Soporte
Rvdo. P. Jürgen Daum, La Sagrada Familia (Ciclo B). «Los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor»
Incrementar tamaño de fuente Disminuir tamaño de fuente
Compartir

La Sagrada Familia. «Los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor»

I. LA PALABRA DE DIOS

Eclo 3, 2-6. 12-14: “El que teme al Señor honra a sus padres”

Dios hace al padre más respetable que a los hijos
y afirma la autoridad de la madre sobre sus hijos.
El que honra a su padre alcanza el perdón de sus pecados,
el que respeta a su madre acumula tesoros;
el que honra a su padre recibirá alegría de sus hijos
y, cuando rece, su oración será escuchada;
el que respeta a su padre tendrá larga vida,
al que honra a su madre el Señor lo escucha.
Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre,
no lo abandones mientras vivas;
aunque su inteligencia se debilite, sé comprensivo con él,
no lo desprecies mientras vivas.
La ayuda prestada al padre no se olvidará,
será tenida en cuenta para pagar tus pecados.

Sal 127, 1-5: “Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos.”

Col 3, 12-21: “Revístanse de sentimientos de misericordia entrañable.”

Hermanos:

Como elegidos de Dios, santos y amados, revístanse de sentimientos de misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión.

Sopórtense mutuamente y perdónense, cuando alguno tenga quejas contra otro.

El Señor los ha perdonado: hagan ustedes lo mismo.

Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo perfecto.

Que la paz de Cristo reine en sus corazones; a ella han sido convocados, para formar un solo cuerpo.

Y sean agradecidos. La palabra de Cristo habite en ustedes con toda su riqueza; instrúyanse unos a otros con toda sabiduría; corríjanse mutuamente.

Canten a Dios, denle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados.

Y, todo lo que de palabra o de obra realicen, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.

Esposas, respeten a sus maridos, como creyentes en el Señor. Maridos, amen a sus esposas, y no sean duros con ellas.

Hijos, obedezcan a sus padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperen a sus hijos, no sea que se desalienten.

Lc 2, 22-40: “El niño iba creciendo y se llenaba de sabiduría.”

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la Ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la Ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para hacer la ofrenda que manda la Ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones».

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.

Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la Ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:

—«Ahora, Señor, según tu promesa,
puedes dejar a tu siervo irse en paz.
Porque mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos:
Luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel».

Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño.

Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre:

—«Mira, este niño está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma».

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.

Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la Ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.

El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

II. APUNTES

La primera lectura está tomada de un libro sapiencial. El pasaje elegido para este Domingo habla de las actitudes que los hijos han de observar para con sus padres: es deber del hijo honrar a su padre y a su madre. El hijo que así obra, experimentará el favor divino, recibirá grandes recompensas.

En la segunda lectura San Pablo exhorta a los cristianos de Colosas a revestirse de entrañas de misericordia, es decir, a acoger y vivir la misma misericordia y caridad que viene de Dios. A este trabajo y esfuerzo antecede, sin embargo, un don: haber sido amados y elegidos por Dios y haber sido santificados por Él. Una vez concedido el don y la gracia, Dios espera de nuestra parte una respuesta afirmativa y una esforzada cooperación, para que el don y la gracia recibidas se expresen en una vida nueva así como en nuevas relaciones interpersonales que han de estar regidas por la bondad, la humildad, la mansedumbre, la paciencia, el saber soportarse unos a otros y perdonarse mutuamente cuando alguno tiene alguna queja contra el otro.

De este esfuerzo por revestirse de entrañas de misericordia derivan también el respeto que las esposas deben a sus maridos, así como el amor que los maridos deben tener a sus mujeres, amor que se expresa en un trato exento de dureza, digno, amable y respetuoso. En lo que toca a los hijos, se expresa en la obediencia que deben a sus padres. Los padres, por su parte, no han de maltratar a sus hijos.

En un hogar en el que Cristo está en medio, el amor es vínculo de perfección y causa de unidad, no hay dominadores ni dominados, no hay abusos e imposición de unos sobre otros, no hay actitudes de imposición y exigencias ser servidos, sino actitud de servicio, de donación, de generosidad, de entrega. Hay unidad de mente, de corazón y de acción en Cristo. La caridad tiene la primacía entre cada uno de los miembros de la familia, empezando por los esposos que deben ser una escuela viva de quienes los hijos han de aprender a vivir también ese mismo amor de Cristo. Ese amor se expresa en el respeto y servicio mutuo, en buscar siempre y en primer lugar el bien del otro antes que el propio, haciendo el esfuerzo de purificarse cada cual de todo egoísmo e individualismo corrosivo. En el esfuerzo personal por vivir la caridad de Cristo se va construyendo la verdadera y profunda comunión entre los esposos e hijos, comunión que trae la paz y la alegría a todos.

