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Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo IV del Tiempo Ordinario (Ciclo B). «Enseñaba con autoridad»
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Domingo IV del Tiempo Ordinario. «Enseñaba con autoridad»

I. LA PALABRA DE DIOS

Dt 18,15-20: “Suscitaré un profeta y pondré mis palabras en su boca”

Moisés habló al pueblo, diciendo:

—«El Señor tu Dios hará surgir un profeta como yo, de entre los tuyos, de entre tus hermanos. A él lo escucharán. Es lo que pediste al Señor tu Dios en el Horeb, el día de la asamblea: “No quiero volver a escuchar la voz del Señor, mi Dios, ni quiero ver más ese terrible incendio; no quiero morir”.

El Señor me respondió: “Tienen razón; haré surgir un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca, y les dirá lo que yo le mande. A quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas. Y el profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o hable en nombre de dioses extranjeros, ese profeta morirá”».

Sal 94,1-2.6-9: “Escuchemos la voz del Señor.”

1 Cor 7,32-35: “Quiero inducirlos al trato con el Señor sin preocupaciones”

Hermanos:

Quiero que estén libres de preocupaciones: el soltero se preocupa de los asuntos del Señor, buscando contentar al Señor; en cambio, el casado se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer, y anda dividido.

Lo mismo, la mujer sin marido y la soltera se preocupan de los asuntos del Señor, consagrándose a ellos en cuerpo y alma; en cambio, la casada se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su marido.

Les digo todo esto para bien de ustedes, no para ponerles una trampa, sino para inducirlos a una cosa noble y al trato con el Señor sin preocupaciones.

Mc 1,21-28: “Se quedaron asombrados de su doctrina”

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaúm, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad.

Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar:

—«¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».

Jesús lo increpó:

—«Cállate y sal de él».

El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos:

—«¿Qué es esto? Es una enseñanza nueva, con autoridad. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen».

Pronto se extendió su fama por todas partes, en toda la región de Galilea.

II. APUNTES

Dios promete a su pueblo un profeta (1ª. lectura), es decir, suscitará de en medio de su pueblo a uno a quien le confiará la misión de hablar por Él para que diga exactamente todo lo que Él quiere decir: “Pondré mis palabras en su boca, y les dirá lo que yo le mande.” Fiel a esta promesa, Dios a lo largo de los siglos fue suscitando grandes profetas en medio de su pueblo para hablar en su nombre al corazón de su pueblo. Mas aquella antigua promesa se cumple de un modo particular y excepcional en su propio Hijo, a quien envió Dios «al llegar la plenitud de los tiempos» (Gál 4,4). Y si «muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo» (Heb 1,1-2). Es éste Hijo único del Padre, nacido de Mujer, el Profeta por excelencia que dirá exactamente lo que Dios le mande: «Las palabras que les digo, no las digo por mi cuenta… la palabra que escuchan no es mía, sino del Padre que me ha enviado» (Jn 14,10.24).

“A quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas”. Nadie puede permanecer indiferente ante las palabras de Dios, pronunciadas por su profeta. Escuchar sus advertencias y enseñanzas y no obrar de acuerdo a ellas —pues a eso se refiere— es lo mismo que rechazar a Dios como fuente de vida y cerrarse al dinamismo redentor y vitalizador de su Palabra, que por ser de Dios es una Palabra Viva y eficaz (ver Heb 4,12). No escuchar a Dios y seguir en cambio los propios caminos lejos de sus enseñanzas no hará sino traer la ruina y destrucción sobre quien así obra.

El Salmo responsorial es una viva exhortación a los hijos de Israel a no endurecer el corazón, a no cerrarse en su propio orgullo y suficiencia cuando Dios les habla, particularmente por medio de sus profetas. Nos encontramos ante el misterio de la libertad humana, don dado por Dios a su criatura humana: aunque Dios no deja de hablar al corazón de sus elegidos, éstos deciden libremente si quieren abrir sus oídos o prefieren “endurecer el corazón”, cerrarse a su palabra, rechazarla o negarla. Conociendo la dureza de los corazones humanos, el salmista invita a los destinatarios de la palabra divina a hacer caso a Dios, a abrirse humildemente a su Palabra, a acoger sus enseñanzas y mandamientos y seguir confiadamente los caminos que Él señala. Dios no se impone a su criatura humana, no impone su autoridad divina. Respetando su libertad, regalo que Él mismo le ha hecho, no deja de tocar y tocar a la puerta de su muchas veces endurecido corazón implorando que le abra, para entrar “en su casa” y hacerlo partícipe de su misma vida y comunión divina (ver Ap 3,20).

