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S.S. Benedicto XVI, Audiencia general, 26 de noviembre de 2008. La doctrina de la justificación. De la fe a las obras
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Audiencia general, 26 de noviembre de 2008. La doctrina de la justificación. De la fe a las obras

Palabras de saludo del Santo Padre al Patriarca Aram I

Esta ma√Īana, saludo con gran alegr√≠a a Su Santidad Aram I, Catholic√≥s de Cilicia de los armenios, as√≠ como a la distinguida delegaci√≥n que lo acompa√Īa y a los peregrinos armenios procedentes de diversos pa√≠ses. Esta visita fraterna es una ocasi√≥n significativa para fortalecer los v√≠nculos de unidad que ya existen entre nosotros, mientras avanzamos hacia la comuni√≥n plena, que es el objetivo de todos los seguidores de Cristo y un don que debemos pedir al Se√Īor cada d√≠a.

Por este motivo, Santidad, invoco la gracia del Esp√≠ritu Santo sobre su peregrinaci√≥n a las tumbas de los ap√≥stoles San Pedro y San Pablo, e invito a todos los presentes a orar con fervor al Se√Īor para que su visita y nuestros encuentros sean un nuevo paso en el camino hacia la unidad plena.

Santidad, deseo expresarle mi gratitud en especial por su constante compromiso personal en el campo del ecumenismo, particularmente en la Comisión mixta internacional para el diálogo teológico entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas orientales, y en el Consejo mundial de Iglesias.

En la fachada exterior de la basílica vaticana hay una estatua de San Gregorio el Iluminador, fundador de la Iglesia armenia, que uno de vuestros historiadores llamó "nuestro progenitor y padre en el Evangelio". La presencia de esta estatua evoca los sufrimientos que le costó llevar al pueblo armenio al cristianismo, pero también recuerda a los numerosos mártires y confesores de la fe cuyo testimonio ha dado abundantes frutos en la historia de vuestro pueblo. La cultura y la espiritualidad armenias están impregnadas del orgullo de este testimonio de sus antepasados, que sufrieron con fidelidad y valentía en comunión con el Cordero degollado para la salvación del mundo.

Bienvenidos, Santidad, queridos obispos y queridos amigos. Juntos invoquemos la intercesión de San Gregorio el Iluminador y sobre todo a la Virgen Madre de Dios, para que iluminen nuestro camino y nos guíen hacia la plenitud de la unidad que todos deseamos.

Catequesis del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

En la catequesis del miércoles pasado hablé de la cuestión de cómo el hombre llega a ser justo ante Dios. Siguiendo a San Pablo, hemos visto que el hombre no es capaz de ser "justo" con sus propias acciones, sino que realmente sólo puede llegar a ser "justo" ante Dios porque Dios le confiere su "justicia" uniéndolo a Cristo, su Hijo. Y esta unión con Cristo, el hombre la obtiene mediante la fe. En este sentido, San Pablo nos dice: no son nuestras obras, sino la fe la que nos hace "justos".

Sin embargo, esta fe no es un pensamiento, una opini√≥n o una idea. Esta fe es comuni√≥n con Cristo, que el Se√Īor nos concede y por eso se convierte en vida, en conformidad con √©l. O, con otras palabras, la fe, si es verdadera, si es real, se convierte en amor, se convierte en caridad, se expresa en la caridad. Una fe sin caridad, sin este fruto, no ser√≠a verdadera fe. Ser√≠a fe muerta.

Por tanto, en la √ļltima catequesis encontramos dos niveles: el de la irrelevancia de nuestras acciones, de nuestras obras para alcanzar la salvaci√≥n, y el de la "justificaci√≥n" mediante la fe que produce el fruto del Esp√≠ritu. Confundir estos dos niveles ha causado, en el transcurso de los siglos, no pocos malentendidos en la cristiandad. En este contexto es importante que San Pablo, en la misma carta a los G√°latas, por una parte, ponga el acento de forma radical en la gratuidad de la justificaci√≥n no por nuestras obras, pero que, al mismo tiempo, subraye tambi√©n la relaci√≥n entre la fe y la caridad, entre la fe y las obras: "En Cristo Jes√ļs ni la circuncisi√≥n ni la incircuncisi√≥n tienen valor, sino solamente la fe que act√ļa por la caridad" (Ga 5, 6). En consecuencia, por una parte, est√°n las "obras de la carne" que son "fornicaci√≥n, impureza, libertinaje, idolatr√≠a..." (cf. Ga 5, 19-21): todas obras contrarias a la fe; y, por otra, est√° la acci√≥n del Esp√≠ritu Santo, que alimenta la vida cristiana suscitando "amor, alegr√≠a, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de s√≠" (Ga 5, 22-23): estos son los frutos del Esp√≠ritu que brotan de la fe.