Esta unión en el amor se vivía ejemplarmente en la Sagrada Familia. El Evangelio de este Domingo nos presenta una escena de la vida de la Sagrada Familia, una Familia centrada en Dios, que vive ejemplarmente la Alianza, que expresa su amor y gratitud a Dios cumpliendo fielmente todo lo que Él había mandado a su pueblo, en este caso, la consagración del primogénito a Dios, su “rescate”: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para hacer la ofrenda que manda la Ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones». La Sagrada Familia es una familia en la que Dios ocupa verdaderamente un lugar central. Para Santa María y San José esta opción de fe se concreta en el servicio al Hijo de Dios a ellos confiado, pero se expresa también en su amor recíproco, rico en ternura espiritual y fidelidad.

«María y José enseñan con su vida que el matrimonio es una alianza entre el hombre y la mujer, alianza que los compromete a la fidelidad recíproca, y que se apoya en la confianza común en Dios. Se trata de una alianza tan noble, profunda y definitiva, que constituye para los creyentes el sacramento del amor de Cristo y de la Iglesia. La fidelidad de los cónyuges es, a su vez, como una roca sólida en la que se apoya la confianza de los hijos. Cuando padres e hijos respiran juntos esa atmósfera de fe, tienen una energía que les permite afrontar incluso pruebas difíciles, como muestra la experiencia de la Sagrada Familia» (S.S. Juan Pablo II).

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Cuando aún se halla fuertemente grabada en las retinas de sus ojos la luz de Aquel que al nacer iluminó a la humanidad entera con el brillo intenso de su Gloria, la Iglesia invita a todos sus hijos e hijas a ampliar la mirada para dirigirla también a quienes lo acogen en el seno de una familia muy singular. Con ello nos recuerda que por su encarnación Dios no sólo ha asumido nuestra humanidad, sino que también —y por eso mismo— ha «“asumido” todo lo que es humano, en particular, la familia, como primera dimensión de su existencia en la tierra» (Redemptoris custos, 21).

Esta es la razón por la que «la Iglesia rodea de profunda veneración a esta Familia, proponiéndola como modelo para todas las familias. La Familia de Nazaret —inserta directamente en el misterio de la encarnación— constituye un misterio especial» (allí mismo). Por él comprendemos que la obra santificadora se iniciaba en medio de esta familia santificada por la presencia del Señor Jesús: ciertamente, «en esta grande obra de renovación de todas las cosas en Cristo, el matrimonio, purificado y renovado, se convierte en una realidad nueva, en un sacramento de la Nueva Alianza» (allí mismo).

Así, pues, Cristo, a la vez que es presentado al mundo entero en el seno de una familia humana, presenta Él mismo a esta Sagrada Familia como paradigma de toda familia cristiana, de modo que su luz se proyecte e ilumine a todos los que con sincero corazón quieren hacer de su unión conyugal un proyecto de vida común que lleve a la maduración y realización humana de cada uno de sus miembros mediante el “amor hermoso”, fomentado y vivido en su pequeña comunidad o iglesia doméstica (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1655-1657).

Por ello la Iglesia es profundamente consciente de que la tarea de promover, renovar y santificar en Cristo a las familias es una tarea urgente y muy necesaria, especialmente cuando ve que muchos de sus hijos e hijas, al dejarse envolver y fascinar por la actual “cultura de muerte”, vienen sufriendo un sistemático vaciamiento de su fe, así como un ataque continuo al fundamento de su vida moral. En este sentido podríamos decir que también hoy, en implacable aunque disimulada y sutil persecución, el Niño busca ser arrancado del corazón de las familias cristianas por hodiernos “emisarios de Herodes”.

En efecto, es muy triste y doloroso constatar cómo la institución familiar ha ido perdiendo mucho prestigio como consecuencia del hondo proceso de crisis ante el que tantos matrimonios cristianos han sucumbido. Pero, ¿qué otra cosa habría de esperarse cuando al dejar de lado a Cristo, aislando la fe de la vida cotidiana, han rechazado a Aquel que es la piedra angular de todo edificio? Y es que el Señor Jesús, al ser el fundamento último de la Iglesia, lo es necesariamente de toda “iglesia doméstica” y de cada uno de los hombres y mujeres que han pisado, pisan o pisarán la faz de la tierra. La advertencia del Señor en este sentido ha sido y seguirá siendo siempre muy clara: «sin mí no pueden hacer nada» (Jn 15,5), o como dice también el salmista con inspiradas palabras: «si el Señor no construye la casa, en vano se afanan los albañiles» (Sal 126,1).

