Soporte
Rvdo. P. Jürgen Daum, Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario (Ciclo A). «Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco»
PDF Incrementar tamaño de fuente Disminuir tamaño de fuente
Compartir

Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario. «Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco»

I. LA PALABRA DE DIOS

Prov 31,10-13.19.30: “Alabada sea la mujer hacendosa”

Una mujer hacendosa, ¿quién la hallará?
Vale mucho más que las perlas.
Su marido se fía de ella,
y no le faltan riquezas.
Le trae ganancias y no pérdidas
todos los días de su vida.
Adquiere lana y lino,
los trabaja con la destreza de sus manos.
Aplica sus manos para hilar,
y con sus dedos elabora el tejido.
Abre sus manos al necesitado
y extiende sus brazos al pobre.
Engañosa es la gracia, fugaz la hermosura,
la que teme al Señor merece alabanza.
Cántenle por el éxito de su trabajo,
que sus obras la alaben todos.

Sal 127,1.3-4: “Dichoso el que teme al Señor”

1Tes 5,1-6: “Estemos vigilantes y vivamos sobriamente”

Hermanos:

En lo referente al tiempo y a las circunstancias, no necesitan que les escriba.

Ustedes saben perfectamente que el día del Señor llegará como un ladrón en la noche. Cuando diga la gente: «¡Qué paz, qué seguridad!», entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina, como los dolores del parto a la que está encinta, y no podrán escapar.

Pero a ustedes, hermanos, como no viven a oscuras no los sorprenderá ese día como a un ladrón, porque todos son hijos de la luz e hijos del día; no lo son de la noche ni de las tinieblas.

Así, pues, no durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y vivamos sobriamente.

Mt 25,14-30: “Has sido fiel en lo poco, pasa al banquete de tu Señor”

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

—«Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó.

El que recibió cinco talentos fue en seguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos.

En cambio, el que recibió uno hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor.

Al cabo de mucho tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar las cuentas con ellos.

Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo:

“Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco”. Su señor le dijo:

“Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor”.

Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: “Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos”. Su señor le dijo:

“Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor”.

Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y dijo:

“Señor, sabía que eres exigente, que cosechas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder mi talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”.

El señor le respondió:

“Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabías que cosecho donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quítenle el talento y dénselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil échenlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes”».

II. APUNTES

La parábola de los talentos está comprendida dentro de la sección del Evangelio de Mateo llamada “discurso escatológico” (capítulos 24 y 25). La escatología, término que procede de la palabra griega ésjatos que significa “lo último”, es el tratado de las realidades últimas y responde a las preguntas que todo ser humano se plantea: ¿Cuál es el destino final del ser humano? ¿Qué hay más allá de la muerte, propia, de los seres queridos, de todos los seres humanos? ¿Cuál es el sentido y hacia dónde se dirige finalmente la humanidad entera y su historia?

En una ocasión en que el Señor Jesús salía del Templo, sus discípulos lo invitaron a contemplar la majestuosidad y belleza del mismo (ver Mt 24,1; Mc 13,1; Lc 21,5). El Templo, imponente a la vista, sin duda daba además una sensación de firmeza, de consistencia, de solidez. En ese contexto el Señor lanza un anuncio terrible: «no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derruida» (v. 2).

El anuncio causó un impacto tremendo en los discípulos. ¿Cómo era posible que de la Casa de Dios no quedara piedra sobre piedra? De momento quedarían estupefactos y sólo más tarde, una vez asimilado el terrible anuncio y estando el Señor Jesús enseñando en el Monte de los Olivos, «se acercaron a Él en privado y le dijeron: “Dinos cuándo sucederá eso, y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo”» (v. 3).

La pregunta da pie a la enseñanza del Señor sobre lo que sucederá al final de los tiempos. Jesús habla de la confusión a la que serán sometidos sus discípulos y de la feroz persecución que sufrirán. Habla también de los signos terribles que precederán a la venida del “Hijo del hombre”. Con esta venida victoriosa del Señor al final de los tiempos —llamada también Parusía— terminará la historia de la humanidad tal como la conocemos ahora.

