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Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo V del Tiempo Ordinario (Ciclo B). «He venido a predicar el Evangelio»
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Domingo V del Tiempo Ordinario. «He venido a predicar el Evangelio»

I. LA PALABRA DE DIOS

Job 7,1-4.6-7: “Mis días se acercan a su fin, sin esperanza”

Habló Job diciendo:

—«El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio, sus días son los de un jornalero; como el esclavo, suspira por la sombra, como el jornalero, aguarda el salario.

Meses de desengaño son mi herencia, y noches de sufrimiento me han tocado en suerte. Al acostarme pienso: ¿cuándo me levantaré?

Se alarga la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba.

Mis días se acercan a su fin, sin esperanza, con la rapidez de una lanza de telar.

Recuerda que mi vida es un soplo, y que mis ojos no verán más la dicha».

Sal 146,1-2.3-4.5-6: “El Señor sostiene a los humildes”

1 Cor 9,16-19.22-23: “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!”

Hermanos:

El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!

Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi recompensa. Pero, si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio. Entonces, ¿Cuál es la recompensa? Precisamente dar a conocer el Evangelio, anunciándolo gratuitamente, sin usar el derecho que me da la predicación del Evangelio.

Porque, siendo libre como soy, me hice esclavo de todos para ganar a todos los que pueda. Me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles; me hice todo para todos, para ganar, sea como sea, a algunos.

Y hago todo esto por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes.

Mc 1,29-39: “Curó a muchos enfermos de diversos males”

En aquel tiempo, al salir Jesús y sus discípulos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; se lo dijeron a Jesús y él se acercó, la tomó de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al atardecer, cuando ya se había puesto el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.

Se levantó de madrugada, se fue a un lugar solitario y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron:

—«Todo el mundo te busca».

Él les respondió:

—«Vamos a otra parte, a los pueblos cercanos, para predicar también allí; que para eso he venido».

Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.

II. APUNTES

El evangelista, a grandes rasgos, presenta al Señor Jesús en plena actividad.

Se encuentra en Galilea. Luego de asistir en día sábado a la sinagoga en Cafarnaúm con sus discípulos, el Señor se dirige a casa de Pedro y Andrés junto con Santiago y Juan.

Allí cura a la suegra de Pedro que se encontraba en cama con fiebre. Podemos imaginar que, guardando el descanso del sábado, el Señor aprovecharía para hablarles a sus apóstoles de los misterios del Reino.

Su fama de taumaturgo ya se había difundido por toda la ciudad, de modo que al atardecer de aquel sábado, cuando ya se había puesto el sol, es decir, cuando ya el reposo sabático había concluido, le traen numerosos enfermos y endemoniados para que los cure. Poco a poco se va congregando a la puerta de la casa de Pedro «toda la ciudad», típica hipérbole oriental para designar a una gran multitud. El Señor los cura a todos.

A los demonios que expulsaba no les permitía hablar de Él, revelar su identidad mesiánica, «porque le conocían». Su poder para expulsar a los «espíritus impuros» y hacerlos callar es justamente una manifestación de su realidad mesiánica. El Señor no quiere que los ánimos de la multitud se exalten, no quiere que confundan su misión mesiánica con una misión política y por ello también a sus apóstoles en otro momento les pedirá que a nadie revelen que Él es el Mesías esperado. Sólo permitirá que lo aclamen como tal al hacer su entrada triunfal en Jerusalén, sabiendo que poco después sería crucificado.

En algún momento de la noche se retiran todos los que fueron en busca del milagro y de la enseñanza de este extraordinario Maestro. Pasado el descanso nocturno refiere San Marcos que muy de madrugada el Señor se va a un lugar solitario Él solo a orar. Su diálogo íntimo con el Padre se ve interrumpido cuando Pedro y sus compañeros, luego de hallarlo, lo instan a volver a casa de Pedro porque «todo el mundo te busca». ¿Cómo no sentirse apremiado a salir al encuentro de la muchedumbre que anda en busca de Él, ya sea para escuchar su palabra o para encontrar en Él la salud? A pesar de la urgencia con que los Apóstoles le hablan, el Señor responde: «Vamos a otra parte, a los pueblos cercanos, para predicar también allí».

El Señor manifiesta la razón que le impulsa a tomar esa decisión de abandonar a quienes lo buscan e ir a otros pueblos a predicar también allí: «para eso he venido». Hay quienes traducen «para eso he salido». En efecto, el verbo griego exerjomai se puede traducir tanto por venir como también por salir o partir. En todos los casos indica dejar un lugar para dirigirse a otro, ya sea por voluntad propia o por voluntad de otro. En un sentido inmediato podría entenderse que para eso ha salido de la casa de Pedro. Sin embargo, se puede percibir un sentido más profundo en las palabras del Señor: para eso ha salido de Dios y venido al mundo, lo que queda evidente en el Evangelio de San Lucas: «para eso he sido enviado» (Lc 4,43), por el Padre se entiende.