Tanto ama Dios a su criatura humana y tanto quiere la vida para ella que finalmente le envía a su propio Hijo. Por Cristo, la Palabra hecha carne (ver Jn 1,1-2.14), quiso Dios «revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad». «En esta revelación, Dios invisible, movido de amor, habla a los hombres como amigos, trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía» (Dei Verbum, 2). Jesucristo es la plenitud de toda la revelación, es decir, de todo lo que Dios ha querido decir a su criatura humana en orden a que ésta comprenda quién es Dios y el inmenso amor que le tiene, y se comprenda a sí misma, su origen, el sentido de su existencia, su destino final, la situación de su actual situación de lejanía con Dios, de ruptura consigo misma y con los demás, así como con la creación, y se acoja al don de la reconciliación que Dios ofrece en su Hijo para alcanzar el fin para la que ha sido creada: la vida eterna en la comunión de amor con Dios.

El Señor Jesús, el Hijo que está en absoluta sintonía con su Padre, Dios mismo que habla al hombre en lenguaje humano, enseña «una doctrina nueva, expuesta con autoridad» que contrasta con el modo como los fariseos y maestros enseñaban la Ley. ¿De dónde procede este modo distinto de enseñar, qué clase de “autoridad” es la suya? La palabra griega ‘exousían’, utilizada por el evangelista y traducida a nuestra lengua como ‘autoridad’, significa también ‘poder’. Y es que más allá de impresionar y causar admiración en sus oyentes por la profunda sabiduría de sus palabras, por su “doctrina nueva”, su palabra tiene un poder nunca antes visto: por su palabra es capaz de sanar al hombre y curarlo de sus dolencias (ver Mt 8,8; Lc 7,7; Mc 2,10), por su palabra domina las fuerzas indomables de la naturaleza (ver Mt 8,24-26), por su palabra expulsa los espíritus inmundos y somete el poder del demonio (ver Mc 1,25s; Mt 8,16), por su palabra tiene incluso poder sobre la misma muerte (ver Lc 7,14s). Su palabra realiza aquello que pronuncia con el poder que sólo puede provenir de Dios. Su autoridad es divina.

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

El Señor Jesús no es un gran maestro o un “gurú” más entre varios otros. Quien así piensa no ha comprendido o aceptado que Él es el Hijo mismo de Dios, Dios de Dios y Luz de Luz. En cuanto tal, Él está muy por encima de cualquier maestro, sabio o iluminado que hayan pisado nuestro suelo. Nosotros afirmamos y creemos firmemente lo que la Iglesia ha recibido de los apóstoles y nos ha transmitido a cada uno de nosotros: que Cristo el Señor es la Palabra eterna que desde siempre ha estado con Dios, la Palabra creadora por la que todo lo visible e invisible ha pasado de la nada a la existencia. Él mismo es la Palabra divina que se hizo hombre para hablarnos en lenguaje humano del misterio de Dios y del misterio del ser humano. Él es la Palabra Viva que es la Vida y la Verdad que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (ver Jn 1,9).

Mas aunque el Señor Jesús por su condición divina tenga plena autoridad y poder sobre todo lo creado, sobre el mal y la muerte, su poder se detiene, o habría que decir mejor que se estrella ante la libertad del ser humano: su Palabra se torna ineficaz ante un corazón que se cierra y se endurece, que consciente o inconscientemente desoye a Dios. Y es que Dios que nos ha creado libres —porque nos ha creado para participar de su mismo amor y porque el amor no se impone— respeta a todo aquel que le dice: “no quiero que Tú entres en mi vida y me digas lo que tengo que hacer o no hacer para ser feliz. Yo quiero definir por mí mismo qué es lo bueno y qué es lo malo para mí. Yo quiero ser mi propio dios, dueño de mi propia vida y constructor de mi propio destino, no quiero que Tú te entrometas, no quiero que Tú me limites”. ¡Cuántas veces le decimos “no” a Dios porque lo vemos como un enemigo de nuestra felicidad, porque “no me deja hacer lo que más me place, lo que a mí me gusta, lo que me deleita o me produce algún éxtasis intenso, lo que según mi criterio me hace feliz”!

