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Rvdo. P. Jürgen Daum, Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo (Ciclo A). «Vengan, benditos de mi Padre; hereden el reino preparado para ustedes»
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Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. «Vengan, benditos de mi Padre; hereden el reino preparado para ustedes»

I. LA PALABRA DE DIOS

Ez 34,11.15-17: “Voy a juzgar entre oveja y oveja”

Así dice el Señor Dios:

«Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas,
siguiendo su rastro.
Como sigue el pastor a su rebaño,
cuando las ovejas se le dispersan,
así seguiré yo el rastro de mis ovejas
y las libraré,
sacándolas de todos los lugares por donde se dispersaron
un día de oscuridad y nubarrones.
Yo mismo apacentaré mis ovejas,
yo mismo las haré reposar
—dice el Señor Dios—.
Buscaré las ovejas perdidas,
recogeré a las descarriadas;
vendaré a las heridas;
curaré a las enfermas:
a las gordas y fuertes las guardaré
y las apacentaré como es debido.
Y a ustedes, mis ovejas,
así dice el Señor:
Voy a juzgar entre oveja y oveja,
entre carnero y macho cabrío.»

Sal 22,1-3.5: “El Señor es mi pastor, nada me falta”

1Cor 15,20-26.28: “Devolverá el Reino de Dios Padre para que Dios sea todo en todo”

Hermanos:

Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos.

Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección.

Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida.

Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después, cuando él vuelva, todos los que son de Cristo; después los últimos, cuando Cristo devuelva a Dios Padre su reino, una vez aniquilado todo principado, poder y fuerza.

Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte.

Y, cuando el universo entero le sea sometido, entonces el mismo Hijo de Dios se someterá también a Aquel que le sometió todas las cosas, a fin de que Dios sea todo en todos.

Mt 25,31-46: “Se sentará en el trono de su gloria y separará a unos de otros”

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

—«Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con Él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante Él todas las naciones.

Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras.

Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha:

“Vengan ustedes, benditos de mi Padre; hereden el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo.

Porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, fui forastero y me dieron hospedaje, estuve desnudo y ustedes me vistieron, enfermo y me visitaron, estuve en la cárcel y vinieron a verme”.

Entonces los justos le contestarán:

“Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?”.

Y el rey les dirá:

“Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, conmigo lo hicieron”.

Y entonces dirá a los de su izquierda:

“Apártense de mí, malditos, váyanse al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y ustedes no me dieron de comer, tuve sed y no me dieron de beber, fui forastero y no me hospedaron, estuve desnudo y ustedes no me vistieron, enfermo y en la cárcel y no me visitaron”.

Entonces éstos también contestarán:

“Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?”.

Y él entonces les responderá:

“Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo”.

Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna».

II. APUNTES

Su Santidad Pío XI fue el elegido (1922-1939) para guiar la Barca de Pedro en medio de un mundo sacudido y herido por la llamada primera guerra mundial (1914-1918). Su deseo entrañable era promover una paz duradera entre las naciones, buscando que el Señor Jesús llegase a ser nuevamente el centro y el fundamento de las sociedades occidentales en proceso de descristianización. «La paz de Cristo en el reino de Cristo» era el lema que expresaba el núcleo de su programa pontificio, invitando a todos los hijos de la Iglesia a aportar, cada cual desde su particular ámbito de competencia, a la construcción de un orden social cristiano.

Fue este anhelo profundo el que lo llevó a instituir la Fiesta de Jesucristo, Rey del Universo, en diciembre de 1925, mediante la publicación de su encíclica Quas primas. En ella escribía: «En la primera encíclica [Ubi arcano, 1922]… analizábamos las causas supremas de las calamidades que veíamos abrumar y afligir al género humano. Y en ella proclamamos Nos claramente no sólo que este cúmulo de males había invadido la tierra, porque la mayoría de los hombres se había alejado de Jesucristo y de su ley santísima, así en su vida y costumbres como en la familia y en la gobernación del Estado, sino también que nunca resplandecería una esperanza cierta de paz verdadera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el imperio de nuestro Salvador. Por lo cual, no sólo exhortamos entonces a buscar la paz de Cristo en el reino de Cristo, sino que además, prometimos que para dicho fin haríamos todo cuanto posible nos fuese».