Así, pues, en una sola frase el Señor mismo define toda su misión: ha sido enviado para anunciar el Evangelio, tanto así que «todos los aspectos de su Misterio —la misma Encarnación, los milagros, las enseñanzas, la convocación de sus discípulos, el envío de los Doce, la Cruz y la Resurrección, la continuidad de su presencia en medio de los suyos— forman parte de su actividad evangelizadora» (S.S. Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 6).

En obediencia al Padre el Señor Jesús, «Evangelio de Dios, ha sido el primero y el más grande evangelizador. Lo ha sido hasta el final, hasta la perfección, hasta el sacrificio de su existencia terrena» (allí mismo, 7).

Luego de Él los Apóstoles son los primeros llamados a anunciar el Evangelio de Jesucristo. También San Pablo es un vaso elegido por el Señor. La misión de anunciar el Evangelio la ha recibido directamente del Señor, misión de la que se experimenta absolutamente responsable: «¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!». Impulsado por ese celo y sentido del deber San Pablo se hace «todo para todos, para ganar, sea como sea, a algunos».

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Luego de una agotadora jornada apostólica que incluye la predicación de su Evangelio, la curación de muchos enfermos y la expulsión de muchos demonios, el Señor Jesús se levanta al siguiente día muy de madrugada, cuando todo está aún muy oscuro y todos duermen, para dirigirse Él solo a un lugar apartado: «allí se puso a hacer oración».

El Señor Jesús nos enseña la importancia que tiene para Él la oración, “robándole horas al día” para dedicarle un tiempo al diálogo íntimo con el Padre. En el cumplimiento de su misión, que consiste principalmente en predicar la Buena Nueva a las ovejas perdidas de Israel (ver Mc 1,38; Mt 15,24), la frecuente oración o diálogo íntimo con el Padre aparece como algo prioritario para Él. En otra ocasión enseñará a sus discípulos lo que Él mismo vive, la necesidad que Él mismo experimenta: «es necesario rezar siempre y sin desfallecer» (Lc 18,1).

Es a partir de su sintonía profunda con el Padre, que reclama y se nutre de ese diálogo continuo con Él, que el Señor es capaz de ordenar rectamente sus actividades según el divino Plan: a pesar de que Pedro lo urge a regresar a casa donde muchos lo esperan para ser curados de sus enfermedades, Él en cambio decide ir «a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he venido».

Por más duro que suene, su prioridad no es curar a los enfermos de sus males, o liberar a los endemoniados de los espíritus inmundos, o saciar la curiosidad de las multitudes que empiezan a buscarlo por la fama de gran profeta que va adquiriendo, sino la fidelidad a la misión que el Padre le ha encomendado. Él ha venido al mundo a anunciar la Buena Nueva de la reconciliación, y prioriza su acción de acuerdo a su misión principal. No podemos dejar de resaltar la importancia fundamental de dicho anuncio, pues ¿de qué hubiera servido su encarnación, su muerte y resurrección, así como su asunción, sin esa predicación y anuncio? El don de la Reconciliación operada por el Señor Jesús (ver 2Cor 5,18-19) necesita del anuncio, de la proclamación de la Buena Nueva, de la predicación, para ser comprendido y acogido por el hombre (ver Rom 10,17).

Al rezar muy de madrugada el Señor nos enseña que con la oración se preserva del desgaste y desfondamiento que trae consigo la actividad, que sin oración y sin una continua referencia al Padre se convierte en un peligrosísimo activismo. El Señor nos enseña que el recto obrar se nutre de la oración como de su raíz, y hace de la misma acción que se orienta al cumplimiento del Plan divino una oración incesante, una alabanza o “liturgia” continua.

El que verdaderamente es discípulo de Cristo, jamás deja de rezar porque obedece al ejemplo y a la voz de su Maestro, que ha dicho: es preciso «orar siempre sin desfallecer» (Lc 18,1). La oración es para el creyente una necesidad, necesidad que responde a una sed de Dios que busca saciar en el encuentro con Él. Consiste en un tejido armonioso que se entreteje de momentos fuertes de oración y de oración continua. Los momentos fuertes de oración como el diálogo íntimo con el Señor en el Santísimo, la meditación de su Palabra en espíritu de oración, la participación atenta en la Santa Eucaristía, la celebración de la Liturgia de las horas, nutren la oración continua, oración que es vivir en continua presencia de Dios y hacerlo todo por Él. No deja de rezar quien buscando obedecer en todo a Dios hace de toda su actividad una incesante alabanza a Él (ver 1Cor 10,31).

