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Rvdo. P. Jürgen Daum, Fiesta de la Conversión de San Pablo (Ciclo B). «Has de ser testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído»
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Fiesta de la Conversión de San Pablo. «Has de ser testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído»

I. La Palabra de Dios

Hech 22,3-16: “Levántate, recibe el Bautismo”

En aquellos días dijo Pablo al pueblo:

—«Yo soy judío, nací en Tarso de Cilicia, pero educado en esta ciudad, instruido a los pies de Gamaliel en la exacta observancia de la Ley de nuestros padres; estaba lleno de celo por Dios, como lo estáis todos vosotros el día de hoy. Yo perseguí a muerte a este Camino, encadenando y arrojando a la cárcel a hombres y mujeres, como puede atestiguármelo el Sumo Sacerdote y todo el Consejo de ancianos. De ellos recibí también cartas para los hermanos de Damasco y me puse en camino con intención de traer también encadenados a Jerusalén a todos los que allí había, para que fueran castigados.

Pero yendo de camino, estando ya cerca de Damasco, hacia el mediodía, me envolvió de repente una gran luz venida del cielo; caí al suelo y oí una voz que me decía:

“Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”

Yo respondí:

“¿Quién eres, Señor?”

Y él a mí:

“Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues.”

Los que estaban vieron la luz, pero no oyeron la voz del que me hablaba. Yo dije:

“¿Qué he de hacer, Señor?”

Y el Señor me respondió:

“Levántate y vete a Damasco; allí se te dirá todo lo que está establecido que hagas.”

Como yo no veía, a causa del resplandor de aquella luz, conducido de la mano por mis compañeros llegué a Damasco.

Un tal Ananías, hombre piadoso según la Ley, bien acreditado por todos los judíos que habitaban allí, vino a verme, y presentándose ante mí me dijo:

“Saulo, hermano, recobra la vista.”

Y en aquel momento le pude ver.

Él me dijo:

“El Dios de nuestros padres te ha destinado para que conozcas su voluntad, veas al Justo y escuches la voz de sus labios, pues le has de ser testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído. Y ahora, ¿qué esperas? Levántate, recibe el bautismo y lava tus pecados invocando su nombre.”»

Sal 116, 1-2: “Id al mundo entero, y proclamad el Evangelio”

1Cor 7,29-31: “El tiempo es corto”

Os digo, pues, hermanos:

El tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen. Los que lloran, como si no llorasen. Los que están alegres, como si no lo estuviesen. Los que compran, como si no poseyesen. Los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen. Porque la apariencia de este mundo pasa.

Mc 16,15-18: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio”

En aquél tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo:

—«Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación.

El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará.

Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien».

II. Apuntes

Ofrecemos aquí la catequesis de S.S. Benedicto XVI, La conversión de San Pablo, del 3/9/2008:

En el camino de Damasco, en los inicios de la década del año 30 del siglo I, después de un período en el que había perseguido a la Iglesia, se verificó el momento decisivo de la vida de San Pablo. Sobre él se ha escrito mucho y naturalmente desde diversos puntos de vista. Lo cierto es que allí tuvo lugar un viraje, más aún, un cambio total de perspectiva. A partir de entonces, inesperadamente, comenzó a considerar “pérdida” y “basura” todo aquello que antes constituía para él el máximo ideal, casi la razón de ser de su existencia (cf. Flp 3, 7-8) ¿Qué es lo que sucedió?

Al respecto tenemos dos tipos de fuentes. El primer tipo, el más conocido, son los relatos escritos por San Lucas, que en tres ocasiones narra ese acontecimiento en los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 9, 1-19; 22, 3-21; 26, 4-23). Tal vez el lector medio puede sentir la tentación de detenerse demasiado en algunos detalles, como la luz del cielo, la caída a tierra, la voz que llama, la nueva condición de ceguera, la curación por la caída de una especie de escamas de los ojos y el ayuno. Pero todos estos detalles hacen referencia al centro del acontecimiento: Cristo resucitado se presenta como una luz espléndida y se dirige a Saulo, transforma su pensamiento y su vida misma. El esplendor del Resucitado lo deja ciego; así, se presenta también exteriormente lo que era su realidad interior, su ceguera respecto de la verdad, de la luz que es Cristo. Y después su “sí” definitivo a Cristo en el bautismo abre de nuevo sus ojos, lo hace ver realmente.

