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Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo I de Adviento (Ciclo B). «Estén despiertos y vigilantes»
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Domingo I de Adviento. «Estén despiertos y vigilantes»

I. LA PALABRA DE DIOS

Is 63,16b-17.19b; 64,2b-7: “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!”

Tú, Señor, eres nuestro padre,
desde siempre te invocamos como «Nuestro redentor».
Señor, ¿por qué permites que nos desviemos de tus caminos
y endureces nuestro corazón para que no te respetemos?
Cambia de actitud, por amor a tus siervos
y a las tribus que te pertenecen.
¡Ojalá rasgases el cielo y bajases,
derritiendo los montes con tu presencia!
Bajaste, y los montes se derritieron con tu presencia.
Jamás oído oyó, ni ojo vio
un Dios, fuera de ti,
que hiciera tanto por el que espera en él.
Sales al encuentro del que practica gozosamente la justicia
y se acuerda de tus caminos.
Estabas enojado, porque habíamos pecado:
aparta nuestras culpas, y seremos salvos.
Todos éramos impuros,
nuestra justicia era como paño inmundo.
Todos nos marchitábamos como si fuéramos hojas:
nuestras culpas nos arrastraban como el viento.
Nadie invocaba tu nombre
ni se esforzaba por aferrarse a ti;
pues nos ocultabas tu rostro
y nos entregabas al poder de nuestra culpa.
Y, sin embargo, Señor; tú eres nuestro padre,
nosotros la arcilla y tú el alfarero:
somos todos obra de tu mano.

Sal 79,2-3.15-16.18-19: “Señor, Dios nuestro, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”

Col 1,3-9: “Aguardamos la manifestación de nuestro Señor Jesucristo”

Hermanos:

A ustedes gracia y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.

En mi acción de gracias a Dios los tengo siempre presentes, por la gracia que Dios les ha dado en Cristo Jesús.

Pues por medio de Él han sido enriquecidos en todo: en el hablar y en el saber.

El testimonio sobre Cristo se ha confirmado en ustedes, hasta el punto de que no les falta ningún don a los que aguardan la manifestación de nuestro Señor Jesucristo.

Él los mantendrá firmes hasta el final, para que no tengan de qué acusarlos en el día de la venida de nuestro Señor Jesucristo.

Porque Dios es fiel, y Él los llamó a vivir en comunión con su Hijo, Jesucristo, Señor nuestro.

Mc 13,33-37: “Estén atentos, pues no saben cuándo vendrá el dueño de la casa”

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

—«Estén despiertos y vigilantes: pues no saben ustedes cuándo llegará el momento.

Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejó su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que vigilara.

Estén atentos, pues no saben cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a media noche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y los encuentre dormidos.

Lo que les digo a ustedes se lo digo a todos: ¡estén vigilantes!»

II. APUNTES

Con el primer Domingo de Adviento se inicia un nuevo año litúrgico, es decir, la celebración de los misterios de la vida del Señor Jesús a lo largo de un año, «desde la Encarnación y la Navidad hasta la Ascensión, el día de Pentecostés y la expectativa de la feliz esperanza y venida del Señor» (Sacrosanctum Concilium, 102).

El año litúrgico se inicia con el Adviento, tiempo de preparación para la celebración del Nacimiento de Jesucristo, el Hijo de Dios que por obra del Espíritu Santo se encarnó de María Virgen.

En el Adviento miramos hacia el pasado, meditando en las promesas que alimentaban la esperanza de Israel cuando caminaba en medio de las tinieblas de sus propias infidelidades, ansiando el día en que la luz de salvación prometida por Dios brillaría sobre su suelo para siempre. Mirando al pasado nos alegramos en el hoy de nuestra historia porque aquellas promesas hallaron su cumplimiento con la primera venida del Hijo de Dios entre los hombres.

El Adviento es también es un tiempo para mirar hacia el futuro, pues el Señor Jesús, vencedor del pecado y de la muerte, Reconciliador de los hombres, Señor del tiempo y de la historia, ha prometido venir definitivamente en la consumación de los tiempos para hacer partícipes de su Reino a todos cuantos hayan perseverado fielmente en su amor.

