Soporte
S.S. Benedicto XVI, Homil√≠a del Santo Padre durante la Misa de la Epifan√≠a del Se√Īor
Incrementar tama√Īo de fuente Disminuir tama√Īo de fuente
Compartir

Homil√≠a del Santo Padre durante la Misa de la Epifan√≠a del Se√Īor

Queridos hermanos y hermanas:

La Epifan√≠a, la "manifestaci√≥n" de nuestro Se√Īor Jesucristo, es un misterio multiforme. La tradici√≥n latina lo identifica con la visita de los Magos al Ni√Īo Jes√ļs en Bel√©n y, por tanto, lo interpreta sobre todo como revelaci√≥n del Mes√≠as de Israel a los pueblos paganos. En cambio, la tradici√≥n oriental privilegia el momento del bautismo de Jes√ļs en el r√≠o Jord√°n, cuando se manifest√≥ como Hijo unig√©nito del Padre celestial, consagrado por el Esp√≠ritu Santo. Pero el evangelio de San Juan invita a considerar "epifan√≠a" tambi√©n las bodas de Can√°, donde Jes√ļs, transformando el agua en vino, "manifest√≥ su gloria y creyeron en √©l sus disc√≠pulos" (Jn 2, 11).

Y ¬Ņqu√© deber√≠amos decir nosotros, queridos hermanos, especialmente los sacerdotes de la nueva Alianza, que cada d√≠a somos testigos y ministros de la "epifan√≠a" de Jesucristo en la Santa Eucarist√≠a? La Iglesia celebra todos los misterios del Se√Īor en este Sant√≠simo y humild√≠simo sacramento, en el que √©l revela y al mismo tiempo oculta su gloria. "Adoro te devote, latens Deitas". As√≠, adorando, oramos con Santo Tom√°s de Aquino.

En este a√Īo 2009, que, en el IV centenario de las primeras observaciones de Galileo Galilei con el telescopio, est√° dedicado de modo especial a la astronom√≠a, no podemos menos de prestar atenci√≥n particular al s√≠mbolo de la estrella, tan importante en el relato evang√©lico de los Magos (cf. Mt 2, 1-12). Muy probablemente eran astr√≥nomos. Desde su punto de observaci√≥n, situado al oriente con respecto a Palestina, tal vez en Mesopotamia, hab√≠an notado la aparici√≥n de un nuevo astro y hab√≠an interpretado este fen√≥meno celestial como anuncio del nacimiento de un rey, precisamente, seg√ļn las Sagradas Escrituras, del rey de los jud√≠os (cf. Nm 24, 17) .

En este singular episodio, narrado por San Mateo, los Padres de la Iglesia vieron tambi√©n una especie de "revoluci√≥n" cosmol√≥gica, causada por el ingreso del Hijo de Dios en el mundo. Por ejemplo, San Juan Cris√≥stomo escribe: "Cuando la estrella se situ√≥ sobre el Ni√Īo, se detuvo; y s√≥lo una potencia que los astros no tienen pod√≠a hacer esto, es decir, primero ocultarse, luego aparecer de nuevo y, por √ļltimo, detenerse" (Homil√≠as sobre el evangelio de San Mateo, 7, 3). San

Gregorio Nacianceno afirma que el nacimiento de Cristo imprimi√≥ nuevas √≥rbitas a los astros (cf. Poemas dogm√°ticos, v, 53-64: PG 37, 428-429). Eso claramente se ha de entender en sentido simb√≥lico y teol√≥gico. En efecto, mientras la teolog√≠a pagana divinizaba los elementos y las fuerzas del cosmos, la fe cristiana, llevando a cumplimiento la revelaci√≥n b√≠blica, contempla a un √ļnico Dios, Creador y Se√Īor de todo el universo.

El amor divino, encarnado en Cristo, es la ley fundamental y universal de la creaci√≥n. Esto, en cambio, no se entiende en sentido po√©tico, sino real. Por lo dem√°s, as√≠ lo entend√≠a Dante, cuando, en el verso sublime que concluye el Para√≠so y toda la Divina Comedia, define a Dios "el amor que mueve el sol y las dem√°s estrellas" (Para√≠so, XXIII, 145). Esto significa que las estrellas, los planetas y todo el universo no est√°n gobernados por una fuerza ciega, no obedecen √ļnicamente a las din√°micas de la materia.

