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Rvdo. P. Jürgen Daum, Solemnidad de Santa María, Madre de Dios (Ciclo B). «Envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer»
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Solemnidad de Santa María, Madre de Dios. «Envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer»

I. LA PALABRA DE DIOS

Núm 6, 22-27: “Invocarán mi nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré”

El Señor habló a Moisés:

—«Di a Aarón y a sus hijos: Así bendecirán a los israelitas: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz”. Así invocarán mi nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré».

Sal 66, 2-3. 5. 6 y 8: “El Señor tenga piedad y nos bendiga”

Gál 4, 4-7: “Envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer”

Hermanos:

Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo el dominio de la Ley, para librarnos del dominio de la Ley, para que recibiéramos la condición de hijos adoptivos de Dios.

Y la prueba de que ustedes son hijos, es que Dios envió a sus corazones el Espíritu de su Hijo que clama: «¡Abba! Padre». Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y, si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

Lc 2, 16-21: “Encontraron a María y a José, y al niño. A los ocho días, le pusieron por nombre Jesús”

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño.

Todos los que lo oían se admiraban de lo que decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho.

Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

II. APUNTES

Ofrecemos aquí la catequesis de S.S. Juan Pablo II, María, Madre de Dios, del 27/11/1996.

La contemplación del misterio del nacimiento del Salvador ha impulsado al pueblo cristiano no sólo a dirigirse a la Virgen Santísima como a la Madre de Jesús, sino también a reconocerla como Madre de Dios. Esa verdad fue profundizada y percibida, ya desde los primeros siglos de la era cristiana, como parte integrante del patrimonio de la fe de la Iglesia, hasta el punto de que fue proclamada solemnemente en el año 431 por el Concilio de Éfeso.

En la primera comunidad cristiana, mientras crece entre los discípulos la conciencia de que Jesús es el Hijo de Dios, resulta cada vez más claro que María es la Theotokos, la Madre de Dios. Se trata de un título que no aparece explícitamente en los textos evangélicos, aunque en ellos se habla de la «Madre de Jesús» y se afirma que él es Dios (Jn 20,28; ver 5,18; 10,30.33). Por lo demás, presentan a María como Madre del Emmanuel, que significa Dios con nosotros (ver Mt 1,22-23).

Ya en el siglo III, como se deduce de un antiguo testimonio escrito, los cristianos de Egipto se dirigían a María con esta oración: «Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios: no desoigas la oración de tus hijos necesitados; líbranos de todo peligro, oh siempre Virgen gloriosa y bendita». En este antiguo testimonio aparece por primera vez de forma explícita la expresión Theotokos, «Madre de Dios».

En la mitología pagana a menudo alguna diosa era presentada como madre de algún dios. Por ejemplo, Zeus, dios supremo, tenía por madre a la diosa Rea. Ese contexto facilitó, tal vez, en los cristianos el uso del título Theotokos, «Madre de Dios», para la madre de Jesús. Con todo, conviene notar que este título no existía, sino que fue creado por los cristianos para expresar una fe que no tenía nada que ver con la mitología pagana, la fe en la concepción virginal, en el seno de María, de Aquel que era desde siempre el Verbo eterno de Dios.

En el siglo IV, el término Theotokos ya se usa con frecuencia tanto en Oriente como en Occidente. La piedad y la teología se refieren cada vez más a menudo a ese término, que ya había entrado a formar parte del patrimonio de fe de la Iglesia.

Por ello se comprende el gran movimiento de protesta que surgió en el siglo V cuando Nestorio puso en duda la legitimidad del título «Madre de Dios». En efecto, al pretender considerar a María sólo como madre del hombre Jesús, sostenía que sólo era correcta doctrinalmente la expresión «Madre de Cristo». Lo que indujo a Nestorio a ese error fue la dificultad que sentía para admitir la unidad de la persona de Cristo y su interpretación errónea de la distinción entre las dos naturalezas —divina y humana— presentes en él.

El Concilio de Éfeso, en el año 431, condenó sus tesis y, al afirmar la subsistencia de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la única persona del Hijo, proclamó a María Madre de Dios.