Si el Señor Jesús se daba el tiempo para rezar, no dejando la oración “para el final del día” como tantas veces solemos hacerlo nosotros, sino rezando antes de iniciar sus exigentes y diarias actividades, ¡cuánto más debemos nosotros buscar el tiempo necesario para tener momentos fuertes de oración a lo largo del día! Si andamos en búsqueda de la reconciliación para nosotros mismos —el perdón de nuestros pecados, la curación de nuestras heridas más profundas, la armonía y paz interior, la alegría y gozo continuo, la fuerza para la lucha, etc.— y si queremos llevar a otros el don de la reconciliación, entendamos de una vez por todas que ello es imposible sin la oración perseverante. Para estar reconciliados y para poder cooperar con el Señor Jesús en la tarea de la evangelización reconciliadora de la humanidad, el trato íntimo, la oración diaria y perseverante es esencial. Organízate especialmente los días que más cosas tengas que hacer, para que nunca te falte un tiempo para rezar. Y si tienes que levantarte “muy de madrugada” para orar antes de que empiece el ritmo incesante de actividades, ¡haz ese sacrificio, que será ampliamente recompensado por el Señor!

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Beda: «El ocaso del sol significa místicamente la pasión y muerte de Aquel que dijo: “En tanto que estoy en el mundo, soy la luz del mundo” (Jn 9,4). Es al ocaso del sol cuando es curada la mayor parte de los enfermos y poseídos, porque Aquel que durante su estancia en este mundo enseñó a unos cuantos judíos, les transmitió los dones de la fe y de la salvación a todos los pueblos de la tierra».

San Juan Crisóstomo: «Los fariseos, ante la elocuencia de los milagros, se escandalizaban del poder de Cristo; mas los pueblos, que oían la divina palabra, se conformaban con ella y seguían a Jesús».

San Juan Crisóstomo: Al decir “para esto he venido” «manifiesta el misterio de la Encarnación y el señorío de su divinidad confirmando que había venido al mundo por su voluntad. Y San Lucas dice: “Para esto soy enviado” (Lc 4,43), manifestando la buena voluntad de Dios Padre sobre la disposición de la Encarnación del Hijo».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

La oración de Jesús

2599; ver. 2601: El Hijo de Dios hecho hombre aprendió a orar conforme a su corazón de hombre. Y lo hizo de su madre que conservaba todas las “maravillas” del Omnipotente y las meditaba en su corazón. Lo aprende en las palabras y en los ritmos de la oración de su pueblo, en la sinagoga de Nazaret y en el Templo. Pero su oración brota de una fuente secreta distinta, como lo deja presentir a la edad de los doce años: “Yo debía estar en las cosas de mi Padre” (Lc 2,49). Aquí comienza a revelarse la novedad de la oración en la plenitud de los tiempos: la oración filial, que el Padre esperaba de sus hijos va a ser vivida por fin por el propio Hijo único en su Humanidad, con y para los hombres.

2607: Cuando Jesús ora, ya nos enseña a orar. El camino teologal de nuestra oración es su oración a su Padre. Pero el Evangelio nos entrega una enseñanza explícita de Jesús sobre la oración. Como un pedagogo, nos toma donde estamos y, progresivamente, nos conduce al Padre. Dirigiéndose a las multitudes que le siguen, Jesús comienza con lo que ellas ya saben de la oración por la Antigua Alianza y las prepara para la novedad del Reino que está viniendo. Después les revela en parábolas esta novedad. Por último, a sus discípulos que deberán ser los pedagogos de la oración en su Iglesia, les hablará abiertamente del Padre y del Espíritu Santo.

La misión del Señor Jesús

606: El Hijo de Dios «bajado del Cielo no para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha enviado» (Jn 6, 38), «al entrar en este mundo, dice: ... He aquí que vengo... para hacer, oh Dios, tu voluntad... En virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo» (Heb 10, 5-10). Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4, 34). El sacrificio de Jesús «por los pecados del mundo entero» (1Jn 2, 2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre: «El Padre me ama porque doy mi vida» (Jn 10, 17). «El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado» (Jn 14, 31).

763: Corresponde al Hijo realizar el plan de Salvación de su Padre, en la plenitud de los tiempos; ése es el motivo de su «misión». «El Señor Jesús comenzó su Iglesia con el anuncio de la Buena Noticia, es decir, de la llegada del Reino de Dios prometido desde hacía siglos en las Escrituras». Para cumplir la voluntad del Padre, Cristo inauguró el Reino de los Cielos en la tierra. La Iglesia es el Reino de Cristo «presente ya en misterio».

