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Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo II del Tiempo Ordinario (Ciclo B). «¿Qué buscan?»
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Domingo II del Tiempo Ordinario. «¿Qué buscan?»

I. LA PALABRA DE DIOS

1 Sam 3,3b-10.19: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”

En aquellos días, Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde estaba el arca de Dios. El Señor llamó a Samuel, y él respondió:

—«Aquí estoy».

Fue corriendo adonde estaba Elí y le dijo:

—«Aquí estoy; vengo porque me has llamado».

Respondió Elí:

—«No te he llamado; vuelve a acostarte».

Samuel volvió a acostarse.

Volvió a llamar el Señor a Samuel.

Él se levantó y fue adonde estaba Elí y le dijo:

—«Aquí estoy vengo porque me has llamado».

Respondió Elí:

—«No te he llamado, hijo mío; vuelve a acostarte».

Aún no conocía Samuel al Señor, pues no le había sido revelada la palabra del Señor.

Por tercera vez llamó el Señor a Samuel, y él se fue adonde estaba Elí y le dijo:

—«Aquí estoy; vengo porque me has llamado».

Elí comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho, y dijo a Samuel:

—«Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”».

Samuel fue y se acostó en su sitio. El Señor se presentó y le llamó como antes:

—«¡Samuel, Samuel!»

Él respondió:

—«Habla, Señor, que tu siervo escucha».

Samuel crecía, y el Señor estaba con él; ninguna de sus palabras dejó de cumplirse.

Sal 39,2.4.7-10: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”

1 Cor 6,13-15.17-20: “¡Glorifiquen a Dios en sus cuerpos!”

Hermanos:

El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor; y el Señor para el cuerpo.

Dios, con su poder, resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros.

¿No saben ustedes que sus cuerpos son miembros de Cristo? El que se une al Señor se hace un espíritu con él.

Huyan de la fornicación. Cualquier pecado que cometa el hombre queda fuera de su cuerpo. Pero el que fornica peca en su propio cuerpo. ¿O es que no saben que sus cuerpos son templo del Espíritu Santo? Él habita en ustedes porque lo han recibido de Dios.

Ya no se pertenecen a ustedes mismos, porque han sido comprados a un precio muy caro.

Por tanto, ¡glorifiquen a Dios en sus cuerpos!

Jn 1,35-42: “¡Hemos encontrado al Mesías!”

En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice:

—«Éste es el Cordero de Dios».

Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió hacia ellos y, al ver que lo seguían, les pregunta:

—«¿Qué buscan?»

Ellos le contestaron:

—«Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?»

Él les dijo:

—«Vengan y lo verán».

Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde.

Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice:

—«Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)». Y lo llevó a Jesús. Jesús mirándolo le dijo:

—«Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que traducido significa Pedro)».

II. APUNTES

Las lecturas de este Domingo presentan el tema de la vocación. Nuestro término “vocación” viene de la palabra latina vocare, que significa llamar. Así pues, cuando hablamos de vocación, hemos de entender que Dios llama a alguien, a seguir un camino específico, a cumplir una determinada misión en el mundo.

En la primera lectura nos encontramos ante el relato de la vocación del profeta Samuel, a quien Dios reiteradamente llama por su nombre mientras duerme. Al principio, el joven Samuel piensa que el llamado procede del anciano sacerdote Elí, a cuyo servicio se encontraba. Acude a él reiteradamente. Elí comprende que el llamado que ha escuchado proviene de Dios y le sugiere responder al escuchar pronunciar nuevamente su nombre: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1 Sam 3, 10). Al llamado de Dios Samuel responde disponiéndose a hacer lo que Dios le pida, realizando sus designios en su propia vida para beneficio de su pueblo: «el Señor llamó a Samuel y él respondió: “Aquí estoy”» (1Sam 3, 4).

También el salmo responsorial habla de la respuesta del llamado a la voz y a los designios de Dios: «Aquí estoy —como está escrito en el libro— para hacer tu voluntad.» (Sal 39, 8-9) En este caso se trata del Mesías, anunciado por Dios en los libros proféticos y que llegada la plenitud de los tiempos (ver Gál 4,4) se convirtió en realidad histórica con la Encarnación del Verbo divino en el seno inmaculado de la Virgen María. A quien Dios llama es a su propio Hijo, a quien encomienda llevar a cabo sus designios reconciliadores en el mundo. Al llamado del Padre Él responde con obediencia ejemplar: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas… entonces yo digo: “aquí estoy… para hacer tu voluntad”».