Las dificultades y las objeciones planteadas por Nestorio nos brindan la ocasión de hacer algunas reflexiones útiles para comprender e interpretar correctamente ese titulo. La expresión Theotokos, que literalmente significa «la que ha engendrado a Dios», a primera vista puede resultar sorprendente, pues suscita la pregunta: ¿cómo es posible que una criatura humana engendre a Dios? La respuesta de la fe de la Iglesia es clara: la maternidad divina de María se refiere sólo a la generación humana del Hijo de Dios y no a su generación divina. El Hijo de Dios fue engendrado desde siempre por Dios Padre y es consustancial con Él. Evidentemente, en esa generación eterna María no intervino para nada. Pero el Hijo de Dios, hace dos mil años, tomó nuestra naturaleza humana y entonces María lo concibió y lo dio a luz.

Así pues, al proclamar a María «Madre de Dios», la Iglesia desea afirmar que ella es la «Madre del Verbo encarnado, que es Dios». Su maternidad, por tanto, no atañe a toda la Trinidad, sino únicamente a la segunda Persona, al Hijo, que, al encarnarse, tomó de ella la naturaleza humana.

La maternidad es una relación entre persona y persona: una madre no es madre sólo del cuerpo o de la criatura física que sale de su seno, sino de la persona que engendra. Por ello, María, al haber engendrado según la naturaleza humana a la persona de Jesús, que es persona divina, es Madre de Dios.

Cuando proclama a María «Madre de Dios», la Iglesia profesa con una única expresión su fe en el Hijo y en la Madre. Esta unión aparece ya en el Concilio de Éfeso; con la definición de la maternidad divina de María los padres querían poner de relieve su fe en la divinidad de Cristo. A pesar de las objeciones, antiguas y recientes, sobre la oportunidad de reconocer a María ese título, los cristianos de todos los tiempos, interpretando correctamente el significado de esa maternidad, la han convertido en expresión privilegiada de su fe en la divinidad de Cristo y de su amor a la Virgen.

En la Theotokos la Iglesia, por una parte, encuentra la garantía de la realidad de la Encarnación, porque, como afirma San Agustín, «si la Madre fuera ficticia, sería ficticia también la carne (...) y serían ficticias también las cicatrices de la resurrección». Y, por otra, contempla con asombro y celebra con veneración la inmensa grandeza que confirió a María Aquel que quiso ser hijo suyo. La expresión «Madre de Dios» nos dirige al Verbo de Dios, que en la Encarnación asumió la humildad de la condición humana para elevar al hombre a la filiación divina. Pero ese título, a la luz de la sublime dignidad concedida a la Virgen de Nazaret, proclama también la nobleza de la mujer y su altísima vocación. En efecto, Dios trata a María como persona libre y responsable y no realiza la Encarnación de su Hijo sino después de haber obtenido su consentimiento.

Siguiendo el ejemplo de los antiguos cristianos de Egipto, los fieles se encomiendan a Aquella que, siendo Madre de Dios, puede obtener de su Hijo divino las gracias de la liberación de los peligros y de la salvación eterna.

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Hay quienes rechazan tajantemente referirse a María como Madre de Dios. Nos increpan escandalizados: “¿Cómo puede una criatura tan insignificante ser la madre de su Creador, de Aquel que es eterno e increado? ¡Eso es imposible! ¡Es totalmente desproporcionado llamarla Madre de Dios! ¡Es elevarla demasiado en su dignidad, es constituirla en una especie de divinidad! ¡Y Dios es uno sólo!”

Para no confundirnos nosotros y para explicarlo a otros, conviene comprender lo que entendemos bajo este importante título de “María, Madre de Dios”.

Ante todo, un poco de historia. Ya desde el siglo IV los cristianos se dirigían habitualmente a Santa María con el título de Madre de Dios, en griego, Theotokos. En la oración mariana más antigua que se conoce, oración que se remonta a aquella época, se la invocaba así: «Bajo tu misericordia nos refugiamos, ¡oh Madre de Dios!; no desprecies nuestras súplicas en la necesidad, sino líbranos del peligro, sola pura, sola bendita». En efecto, es el origen de la querida oración que hoy conocemos con el título de “Bajo tu amparo”.

Como antigua es aquella oración, antigua es también la discusión sobre si María puede ser llamada o no Madre de Dios: se remonta al siglo V. En aquel entonces Nestorio, elegido patriarca de Constantinopla (hoy Estambul) el 428, consideró intolerable aquel título y lo combatió decididamente. ¿Su argumento? El Verbo de Dios, que existe desde toda la eternidad junto al Padre, no puede haber sido engendrado por ella, deberle la existencia, ser su Hijo. María solamente puede engendrar la naturaleza humana de Jesús, más no la divina, por ello es y puede ser llamada Madre de Jesús, pero no Madre de Dios.