En cambio, ¡con qué prontitud, confianza total y falta de sensatez, sentido común y recto discernimiento le decimos sí a las voces, sugerencias e invitaciones de las modas del mundo, de los reclamos sensuales de nuestra propia carne o incluso de las tentaciones del demonio siempre disfrazadas de “esto es bueno y excelente para ti” —aún cuando Dios claramente te advierte que es fruto de muerte—, que nos ofrecen ser felices si nos postramos ante los ídolos del placer, del tener o del poder! Al poco tiempo, si somos honestos con nosotros mismos y dejamos de engañarnos, nos damos cuenta de que allí no encontramos más que sucedáneos, ilusiones que sólo duran lo que dura un soplo, que al pasar su mágico embrujo nos dejan humillados, destrozados, heridos profundamente, rotos interiormente, avergonzados al punto de llegar al desprecio de nosotros mismos, cargados de amarguras, resentimientos, odios que nos envenenan. ¡Aún así, cuántas veces seguimos prefiriendo esas “voces” que nos ofrecen el oro y el moro si les vendemos nuestra alma, a escuchar la voz de Dios, confiar en Él y seguir sus enseñanzas! Necios somos, un pueblo de dura cerviz y corazón endurecido, tardo y lerdo para confiar en Dios y creer en su amor.

Ante el Señor Jesús “que enseña con autoridad”, con la autoridad de Aquél que es absolutamente coherente con lo que enseña, pero con la autoridad mayor aún de Aquél que conoce lo que hay en lo más profundo de los corazones humanos, que sabe para qué ha sido creado y cuál es el camino de su propia realización, hoy se nos exige más que sólo una actitud de admiración, se nos exige una toma de posición y una reacción: o acepto vivir de acuerdo a lo que el Señor me enseña, dejándome transformar interiormente por el poder y eficacia de su Palabra, o endurezco mi corazón y rechazo su doctrina y al Maestro, viviendo de acuerdo a mis propios criterios, de acuerdo a los criterios del mundo o del mal, apartándome cada vez más de Dios, hundiéndome cada vez más en la oscuridad, en el vacío, en la soledad y la muerte que se hallan fuera de Dios. No existe un término medio: «Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro» (Mt 6,24).

Aquél que con humildad y confianza le abre su corazón al Señor, acoge su Evangelio y se esfuerza por seguir las enseñanzas del Maestro, pronto experimenta en sí mismo la eficacia y el poder transformador de Su Palabra (ver Heb 12,3). Él trae la aurora que disipa las tinieblas que se han apoderado del corazón. Él, por su palabra, todo lo renueva en nosotros.

Si elijo escuchar la voz de Dios, si elijo confiar en Él más que en las voces del mundo, de mi propia carne o del demonio que me instigan a desconfiar de Dios, de su palabra, de su amor, incluso de su existencia misma, pronto me encontraré con algunos obstáculos que me dificultarán, en mayor o menor medida, escuchar esa voz del Señor y retener su palabra en lo íntimo del corazón, con afecto profundo, de modo que pueda —asimilados esos criterios divinos y adheridos cordialmente a ellos— vivir una vida de acuerdo a sus enseñanzas. Mencionemos algunos, que no son todos ciertamente, para buscar en nuestra vida cotidiana un remedio y solución, para no dejar de poner paciente y perseverantemente los medios necesarios para disponernos de la mejor manera para la escucha y acogida de la enseñanza divina.

Un obstáculo cada vez más frecuente en nuestra agitada y acelerada sociedad es la falta de tiempo. Tenemos o nos llenamos de una y mil cosas que hacer. Ciertamente hay mucho por hacer, horas de trabajo que realizar para ganar el pan de cada día, horas que dedicar al estudio e investigación, horas que demanda también nuestra vida social. El problema es cuando en medio de tanta actividad ya no le dejamos espacio a la oración, a la lectura y meditación de la Escritura, a una lectura espiritual, y a veces ni siquiera ya a la Misa del Domingo. El problema es cuando en medio de tanto quehacer, a la hora de plantear nuestras propiedades resulta que para el Señor “no tengo tiempo”. ¿Cómo pretendo escuchar al Señor, si ya ni siquiera me doy un tiempo y espacio de tranquilidad para encontrarme con Él? Nos quejamos tantas veces de que “el Señor no me habla” cuando Él no deja de hablarnos por medio de su Hijo principalmente, y de muchas otras maneras también, algunas muy sutiles.