El Evangelio y las lecturas que se han escogido para la Fiesta de Jesucristo, Rey del Universo en este ciclo litúrgico (“A”), anuncian realidades escatológicas, es decir, aquello que sucederá luego de nuestra muerte y al final de la historia de la humanidad.

En el Evangelio, como conclusión de su “discurso escatológico” (Mt 23-25), el Señor anuncia un juicio final. Lo hace presentándose a sí mismo como el Rey-Mesías que al final de los tiempos vendrá en gloria, acompañado de sus ángeles, para juzgar a su rebaño. La escena hace eco del pasaje de Ezequiel (1ª. lectura), cuando Dios anuncia que luego de reunir a los miembros dispersos de su rebaño juzgará “entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío”.

Está implícito que a esta universal convocatoria para presentarse ante el Rey-Mesías antecede la resurrección de todos los muertos. Otros pasajes de la Escritura iluminan sobre este acontecimiento (ver 1Cor 15,51-57; 1Tes 4,16). En este sentido San Pablo anuncia que así como por Adán nos vino la muerte a todos, por Cristo los muertos volverán a la vida (2ª. lectura). Cristo, el primero en resucitar, es también principio de resurrección para la humanidad entera.

La gran multitud de resucitados se presentará entonces ante el Rey-Mesías, quien sentado en su trono de gloria realizará un juicio universal. El Señor glorioso tiene pleno poder de acoger en el Reino que Él tiene preparado para los “benditos de su Padre” a quien halle digno, o de excluir a quien no.

El juicio es presentado por el Señor como universal (Mt 28,19), es decir, es un juicio al que serán llamados absolutamente todos los seres humanos. La sentencia de este juicio será final y pública.

Lo que resulta novedoso de este juicio es que lo que se presenta como materia de examen no son –como se podría pensar– los males o crímenes cometidos por la persona a lo largo de su vida, sino el bien realizado u omitido, la caridad vivida o negada para con el prójimo necesitado de alimento, de agua, de cobijo, de vestido, de compañía. El juicio, en resumen, será sobre el amor, amor a Dios que se verifica en el amor que sale al encuentro de las necesidades básicas de todo ser humano, especialmente del “más pequeño”, del que es despreciado o no tenido en cuenta por la gran mayoría. Este amor al prójimo, visible en las obras concretas de caridad, permite distinguir entre un genuino amor a Dios y otro que sólo es aparente, de la boca para afuera. Quien ama al prójimo a quien ve, ama a Dios a quien no ve, mientras que quien no ama al hermano a quien ve, miente si dice que ama a Dios a quien no ve (ver 1Jn 4,20-21). En el juicio serán separados aquellos que supieron amar de aquellos que se cerraron al amor, siendo que la piedra de toque para distinguir el amor auténtico del falso son las obras de caridad concretas. Estas obras son la prueba irrefutable del amor a Dios: “cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, conmigo lo hicieron”.

A este juicio, que es una manifestación pública del amor vivido por cada cual a lo largo de su existencia terrena, sobrevendrá una separación o división en dos grupos. “A la derecha e izquierda” es una expresión que obedece al uso rabínico, por el que –cuando había que separar- a la derecha siempre se ponía lo mejor.

Quienes en su vida se negaron a amar, quienes cerraron sus entrañas a las necesidades del prójimo rechazando con ello a Dios mismo, son llamados “malditos”. Quizá el calificativo execratorio suena exagerado, demasiado duro; sin embargo, el egoísmo ha pervertido de tal manera sus entrañas que la omisión por falta de solidaridad con el prójimo, por desinterés por el mal sufrido, por indiferencia frente a su dolor y sufrimiento, es considerada un verdadero crimen. La omisión, no hacer algo por remediar la necesidad o aliviar el sufrimiento del prójimo cuando está en sus manos el hacerlo, es lo mismo que obrar el mal y manifiesta una grave falta de amor que deforma el rostro humano hasta tornar maldito a quien está convencido incluso que ama a Dios porque cumple con participar de los rituales religiosos y adormece su conciencia convenciéndose de que “no hace mal a nadie” cuando de lo que se trata no es solamente de “no hacer mal a nadie” sino de hacer el bien a cuantos pueda, involucrándose activamente por amor a Dios con el que sufre, con el prójimo que necesita de su ayuda, de su generosidad, de su misericordia y compasión.