Pero tal argumento presenta un problema grave: ¿Coexisten en Jesús dos personas distintas, una humana y otra divina? Afirmar que María es madre sólo de su parte humana es lo mismo que afirmar que el Verbo “habitó en” un hombre (como si habitase en una casa) y negar que el Verbo “se hizo” hombre (ver Jn 1,14). Y eso es totalmente inadmisible pues «sólo puede ser redimido lo que ha sido asumido»: si el Verbo divino no asumió verdaderamente nuestra naturaleza humana, si Dios no se hizo hombre verdaderamente, entonces no hemos sido redimidos por la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.

Al honrar a María con el título de Madre de Dios no queremos elevarla por encima de Dios, o menos aún afirmar que ella haya dado la existencia al Verbo eterno. ¡Nada más alejado de nuestra fe católica que eso! Al decir que María es Madre de Dios afirmamos en cambio que su Hijo es Dios que se ha hecho verdaderamente hombre en su seno inmaculado, afirmamos que el Verbo divino —la segunda persona de la Trinidad— ha asumido de ella plenamente nuestra naturaleza humana para reconciliarla, redimirla y elevarla, afirmamos que en Cristo, aunque tiene una naturaleza divina y otra humana, no hay sino una sola persona, la divina.

En resumen: si María es madre de Cristo, y Cristo es Dios-hecho-hombre, entonces María es Madre de Dios.

Fundamentándose en este razonamiento, el Concilio de Éfeso, en el año 431, rechazó la doctrina de Nestorio y afirmó la maternidad divina, atribuyendo oficialmente a María el título de “Theotokos”.

A María, mujer elegida para ser la Madre de Dios, se aplican sin duda con particular fuerza las palabras que Dios dirige a su elegido: «Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti» (Jer 31,3). Por ese amor tan especial, Dios la elige, Dios la prepara para ser la Madre de su Hijo. Así, pues, ¿no está ella por encima de cualquier otra criatura humana, por el simple hecho de esta elección divina? Y si Dios la amó y ama tanto, ¿no debo amarla yo también como Él? Y si Dios la elige para cumplir una misión tan importante en la historia de la humanidad, la misión de acercarnos al Reconciliador, de hacer presente a Dios entre nosotros (ver Is 7,14), ¿no debo yo también darle un lugar central en mi vida?

Por otro lado, ¡con qué inmenso amor habrá amado Jesús a su Madre! ¿No es Él el Maestro del auténtico amor humano? ¿No amó Él hasta el extremo? ¿No es Él el amor mismo? Si amo a Jesús con todo mi corazón, ¿no es lo propio querer tener sus mismos sentimientos, querer amar como Él amó, querer amar todo lo que Él amó y a quienes tanto amó? Ésta ha de ser también nuestra respuesta comprometida: «Yo quiero amar a María como Jesús la amó, quiero acogerla en “mi casa” (ver Jn 19,7), en lo más íntimo de mí, en mi vida». Al amar a María como Jesús la amó, descubrirás cómo Ella te enseñará a amar más aún a su Hijo, el Señor Jesús.

IV. PADRES DE LA IGLESIA

Proclo de Constantinopla: «Un día se atrevió a presentarse no un marido, sino un Ángel incorrupto y escuché la Palabra, concebí la Palabra, devolví la Palabra. Di a luz a la Luz e ignoro de qué modo; tengo un hijo y no he conocido varón. Le ofrezco la fuente de mi leche y conservo intacto el tesoro de la virginidad. Llevo al Niño en mis brazos, pero no puedo decir cómo llegué a ser Madre. Por eso reconozco a mi Hijo, mi Hacedor y Creador, Niño que es anterior a los siglos.»

San Juan Damasceno: «Tú naciste de Ella, tú el solo Cristo, el solo Señor, el solo Hijo, al mismo tiempo Dios y hombre. Mediador entre Dios y los hombres, (...) renovaste lo que estaba destrozado, (...) hiciste a los hombres hijos de Dios. ¿Cuál fue el instrumento de estos infinitos beneficios que sobrepasan todo pensamiento y toda comprensión? ¿No es acaso la que te dio a luz, la siempre Virgen? ¡Qué profunda y llena de riqueza es la sabiduría y la ciencia de Dios, qué insondables son sus designios y qué incomprensibles sus caminos! ¡Oh inmensidad de la bondad de Dios! ¡Oh amor que supera toda explicación!»