Es a este Mesías al que andan buscando dos jóvenes inquietos (Evangelio). Estos jóvenes encarnan la esperanza del pueblo elegido. En efecto, Israel esperaba al Mesías prometido por Dios, lo buscaba con mayor celo especialmente desde que Juan Bautista había empezado a predicar a orillas del Jordán: «Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos». El Bautista, de quien estos dos jóvenes eran discípulos, no sólo había anunciado la inminente llegada del Mesías, sino que lo señaló ya presente en la persona de Jesús de Nazaret, quien había ido al Jordán para ser bautizado por él: «Éste es el Cordero de Dios».

Cordero en arameo se dice talya y se usa tanto para designar al cordero como también al siervo (ver Is 53,7). Con esta designación el Bautista da a entender que Jesús es no sólo el cordero pascual cuyo sacrificio y sangre derramada librará al mundo del peso del pecado y del poder de la muerte (ver Éx 12,1 ss), sino que también es el siervo de Dios por excelencia, tal como lo presenta Isaías en los “cánticos del siervo” (ver Is 42; 49; 50,4ss; 52,13-53).

Al escuchar a Juan pronunciarse así sobre Jesús, aquellos dos discípulos se fueron tras Él. El Señor volviéndose les pregunta: «¿Qué buscan?» Ésta es la traducción exacta del griego, cuyo verbo zeteo —utilizado por el evangelista— significa buscar algo, con un matiz de intensidad. El Señor, que conoce los corazones, sabe que lo que mueve a estos dos jóvenes a seguirle es un intenso anhelo de encontrar al Mesías prometido de Dios, a Aquél a quien el Bautista no venía sino a preparar el camino.

Los sorprendidos jóvenes parecen no responder a la pregunta del Señor y le preguntan: «¿Donde vives?» ¿No podemos descubrir en ello una velada intención y petición para que los lleve a su casa, es decir, para que los acoja en su intimidad, para que les hable de Él, de su doctrina, de su mensaje, de su modo de vida? Aquel “dónde vives” no es una manera de evadir la pregunta del Señor ni una mera curiosidad acerca del lugar físico en el que moraba el Señor, sino que equivale más bien a un “muéstranos quien eres, pues queremos saber si tú eres el Mesías, Aquel a quien estamos buscando”.

«Vengan y lo verán», responde el Señor, es decir, “vengan conmigo y les mostraré quién Soy yo”.

El encuentro de aquella tarde debió ser realmente fascinante, muy intenso, pues el impacto que causó en aquellos hombres fue tremendo. Por eso luego del encuentro lo primero que hacen aquellos jóvenes es ir a buscar a Pedro, hermano de uno de ellos, de Andrés, para compartirle su descubrimiento: «¡Hemos encontrado al Mesías!» Haber encontrado a Aquel a quien andaban buscando, haber encontrado a quien era el motivo de sus esperanzas y expectativas, llena sus corazones de un inmenso júbilo que necesita difundirse y compartirse con otros. De allí brota el deseo espontáneo de querer llevar también a otros al encuentro con Aquel a quien ellos han “hallado”, Aquel que responde a las búsquedas más profundas de todo ser humano: «lo llevó a Jesús.»

Aquél sería el primer encuentro memorable de Andrés, Juan y Pedro con el Señor. Mencionamos a Juan porque si bien el evangelista no dice el nombre de aquel otro joven que andaba con Andrés aquél día, lo más probable es que se trate de él mismo. Son ellos, junto con los demás Apóstoles, quienes escucharán más adelante aquél llamado del Señor, aquel “ven y sígueme” al que también ellos, venciendo sus propios temores y dejándolo todo, responderán con un firme y decidido “aquí estoy, Señor; te seguiré a donde vayas; envíame a donde quieras, a anunciar tu Evangelio”.

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Este episodio en la vida de estos dos jóvenes nos habla de una realidad profunda que cada uno de nosotros puede descubrir también en sí mismo: soy un buscador, estoy en una búsqueda incesante. ¿Qué busco? Más allá de todas las búsquedas superficiales, más allá de buscar alcanzar mis metas, ambiciones o aspiraciones personales, busco algo más profundo, busco a quien me ayude a comprenderme, a comprender el sentido de mi existencia, mi identidad, para que respondiendo a aquello que soy pueda llegar a ser feliz. ¡Sí! ¡Quiero ser feliz! Y es por eso que ando en una continua búsqueda para saber quién soy, cuál es el sentido de mi existencia, cuál mi misión en el mundo, cuál mi destino después de mi muerte, y mi corazón estará inquieto mientras no halle la respuesta que está buscando. Cierto que en la vida diaria nos terminamos distrayendo con muchas otras búsquedas, tan superficiales, aunque en el fondo de todas aquellas búsquedas está aquella que mueve consciente o inconscientemente todas las demás.