Cabe resaltar, por duro que sea, que la sentencia dada finalmente tendrá carácter de eterna y por lo tanto es irrevocable. En efecto, el Señor anuncia que los malvados “irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna”.

En cuanto al lugar del castigo eterno, se trata de la separación definitiva de Dios, mientras que la vida eterna consiste en entrar con Cristo al reino preparado para ellos, consiste en la comunión eterna de amor con Dios y todos los que son de Dios.

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

No son pocos los cristianos que rechazan las enseñanzas de la Iglesia sobre el infierno y prefieren creer que no existe, aduciendo que fue un “invento de curas” para mantener el dominio sobre los fieles, y argumentan: “¿Cómo podría un Dios que es todo Amor condenar al hombre a un lugar tan terrible, y por toda la eternidad? No, si Dios es Amor, entonces el infierno no existe”.

Sin embargo, allí están las tremendas palabras del Señor en el Evangelio: «“Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles”… E irán éstos a un castigo eterno». ¡Y no es la única vez habla de esta terrible realidad y posibilidad para nosotros! (Véase Mt 8,12; 10,28; 13,45; 22,13; 24,51; Mc 9,47; Lc 13,26-28). La doctrina sobre el infierno no es “invención” de la Iglesia, sino una enseñanza clara del Señor Jesús. Pero, si esto es así, ¿cómo se conjuga con el amor infinito de Dios?

Dios ciertamente es amor (1Jn 4,8.16). Nos ha creado por amor y para el amor. Por el inmenso amor que le tiene a su criatura humana, no quiere que nadie se pierda, y tanto lo quiere que Él mismo se ha hecho uno como nosotros, Él mismo asumió nuestra naturaleza humana para cargar sobre sí nuestro pecado y para reconciliarnos... ¡en la Cruz! Dios ha hecho todo, hasta lo impensable, para que su criatura humana tenga vida, la tenga en abundancia y la tenga para toda la eternidad. Por tanto el problema no está en Dios, sino en el hombre, en el rechazo que él hace de la invitación divina a participar de ese amor, en la exclusión de Dios de su propia vida para seguir su propio camino lejos de Dios, sin Dios, y muchas veces contra Dios. Es lo que llamamos pecado. Ante tal rechazo Dios nos sigue amando tercamente. Cristo en la Cruz perdona, reconcilia y toca y toca a la puerta del corazón de todo hombre invitándolo a abrirle. ¿Puede el amor de Dios expresarse en un grado más alto que ese? ¿Qué más pudo haber hecho Dios por nosotros?

Pongámoslo de un modo muy sencillo y comprensible. Si un hombre, que ama intensamente a una mujer, le propone matrimonio, le manifiesta su amor incondicional una y otra vez, pero ella una y otra vez le dice “no”, en algún momento él, aunque la siga amando, se apartará. ¿Qué más puede hacer, si ella no quiere? ¿Obligarla contra su voluntad? No sería amor, porque el amor exige libertad. No le queda más que dejarla ir. El problema no es que él no la ame, sino que ella –desde su libertad– no quiere ese amor. Ésa es su opción, es su decisión, absolutamente libre. Ante la propuesta de quien ama quien elige su destino es la amada: está en sus manos aceptarla o rechazarla. Algo análogo sucede con cada uno de nosotros: Dios nos ama, hasta el extremo, con “locura”. Por ese amor nos invita a participar de su comunión divina de amor, a ser amados por Él por toda la eternidad, a amar nosotros sin límite ni medida. Pero podemos decirle “no”, “déjame en paz”, una y otra vez, hasta que nada más pueda hacer, hasta que respetando nuestra libertad “nos deje en paz”. Eso, sencillamente, será el infierno: autoexcluirse de la comunión con Dios. En el día del juicio Dios no podrá hacer otra cosa sino respetar esa opción.