Sobre el cuándo sucederá todo esto el Señor no da fecha alguna y, más allá de hablar de los signos previos al final, se limita a pronunciar algunas parábolas cuya lección fundamental es una misma: lo que debe preocupar al discípulo no es el momento preciso, sino estar preparado. Y dado que el día y la hora nadie lo sabe, debe velar en todo momento.

Una de esas parábolas es la de un hombre que, «al irse de viaje, llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó.»

Los empleados o más bien siervos, que es la traducción literal del griego doulos, aparecen en los Evangelios como hombres de absoluta confianza. Su señor los envía a realizar misiones específicas (ver Mt 21,34-36; Mt 22,4.6) o les encarga el manejo económico de la hacienda, teniendo incluso la libertad plena para negociar con los bienes de su señor. Sin embargo, no dejan de ser administradores a los que el señor en cualquier momento puede pedirles cuentas.

A sus siervos el señor “los dejó encargados de sus bienes”. Ello implica darles pleno poder de decisión y de acción sobre ellos. La confianza depositada en cada cual implica una responsabilidad y exigencia. Los siervos saben que el señor es exigente, que les tomará cuentas, que a su vuelta “cosechará donde no ha sembrado”.

Son tres los siervos de los que habla la parábola. Cada cual recibe una determinada cantidad de “talentos de plata”. El talento (del griego tálanton, que significa balanza o peso) era un determinado peso de moneda acuñada, en este caso de plata, unos 42 kilogramos. Algunos cálculos señalan que en la época del Señor un talento equivalía a 6000 denarios, siendo un denario el jornal de un trabajador. Así pues, la cantidad de dinero confiada a cada siervo era realmente impresionante, una cantidad que con inteligencia se puede invertir para que produzca ganancias.

El señor en la distribución de los talentos actúa con sabiduría: dio “a cada cual según su capacidad”. Conoce lo que cada uno es capaz de dar, de producir con los talentos confiados.

Al pronunciar esta parábola, cuyo desarrollo y desenlace conocemos, el Señor se compara a sí mismo con aquel dueño de la hacienda. El Señor emprendería “un largo viaje” el día de su Ascensión, y luego de permanecer “ausente” por mucho tiempo retornará glorioso al final de los tiempos, en su “Parusía”.

Los talentos significan los valores religiosos dados a sus siervos, los administradores de los bienes concedidos a pueblo. La cantidad, exorbitante para los discípulos que lo escuchaban, probablemente indica la inmensa riqueza y sobreabundancia de los dones celestiales.

Cuando vuelva el Señor “tomará cuentas” a sus siervos: ¿qué hizo con los dones recibidos de Dios, confiados a él para ser multiplicados? Jesucristo vendrá al final de los tiempos como juez justo. Él dará a cada cual conforme al uso que hizo de los dones recibidos. A quien sabe multiplicarlos y “negociar” con ellos, el Señor lo calificará de siervo “fiel y cumplidor” y lo invitará a pasar “al banquete de tu Señor”. La traducción literal del griego dice: “en el gozo (jarán) de tu señor”. Es la felicidad eterna reservada para los bienaventurados. La traducción litúrgica traduce “banquete”, dado que el gozo mesiánico era comparado a la alegría expresada mediante un banquete (Mt 8,11; 22,8).

Es clara la expectativa y exigencia del Señor que espera que sus siervos “multipliquen” los talentos a ellos confiados. Hay una obligación de desarrollar los dones recibidos de Dios, al punto que “esconder” o “enterrar” los mismos, impidiendo que produzcan fruto aunque sea “depositándolos en un banco para poder luego recoger los intereses”, es considerado una culpa grave, una omisión que merece el despojo de todo talento y el ser rechazado. Su destino son “las tinieblas exteriores”, fórmula usual que designa el infierno, el lugar de la lejanía absoluta de Dios, allí donde sólo hay “llanto y rechinar de dientes”, sufrimiento sin fin.