Finalmente el Adviento es un tiempo para mirar al tiempo presente, al hoy y ahora de nuestro peregrinar, pues éste es tiempo de salvación para cada uno de nosotros (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1168), tiempo en el que el Señor viene incesantemente a nosotros por medio de su Espíritu, en la Iglesia (ver Mt 18,20), principalmente a través de los sacramentos: «La venida intermedia es oculta, sólo la ven los elegidos, en sí mismos, y gracias a ella reciben la salvación» (San Bernardo). En el hoy de nuestra historia acogemos los dones que Dios nos ha dado por medio de su Hijo y nos preparamos diligentemente para el Encuentro definitivo, para recibir aquello que Dios tiene preparado para aquellos que le aman (ver 1Cor 2,9).

El Evangelio de este Domingo

El Señor Jesús, haciendo uso de una brevísima parábola, invita a sus discípulos a mantenerse en actitud de vigilante y activa espera: «Estén despiertos y vigilantes: pues no saben ustedes cuándo llegará el momento.»

¿A qué momento hace referencia? Al momento de su última venida al final de los tiempos, su parusía (ver 2ª. lectura). En efecto, la parábola y exhortación del Señor hacen parte del discurso escatológico del Señor (Mc 13), es decir, sus enseñanzas sobre el fin del mundo, sobre los últimos tiempos de la humanidad.

El dueño de la casa que «se fue de viaje», dejando «a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que vigilara», «es Cristo, quien, subiendo triunfante a su Padre después de la resurrección, dejó corporalmente la Iglesia.» (San Beda)

El momento de su retorno permanecerá desconocido para todos: «no saben cuándo vendrá el dueño de la casa». El desconocimiento del día y de la hora de su venida, el hecho de que vendrá inesperadamente, invita al discípulo de Cristo a permanecer siempre en vela, siempre a la espera, a estar preparado en todo momento. Vigila el siervo que cumple la tarea encomendada, que está siempre “al día” con las obligaciones y responsabilidades encomendadas por su señor, quien no se descuida o abandona sus tareas cotidianas pensando que el dueño tardará en llegar. Quien no se encuentra preparado en todo momento, ahora y siempre, para la venida de su señor, se parece a aquel que duerme: será sorprendido sin estar preparado, lo que lo pone en riesgo de ser rechazado, despedido de la presencia de su señor.

El creyente, con la misma intensidad con la que antiguamente el profeta Isaías anhelaba que Dios se hiciese presente en medio de su pueblo rasgando el cielo y bajando a la tierra (ver 1ª. lectura), anhela, espera y se prepara activamente para la segunda venida de su Señor.

Este llamado del Señor es un llamado universal: «Lo que les digo a ustedes se lo digo a todos: ¡estén vigilantes!»

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Comienza el tiempo de Adviento, tiempo de preparación para la jubilosa celebración de la Navidad. Cada uno de nosotros debe proponerse vivir intensamente este tiempo de Adviento como preparación para la Navidad. Ayuda ciertamente la preparación exterior: buscar adornar nuestras casas, oficinas, lugares de trabajo, cuartos, etc. con símbolos alusivos a la Navidad y frases que expresen la espera del nacimiento del Señor. Es oportuno recordar que la Navidad no es “Papá Noel”, tampoco solamente una ocasión para reunirse en familia estando sin embargo ausente “el dueño del santo”. ¡La Navidad es Jesús! Y sin Jesús, no hay Navidad. No dejemos, pues, que la cultura cada día más secularizada nos arranque a Jesús de nuestras mentes, de nuestros corazones, de nuestras familias, de nuestras sociedades todavía cristianas.

Mas el tiempo de Adviento no sólo mira a una preparación externa, de símbolos navideños, de juegos de luces, de dulces y galletas, de compra de regalos para el intercambio en la Nochebuena. El Adviento invita a una preparación de mucho mayor transcendencia, la preparación y purificación interior para la venida final del Señor, para el encuentro definitivo con Él. Llega el día en que Él vendrá en su gloria, el día de su “última venida”. Y el día de su venida, a decir de San Agustín, «será para cada uno aquel (día) en que salga de este mundo tal y como deba ser juzgado. Por ello debe vigilar todo cristiano, para que no le halle desprevenido la venida del Señor, pues hallará desprevenido aquel día a todo el que no esté prevenido el último día de su vida». Así, pues, conviene avivar la conciencia de que en este mundo sólo estamos de peregrinos hacia una patria definitiva, y que ésa es la vida que debemos conquistar: la eterna.