Más a quien le abre las puertas a Cristo, a quien procura amar como Él y amarlo a Él en los hermanos concretos, sirviéndolos con generosidad, Dios lo recibirá en la eterna comunión de amor con Él y con todos los santos. Eso es el Cielo: amar y ser amados por siempre, viviendo una intensa y gozosa comunión sin límite ni medida (ver 1Cor 2,9).

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Agustín: «“Jesús se dio cuenta de que pretendían proclamarlo rey. Entonces se retiró de nuevo a la montaña, Él solo” (Jn 6,15). ¿Por qué hacerle rey? ¿No era rey, Él que se dio cuenta de que le querían hacer rey? Sí, era rey. Pero no un rey como los hacen los hombres. Era un rey que da el poder a los hombres para reinar. Quizá Jesús nos quiere dar aquí una lección, Él que suele convertir sus acciones en enseñanzas... Tal vez este “pretender proclamarlo rey” era adelantar el momento de su Reino. En efecto, Jesús no había venido para reinar en este momento, lo hará en el momento que nosotros invocamos al decir: “que venga a nosotros tu Reino”. Como Hijo de Dios, como Verbo de Dios, el Verbo por quien todo fue hecho, reina siempre con el Padre. Pero los profetas anunciaron también su reino como Cristo hecho hombre que reúne a sus fieles. Habrá, pues, un reino de cristianos, el reino que está establecido actualmente, que se prepara, que ha sido comprado con la sangre de Cristo. Más tarde este Reino se manifestará, cuando resplandecerá en sus santos, después del juicio pronunciado por Cristo».

San Cipriano: «Incluso puede ser que el Reino de Dios signifique Cristo en persona, al cual llamamos con nuestras voces todos los días y de quien queremos apresurar su advenimiento por nuestra espera. Como es nuestra Resurrección porque resucitaremos en Él, puede ser también el Reino de Dios porque en Él reinaremos».

San Cesáreo de Arlés: «Cristo, la misericordia celestial, viene cada día la puerta de tu casa: no sólo espiritualmente a la puerta de tu alma, sino materialmente a la puerta de tu casa. Porque, cada vez que un pobre se acerca a tu casa, sin duda alguna se acerca Cristo en él, porque Él dijo: “Cada vez que lo habéis hecho a uno de estos pequeños, me lo hacíais a mí” (Mt 25,40). No endurezcas el corazón, da un poco de dinero a Cristo del que esperas heredar el reino. Da un trozo de pan a Aquel de quien esperas te dé la vida. Acoge al pobre en tu casa para que Él te reciba en el paraíso. Dale alguna limosna a quien te puede dar la vida eterna.

»¡Qué audacia querer reinar en el Cielo con aquel a quien tú negaste tu limosna en este mundo! Si lo recibe durante el viaje terreno, Él te acogerá en la felicidad eterna. Si tú lo desprecias aquí en tu patria de la tierra, Él retirará su mirada sobre ti en la gloria. Un salmo dice: “cuando te alzas, desprecias su imagen” (Sal 73,20). Si despreciamos en esta vida a aquellos que son imagen de Dios (Gén 1,26) hemos de temer ser rechazados en la eternidad. ¡Tened, pues, misericordia en esta vida!... Gracias a vuestra generosidad, escucharéis aquella palabra feliz: “Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del reino” (Mt 25,34)».

San Agustín: «¡Curémonos, hermanos, corrijámonos! El Señor va a venir. Como no se manifiesta todavía, la gente se burla de Él. Con todo, no va a tardar y entonces no será ya tiempo de burlarse. Hermanos ¡corrijámonos! Llegará un tiempo mejor, aunque no para los que se comportan mal. El mundo envejece, vuelve hacia la decrepitud. Y nosotros, ¿nos volvemos jóvenes? ¿Qué esperamos, entonces? Hermanos, ¡no esperemos otros tiempos mejores sino el tiempo que nos anuncia el Evangelio! No será malo porque Cristo viene. Si nos parecen tiempos difíciles de pasar, Cristo viene en nuestra ayuda y nos conforta.»