Al inicio de esta lista de virtudes se cita al agapé, el amor; y, en la conclusión, el dominio de sí. En realidad, el Espíritu, que es el Amor del Padre y del Hijo, derrama su primer don, el agapé, en nuestros corazones (cf. Rm 5, 5); y el agapé, el amor, para expresarse en plenitud exige el dominio de sí. Sobre el amor del Padre y del Hijo, que nos alcanza y transforma profundamente nuestra existencia, traté también en mi primera encíclica: Deus caritas est. Los creyentes saben que en el amor mutuo se encarna el amor de Dios y de Cristo, por medio del Espíritu.

Volvamos a la carta a los G√°latas. Aqu√≠ San Pablo dice que los creyentes, soport√°ndose mutuamente, cumplen el mandamiento del amor (cf. Ga 6, 2). Justificados por el don de la fe en Cristo, estamos llamados a vivir amando a Cristo en el pr√≥jimo, porque seg√ļn este criterio seremos juzgados al final de nuestra existencia. En realidad, San Pablo no hace sino repetir lo que hab√≠a dicho Jes√ļs mismo y que nos record√≥ el Evangelio del domingo pasado, en la par√°bola del Juicio final.

En la primera carta a los Corintios, San Pablo hace un c√©lebre elogio del amor. Es el llamado "himno a la caridad": "Aunque hablara las lenguas de los hombre y de los √°ngeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o c√≠mbalo que reti√Īe. (...) La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engr√≠e; es decorosa; no busca su inter√©s..." (1 Co 13, 1. 4-5). El amor cristiano es muy exigente porque brota del amor total de Cristo por nosotros: el amor que nos reclama, nos acoge, nos abraza, nos sostiene, hasta atormentarnos, porque nos obliga a no vivir ya para nosotros mismos, encerrados en nuestro ego√≠smo, sino para "Aquel que ha muerto y resucitado por nosotros" (cf. 2 Co 5, 15). El amor de Cristo nos hace ser en √©l la criatura nueva (cf. 2 Co 5, 17) que entra a formar parte de su Cuerpo m√≠stico, que es la Iglesia.

Desde esta perspectiva, la centralidad de la justificaci√≥n sin las obras, objeto primario de la predicaci√≥n de San Pablo, no est√° en contradicci√≥n con la fe que act√ļa en el amor; al contrario, exige que nuestra misma fe se exprese en una vida seg√ļn el Esp√≠ritu. A menudo se ha visto una contraposici√≥n infundada entre la teolog√≠a de San Pablo y la de Santiago, que, en su carta escribe: "Del mismo modo que el cuerpo sin esp√≠ritu est√° muerto, as√≠ tambi√©n la fe sin obras est√° muerta" (St 2, 26). En realidad, mientras que San Pablo se preocupa ante todo en demostrar que la fe en Cristo es necesaria y suficiente, Santiago pone el acento en las relaciones de consecuencia entre la fe y las obras (cf. St 2, 2-4).

As√≠ pues, tanto para San Pablo como para Santiago, la fe que act√ļa en el amor atestigua el don gratuito de la justificaci√≥n en Cristo. La salvaci√≥n, recibida en Cristo, debe ser conservada y testimoniada "con respeto y temor. De hecho, es Dios quien obra en vosotros el querer y el obrar como bien le parece. Hacedlo todo sin murmuraciones ni discusiones (...), presentando la palabra de vida", dir√° tambi√©n San Pablo a los cristianos de Filipos (cf. Flp 2, 12-14. 16).

Con frecuencia tendemos a caer en los mismos malentendidos que caracterizaban a la comunidad de Corinto: aquellos cristianos pensaban que, habiendo sido justificados gratuitamente en Cristo por la fe, "todo les era lícito". Y pensaban, y a menudo parece que lo piensan también los cristianos de hoy, que es lícito crear divisiones en la Iglesia, Cuerpo de Cristo, celebrar la Eucaristía sin interesarse por los hermanos más necesitados, aspirar a los carismas mejores sin darse cuenta de que somos miembros unos de otros, etc.