El dolor y la tristeza aumentan cuando vemos que en el concepto de familia que tiene y propaga la moderna sociedad consumista, tanto el esposo como la esposa, o los hijos, nacidos o no, han dejado de ser sujetos de un amor único e irrevocable para convertirse en “objetos de consumo”, que, como cualquier otro producto, son susceptibles de ser “adquiridos” o “descartados” según el gusto, el capricho o el sentimiento de momento. La “cultura de lo descartable”, del “comprar, usar y botar”, ha hecho que el amor fiel que alguna vez se le prometió al esposo o a la esposa, ante el Señor y la comunidad entera, se pueda descartar con la misma facilidad con la que se deshecha un objeto que ya “no sirve más” a los propios intereses mezquinos y egoístas. Lo mismo, dicho sea de paso, se hace con un hijo concebido pero “no deseado”. ¡Tanta irreflexión e inmadurez vemos en la cultura moderna, a la hora de aproximarse a la verdad y dignidad del ser humano!

Con el avance de una sociedad que ha optado por darle la espalda a Dios, incluso los valores humanos más sagrados han terminado por convertirse en algo que depende del capricho de cada cual, una pieza más que puede ser reemplazada según las circunstancias del momento. Así pues, por el divorcio se llega a descartar el amor único y fiel que alguna vez se le prometió al cónyuge; por el aborto se llega a descartar una vida “entrometida” e “incómoda”; por el “sexo libre” —disfrazado convenientemente como “amor” cuando no es más que un egoísmo compartido entre dos— se desprecia al hombre o a la mujer como misterio profundo, como hijo o hija de Dios, como persona humana que merece nuestro respeto y profunda reverencia.

La tristeza y preocupación de la Iglesia es grande al ver cómo la vida de muchos de sus hijos viene siendo regida por las leyes de esta moderna sociedad de consumo (ver Evangelium vitae, 23), y por ello, ante todo este desconcierto, no se cansa de invitar con maternal amor a los casados —y también a aquellos que en el futuro esperan unirse en santo matrimonio— a que dirijan su mirada a la Familia de Nazaret, para que hagan de esta Familia el modelo de su propia vida familiar.

La Iglesia está segura de que la familias cristianas, al contemplar y descubrir en la Sagrada Familia las características del auténtico amor, tal y como debe ser vivido entre los esposos y sus hijos, serán ellos mismos firmemente alentados y rectamente orientados a seguir ese específico sendero de santidad y de plena realización humana.

Preguntémonos ahora: ¿Cuáles son algunas de esas orientaciones que la paradigmática familia de Nazaret brinda a las familias cristianas?

«Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados». La voz del Apóstol les recuerda a los padres, aunque no sólo a ellos, sino también a todo otro miembro de la familia cristiana, que ante todo deben tener siempre una clara conciencia de su identidad y “estado de elección”: los esposos son hijos de Dios, por quienes el Señor Jesús ha dado su sangre. Por ello, su primera y principal tarea es la de reconocer su dignidad y la de trabajar por ser santos, procurando vivir en amorosa obediencia a Dios y a sus planes de amor. Como amados de Dios, los esposos han sido elegidos por Dios para cumplir una fundamental misión de paternidad o maternidad, misión que sólo podrán realizar si trabajan por hacer de su matrimonio un ámbito de amor y comunión que se nutre del amor de Dios. En efecto, la familia cristiana se construye y edifica sobre el amor de los esposos, amor que viene de Dios y que se vive «como Cristo nos ha enseñado» (Jn 15,12), por el que «se entregan y se reciben recíprocamente en la unidad de “una sola carne”» (S.S. Juan Pablo II, Carta a las familias, 11). Este amor, que hace que el hombre «se realice mediante la entrega sincera de sí mismo», significa «dar y recibir lo que no se puede comprar ni vender, sino sólo regalar libre y recíprocamente», y ese amor, que realiza la entrega de la persona «exige, por su naturaleza, que sea duradera e irrevocable» (allí mismo).