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Dios, junto con el don de la vida, ha dado a cada cual ciertos talentos. Entendemos por talentos dones, cualidades, capacidades que podemos desarrollar a lo largo de nuestra vida. Son como semillas que debemos hacer germinar y fructificar con inteligencia, con un trabajo paciente y esforzado, en cooperación con la gracia divina y según el Plan que Dios nos vaya mostrando a lo largo de nuestra vida.

Inmediatamente se nos viene esta pregunta a la mente: ¿cuáles y cuántos son mis talentos? Para ello es necesario conocerse bien uno mismo, iluminado por la luz de Cristo.

Ahora bien, muchas personas descubren sus talentos desde pequeños y aprenden a desarrollarlos. Pero, ¿los usan para el bien, y los usan para el bien común? ¿O se valen de ellos para alimentar su vanidad y su soberbia, para obtener poder, riquezas y placeres que no miran a dar gloria a Dios ni tampoco al bien común? La parábola de los talentos nos recuerda en primer lugar que los talentos nos vienen de Dios y que nosotros sólo podemos entendernos como administradores de los mismos. Por tanto no debemos buscar “apropiarnos” de ellos para buscar exclusivamente nuestro propio beneficio o para hinchar nuestro orgullo y vanidad, sino que hemos de buscar desarrollarlos según el Plan de Dios para el beneficio de los que me rodean y de toda la sociedad. Los talentos tienen una dimensión social fundamental.

Por otro lado hay muchos que se menosprecian de tal modo que terminan creyendo que nada tienen de valioso. Viven comparándose con personas exitosas, envidiando tal o cual talento, convencidos de que ellos mismos no tienen ningún talento o la capacidad para desarrollarlos. Son los que, aunque los tienen, terminan enterrando sus talentos.

En realidad, nadie puede decir: “yo no tengo ningún talento.” ¿Es que acaso Dios no nos ha dado a todos la capacidad de amar? ¿Es que no te ha dado el talento del amor? Sí, «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5,5). Y quizá dirás que “alguien” te lo ha arrebatado, porque te hizo daño, porque se aprovechó de ti, porque tu corazón se endureció, porque ya no eres capaz o digno de ser amado/a, porque... no sabes amar. Pero ése es un talento que todos podemos recuperar si acaso lo hemos “perdido”, o si nos hemos equivocado, porque es tu vocación más profunda, porque estás hecho para amar, porque Cristo te ha reconciliado y ha derramado su Espíritu de amor en tu corazón, porque Él ha venido a enseñarnos cómo es el amor y cuál el camino para amar también nosotros. Nadie tiene excusa para enterrar ese talento optando por vivir en la amargura, cerrándose al perdón, negándose a amar al prójimo. Quien cree que no tiene ese “talento”, es porque ha hecho la opción —y se mantiene tercamente aferrada a ella— de no amar, de enterrar ese talento.

Y en no otra cosa consistirá el juicio: el día que seas llamado a la presencia del Señor, se te preguntará qué hiciste con ese talento. ¿Acogiste el amor de Dios en tu corazón? ¿Te esforzaste en amar cada día como Cristo mismo nos amó? ¿Multiplicaste ese talento viviendo día a día la caridad con tu prójimo? ¿O lo enterraste, consintiendo el odio, el resentimiento, el egoísmo, el individualismo, la indiferencia, negando el perdón, cerrando el corazón a las necesidades del prójimo?