Muchos, agobiados por sus sufrimientos, experiencias negativas y frustraciones, no esperan ya nada “de la vida” y han abandonado la búsqueda de Aquel que verdaderamente los hará felices. No creen en Dios ni esperan en Él. Procuran “pasarla bien” y “disfrutar el momento” mientras puedan y como puedan, pero en el fondo no hacen más que vivir una amargura e infelicidad creciente, aparentando por fuera que todo va bien. Son personas como éstas las que luego enseñan a sus hijos —como si fuera una verdad incuestionable— que “la felicidad no existe”. ¡Cuántos jóvenes escuchan de labios de sus propios padres que lo único que encontrarán en la vida es a lo más algún momento fugaz de gozo o placer! Son los que han fracasado en su búsqueda quienes quieren imponer a otros su frustración, matando en ellos toda esperanza de hallar la felicidad en sus vidas. Lamentablemente muchos jóvenes asumen ya esa “verdad” y piensan como aquellos que nunca tuvieron el coraje, la osadía y la fiel perseverancia para seguir al Señor para encontrar en Él esa felicidad que todo ser humano necesita encontrar.

Ante tantos que ya no creen en que el ser humano pueda ser feliz, nosotros sostenemos serenamente que «el deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar» (Catecismo de la Iglesia católica, 27). Sí, en Dios y en la comunión con Él y en Él con sus seres amados el ser humano encontrará su plena realización y felicidad.

Por otro lado, frente al fracaso de tantos en esa búsqueda esencial nos alienta el ejemplo y el testimonio de aquellos que habiéndose encontrado con Cristo y siguiéndolo de cerca fielmente han encontrado en Él la fuente de la humana felicidad que tanto andaban buscando. ¡Es a quienes han triunfado, y no a quienes han fracasado, a quienes hay que escuchar y creer, cuyo ejemplo hay que seguir! ¿Cómo no pensar, por ejemplo, en el impactante testimonio y exhortación que el gran Papa Juan Pablo II dirigió a todos, especialmente a los jóvenes, en el mismo lecho de muerte: “¡Soy feliz, séanlo también ustedes!”?

También a ti, que eres un buscador, que eres una buscadora, el Señor —que sabe de tu intensa e incesante búsqueda— te dice hoy: «ven y verás». ¿Tendrás tú la audacia de seguirlo? ¿Tendrás tú el valor de acompañarlo y de permanecer con Él, de seguirlo a donde Él te lleve? Abandonar el seguimiento de Cristo es abandonar la búsqueda de la verdadera felicidad para pasar a llenar esos anhelos de Infinito con sucedáneos que nos frustran cada vez más, con placeres que sólo engañan de momento, con vanidades que camuflan nuestros vacíos, con adrenalinas o drogas que reclaman dosis cada vez más altas. ¡Tengamos el coraje y el valor de buscar saciar los anhelos más profundos de nuestro humano corazón allí donde pocos se atreven! ¡Sigamos con firmeza y confianza al “Cordero de Dios”! ¡Pidámosle, al calor de la oración perseverante, que nos lleve a su casa, a la intimidad de su Corazón!

Que cada día sea para nosotros una ocasión para renovarnos en esa búsqueda intensa, con la plena certeza y confianza de que Él sale al encuentro y se deja hallar por aquellos que lo buscan con sincero corazón: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20).

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Juan Crisóstomo: «Mas Jesucristo no les da señales de su casa, ni les designa lugar alguno, sino que únicamente los atrae para que le sigan, manifestándoles que ya los ha aceptado. Y no dijo: ahora no es tiempo, mañana sabréis si algo queréis aprender; sino que los trata como amigos familiares, como si hubiesen vivido con Él largo tiempo. ¿Y cómo es que San Mateo y San Lucas dicen: “El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar su cabeza” (Mt 8,20), y Éste dice: Venid y ved dónde vivo? Cuando dijo que no tenía dónde reclinar su cabeza dio a entender que no tenía casa propia y no que carecía de domicilio. Sigue, pues: “Ellos fueron, vieron en dónde moraba, y se quedaron con Él aquel día”. No añade el Evangelista con qué fin se quedaron, porque desde luego se comprende que fue para oír su doctrina.»

San Agustín: «¡Qué hermoso día pasaron! ¡Qué hermosa noche! Edifiquemos asimismo nosotros en nuestro corazón, y hagamos una casa digna, adonde venga el Señor y nos instruya».

