidelidades que implican, la persona se hace reo de aquella temible descripción del Apocalipsis: “tienes nombre de viviente, pero estás muerto” (Ap 3,1)».

«Metanoia es una palabra fundamental en la vida cristiana. En el Nuevo Testamento aparece más de 50 veces. El Señor Jesús la emplea al inicio del Evangelio según San Marcos en un imperativo presente (metanoeite). Es una invitación al cambio, pero duradero. El imperativo presente habla de un acto que se inicia y se mantiene. Así, “cambia de mente, piensa diversamente que antes” no es una invitación a hacerlo en un momento y volver luego a lo anterior. Es un llamado a cambiar de manera de pensar y/o sentir y mantener ese cambio con perseverancia. Es internalizar una nueva forma mentis y de sentir. Este proceso va acompañado por el arrepentimiento en relación a los pensamientos, sentimientos y vida anterior. Filón de Alejandría, contemporáneo del Señor Jesús, entiende el concepto de metanoia como el paso de un estado de enfermedad a uno de salud (Interpretación alegórica, 2, 60; 3, 106). Es un cambio a lo que es mejor. Es un retorno a Dios y a vivir su divino Plan. Es un cambio total de la persona, mente, corazón y acción. Se trata de un cambio interior y en el despliegue. El arrepentimiento brota de la conciencia de la lejanía de la vida divina y nace de la voluntad reparadora: “Dad, pues, fruto digno de conversión” (Mt 3,8)».

«Adhiérete al dulce Señor de Nazaret. Sigue a Jesús como Él enseñó. Busca la intercesión de María, que Ella te obtenga la fuerza del Espíritu que te haga conforme, por el proceso de amorización, al Señor Jesús; ama a Su Madre, que también es tuya y de tus hermanos en la fe, desde el corazón de Jesús; y cada vez más conviértete al Señor, para que puedas exclamar con el Apóstol: “viva yo, pero no yo”, sino Él. »

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