Pero he aquí que una inmensa multitud de hombres y mujeres vive como si esta vida lo fuera todo. Sumergidos en las vanidades de este mundo, ocupados y divertidos en tantas cosas, aprovechando mientras pueden y como pueden el tiempo presente, no esperan ya en nadie, no esperan a ningún Salvador. Tampoco creen que nadie, al final de sus días, les tomará cuentas. Aunque dicen que creen en Dios, viven como si Dios no existiera. Sus planes, sus proyectos e ilusiones, sus esfuerzos, luchas y sacrificios tienen como meta última esta sola vida, y olvidan la eternidad que se les avecina. Sus máximas aspiraciones, sobre todo si son jóvenes aún, son llegar a “ser alguien” en la vida, tener una buena carrera, gozar de algún prestigio, tener dinero, disfrutar de los placeres sin límites morales, formar una familia, etc. Su esperanza está puesta en el éxito, tan pasajero y efímero al fin. No es de extrañar que tantos que sólo ponen sus esperanzas en lo que ven, en lo palpable y medible, en lo visible y pasajero, terminen pensando que la felicidad como un estado permanente para el ser humano es una cruel ilusión, que no existe tal felicidad y que lo único que se puede lograr sólo son algunos momentos fugaces de alegría, gozo o placer.

¿Pero es lo que ofrece este mundo lleno de vacías vanidades e ilusiones de momento todo lo que el ser humano puede esperar, todo a lo que puede aspirar? ¿Hay algo consistente, que dure para siempre, que sea fuente de gozo perenne? ¿Qué pasa con aquellos que esperamos más? ¿Con quienes percibimos fuerte la necesidad del Infinito, la necesidad de ser felices no sólo por unos momentos, sino para siempre? ¿Qué pasa con quienes no nos contentamos simplemente con “pasarla bien” para luego sentirnos nuevamente tan vacíos, solos, abandonados, cada vez más frustrados y decepcionados de la vida?

Para quienes todavía esperan “contra toda esperanza”, para aquellos que aún esperan en Dios y esperan de Él la salvación, ¡Dios se ha hecho hombre! Y no sólo eso: Jesucristo, el Hijo del Padre eterno que nació de María Virgen, nos ha reconciliado en la Cruz, y resucitando ha abierto para todos los que creen en Él las puertas de la vida eterna, una vida plena de felicidad en la que nuestros más profundos anhelos serán plenamente saciados.

En este tiempo de Adviento los cristianos estamos llamados a intensificar nuestra esperanza para vivir de esa esperanza, siempre preparados para cuando el Señor nos llame a su presencia, así como también para saber dar razón de nuestra esperanza a tantos que en el mundo carecen de ella (ver 1Pe 3,15).

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Máximo de Turín: «Hermanos, preparémonos, pues, a acoger el día del nacimiento del Señor adornados con vestidos resplandecientes de blancura. Hablo de los que visten el alma, no el cuerpo. El vestido que cubre nuestro cuerpo es una túnica sin importancia. Pero el cuerpo es un objeto precioso que reviste al alma. El primer vestido está tejido por manos humanas; el segundo es obra de las manos de Dios. Por eso es necesario velar con una solicitud muy grande para preservar de toda mancha la obra de Dios… Antes de la Natividad del Señor, purifiquemos nuestra conciencia de toda suciedad. Presentémonos, no revestidos de seda, sino con obras de valor… Comencemos, pues, por adornar nuestro santuario interior».

San Beda: «El hombre que saliendo a un viaje largo dejó su casa es Cristo, quien, subiendo triunfante a su Padre después de la resurrección, dejó corporalmente la Iglesia, sin privarla por eso de la protección de la presencia divina».

San Juan Crisóstomo: «Quiere, pues, que los discípulos siempre anden solícitos. Por esto les dice: “Velad”».