Las consecuencias de una fe que no se encarna en el amor son desastrosas, porque se reduce al arbitrio y al subjetivismo más nocivo para nosotros y para los hermanos. Al contrario, siguiendo a San Pablo, debemos tomar nueva conciencia de que, precisamente porque hemos sido justificados en Cristo, no nos pertenecemos ya a nosotros mismos, sino que nos hemos convertido en templo del Espíritu y por eso estamos llamados a glorificar a Dios en nuestro cuerpo con toda nuestra existencia (cf. 1 Co 6, 19). Sería un desprecio del inestimable valor de la justificación si, habiendo sido comprados al caro precio de la sangre de Cristo, no lo glorificáramos con nuestro cuerpo.

En realidad, este es precisamente nuestro culto "razonable" y al mismo tiempo "espiritual", por el que San Pablo nos exhorta a "ofrecer nuestro cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios" (cf. Rm 12, 1). ¬ŅA qu√© se reducir√≠a una liturgia que se dirigiera s√≥lo al Se√Īor y que no se convirtiera, al mismo tiempo, en servicio a los hermanos, una fe que no se expresara en la caridad? Y el Ap√≥stol pone a menudo a sus comunidades frente al Juicio final, con ocasi√≥n del cual todos "seremos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo en su vida mortal, el bien o el mal" (2 Co 5, 10; cf. tambi√©n Rm 2, 16). Y este pensamiento debe iluminarnos en nuestra vida de cada d√≠a.

Si la √©tica que San Pablo propone a los creyentes no degenera en formas de moralismo y se muestra actual para nosotros, es porque cada vez vuelve a partir de la relaci√≥n personal y comunitaria con Cristo, para hacerse realidad en la vida seg√ļn el Esp√≠ritu. Esto es esencial: la √©tica cristiana no nace de un sistema de mandamientos, sino que es consecuencia de nuestra amistad con Cristo. Esta amistad influye en la vida: si es verdadera, se encarna y se realiza en el amor al pr√≥jimo.

Por eso, cualquier decaimiento ético no se limita a la esfera individual, sino que al mismo tiempo es una devaluación de la fe personal y comunitaria: de ella deriva y sobre ella influye de forma determinante. Así pues, dejémonos alcanzar por la reconciliación, que Dios nos ha dado en Cristo, por el amor "loco" de Dios por nosotros: nada ni nadie nos podrá separar nunca de su amor (cf. Rm 8, 39). En esta certeza vivimos. Y esta certeza nos da la fuerza para vivir concretamente la fe que obra en el amor.

Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua espa√Īola, en particular a los procedentes de Espa√Īa, M√©xico, Chile, y a los venidos de otros pa√≠ses de Latinoam√©rica. En estos momentos deseo recordar la marcha para pedir la libertad de los secuestrados que tendr√° lugar el pr√≥ximo viernes en Colombia. Elevo a Dios una ferviente plegaria para que acabe ese flagelo y se logre pronto la concordia y la paz en esa amada naci√≥n. Muchas gracias.

(En francés)

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua francesa, y en particular al grupo de Aix-en-Provence. Ojal√° que, siguiendo la ense√Īanza de San Pablo, el culto que rend√≠s a Dios se convierta al mismo tiempo en servicio a vuestros hermanos y que vuestra fe se exprese realmente en la caridad.

(A los peregrinos polaco)

Caminando por las calles de Roma siguiendo las huellas de San Pablo, conservad en la memoria sus palabras de aliento: "No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto".

(A los fieles y peregrinos croatas)

Cristo Rey, cuya venida en la fe y en la esperanza esperamos con alegría, os bendiga y proteja a vosotros y a vuestras familias.

(A un grupo de sacerdotes de la archidi√≥cesis de Catania, encabezados por su pastor, monse√Īor Salvatore Gristina)

Queridos amigos, cuidad cada vez m√°s vuestro encuentro personal con Jes√ļs y perseverad en el cumplimiento generoso de vuestro ministerio al servicio del pueblo cristiano.

Saludo, por √ļltimo, a los j√≥venes, a los enfermos y a los reci√©n casados. El domingo pr√≥ximo comienza el tiempo de Adviento, preparaci√≥n para el Nacimiento de Cristo. Os exhorto a vosotros, queridos j√≥venes, a vivir este "tiempo fuerte" con vigilante oraci√≥n y ardiente acci√≥n apost√≥lica. A vosotros, queridos enfermos, os animo a sostener con el ofrecimiento de vuestros sufrimientos el camino de toda la Iglesia de preparaci√≥n para la Navidad. Y a vosotros, queridos reci√©n casados, os deseo que se√°is testigos del esp√≠ritu de amor que anima y sostiene a toda la familia de Dios.

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