San Agustín: «Los sabios del mundo prefieren considerar este prodigio como una ficción, antes que creer en su realización. Frente a Cristo, hombre y Dios, desprecian su naturaleza humana en la que no pueden creer, y no creen en su naturaleza divina a la que no pueden despreciar. Pero cuanto más abyecta les parece la humanidad del cuerpo de este Dios hecho hombre, tanto más querida debe serlo para nosotros; y cuanto más imposible parece el parto virginal, tanto más debemos nosotros reconocer en él la omnipotencia divina.»

San Cirilo: «¡Salve, María, que contuviste en tu seno al que ninguna medida puede contener! Por ti, la Santísima Trinidad es glorificada, la Cruz de la redención, adorada en todo el orbe; por ti el Cielo se alegra, los ángeles se regocijan, los demonios son conjurados, el mismo Tentador se precipita en los abismos, y la humanidad —curada de sus heridas— sube a la gloria! (...) por ti alborea el unigénito del Padre, luz esplendorosa que alumbra a cuantos se sientan en tinieblas y en sombra de muerte (...) ¿Qué mortal alabará cual se merece a la que excede a todas las alabanzas?»

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre

464: El acontecimiento único y totalmente singular de la Encarnación del Hijo de Dios no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano. El se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. La Iglesia debió defender y aclarar esta verdad de fe durante los primeros siglos frente a unas herejías que la falseaban.

465: Las primeras herejías negaron menos la divinidad de Jesucristo que su humanidad verdadera (docetismo gnóstico). Desde la época apostólica la fe cristiana insistió en la verdadera encarnación del Hijo de Dios, «venido en la carne». Pero desde el siglo III, la Iglesia tuvo que afirmar frente a Pablo de Samosata, en un Concilio reunido en Antioquía, que Jesucristo es hijo de Dios por naturaleza y no por adopción. El primer Concilio Ecuménico de Nicea, en el año 325, confesó en su Credo que el Hijo de Dios es «engendrado, no creado, de la misma substancia [“homousios”] que el Padre» y condenó a Arrio que afirmaba que «el Hijo de Dios salió de la nada» y que sería «de una substancia distinta de la del Padre».

466: La herejía nestoriana veía en Cristo una persona humana junto a la persona divina del Hijo de Dios. Frente a ella S. Cirilo de Alejandría y el tercer Concilio Ecuménico reunido en Efeso, en el año 431, confesaron que «el Verbo, al unirse en su persona a una carne animada por un alma racional, se hizo hombre». La humanidad de Cristo no tiene más sujeto que la persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido y hecho suya desde su concepción. Por eso el Concilio de Efeso proclamó en el año 431 que María llegó a ser con toda verdad Madre de Dios mediante la concepción humana del Hijo de Dios en su seno: «Madre de Dios, no porque el Verbo de Dios haya tomado de ella su naturaleza divina, sino porque es de ella, de quien tiene el cuerpo sagrado dotado de un alma racional, unido a la persona del Verbo, de quien se dice que el Verbo nació según la carne».

La maternidad divina de María

495: Llamada en los evangelios «la Madre de Jesús» (Jn 2,1; 19,25), María es aclamada bajo el impulso del Espíritu como «la madre de mi Señor» desde antes del nacimiento de su hijo. En efecto, aquel que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el Hijo eterno del Padre, la segunda persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios [«Theotokos»].

501: Jesús es el Hijo único de María. Pero la maternidad espiritual de María se extiende a todos los hombres, a los cuales El vino a salvar: «Dio a luz al Hijo, al que Dios constituyó el mayor de muchos hermanos (Rom 8,29), es decir, de los creyentes, a cuyo nacimiento y educación colabora con amor de madre».

La maternidad virginal de María en el designio de Dios

502: La mirada de la fe, unida al conjunto de la Revelación, puede descubrir las razones misteriosas por las que Dios, en su designio salvífico, quiso que su Hijo naciera de una virgen. Estas razones se refieren tanto a la persona y a la misión redentora de Cristo como a la aceptación por María de esta misión para con los hombres.

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«Ser cristiano auténtico es tener amor filial para con el Padre Eterno —por el Señor Jesús, en el Espíritu Santo— quien también es Padre nuestro; dispensar un profundo amor filial a la Madre de Dios, quien es también Madre nuestra; y vivir en relación justa y fraterna con los seres humanos, que son nuestros hermanos, pues son hermanos del Señor Jesús.»