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

El infierno es la autoexclusión definitiva de la comunión con Dios

1033: Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra Él, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: «Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él» (1 Jn 3,15). Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de Él si omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son sus hermanos. Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra «infierno».

Sobre el juicio final

1038: La resurrección de todos los muertos, «de los justos y de los pecadores» (Hech 24,15), precederá al Juicio final. Ésta será «la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación» (Jn 5,28-29). Entonces, Cristo vendrá «en su gloria acompañado de todos sus ángeles... Serán congregadas delante de Él todas las naciones, y Él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda... E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna» (Mt 25,31.32.46).

1039: Frente a Cristo, que es la Verdad, será puesta al desnudo definitivamente la verdad de la relación de cada hombre con Dios (ver Jn 12,49). El Juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena:

Todo el mal que hacen los malos se registra, y ellos no lo saben. El día en que «Dios no se callará» (Sal 50,3)... Se volverá hacia los malos: «Yo había colocado sobre la tierra, dirá Él, a mis pobrecitos para vosotros. Yo, su cabeza, gobernaba en el Cielo a la derecha de mi Padre, pero en la tierra mis miembros tenían hambre. Si hubierais dado a mis miembros algo, eso habría subido hasta la cabeza. Cuando coloqué a mis pequeñuelos en la tierra, los constituí comisionados vuestros para llevar vuestras buenas obras a mi tesoro: como no habéis depositado nada en sus manos, no poseéis nada en Mí» (S. Agustín).

1041: El mensaje del Juicio final llama a la conversión mientras Dios da a los hombres todavía «el tiempo favorable, el tiempo de salvación» (2Cor 6,2). Inspira el santo temor de Dios. Compromete para la justicia del Reino de Dios. Anuncia la «bienaventurada esperanza» (Tit 2,13) de la vuelta del Señor que «vendrá para ser glorificado en sus santos y admirado en todos los que hayan creído» (2Tes 1,10).

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«A la luz del misterio trinitario -donde descubrimos, no sin asombro y maravilla, al Padre comunicando como perfecto engendrador la naturaleza divina al Hijo y el amor mutuo del Padre y el Hijo: el Espíritu; y como Comunión creadora y reconciliadora vemos su acción creando y reconciliando-, como enseñanza de vida, recibimos la conciencia del valor de la persona, su apertura dialogal, así como la necesaria dimensión comunicativa de los bienes, ante todo los personales, los talentos que el Señor nos ha concedido; y también, obviamente, los bienes perecederos.

»Entonces como un don que el misterio trinitario ilumina en la vida humana tenemos la dimensión personal, abierta al encuentro, comunicativa y servicial de la existencia, como proyecto a realizar desde la propia libertad acogiendo el Plan divino.

»Igualmente, el misterio ilumina la realidad del valor infinito de cada ser humano, que es irreductible a los otros. La dimensión de valor de la persona, de donde surge la idea de la misión propia contemplada en el Plan de Dios desde todos los tiempos. Cada cual según el designio divino impreso en su naturaleza ve brotar en la originalidad de su existir una misión que constituye camino de realización hacia la plenitud de la felicidad en el Señor. Todo esto es realidad decisiva para la persona, iluminada extraordinariamente al descubrir, por la revelación de la comunión de la Trinidad en la unidad, que cada persona es para la otra desde su singularidad inconfundible.

»También como enseñanzas para la vida concreta que brotan de la contemplación del misterio de la Trinidad creadora tenemos que ser persona es estar en reverente apertura al otro. Los otros no son el infierno, como decía Sartre, sino que son invitación a plenificarme por la comunicación y el amoroso servicio. Comprometerme en el servicio a todos, pero preferencialmente a los más necesitados y pobres, es desplegarme desde la permanencia de mi ser, en posesión de mi libertad, realizándome en el encuentro con el hermano. ¡Qué claro se percibe eso en el texto del Evangelio según San Mateo (ver Mt 25,31-46) donde se describe la escena del juicio final, o en la plegaria de Jesús en el Evangelio según San Juan (ver Jn 17)!»

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