Por consiguiente, no son los elementos cósmicos los que se han de divinizar, sino, al contrario, en todo y por encima de todo hay una voluntad personal, el Espíritu de Dios, que en Cristo se reveló como Amor (cf. Spe salvi, 5). Si es así, entonces los hombres, como escribe San Pablo a los Colosenses, no son esclavos de los "elementos del cosmos" (cf. Col 2, 8), sino que son libres, es decir, capaces de relacionarse con la libertad creadora de Dios.

Dios está en el origen de todo y lo gobierna todo, no a la manera de un motor frío y anónimo, sino como Padre, Esposo, Amigo, Hermano, como Logos, "Palabra-Razón", que se unió a nuestra carne mortal una vez para siempre y compartió plenamente nuestra condición, manifestando el sobreabundante poder de su gracia.

As√≠ pues, en el cristianismo hay una concepci√≥n cosmol√≥gica peculiar, que encontr√≥ elevad√≠simas expresiones en la filosof√≠a y en la teolog√≠a medievales. Tambi√©n en nuestra √©poca da signos intereSantes de un nuevo florecimiento, gracias a la pasi√≥n y a la fe de numerosos cient√≠ficos, los cuales, siguiendo las huellas de Galileo, no renuncian ni a la raz√≥n ni a la fe, m√°s a√ļn, valoran ambas a fondo, en su rec√≠proca fecundidad.

El pensamiento cristiano compara el cosmos con un "libro" ‚ÄĒas√≠ dec√≠a tambi√©n Galileo‚ÄĒ consider√°ndolo como la obra de un Autor que se expresa mediante la "sinfon√≠a" de la creaci√≥n. Dentro de esta sinfon√≠a se encuentra, en cierto momento, lo que en lenguaje musical se llamar√≠a un "solo", un tema encomendado a un solo instrumento o a una sola voz, y es tan importante que de √©l depende el significado de toda la √≥pera. Este "solo" es Jes√ļs, al que precisamente corresponde un signo regio: la aparici√≥n de una nueva estrella en el firmamento.

Los escritores cristianos antiguos comparan a Jes√ļs con un nuevo sol. Seg√ļn los conocimientos astrof√≠sicos actuales, lo deber√≠amos comparar con una estrella a√ļn m√°s central, no s√≥lo para el sistema solar, sino incluso para todo el universo conocido. En este misterioso designio, al mismo tiempo f√≠sico y metaf√≠sico, que llev√≥ a la aparici√≥n del ser humano como coronaci√≥n de los elementos de la creaci√≥n, vino al mundo Jes√ļs, "nacido de mujer" (Ga 4, 4), como escribe San Pablo. El Hijo del hombre resume en s√≠ la tierra y el cielo, la creaci√≥n y el Creador, la carne y el Esp√≠ritu. Es el centro del cosmos y de la historia, porque en √©l se unen sin confundirse el Autor y su obra.

En el Jes√ļs terreno se encuentra el culmen de la creaci√≥n y de la historia, pero en el Cristo resucitado se va m√°s all√°: el paso, a trav√©s de la muerte, a la vida eterna anticipa el punto de la "recapitulaci√≥n" de todo en Cristo (cf. Ef 1, 10). En efecto, "todo fue creado por √©l y para √©l", escribe el Ap√≥stol (Col 1, 16). Y, precisamente con la resurrecci√≥n de entre los muertos, √©l obtuvo "el primado sobre todas las cosas" (Col 1, 18). Lo afirma Jes√ļs mismo al aparecerse a los disc√≠pulos despu√©s de la resurrecci√≥n: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra" (Mt 28, 18).

Esta conciencia sostiene el camino de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, a lo largo de las sendas de la historia. No hay sombra, por más densa que sea, que pueda oscurecer la luz de Cristo. Por eso, los que creen en Cristo mantienen siempre la esperanza, también hoy, ante la gran crisis social y económica que aflige a la humanidad; ante el odio y la violencia destructora que no dejan de enSangrentar a muchas regiones de la tierra; ante el egoísmo y la pretensión del hombre de erigirse como dios de sí mismo, que a veces lleva a peligrosas alteraciones del plan divino sobre la vida y la dignidad del ser humano, sobre la familia y la armonía de la creación.

Como advertí ya en la citada encíclica Spe salvi, nuestro esfuerzo por liberar la vida humana y el mundo de los envenenamientos y de las contaminaciones que podrían destruir el presente y el futuro, conserva su valor y su sentido aunque aparentemente no tengamos éxito o parezcamos impotentes ante el empuje de fuerzas hostiles, porque "lo que nos da ánimos y orienta nuestra actividad, tanto en los momentos buenos como en los malos, es la gran esperanza fundada en las promesas de Dios" (n. 35).