San Juan Crisóstomo: «“¡Qué agradable y delicioso que vivan unidos los hermanos!” (Sal 132,1) Andrés, después de haber permanecido junto a Jesús (Jn 1,39) y haber aprendido mucho no guardó este tesoro para sí. Se apresura y corre donde su hermano Simón Pedro para hacerle partícipe de los bienes que él había recibido. Considera lo que dijo a su hermano: “Hemos encontrado al Mesías (que quiere decir Cristo)” (Jn 1,41). ¿Te das cuenta del fruto de las enseñanzas que aprendió en tan poco tiempo? Demuestra a la vez la autoridad del Maestro que ha enseñado a sus discípulos y, desde los comienzos, el celo de ellos por conocerle.»

»La prisa de Andrés, su celo por extender en seguida la buena noticia, supone un alma ardiente al ver el cumplimiento de tantas profecías referidas a Cristo. Muestra una amistad verdaderamente fraterna, un afecto profundo y una forma de ser muy sincera, al comunicar así las riquezas espirituales... “Hemos encontrado al Mesías”, dice, “no un mesías cualquiera, sino al Mesías que esperábamos”.»

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

Hemos encontrado al Mesías

436: Cristo viene de la traducción griega del término hebreo «Mesías» que quiere decir «ungido». No pasa a ser nombre propio de Jesús sino porque Él cumple perfectamente la misión divina que esa palabra significa. En efecto, en Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de Él. Éste era el caso de los reyes, de los sacerdotes y, excepcionalmente, de los profetas. Éste debía ser por excelencia el caso del Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino. El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor a la vez como rey y sacerdote, pero también como profeta. Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey.

437: El ángel anunció a los pastores el nacimiento de Jesús como el del Mesías prometido a Israel: «Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor» (Lc 2, 11). Desde el principio Él es «a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo» (Jn 10, 36), concebido como «santo» (Lc 1, 35) en el seno virginal de María. José fue llamado por Dios para «tomar consigo a María su esposa» encinta «del que fue engendrado en ella por el Espíritu Santo» (Mt 1, 20) para que Jesús «llamado Cristo» nazca de la esposa de José en la descendencia mesiánica de David (Mt 1, 16).

438: La consagración mesiánica de Jesús manifiesta sumisión divina. «Por otra parte eso es lo que significa su mismo nombre, porque en el nombre de Cristo está sobrentendido el que ha ungido, el que ha sido ungido y la Unción misma con la que ha sido ungido: el que ha ungido, es el Padre, el que ha sido ungido, es el Hijo, y lo ha sido en el Espíritu que es la Unción». Su eterna consagración mesiánica fue revelada en el tiempo de su vida terrena en el momento de su bautismo por Juan cuando «Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder» (Hch 10, 38) «para que Él fuese manifestado a Israel» (Jn 1, 31) como su Mesías. Sus obras y sus palabras lo dieron a conocer como «el santo de Dios» (Mc 1, 24; Jn 6, 69; Hch 3, 14).

439: Numerosos judíos e incluso ciertos paganos que compartían su esperanza reconocieron en Jesús los rasgos fundamentales del mesiánico «hijo de David» prometido por Dios a Israel. Jesús aceptó el título de Mesías al cual tenía derecho, pero no sin reservas porque una parte de sus contemporáneos lo comprendían según una concepción demasiado humana, esencialmente política.

440: Jesús acogió la confesión de fe de Pedro que le reconocía como el Mesías anunciándole la próxima pasión del Hijo del Hombre. Reveló el auténtico contenido de su realeza mesiánica en la identidad trascendente del Hijo del Hombre «que ha bajado del cielo» (Jn 3, 13), a la vez que en su misión redentora como Siervo sufriente: «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20, 28). Por esta razón el verdadero sentido de su realeza no se ha manifestado más que desde lo alto de la Cruz. Solamente después de su resurrección su realeza mesiánica podrá ser proclamada por Pedro ante el Pueblo de Dios: «Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado» (Hch 2, 36).

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«[...] Ante todo amando al Señor, dejándonos encontrar por Él cuando así lo decida. Buscarlo incansables como los discípulos aquellos que escuchando que Juan decía “ese es el Cordero de Dios”, con prontitud, como María también nos enseña, lo siguieron.

»El Señor, respetuoso siempre de la libertad ajena, pregunta, más por ellos que por Él: ¿Qué quieren? Es decir, qué buscan, por qué me siguen. Y ellos, cargados de su afán de búsqueda le responden: “Maestro, ¿dónde vives?” Y la respuesta del Señor no tardó: “Vengan y vean”.

