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S.S. Benedicto XVI, Discurso del Santo Padre a los participantes en un congreso sobre Pío XII organizado por las universidades Lateranense y Gregoriana
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Discurso del Santo Padre a los participantes en un congreso sobre Pío XII organizado por las universidades Lateranense y Gregoriana

Se√Īores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
queridos hermanos y hermanas:

Me alegra acogeros con ocasi√≥n del congreso sobre: "La herencia del magisterio de P√≠o XII y el concilio Vaticano II", organizado por la Pontificia Universidad Lateranense juntamente con la Pontificia Universidad Gregoriana. Es un congreso importante por el tema que afronta y por las personas eruditas, procedentes de varias naciones, que participan en √©l. Al dirigir a cada uno mi cordial saludo, doy las gracias en particular a monse√Īor Rino Fisichella, rector magn√≠fico de la Universidad Lateranense, y al padre Gianfranco Ghirlanda, rector de la Universidad Gregoriana, por las amables palabras con que han interpretado los sentimientos comunes.

He apreciado el comprometedor tema en el que hab√©is concentrado vuestra atenci√≥n. En los √ļltimos a√Īos, cuando se ha hablado de P√≠o XII, la atenci√≥n se ha concentrado de modo excesivo en una sola problem√°tica, por lo dem√°s tratada de modo m√°s bien unilateral. Prescindiendo de cualquier otra consideraci√≥n, eso ha impedido un acercamiento adecuado a una figura de gran relevancia hist√≥rico-teol√≥gica como es la del Papa P√≠o XII. El conjunto de la imponente actividad llevada a cabo por este Pont√≠fice, y de modo muy especial su magisterio, sobre el que hab√©is reflexionado en estos d√≠as, son una prueba elocuente de lo que acabo de afirmar. En efecto, su magisterio se caracteriza por una enorme y ben√©fica amplitud, as√≠ como por su excepcional calidad, de forma que se puede decir muy bien que constituye una valiosa herencia que la Iglesia ha atesorado y sigue atesorando.

He hablado de "enorme y ben√©fica amplitud" de este magisterio. Baste recordar, al respecto, las enc√≠clicas y los numeros√≠simos discursos y radiomensajes contenidos en los veinte vol√ļmenes de sus "Ense√Īanzas". Son m√°s de cuarenta las enc√≠clicas que public√≥. Entre ellas destaca la Mystici Corporis, en la que el Papa afronta el tema de la verdadera e √≠ntima naturaleza de la Iglesia. Con una amplia investigaci√≥n pone de relieve nuestra profunda uni√≥n ontol√≥gica con Cristo y ‚ÄĒen √©l, por √©l y con √©l‚ÄĒ con todos los dem√°s fieles animados por su Esp√≠ritu, que se alimentan de su Cuerpo y, transformados en √©l, le permiten seguir extendiendo en el mundo su obra salv√≠fica. √ćntimamente vinculadas con la Mystici Corporis est√°n otras dos enc√≠clicas: la Divino afflante Spiritu sobre la Sagrada Escritura y la Mediator Dei sobre la sagrada liturgia, en las que se presentan las dos fuentes en las que deben beber quienes pertenecen a Cristo, Cabeza del Cuerpo m√≠stico que es la Iglesia.

En este contexto de amplias dimensiones, P√≠o XII trat√≥ sobre las diversas clases de personas que, por voluntad del Se√Īor, forman parte de la Iglesia, aunque con vocaciones y tareas diferentes: los sacerdotes, los religiosos y los laicos. As√≠, eman√≥ sabias normas sobre la formaci√≥n de los sacerdotes, que se deben caracterizar por el amor personal a Cristo, la sencillez y la sobriedad de vida, la lealtad con sus obispos y la disponibilidad con respecto a quienes est√°n encomendados a sus cuidados pastorales.