La fidelidad de los padres a su identidad y vocación fundamental como hijos de Dios les permitirá, viviendo como discípulos de Cristo, revestirse de «entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia», haciendo del amor y de la caridad el vínculo de comunión de esta pequeña iglesia doméstica que ellos han formado. Por ello, cuando «la esencia y el cometido de la familia son definidos en última instancia por el amor» (Familiaris consortio, 17), el hogar cumple su función de ser la primera escuela de vida cristiana, «escuela del más rico humanismo» (GS 52) en donde los hijos aprenden a vivir el “amor hermoso” en la entrega de sí mismos y en la respetuosa acogida del otro.

Como colaboradores de Dios en su obra creadora (ver Evangelium vitae, 43), los padres han de recordar siempre con alegría y gratitud su específica vocación de servir a la vida —a todos y cada uno de los hijos— que brota del don de Dios, vida que es el fruto precioso de su unión en el amor. En este sentido, ser padre o madre implica ser portador de una hermosísima misión de la que el Señor les ha hecho partícipes: viviendo un amor maduro deberán estar abiertos a la bendición de la vida, han de cuidar y proteger a sus hijos porque son un don de Dios, y han de educarlos —¡con la palabra y el ejemplo!— en la auténtica libertad, aquella que se realiza en la entrega sincera de sí. De este modo cumplen fielmente su misión, cuando buscan cultivar en sus hijos «el respeto del otro, el sentido de la justicia, la acogida cordial, el diálogo, el servicio generoso, la solidaridad y los demás valores que ayudan a vivir la vida como un don» (Evangelium vitae, 92). Por último, tienen como deber más sagrado el fomentar en sus hijos la obediencia de la fe prestada a Dios, por la que los guían y orientan en el camino de su propia realización, según la propia vocación y misión con la que Dios los bendice.

También han de recordar vivamente que por el ejercicio constante de su fe, están llamados a colaborar primera y principalmente con la gracia del Señor en la tarea de traer a sus hogares la presencia del Emmanuel: como María, acogiendo, concibiendo y dando a luz la Palabra, y como José, protegiendo diligentemente al Niño de la persecución que sufre en el mundo por los modernos “Herodes”. En este sentido, toda familia cristiana «recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia su esposa» (Familiaris consortio, 17).

Tras las huellas de María y José, los hogares cristianos están llamados a convertir su vocación al amor doméstico —con la oblación sobrehumana de sí, de su corazón y de toda capacidad—, en el amor puesto al servicio del Mesías, que crece en su casa. De ese modo, al esforzarse los padres en ser para sus hijos un vivo ejemplo y testimonio de amor y caridad cristiana, los hijos estarán en condiciones de vivir, a su vez, en amorosa y respetuosa actitud para con sus padres y con todos sus semejantes.

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Beda: «Ésta era la ofrenda de los pobres porque el Señor había mandado en la ley que los que pudiesen ofrecer un cordero por el hijo o por la hija, ofreciesen a la vez la tórtola o la paloma; pero que los que no pudieran ofrecer un cordero, ofreciesen dos tórtolas o dos pichones. Así el Señor, siendo rico, se dignó hacerse pobre, para hacernos participantes de sus riquezas por su pobreza.»

San Basilio: «Obedeciendo desde su primera edad a sus padres, se sometió Jesús humilde y respetuosamente a todo trabajo corporal, porque, aunque eran honestos y justos, con todo, como pobres y sufriendo escasez hasta en lo necesario, es claro que se procuraban lo necesario para la vida con el continuo sudor de sus cuerpos. Y bien, Jesús, que obedecía a sus padres —como dice la Sagrada Escritura—, tomaba parte en sus trabajos con entera sumisión.»

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

La familia cristiana, “iglesia doméstica”

1655: Cristo quiso nacer y crecer en el seno de la Sagrada Familia de José y de María. La Iglesia no es otra cosa que la «familia de Dios». Desde sus orígenes, el núcleo de la Iglesia estaba a menudo constituido por los que, «con toda su casa», habían llegado a ser creyentes. Cuando se convertían deseaban también que se salvase «toda su casa». Estas familias convertidas eran islotes de vida cristiana en un mundo no creyente.

1656: En nuestros días, en un mundo frecuentemente extraño e incluso hostil a la fe, las familias creyentes tienen una importancia primordial en cuanto faros de una fe viva e irradiadora. Por eso el Concilio Vaticano II llama a la familia, con una antigua expresión, «Ecclesia doméstica» (LG 11). En el seno de la familia, «los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo, y han de fomentar la vocación personal de cada uno y, con especial cuidado, la vocación a la vida consagrada» (LG 11).