»Ya en varias ocasiones he repetido que el Evangelio según San Juan tiene muchos y muy ricos sentidos. Se profundiza, y cuando se cree haber agotado algo, el Espíritu, sin el cual no se puede clamar “Abbá, Padre”, va mostrando que el horizonte se prolonga. ¡Qué hermoso es el Evangelio! ¡Qué vital! ¡Qué entendimiento lo podrá agotar!

»En esta ocasión tales escenas de búsqueda, de llamado, de seguimiento, sin dejar de ser reales, son también un modelo de procedimiento del Señor. Es así que llama. Por eso hay que estar atentos a las señales. Ésa es una de las razones que hace tan importante la maestría en el silencio. ¿Qué hubiera pasado si la Virgen María, cuya libertad respeta el Señor, no hubiera estado atenta al mensaje? Es una bendición que se trata de una incógnita que no tendremos que despejar. La realidad de los acontecimientos ha sido otra. ¡Alabado sea Dios, Señor nuestro!

»¿Dónde vives? Los hasta entonces discípulos de San Juan Bautista escucharon al profeta y sin demoras siguieron a Aquel que él señalaba. “Ése es”. El heraldo del Señor Jesús va cumpliendo su misión. Los discípulos la suya. Ven la luz. Reciben la revelación. Confían. La Iglesia, Cuerpo Místico del Señor concebida también en el sacrosanto y virginal vientre materno, va haciéndose pueblo concreto, el Pueblo de Dios. Esos discípulos son de las primeras rocas vivas que se van sumando al templo que es la Iglesia. El dónde vives es elocuente. Expresaban su deseo de encontrarse con él, aprender de su persona, sus enseñanzas, confraternizar.

»“Vengan y lo verán”. Es toda una modalidad de encuentro la que nos enseña el Señor Jesús con su respuesta. Ante la buena disposición de los discípulos de Juan, les dice: ¡vengan! Se podría decir: síganme. Está insinuada la sequela Christi, el seguimiento del Señor.

»Quien lo sigue, quien va hacia Él, quien camina con Él: verá. Los relatos de Emaús y del Ciego de Nacimiento (Jn 9) se vienen a la mente. El entendimiento y los ojos se abren compartiendo con Jesús. “Vengan”, ven y sígueme. Yo te enseñaré.

»La figura de la “casa”, “vivienda”, aparece implícita en la pregunta, aunque podría ser simplemente un lugar. De todas formas el lugar de residencia de Jesús nos hace recordar a otra casa. Cuando meditamos el trascendental pasaje del Testamento del Señor en el que no revela el don de la filiación a nuestra Santa Madre, recordamos también que el Evangelio, señala: “Desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa”. No pocas veces se ha interpretado el símbolo “casa” como corazón. ¡Cuánta luz se puede sacar de estas metáforas y figuras! Es necesario abrirle el corazón al Señor, aprender de los latidos de su Sacratísimo Corazón. Eso es en verdad ir en pos suya.

»De todas formas, el Señor les dice que siguiéndolo verán. Es todo un proceso pedagógico, un método de descubrimiento. Hoy hablamos de “encuentro”, y hacemos bien. Son bellísimos los pasajes de la Ecclesia in America que nos hablan del encuentro. Son pasajes para leer y volver a hacerlo cada cierto tiempo. El encuentro es una dimensión existencial que implica muchas cosas. Ante todo está la dimensión personal, de confiar, de seguir al Señor, al Rabí como lo llaman los discípulos en esta ocasión.

»El Señor Jesús es una persona, y sólo siguiéndolo se descubre quién es en verdad. Es obvio que los argumentos racionales y la doctrina forma parte del encuentro, y son de suma importancia para orientar el propio caminar. Pero, así como son imprescindibles en el sentido de maduración del encuentro, no lo sustituyen en su dimensión personal, existencial. Es Jesús mismo quien dice de sí: YO soy el Camino, la Verdad y la Vida. Se trata del encuentro con una persona real.

»No son los argumentos y los juegos dialécticos los que llevan a Jesús. Esos tienen un gran valor como preámbulos. Ciertamente son importantes como preparaciones, pero a veces son convertidos por algunos en vanos entretenimientos de la mente, y sólo eso. La clave está en que impulsados por la búsqueda de aquello que nos reclama nuestro interior, nuestra mismidad, lo busquemos sin ceder a la distracción ni a la fatiga. Para llegar a Jesús hay que tener la audacia de buscarlo. Y una vez hallado, de seguirlo».

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