En la enc√≠clica Sacra virginitas y en otros documentos sobre la vida religiosa, P√≠o XII puso claramente de manifiesto la excelencia del "don" que Dios concede a ciertas personas invit√°ndolas a consagrarse totalmente a su servicio y al del pr√≥jimo en la Iglesia. Desde esta perspectiva, el Papa insiste fuertemente en la necesidad de volver al Evangelio y al aut√©ntico carisma de los fundadores y de las fundadoras de las diversas √ďrdenes y congregaciones religiosas, aludiendo tambi√©n a la necesidad de algunas sanas reformas.

Fueron numerosas las ocasiones en que P√≠o XII trat√≥ acerca de la responsabilidad de los laicos en la Iglesia, aprovechando en particular los grandes congresos internacionales dedicados a estos temas. De buen grado afrontaba los problemas de cada una de las profesiones, indicando por ejemplo los deberes de los jueces, de los abogados, de los agentes sociales, de los m√©dicos: a estos √ļltimos el Sumo Pont√≠fice dedic√≥ numerosos discursos, ilustrando las normas deontol√≥gicas que deben respetar en su actividad.

En la enc√≠clica Miranda prorsus el Papa puso de relieve la gran importancia de los medios modernos de comunicaci√≥n, que de un modo cada vez m√°s incisivo estaban influyendo en la opini√≥n p√ļblica. Precisamente por esto, el Sumo Pont√≠fice, que valor√≥ al m√°ximo la nueva invenci√≥n de la Radio, subrayaba el deber de los periodistas de proporcionar informaciones ver√≠dicas y respetuosas de las normas morales.

Pío XII prestó también atención a las ciencias y a los extraordinarios progresos llevados a cabo por ellas. Aun admirando las conquistas logradas en algunos campos, el Papa no dejó de poner en guardia ante los peligros que podía implicar una investigación no atenta a los valores morales. Baste un solo ejemplo: fue célebre el discurso que pronunció sobre la fisión de los átomos ya realizada. Sin embargo, con extraordinaria clarividencia, el Papa advirtió de la necesidad de impedir a toda costa que estos geniales progresos científicos fueran utilizados para la construcción de armas mortíferas que podrían provocar enormes catástrofes e incluso la destrucción total de la humanidad. Y no podemos menos de recordar los largos e inspirados discursos sobre el anhelado nuevo orden de la sociedad civil, nacional e internacional, para el que indicaba como fundamento imprescindible la justicia, verdadero presupuesto para una convivencia pacífica entre los pueblos: "opus iustitiae pax".

Merece tambi√©n una menci√≥n especial la ense√Īanza mariol√≥gica de P√≠o XII, que alcanz√≥ su culmen en la proclamaci√≥n del dogma de la Asunci√≥n de Mar√≠a sant√≠sima, por medio del cual el Santo Padre quer√≠a subrayar la dimensi√≥n escatol√≥gica de nuestra existencia y exaltar igualmente la dignidad de la mujer.

Y ¬Ņqu√© decir de la calidad de la ense√Īanza de P√≠o XII? Era contrario a las improvisaciones: escrib√≠a cada discurso con sumo esmero, sopesando cada frase y cada palabra antes de pronunciarla en p√ļblico. Estudiaba atentamente las diversas cuestiones y ten√≠a la costumbre de pedir consejo a eminentes especialistas, cuando se trataba de temas que exig√≠an una competencia particular. Por naturaleza e √≠ndole, P√≠o XII era un hombre mesurado y realista, alejado de f√°ciles optimismos, pero tambi√©n estaba inmune del peligro del pesimismo, impropio de un creyente. Odiaba las pol√©micas est√©riles y desconfiaba profundamente del fanatismo y del sentimentalismo.