En la Iglesia antigua el bautismo se llamaba también “iluminación”, porque este sacramento da la luz, hace ver realmente. En Pablo se realizó también físicamente todo lo que se indica teológicamente: una vez curado de su ceguera interior, ve bien. San Pablo, por tanto, no fue transformado por un pensamiento sino por un acontecimiento, por la presencia irresistible del Resucitado, de la cual ya nunca podrá dudar, pues la evidencia de ese acontecimiento, de ese encuentro, fue muy fuerte. Ese acontecimiento cambió radicalmente la vida de San Pablo. En este sentido se puede y se debe hablar de una conversión. Ese encuentro es el centro del relato de San Lucas, que tal vez utilizó un relato nacido probablemente en la comunidad de Damasco. Lo da a entender el colorido local dado por la presencia de Ananías y por los nombres tanto de la calle como del propietario de la casa en la que Pablo se alojó (cf. Hch 9, 11).

El segundo tipo de fuentes sobre la conversión está constituido por las mismas Cartas de San Pablo. Él mismo nunca habló detalladamente de este acontecimiento, tal vez porque podía suponer que todos conocían lo esencial de su historia, todos sabían que de perseguidor había sido transformado en apóstol ferviente de Cristo. Eso no había sucedido como fruto de su propia reflexión, sino de un acontecimiento fuerte, de un encuentro con el Resucitado. Sin dar detalles, en muchas ocasiones alude a este hecho importantísimo, es decir, al hecho de que también él es testigo de la resurrección de Jesús, cuya revelación recibió directamente del mismo Jesús, junto con la misión de apóstol.

El texto más claro sobre este punto se encuentra en su relato sobre lo que constituye el centro de la historia de la salvación: la muerte y la resurrección de Jesús y las apariciones a los testigos (cf. 1 Co 15). Con palabras de una tradición muy antigua, que también él recibió de la Iglesia de Jerusalén, dice que Jesús murió crucificado, fue sepultado y, tras su resurrección, se apareció primero a Cefas, es decir a Pedro, luego a los Doce, después a quinientos hermanos que en gran parte entonces vivían aún, luego a Santiago y a todos los Apóstoles. Al final de este relato recibido de la tradición añade: “Y por último se me apareció también a mí” (1 Co 15, 8). Así da a entender que este es el fundamento de su apostolado y de su nueva vida.

Hay también otros textos en los que expresa lo mismo: “Por medio de Jesucristo hemos recibido la gracia del apostolado” (Rm 1, 5); y también: “¿Acaso no he visto a Jesús, Señor nuestro?” (1 Co 9, 1), palabras con las que alude a algo que todos saben. Y, por último, el texto más amplio es el de la carta a los Gálatas: “Mas, cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo ni a la carne ni a la sangre, sin subir a Jerusalén donde los Apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, de donde nuevamente volví a Damasco” (Ga 1, 15-17). En esta “auto-apología” subraya decididamente que también él es verdadero testigo del Resucitado, que tiene una misión recibida directamente del Resucitado.

Así podemos ver que las dos fuentes, los Hechos de los Apóstoles y las Cartas de San Pablo, convergen en un punto fundamental: el Resucitado habló a San Pablo, lo llamó al apostolado, hizo de él un verdadero apóstol, testigo de la Resurrección, con el encargo específico de anunciar el Evangelio a los paganos, al mundo grecorromano. Al mismo tiempo, San Pablo aprendió que, a pesar de su relación inmediata con el Resucitado, debía entrar en la comunión de la Iglesia, debía hacerse bautizar, debía vivir en sintonía con los demás Apóstoles. Sólo en esta comunión con todos podía ser un verdadero apóstol, como escribe explícitamente en la primera carta a los Corintios: “Tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído” (1 Co 15, 11). Sólo existe un anuncio del Resucitado, porque Cristo es uno solo.