No escucha a Dios ciertamente quien no se habitúa a escucharlo día a día, teniendo con Él esos momentos y espacios de encuentro, de lectura y reflexión de su palabra. Necesitamos hacernos el hábito de tener momentos fuertes de oración, de pasar más ratos de oración en el Santísimo, de educarnos a hacer silencio en el corazón en medio de tantas y tan exigentes actividades de cada día, necesitamos en algún momento del día hacer un alto, abstenernos de toda actividad para sentarnos a los pies del Señor y llegarnos a Él para escuchar las palabras de vida que brotan de sus labios y fluyen de su Corazón rebosante de amor por nosotros. Si no le regalamos esos momentos, si no nos hacemos violencia y reordenamos nuestras prioridades de modo que no le demos al Señor solamente el tiempo que nos sobra —si es que nos sobra— sino un momento central de nuestra jornada, tampoco escucharemos su voz, tampoco Él nos regalará con la experiencia íntima de su presencia amorosa. En ese caso, seremos nosotros los únicos culpables de esa sordera que nos impide escuchar al Señor.

Pero no basta ponernos en la presencia del Señor, ante el Santísimo, o en un lugar silencioso y apartado, en mi cuarto o en un oratorio. También hay que hacer silencio en el corazón. ¡Cuantas veces entramos en la presencia del Señor cargados con vanas preocupaciones, abrumados con nuestros pendientes, agitados con mil ideas: apenas nos deshacemos de una distracción viene otra! ¡Cuánta bulla cargamos en nuestro interior y qué difícil se hace hacer silencio en esos momentos en que queremos ponernos ante el Señor! Y así, tan disipados como estamos pensando en todo menos en el Señor, en su presencia, en sus palabras, aquél precioso momento no pasa de ser sino un momento de escucharnos a nosotros mismos, de estar centrados en nuestros problemas, de reflexionar en miles de cosas que nada tienen que ver con lo que he venido a hacer: ponerme en la presencia del Señor, estarme con Él, meditar en su palabra, rumiarla, hacerla mía, dejarme iluminar por ella, apropiarme de ella al calor de la oración para que se convierta en un criterio firme de conducta.

En la que a nosotros nos toca, hagamos un serio y sostenido esfuerzo por buscar continuamente al Señor en la oración y procuremos hacer silencio en nuestro interior, para poder escuchar, acoger y dejarnos transformar por la palabra del Señor, por el Señor Jesús mismo que es la Palabra viva pronunciada por el Padre desde toda la eternidad, Palabra por la que todo vino a la existencia.

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Jerónimo: «La gente estaba admirada de su enseñanza. ¿Qué era la novedad que Jesús predicaba? ¿Qué decía de nuevo? Jesús no hacía otra cosa que repetir lo que ya había anunciado por medio de los profetas. Pero la gente se quedaba sorprendida porque Jesús no enseñaba con los métodos de los maestros de la ley. Enseñaba con su propia autoridad; no como rabino sino como Señor. No hablaba refiriéndose a otro mayor que él. No, la palabra que anunciaba era su propia palabra; y si, al fin y al cabo, empleaba este lenguaje lleno de autoridad, es porque afirmaba que estaba presente en él Aquel de quien hablaba por medio de los profetas: “el pueblo sabrá que era Yo [el Señor] quien le hablaba” (Is 52,6).»

San Gregorio Magno: «Cuando Pablo dice a su discípulo: Vete enseñando todo esto, reprendiendo con toda autoridad, no es su intención inculcarle un dominio basado en el poder, sino una autoridad basada en la conducta. En efecto, la manera de enseñar algo con autoridad es practicarlo antes de enseñarlo, ya que la enseñanza pierde toda garantía cuando la conciencia contradice las palabras, por tanto, lo que le aconseja no es un modo de hablar arrogante y altanero, sino la confianza que infunde una buena conducta. Por esto hallamos escrito también acerca del Señor: Les enseñaba como quien tiene autoridad, y no a la manera de los doctores que tenían ellos. El, en efecto, de un modo único y singular, hablaba con autoridad, en el sentido verdadero de la palabra, ya que nunca cometió mal alguno por debilidad. Él tuvo por el poder de su divinidad aquello que nos comunicó a nosotros por la inocencia de su humanidad.»