El se√Īor√≠o universal de Cristo se ejerce de modo especial sobre la Iglesia. "Bajo sus pies ‚ÄĒse lee en la carta a los Efesios‚ÄĒ (Dios) someti√≥ todas las cosas y lo constituy√≥ Cabeza suprema de la Iglesia, que es su Cuerpo, la plenitud del que lo llena todo en todo" (Ef 1, 22-23). La Epifan√≠a es la manifestaci√≥n del Se√Īor y, como reflejo, es la manifestaci√≥n de la Iglesia, porque el Cuerpo no se puede separar de la Cabeza.

La primera lectura de la liturgia de hoy, tomada del llamado "tercer Isa√≠as", nos ofrece la perspectiva precisa para comprender la realidad de la Iglesia, como misterio de luz refleja: "Lev√°ntate, brilla, ‚ÄĒdice el profeta dirigi√©ndose a Jerusal√©n‚ÄĒ porque llega tu luz; la gloria del Se√Īor amanece sobre ti" (Is 60, 1). La Iglesia es humanidad iluminada, "bautizada" en la gloria de Dios, es decir, en su amor, en su belleza, en su se√Īor√≠o.

La Iglesia sabe que su humanidad, con sus l√≠mites y sus miserias, pone m√°s de relieve la obra del Esp√≠ritu Santo. Ella no puede jactarse de nada, excepto en su Se√Īor: no proviene de ella la luz, no es suya la gloria. Pero su alegr√≠a, que nadie le podr√° arrebatar, es precisamente ser "signo e instrumento" de Aquel que es "lumen gentium", luz de los pueblos (cf. Lumen gentium, 1).

Queridos amigos, en este a√Īo paulino, la fiesta de la Epifan√≠a invita a la Iglesia, y en ella a cada comunidad y a cada fiel, a imitar, como hizo el Ap√≥stol de los gentiles, el servicio que la estrella prest√≥ a los Magos de Oriente gui√°ndolos hasta Jes√ļs (cf. San Le√≥n Magno, Discurso 3 en la Epifan√≠a, 5: PL 54, 244). ¬ŅQu√© fue la vida de San Pablo, despu√©s de su conversi√≥n, sino una "carrera" para llevar a los pueblos la luz de Cristo y, viceversa, llevar a los pueblos a Cristo? La gracia de Dios convirti√≥ a San Pablo en una "estrella" para los gentiles. Su ministerio es ejemplo y est√≠mulo para la Iglesia a redescubrir que es esencialmente misionera y a renovar el compromiso de anunciar el Evangelio, especialmente a quienes a√ļn no lo conocen.

Pero, al mirar a San Pablo, no podemos olvidar que toda su predicación se alimentaba de las Sagradas Escrituras. Por eso, en la perspectiva de la reciente Asamblea del Sínodo de los obispos, es preciso reafirmar con fuerza que la Iglesia y cada uno de los cristianos sólo pueden ser luz, que guía a Cristo, si se alimentan asidua e íntimamente de la Palabra de Dios. La Palabra, y ciertamente no nosotros, es la que ilumina, purifica y convierte. Nosotros somos servidores de la Palabra de vida. San Pablo se concebía a sí mismo y su ministerio como un servicio al Evangelio. "Todo lo hago por el Evangelio", escribe (1 Co 9, 23). Lo mismo debería poder decir también la Iglesia, cada comunidad eclesial, cada obispo y cada presbítero: todo lo hago por el Evangelio.

Queridos hermanos y hermanas, orad por nosotros, los pastores de la Iglesia, a fin de que, asimilando diariamente la Palabra de Dios, podamos transmitirla con fidelidad a los hermanos. Pero también nosotros oramos por todos vosotros, los fieles, porque cada cristiano, por el Bautismo y la Confirmación, está llamado a anunciar a Cristo, luz del mundo, con la palabra y el testimonio de su vida.

Que la Virgen María, Estrella de la evangelización, nos ayude a llevar a cabo juntos esta misión; e interceda por nosotros desde el cielo San Pablo, Apóstol de los gentiles. Amén.

Consultas

© Copyright 2013. BIBLIOTECA ELECTR√ďNICA CRISTIANA -BEC- VE MULTIMEDIOS‚ĄĘ. La versi√≥n electr√≥nica de este documento ha sido realizada por VE MULTIMEDIOS - VIDA Y ESPIRITUALIDAD. Todos los derechos reservados. La -BEC- est√° protegida por las leyes de derechos de autor nacionales e internacionales que prescriben par√°metros para su uso. Hecho el dep√≥sito legal.


Dise√Īo web :: Hosting Cat√≥lico