El Señor Jesús hace partícipes de su misión a los apóstoles

1: Dios, infinitamente Perfecto y Bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada. Por eso, en todo tiempo y en todo lugar, está cerca del hombre. Le llama y le ayuda a buscarlo, a conocerle y a amarle con todas sus fuerzas. Convoca a todos los hombres, que el pecado dispersó, a la unidad de su familia, la Iglesia. Lo hace mediante su Hijo que envió como Redentor y Salvador al llegar la plenitud de los tiempos. En Él y por Él, llama a los hombres a ser, en el Espíritu Santo, sus hijos de adopción, y por tanto los herederos de su vida bienaventurada.

2: Para que esta llamada resuene en toda la tierra, Cristo envió a los Apóstoles que había escogido, dándoles el mandato de anunciar el Evangelio: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 19-20). Fortalecidos con esta misión, los Apóstoles «salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban» (Mc 16, 20).

858: Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su ministerio, «llamó a los que Él quiso, y vinieron donde Él. Instituyó Doce para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar» (Mc 3, 13-14). Desde entonces, serán sus «enviados» [es lo que significa la palabra griega «apostoloi»]. En ellos continúa su propia misión: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21). Por tanto su ministerio es la continuación de la misión de Cristo: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe», dice a los Doce (Mt 10, 40).

859: Jesús los asocia a su misión recibida del Padre: como «el Hijo no puede hacer nada por su cuenta» (Jn 5, 19.30), sino que todo lo recibe del Padre que le ha enviado, así, aquellos a quienes Jesús envía no pueden hacer nada sin Él de quien reciben el encargo de la misión y el poder para cumplirla. Los Apóstoles de Cristo saben por tanto que están calificados por Dios como «ministros de una nueva alianza» (2Cor 3, 6), «ministros de Dios» (2Cor 6, 4), «embajadores de Cristo» (2Cor 5, 20), «servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios» (1Cor 4, 1).

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«En la Carta a los Colosenses encontramos una preciosa guía: “todo cuanto hagáis hacedlo en nombre del Señor Jesús, dando gracias al Padre por medio de Él” (1Tes 5,17). Todo un magnífico programa que permite entender la vida como oración continua. “Oración para la vida y el apostolado, vida y apostolado hechos oración”. Son palabras intensas que condensan un estilo de vida, fundado en el amor, señala el horizonte de vida cristiana, un sendero hacia la santidad.

»La oración se internaliza. La vigilia a la que somos invitados no termina pues hasta el sueño mismo es consagrado a Dios. “De noche pronuncio tu nombre, Señor, y velando, tu voluntad” (Sal 119,55). En el Prólogo al libro de los Salmos —como lo llamaba San Jerónimo (331-420)—, que es el Salmo 1 sobre los dos caminos, se dice igualmente: “su gozo es la ley del Señor y medita su ley día y noche” (Sal 1,2). En otro salmo se lee: “la ley de Dios está en su corazón, sus pasos no vacilan” (Sal 37,1). La fe interiorizada y hecha oración, echada como semilla en la tierra del corazón, germina noche y día, estando uno dormido o despierto, pues es un don de Dios.

»Aparece así una invitación a la dinámica de internalización de lo que es oración en la vida de la persona, en su centralidad, cuyo símbolo es el corazón.

»Ello también conlleva la superación mediante el ejercicio de la reconciliación, don recibido del Señor, de la cuádruple ruptura que amenaza y afecta al ser humano: (1) con Dios; (2) con uno mismo; (3) con nuestros hermanos; (4) y con el mundo natural. El camino de la reconciliación es fundamental para la unificación interior que resulta decisiva en el proceso de realización de la persona, así como para sus relaciones fundamentales. La riqueza simbólica del corazón, como centro de la profundidad del ser humano y referencia a sus pensamientos, afectos y acciones, nos dota de una perspectiva centrada en la realización cotidiana del Plan divino, con el predominio de una síntesis viviente que cobra unidad desde lo más profundo y superior de la realidad espiritual humana.

»Durante la diaria jornada el agua viva del ejercicio de la presencia de Dios va regando nuestro interior y humedece la semilla de la fe fortaleciendo y nutriendo su crecimiento en el surco de nuestra existencia. Tal ejercicio de la presencia de Dios, sin embargo, debe ir acompañado de una oración semejante a las que leemos en la Sagrada Escritura: “Señor, creo, pero aumenta mi fe” (Mc 9,24). Así “la tierra seca se convertirá en estanque y la sedienta en fuente de aguas” (Is 35,7).

»Quien está llamado a la santidad por la vía activa debe ver al mundo como un gran santuario en el que glorificar a Dios con su propia vida. La propia realidad personal es templo de Dios, vivificado por el Espíritu Santo y esto ha de mantenerse presente en la memoria. Se ha de cuidar el corazón, con la gracia que viene en su auxilio, para que sea puro y grato a Dios, permaneciendo con toda perseverancia en la unidad del amor del Señor».

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