1657: Aquí es donde se ejercita de manera privilegiada el sacerdocio bautismal del padre de familia, de la madre, de los hijos, de todos los miembros de la familia, «en la recepción de los sacramentos, en la oración y en la acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la renuncia y el amor que se traduce en obras» (LG 10). El hogar es así la primera escuela de la vida cristiana y «escuela del más rico humanismo» (GS 52, 1). Aquí se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de su vida.

1658: Es preciso recordar asimismo a un gran número de personas que permanecen solteras a causa de las concretas condiciones en que deben vivir, a menudo sin haberlo querido ellas mismas. Estas personas se encuentran particularmente cercanas al corazón de Jesús; y, por ello, merecen afecto y solicitud diligentes de la Iglesia, particularmente de sus pastores. Muchas de ellas viven sin familia humana, con frecuencia a causa de condiciones de pobreza. Hay quienes viven su situación según el espíritu de las bienaventuranzas sirviendo a Dios y al prójimo de manera ejemplar. A todas ellas es preciso abrirles las puertas de los hogares, «iglesias domésticas» y las puertas de la gran familia que es la Iglesia. «Nadie se sienta sin familia en este mundo: la Iglesia es casa y familia de todos, especialmente para cuantos están “fatigados y agobiados” (Mt 11, 28)».

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«Santo Domingo lo dice muy hermosamente: “Jesucristo es la Nueva Alianza, en Él el matrimonio adquiere su verdadera dimensión. Por su Encarnación y por su vida en familia con María y José en el hogar de Nazaret se constituye en modelo de toda familia. El amor de los esposos por Cristo llega a ser como Él: total, exclusivo, fiel y fecundo. A partir de Cristo y por su voluntad, proclamada por el Apóstol, el matrimonio no sólo vuelve a la perfección primera sino que se enriquece con nuevos contenidos. El matrimonio cristiano es un sacramento en el que el amor humano es santificante y comunica la vida divina por la obra de Cristo, un sacramento en el que los esposos significan y realizan el amor de Cristo y de su Iglesia, amor que pasa por el camino de la cruz, de las limitaciones, del perdón y de los defectos para llegar al gozo de la resurrección” (SD, 213).

»Así pues, el matrimonio cristiano es un ideal muy hermoso en el que el mismo amor del esposo y la esposa, puesto ante todos de manifiesto en la alianza sacramental, expresa como público símbolo el amor de un hombre y una mujer que han aceptado el Plan divino, tornándose testimonio de la presencia pascual del Señor, y que se comprometen establemente a donarse a sí mismos y constituir una comunidad de amor, una Iglesia doméstica en la que se forja una parte irremplazable del destino de la humanidad y en la que se concreta una nueva frontera del proceso de la Nueva Evangelización.»

«El camino de la santidad matrimonial no es una carrera rápida, sino de perseverancia. No se trata de tomarlo todo junto, sino paso a paso, perseverantemente, dejándose ayudar por el Espíritu, e implorando la intercesión de la siempre Virgen María y del Santo Custodio.

»Las familias son la primera línea de la Iglesia. Su tarea es enorme y apasionante. Son esas “iglesias domésticas”, cuya mera mención sobrecoge por su grandeza y su misión. Por eso es bueno que los matrimonios, para ser lo que deben ser, miren siempre a la Familia de Nazaret, recen a quienes la forman, se dejen impactar por su paz, belleza y armonía, y ante esa magna escuela de fe descubran la hermosísima misión de los hogares cristianos, que ardientes en amor, fe y esperanza están llamados a dar testimonio de lo que es vivir en la luz y el calor de la ternura de Dios a un mundo que se encuentra sumido en la oscuridad de la cultura de muerte y tirita de frío porque se viene escurriendo del abrigo de la Iglesia del Señor, Ecclesia sua.»

Consultas

© Copyright 2013. BIBLIOTECA ELECTRÓNICA CRISTIANA -BEC- VE MULTIMEDIOS™. La versión electrónica de este documento ha sido realizada por VE MULTIMEDIOS - VIDA Y ESPIRITUALIDAD. Todos los derechos reservados. La -BEC- está protegida por las leyes de derechos de autor nacionales e internacionales que prescriben parámetros para su uso. Hecho el depósito legal.


Diseño web :: Hosting Católico