Como se ve, en todos estos pasajes San Pablo no interpreta nunca este momento como un hecho de conversión. ¿Por qué? Hay muchas hipótesis, pero en mi opinión el motivo es muy evidente. Este viraje de su vida, esta transformación de todo su ser no fue fruto de un proceso psicológico, de una maduración o evolución intelectual y moral, sino que llegó desde fuera: no fue fruto de su pensamiento, sino del encuentro con Jesucristo. En este sentido no fue sólo una conversión, una maduración de su “yo”; fue muerte y resurrección para él mismo: murió una existencia suya y nació otra nueva con Cristo resucitado. De ninguna otra forma se puede explicar esta renovación de San Pablo.

Los análisis psicológicos no pueden aclarar ni resolver el problema. Sólo el acontecimiento, el encuentro fuerte con Cristo, es la clave para entender lo que sucedió: muerte y resurrección, renovación por parte de Aquel que se había revelado y había hablado con él. En este sentido más profundo podemos y debemos hablar de conversión. Este encuentro es una renovación real que cambió todos sus parámetros. Ahora puede decir que lo que para él antes era esencial y fundamental, ahora se ha convertido en “basura”; ya no es “ganancia” sino pérdida, porque ahora cuenta sólo la vida en Cristo.

Sin embargo no debemos pensar que San Pablo se cerró en un acontecimiento ciego. En realidad sucedió lo contrario, porque Cristo resucitado es la luz de la verdad, la luz de Dios mismo. Ese acontecimiento ensanchó su corazón, lo abrió a todos. En ese momento no perdió cuanto había de bueno y de verdadero en su vida, en su herencia, sino que comprendió de forma nueva la sabiduría, la verdad, la profundidad de la ley y de los profetas, se apropió de ellos de modo nuevo. Al mismo tiempo, su razón se abrió a la sabiduría de los paganos. Al abrirse a Cristo con todo su corazón, se hizo capaz de entablar un diálogo amplio con todos, se hizo capaz de hacerse todo a todos. Así realmente podía ser el Apóstol de los gentiles.

III. Luces para la vida cristiana

S.S. Benedicto XVI concluía aquella misma catequesis haciendo una aplicación para la vida cotidiana: «En relación con nuestra vida, podemos preguntarnos: ¿Qué quiere decir esto para nosotros? Quiere decir que tampoco para nosotros el cristianismo es una filosofía nueva o una nueva moral. Sólo somos cristianos si nos encontramos con Cristo. Ciertamente no se nos muestra de esa forma irresistible, luminosa, como hizo con San Pablo para convertirlo en Apóstol de todas las gentes. Pero también nosotros podemos encontrarnos con Cristo en la lectura de la sagrada Escritura, en la oración, en la vida litúrgica de la Iglesia. Podemos tocar el corazón de Cristo y sentir que Él toca el nuestro. Sólo en esta relación personal con Cristo, sólo en este encuentro con el Resucitado nos convertimos realmente en cristianos. Así se abre nuestra razón, se abre toda la sabiduría de Cristo y toda la riqueza de la verdad.»

Quien verdaderamente se encuentra con Cristo y se convierte a Él, anuncia a Cristo, procura incesantemente llevar a otros al encuentro con Aquél con quien se ha encontrado, Aquél que lo ha reconciliado y transformado en un hombre nuevo, en una mujer nueva, Aquél que ha dado a su vida un sentido hermoso y una esperanza intensa: «El encuentro con el Señor produce una profunda transformación de quienes no se cierran a Él. El primer impulso que surge de esta transformación es comunicar a los demás la riqueza adquirida en la experiencia de este encuentro. No se trata sólo de enseñar lo que hemos conocido, sino también, como la mujer samaritana, de hacer que los demás encuentren personalmente a Jesús: “Venid a ver” (Jn 4, 29)» (S.S. Juan Pablo II, EiA 68).

En efecto, quien se ha encontrado con el Señor Jesús, vivo y resucitado, dirige a otros corazones sedientos de Dios este anuncio espontáneo y gozoso: «¡he visto al Señor!» (Jn 20,18). Este anuncio es el que realmente sacude a los seres humanos, despierta y transforma los ánimos, es decir, convierte. Quien ha sido alcanzado por Cristo se hace apóstol de Cristo, procurando llevar a otros al encuentro con el Señor Jesús. Los que nos hemos encontrado con Cristo, los que experimentamos que Él verdaderamente ha transformado nuestras vidas al punto de poder decir con San Pablo “para mí la vida es Cristo”, no podemos dejar de anunciarlo, de buscar a otros para compartirles nuestra alegría y comunicarles el Evangelio, comunicarles a Cristo mismo, Camino, Verdad y Vida.