Estas actitudes interiores dan raz√≥n del valor y la profundidad, as√≠ como de la fiabilidad de su ense√Īanza, y explican la adhesi√≥n confiada que le prestaban no s√≥lo los fieles, sino tambi√©n numerosas personas que no pertenec√≠an a la Iglesia. Considerando la gran amplitud y la elevada calidad del magisterio de P√≠o XII, cabe preguntarse c√≥mo lograba hacer tanto, dado que deb√≠a dedicarse a las dem√°s numerosas tareas relacionadas con su oficio de Sumo Pont√≠fice: el gobierno diario de la Iglesia, los nombramientos y las visitas de los obispos, las visitas de jefes de Estado y de diplom√°ticos, las innumerables audiencias concedidas a personas particulares y a grupos muy diversos.

Todos reconocen que P√≠o XII pose√≠a una inteligencia poco com√ļn, una memoria de hierro, una singular familiaridad con las lenguas extranjeras y una notable sensibilidad. Se ha dicho que era un diplom√°tico consumado, un jurista eminente y un √≥ptimo te√≥logo. Todo esto es verdad, pero eso no lo explica todo. En √©l se daba tambi√©n un continuo esfuerzo y una firme voluntad de entregarse a Dios sin escatimar nada y sin cuidar su salud enfermiza.

Este fue el verdadero motivo de su comportamiento: todo nac√≠a del amor a su Se√Īor Jesucristo y del amor a la Iglesia y a la humanidad. En efecto, era ante todo el sacerdote en constante e √≠ntima uni√≥n con Dios, el sacerdote que encontraba la fuerza para su enorme trabajo en largos ratos de oraci√≥n ante el Sant√≠simo Sacramento, en di√°logo silencioso con su Creador y Redentor. All√≠ ten√≠a origen e impulso su magisterio, como por lo dem√°s todas sus restantes actividades.

As√≠ pues, no debe sorprender que su ense√Īanza siga difundiendo tambi√©n hoy luz en la Iglesia. Ya han transcurrido cincuenta a√Īos desde su muerte, pero su poli√©drico y fecundo magisterio sigue teniendo un valor inestimable tambi√©n para los cristianos de hoy. Ciertamente, la Iglesia, Cuerpo m√≠stico de Cristo, es un organismo vivo y vital, y no ha quedado inm√≥vil en lo que era hace cincuenta a√Īos. Pero el desarrollo se realiza con coherencia. Por eso, la herencia del magisterio de P√≠o XII fue recogida por el concilio Vaticano II y propuesta de nuevo a las generaciones cristianas sucesivas.

Es sabido que en las intervenciones orales y escritas presentadas por los padres del concilio Vaticano II se registran más de mil referencias al magisterio de Pío XII. No todos los documentos del Concilio tienen aparato de notas, pero en los documentos que lo tienen, el nombre de Pío XII aparece más de doscientas veces. Eso quiere decir que, con excepción de la Sagrada Escritura, este Papa es la fuente autorizada que se cita con más frecuencia.

Además, se sabe que, por lo general, las notas de esos documentos no son simples referencias explicativas, sino que a menudo constituyen auténticas partes integrantes de los textos conciliares; no sólo proporcionan justificaciones para apoyar lo que se afirma en el texto, sino que ofrecen asimismo una clave para su interpretación.

As√≠ pues, podemos muy bien decir que, en la persona del Sumo Pont√≠fice P√≠o XII, el Se√Īor hizo a su Iglesia un don excepcional, por el que todos debemos estarle agradecidos. Por tanto, renuevo la expresi√≥n de mi aprecio por el importante trabajo que hab√©is realizado en la preparaci√≥n y en el desarrollo de este congreso internacional sobre el magisterio de P√≠o XII y deseo que se siga reflexionando sobre la valiosa herencia que dej√≥ a la Iglesia este inmortal Pont√≠fice, para sacar provechosas aplicaciones a los problemas que surgen en la actualidad. Con este deseo, a la vez que invoco sobre vuestro esfuerzo la ayuda del Se√Īor, de coraz√≥n imparto a cada uno mi bendici√≥n.

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