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

Enseñaba con autoridad

581: Jesús fue considerado por los judíos y sus jefes espirituales como un «rabbi». Con frecuencia argumentó en el marco de la interpretación rabínica de la Ley. Pero al mismo tiempo, Jesús no podía menos que chocar con los doctores de la Ley porque no se contentaba con proponer su interpretación entre los suyos, sino que «enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas» (Mt 7, 28-29). La misma Palabra de Dios, que resonó en el Sinaí para dar a Moisés la Ley escrita, es la que en El se hace oír de nuevo en el Monte de las Bienaventuranzas. Esa palabra no revoca la Ley sino que la perfecciona aportando de modo divino su interpretación definitiva: «Habéis oído también que se dijo a los antepasados... pero yo os digo» (Mt 5, 33-34). Con esta misma autoridad divina, desaprueba ciertas «tradiciones humanas» (Mc 7, 8) de los fariseos que «anulan la Palabra de Dios.» (Mc 7,13)

582: Yendo más lejos, Jesús da plenitud a la Ley sobre la pureza de los alimentos, tan importante en la vida cotidiana judía, manifestando su sentido «pedagógico» por medio de una interpretación divina: «Todo lo que de fuera entra en el hombre no puede hacerle impuro... -así declaraba puros todos los alimentos- ... Lo que sale del hombre, eso es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas» (Mc 7, 18-21). Jesús, al dar con autoridad divina la interpretación definitiva de la Ley, se vio enfrentado a algunos doctores de la Ley que no recibían su interpretación a pesar de estar garantizada por los signos divinos con que la acompañaba. Esto ocurre, en particular, respecto al problema del sábado: Jesús recuerda, frecuentemente con argumentos rabínicos, que el descanso del sábado no se quebranta por el servicio a Dios o al prójimo que realizan sus curaciones.

2173: El Evangelio relata numerosos incidentes en que Jesús fue acusado de quebrantar la ley del sábado. Pero Jesús nunca falta a la santidad de este día, sino que con autoridad da la interpretación auténtica de esta ley: «El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado» (Mc 2, 27). Con compasión, Cristo proclama que «es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla» (Mc 3, 4). El sábado es el día del Señor de las misericordias y del honor de Dios. «El Hijo del hombre es Señor del sábado» (Mc 2, 28).

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«Creer en en Señor Jesús y creer en el Amor me resulta prácticamente una misma cosa. Dios es Amor, dice bellamente San Juan. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una infinita intercomunión de Amor. Y desde esa plenitud de Amor, Dios crea todo cuanto existe. Lo que hace millones de años no era, fue como don de Dios, como abundancia de su amor. Todo fue hecho por el amor. Y todo permanece en la existencia gracias al amor. El hombre mismo, creatura predilecta de Dios, es invitado a compartir el amor divino.

»¡El ser humano, creatura contingente, creatura limitada, desde la misma creación es invitado al infinito amor, a participar del amor de Dios, a entrar en amorosa comunión con la Trinidad Santa! Ese es nuestro destino. Ese es el camino de nuestra realización personal. Esa es la gran aventura de nuestra existencia. Esa es nuestra felicidad.

»Todo el horizonte del cristiano se desenvuelve en coordenadas de amor. Tener fe es creer en la revelación del Dios Amor; es creer en el Verbo Eterno que con la Anunciación-Encarnación, haciéndose Hijo de Santa María, viene a nuestro encuentro en gesto invalorable de amor; y es creer que con su muerte y resurrección muestra la eficacia salvífica de su amor. Ese mismo amor que sigue presente en la Iglesia, en el Pueblo de Dios, Cuerpo Místico de Cristo, “que toma su origen de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según los designios de Dios Padre” . ¡Y es que el amor de Dios es un amar sin límites!

»El amor es el núcleo del misterio de la fe. El amor de Jesús, hecho Hijo de Mujer para salvación de los hombres, para mostrarnos a los seres humanos cómo vivir humanamente, para enseñarnos a cada uno de nosotros a ser más humanos, pone como horizonte de nuestras existencias el mandamiento del amor, el amar sin límite, el amar hasta dar la vida

»Hermanos, debo confesar que creo en el amor, creo en la eficacia del amor para responder a las posibilidades del ser humano. Creo en la eficacia del amor para responder a todos los problemas del hombre, de todo tiempo, de todos los lugares. ¡Y siento un impulso intenso que me lleva a dar testimonio del amor, a proclamar que el amor es real, que no es una quimera, que no es un sueño romántico! Creo que el amor es el lenguaje de Dios. Creo que Cristo Jesús, todo amor, es el Salvador. Que el Señor es la Verdad que da vida. Que Jesús es el amor que libera a los hombres, que Jesús es el amor que libera a los pueblos, que nos enseña a todos a ser cada vez más humanos. Creo que Cristo Jesús es el único liberador. Creo que es el Señor Jesús quien me introduce en la dinámica de la liberación, creo que es el Señor Jesús el que me introduce en la dinámica del amor, desde lo profundo de mi ser, desde lo hondo de mi corazón».

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