Así pues, «si habéis encontrado… a Cristo, ¡vivid a Cristo, vivid con Cristo! Y anunciadlo en primera persona, como auténticos testigos: “para mí la vida es Cristo” (Flp 1, 21)» (S.S. Juan Pablo II).

IV. Padres de la Iglesia

San Gregorio Magno: «Por último, les dijo: “Id por todo el mundo; predicad el Evangelio a todas las criaturas”. Con el nombre de toda criatura señala al hombre, puesto que tiene algo de todas ellas, como el ser con las piedras, el vivir con los árboles, el sentir con los animales, el entender con los ángeles. Así que se predica el Evangelio a toda criatura cuando se predica para el hombre solo. Porque sólo él es enseñado, y para él ha sido creado todo, no siéndole extraño nada por cierta semejanza que tiene con todo. También se puede entender por todas las criaturas a todas las naciones. Antes había sido dicho: “No vayáis ahora a tierra de gentiles” (Mt 10,5); ahora se dice: “Predicad el Evangelio a todas las criaturas”; para que la predicación apostólica, que antes fue rechazada por los judíos, venga en nuestro auxilio cuando, por haberla rechazado éstos en su soberbia, sea un testimonio de su condenación.»

V. Catecismo de la Iglesia

“Id al mundo entero y proclamad el Evangelio”

2: Para que esta llamada resuene en toda la tierra, Cristo envió a los apóstoles que había escogido, dándoles el mandato de anunciar el Evangelio: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 19-20). Fortalecidos con esta misión, los apóstoles «salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban» (Mc 16, 20).

3: Quienes con la ayuda de Dios han acogido el llamamiento de Cristo y han respondido libremente a ella, se sienten por su parte urgidos por el amor de Cristo a anunciar por todas partes en el mundo la Buena Nueva. Este tesoro recibido de los apóstoles ha sido guardado fielmente por sus sucesores. Todos los fieles de Cristo son llamados a transmitirlo de generación en generación, anunciando la fe, viviéndola en la comunión fraterna y celebrándola en la liturgia y en la oración.

La misión, exigencia de la catolicidad de la Iglesia

849: El mandato misionero. «La Iglesia, enviada por Dios a las gentes para ser “sacramento universal de salvación”, por exigencia íntima de su misma catolicidad, obedeciendo al mandato de su Fundador se esfuerza por anunciar el Evangelio a todos los hombres»: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 19-20).

853: Pero en su peregrinación, la Iglesia experimenta también «hasta qué punto distan entre sí el mensaje que ella proclama y la debilidad humana de aquellos a quienes se confía el Evangelio». Sólo avanzando por el camino «de la conversión y la renovación» y «por el estrecho sendero de Dios» es como el Pueblo de Dios puede extender el reino de Cristo. En efecto, «como Cristo realizó la obra de la redención en la pobreza y en la persecución, también la Iglesia está llamada a seguir el mismo camino para comunicar a los hombres los frutos de la salvación».

854: Por su propia misión, «la Iglesia... avanza junto con toda la humanidad y experimenta la misma suerte terrena del mundo, y existe como fermento y alma de la sociedad humana, que debe ser renovada en Cristo y transformada en familia de Dios». El esfuerzo misionero exige entonces la paciencia. Comienza con el anuncio del Evangelio a los pueblos y a los grupos que aún no creen en Cristo; continúa con el establecimiento de comunidades cristianas, «signo de la presencia de Dios en el mundo», y en la fundación de Iglesias locales; se implica en un proceso de inculturación para así encarnar el Evangelio en las culturas de los pueblos; en este proceso no faltarán también los fracasos. «En cuanto se refiere a los hombres, grupos y pueblos, solamente de forma gradual los toca y los penetra y de este modo los incorpora a la plenitud católica».