«La Teotokos, la Madre de Dios, es el Arca de la Nueva Alianza, y su preñez es prenda de bendición. La presencia del Señor en su seno la mueve al anuncio y al servicio. Madre del fuego del Divino Amor, arde con él dando luz y calor. Ella encierra a quien es la Buena Nueva, y por los efectos de su unión, que la Lumen gentium subraya se da “desde el momento de la concepción virginal”, vive intensamente la dinámica irradiativa de la Palabra, la sobreabundancia plenificadora que se torna ansia comunicativa. “¡Ay de mí si no anunciare el Evangelio!”, dice San Pablo. María vive en su interior esa dinámica de quien lleva la impronta de la Buena Nueva.»

«Madre de Dios y de la Iglesia

»El tema de la maternidad ocupó un lugar central en la reflexión mariológica de Puebla. María aparece ligada al misterio central de la reconciliación. Esta singular vinculación es puesta en particular relieve en el momento de la irrupción de Dios en la historia humana a través de la libre cooperación de la Mujer, precisamente, María de Nazaret. “Se nos ha revelado la admirable fecundidad de María. Ella se hace Madre de Dios, del Cristo histórico en el fiat de la Anunciación, cuando el Espíritu Santo la cubre con su sombra” (Puebla, 287).

»Una vez más se comprueba cómo los misterios de Dios no son superfluos para la vida del hombre. La maternidad de María, la Teotocos, no es un asunto de poco relieve, sino que está entrañablemente unido al misterio redentor del Señor Jesús. Precisamente en él la historia y la fe se unen. La realidad histórica se hace palpable y se abre camino en la experiencia existencial de fe. La historicidad de la maternidad y los misterios, por los cuales la humanidad se abre a Dios, que sale a su encuentro, a través del acto libre de la Mujer, surgen del pasado, de su realidad histórica, a vivir en el presente de la fe. La maternidad es comprendida así como un hecho revelador por excelencia, de inagotables consecuencias. El hiato entre el Cristo de la fe y el Jesús de la historia, que algunos han querido establecer, es trascendido como una falsa antinomia más, para reconciliarse en la realidad maciza y extraordinaria del Señor Jesús, hecho Hijo de María para la reconciliación de la humanidad. Los Padres lo explicitan en un pasaje de honda profundidad teológica: “Por medio de María Dios se hizo carne; entró a formar parte de un pueblo; constituyó el centro de la historia. Ella es el punto de enlace del cielo con la tierra. Sin María, el Evangelio se desencarna, se desfigura y se transforma en ideología, en racionalismo espiritualista” (Puebla, 301).

»De la maternidad del Señor Jesús se pasa a la dimensión de la maternidad del Pueblo de Dios. Y es que la Santísima Virgen es Madre del Verbo Encarnado y también es Madre de los fieles. No en el mismo aspecto, pero sí en un dinamismo en donde la riqueza de la analogía se hace concreta en la maternidad de Jesús y en la maternidad espiritual de los seguidores de Jesús.

»“Es Madre de la Iglesia porque es Madre de Cristo, Cabeza del Cuerpo místico” (Puebla, 287). El recordado Pío XII, lo expresa bellamente: “La Madre de la Cabeza sería también madre de los miembros; la Madre de la Vid sería madre de los sarmientos”. Y es así que la fe del Pueblo “reconoce en la Iglesia la familia que tiene por madre a la Madre de Dios” (Puebla, 285). Citando al Concilio Vaticano II, el documento sobre La evangelización en el presente y en el futuro de América Latina dice: “La Iglesia ‘instruida por el Espíritu Santo venera’ a María ‘como madre amantísima, con afecto de piedad filial’ (LG, 53). En esa maduración de la experiencia de fe, el Papa Pablo VI quiso proclamar a María como ‘Madre de la Iglesia’” (Puebla, 286). Y Juan Pablo II, aludiendo a las palabras testamentarias del Señor desde lo alto de la Cruz, dice que “significan que la maternidad de su madre encuentra una ‘nueva’ continuación en la Iglesia y a través de la Iglesia, simbolizada y representada por Juan. De este modo, la que como ‘llena de gracia’ ha sido introducida en el misterio de Cristo para ser su Madre, es decir, la Santa Madre de Dios, por medio de la Iglesia permanece en aquel misterio como ‘la mujer’ indicada en el libro del Génesis (3, 15) al comienzo y por el Apocalipsis (12, 1) al final de la historia de la salvación. Según el eterno designio de la Providencia la maternidad divina de María debe derramarse sobre la Iglesia, como indican algunas afirmaciones de la tradición para las cuales la ‘maternidad’ de María respecto de la Iglesia es el reflejo y la prolongación de su maternidad respecto del Hijo de Dios” (Redemptoris Mater, 24).»

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