San Gregorio Magno: «Vela el que tiene los ojos abiertos en presencia de la verdadera luz; vela el que observa en sus obras lo que cree; vela el que ahuyenta de sí las tinieblas de la indolencia y de la ignorancia».

San Agustín: «No dijo: velad, tan sólo a aquellos a quienes entonces hablaba y le oían, sino también a los que existieron después de aquéllos y antes que nosotros. Y a nosotros mismos, y a los que existirán después de nosotros hasta su última venida (porque a todos concierne en cierto modo), pues ha de llegar aquel día para cada uno. Y cuando hubiera llegado, cada cual ha de ser juzgado así como salga de este mundo. Y por esto ha de velar todo cristiano, para que la venida del Señor no le encuentre desprevenido; pues aquel día encontrará desprevenido a todo aquel a quien el último día de su vida le haya encontrado desprevenido».

San Gregorio Magno: «Quiso, pues, el Señor, que la última hora sea desconocida, para que siempre pueda ser sospechosa; y mientras no la podamos prever, incesantemente nos prepararemos para recibirla».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

Adviento, actualización de la espera del Mesías

524: Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida.

¡Estad en vela, vigilantes!

2612: En Jesús «el Reino de Dios está próximo», llama a la conversión y a la fe pero también a la vigilancia. En la oración, el discípulo espera atento a Aquel que «es y que viene», en el recuerdo de su primera venida en la humildad de la carne, y en la esperanza de su segundo advenimiento en la gloria. En comunión con su Maestro, la oración de los discípulos es un combate, y velando en la oración es como no se cae en la tentación.

2730: Mirado positivamente, el combate contra el yo posesivo y dominador consiste en la vigilancia. Cuando Jesús insiste en la vigilancia, es siempre en relación a Él, a su Venida, al último día y al «hoy». El esposo viene en mitad de la noche; la luz que no debe apagarse es la de la fe: «Dice de ti mi corazón: busca su rostro» (Sal 27,8).

2849: Pues bien, este combate [contra la tentación] y esta victoria sólo son posibles con la oración. Por medio de su oración, Jesús es vencedor del Tentador, desde el principio y en el último combate de su agonía. En esta petición a nuestro Padre, Cristo nos une a su combate y a su agonía. La vigilancia del corazón es recordada con insistencia en comunión con la suya. La vigilancia es «guarda del corazón», y Jesús pide al Padre que «nos guarde en su Nombre» (Jn 17,11). El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia. Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. «Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela» (Ap 16,15).

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«Estamos viviendo el tiempo de Adviento, el tiempo de espera, preparándonos para renovar nuestra acogida al Reconciliador y abrirle nuestros corazones de modo especial en la celebración de la Navidad. Estamos acompañando a la Virgen María en su estado de buena esperanza, aguardando pacientemente la llegada del Niño Jesús en Belén. Adviento es un tiempo que se abre hacia el futuro. Nos invita a tener una visión al futuro. Esta experiencia acompaña la vida cristiana, que no cesa de tener visión al futuro. Pero también Adviento es un tiempo en que recordamos el don del Bautismo por el que sumergidos en el Señor nacimos a la vida. Hay, pues, una espera que parte del don de la fe ya recibida. Una espera para profundizar cada día en esa fe, para que el Evangelio Vivo brille desde nuestros corazones como antorcha ardiente que ilumine el sentido de nuestra vida y nuestro quehacer y que ayude a que otros seres humanos, a través de nuestra transparencia, perciban lo que significa ser cristiano y vivir lo que ello implica, de la única manera lógicamente posible: con coherencia. Ello precisamente nos habla de la vitalidad perenne de la Iglesia... Conservar con todo cuidado y reverencia y alimentar cada vez más ese ardor es no sólo el camino de la santificación personal que se debe recorrer adhiriéndose al Señor Jesús, sino responder al “Haced lo que él os diga” (Jn 2,5) de la Virgen María, para contribuir a que otros seres humanos acojan en su corazón la antorcha viva de la fe según nos ha invitado el Señor poniendo ante nosotros el horizonte de todo el mundo».

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