855: La misión de la Iglesia reclama el esfuerzo hacia la unidad de los cristianos. En efecto, «las divisiones entre los cristianos son un obstáculo para que la Iglesia lleve a cabo la plenitud de la catolicidad que le es propia en aquellos hijos que, incorporados a ella ciertamente por el bautismo, están, sin embargo, separados de su plena comunión. Incluso se hace más difícil para la propia Iglesia expresar la plenitud de la catolicidad bajo todos los aspectos en la realidad misma de la vida».

856: La tarea misionera implica un diálogo respetuoso con los que todavía no aceptan el Evangelio. Los creyentes pueden sacar provecho para sí mismos de este diálogo aprendiendo a conocer mejor «cuanto de verdad y de gracia se encontraba ya entre las naciones, como por una casi secreta presencia de Dios». Si ellos anuncian la Buena Nueva a los que la desconocen, es para consolidar, completar y elevar la verdad y el bien que Dios ha repartido entre los hombres y los pueblos, y para purificarlos del error y del mal «para gloria de Dios, confusión del diablo y felicidad del hombre».

VI. Palabras de Luis Fernando Figari (transcritas de textos publicados)

También nosotros, desde nuestra modesta experiencia del ardor interior, de la convicción de la verdad, de la vitalidad del encuentro con el Señor, podemos clamar: ¡Ay de mí si no evangelizare!

Toda la vida cristiana del Apóstol es un compromiso evangelizador. Él ha sido elegido como mensajero para llevar la Buena Nueva del cumplimiento de las promesas, de la llegada del Mesías, de la salvación. Pablo fue elegido por Dios de una manera maravillosa. Y cada uno de nosotros, desde la humildad de nuestra realidad personal, con nuestras características personales, también ha sido elegido por Dios para ser mensajero de la Buena Noticia. La analogía brota por doquier. Guardando las grandes distancias debidas, la semejanza aún permanece con suficiente claridad y fuerza como para iluminar la propia vocación apostólica.

La proclamación de la Buena Nueva es la clave del proceso de evangelización. El anuncio del Evangelio «es sin duda alguna un servicio que se presenta a la comunidad cristiana e incluso a toda la humanidad» (S.S. Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 1). Ayer como hoy se trata del anuncio del Evangelio Vivo, el mismo Señor Jesús, el Verbo Eterno hecho Hijo de la Inmaculada Virgen María, por obra y gracia del Espíritu Santo. Él, Kyrios kyrion, Señor de Señores, ha venido a redimir al ser humano, a reconciliarlo e introducirlo en la tetraforme reconciliación, a mostrarle su identidad y brindarle su filadelfía, su amistad que lo ayuda a recorrer su peregrinar y lo invita a participar en la Comunión de Amor, haciendo a quienes creen en Él y cumplen el divino Plan «partícipes de la naturaleza divina» (2Pe 1,4).

El ser llamado a evangelizar es un don gratuito. Más aún, todo bautizado está llamado a evangelizar, pues por medio del Bautismo participa de la misión de la Iglesia. Los Obispos reunidos en Río de Janeiro en la I Conferencia General del Episcopado Latinoamericano enseñaban que los laicos deben realizar «un esfuerzo continuo por conservar y defender íntegramente la fe católica, [el suyo] debe ser un apostolado misionero de conquista para la dilatación del Reino de Cristo en todos los sectores y ambientes» (Río, 45). El Código de Derecho Canónico ha plasmado la condición evangelizadora de todo hijo de la Iglesia de una forma tan hermosa como sucinta y clara: «Son fieles cristianos quienes, incorporados a Cristo por el Bautismo, se integran en el Pueblo de Dios, y hechos partícipes a su modo por esta razón de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cada uno según su propia condición, son llamados a desempeñar la misión que Dios encomendó cumplir a la Iglesia en el mundo» (c. 204, 1). Y más adelante precisa: «Todos los fieles tienen el deber y el derecho de trabajar para que el mensaje divino de salvación alcance más y más a los hombres de todo tiempo y del orbe entero» (c. 211). Más aún, como señala el Papa Juan Pablo II, «en este tiempo en que la Iglesia es llamada a un nuevo esfuerzo de evangelización» (S.S. Juan Pablo II, Fidei depositum, 11/12/1992, 5). El Catecismo de la Iglesia Católica señala también con toda precisión «la vocación común de todos los discípulos de Cristo, que es vocación a la santidad y a la misión de evangelizar el mundo» (n. 1533).

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