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Basilio: «Uno solo no puede tener todos los carismas espirituales, sino que a cada uno fue dado alguno según el don del Espíritu Santo, en la medida de la fe (ver Rom 12,6). En la vida común, pues, los dones particulares son para todos: “El Espíritu da a uno la sabiduría para hablar; a otro la fe, también en el mismo Espíritu, de hacer milagros; a uno el don de la profecía; a otro, el don de juzgar sobre el valor de los dones del Espíritu; a éste, el don de lenguas, a aquél, el don de interpretarlas” (1Cor 12,8-10). Cada uno de estos dones, recibe el hombre no para sí, sino para los demás. La fuerza del Espíritu Santo está en que cada uno comunique la cantidad para todos. En la vida común cada uno tiene la posibilidad de servirse de su don, compartiendo con los demás. Así entonces cada uno recoge el fruto de los ajenos dones, como si fueran suyos».

San Gregorio: «El que tiene, pues, talento, procure no ser mudo; el que tiene abundancia de bienes, no descuide la caridad; el que experiencia de mundo, dirija a su prójimo; el que es elocuente, interceda con el rico por los pobres; porque a cada uno se le contará como talento lo que hiciere aunque fuese por el más pequeño».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

546: Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas, rasgo típico de su enseñanza. Por medio de ellas invita al banquete del Reino, pero exige también una elección radical para alcanzar el Reino, es necesario darlo todo; las palabras no bastan, hacen falta obras. Las parábolas son como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo duro o como una buena tierra? ¿Qué hace con los talentos recibidos?

Dimensión social de los “talentos”

1880: Una sociedad es un conjunto de personas ligadas de manera orgánica por un principio de unidad que supera a cada una de ellas. Asamblea a la vez visible y espiritual, una sociedad perdura en el tiempo: recoge el pasado y prepara el porvenir. Mediante ella, cada hombre es constituido «heredero», recibe «talentos» que enriquecen su identidad y a los que debe hacer fructificar. En verdad, se debe afirmar que cada uno tiene deberes para con las comunidades de que forma parte y está obligado a respetar a las autoridades encargadas del bien común de las mismas.

1936: Al venir al mundo, el hombre no dispone de todo lo que es necesario para el desarrollo de su vida corporal y espiritual. Necesita de los demás. Ciertamente hay diferencias entre los hombres por lo que se refiere a la edad, a las capacidades físicas, a las aptitudes intelectuales o morales, a las circunstancias de que cada uno se pudo beneficiar, a la distribución de las riquezas. Los «talentos» no están distribuidos por igual.

1937: Estas diferencias pertenecen al plan de Dios, que quiere que cada uno reciba de otro aquello que necesita, y que quienes disponen de «talentos» particulares comuniquen sus beneficios a los que los necesiten. Las diferencias alientan y con frecuencia obligan a las personas a la magnanimidad, a la benevolencia y a la comunicación. Incitan a las culturas a enriquecerse unas a otras.

VI. PALABRAS DE LUIS FERNANDO FIGARI (transcritas de textos publicados)

«Todo don, toda bendición, toda manifestación del amor de Dios, nos hace deudores de Dios, nos hace deudores de nuestros hermanos.

»Talentos y dones no son para ser acaparados mezquinamente, para ser desperdiciados. Son, sí, para ser interiorizados primero, y luego de una flexión hacia adentro, situarse en el impulso hacia afuera, en servicio hacia los demás, en testimonio para los demás.

»Para el creyente hay una exigencia constante, permanente de dar, de compartir. Y ese dar, y ese compartir, es también saber recibir, acoger al que da, acoger al dador».

«El hombre es menos persona cuando se cierra egoístamente sobre sí que cuando, desde la posesión de sí, se abre a los hermanos, en un dinamismo análogo a la aspiración del encuentro definitivo con el Té divino. La libertad cristiana, diversa de las concepciones liberal o reduccionistas, es una dimensión fundada en el dinamismo abierto y expansivo del amor. El ser humano, abierto a la gracia, iluminado por la fe, descubre el bien y se encamina a su realización. Pienso que es así como se entiende la vida de cada uno como tarea y misión».

«La existencia misma de cada ser humano es un don, y como tal es gratuito pero no superfluo, tiene un sentido, una razón de ser. Ese sentido en general se descubre en el designio divino para el ser humano, pero en particular el Señor va mostrando a cada quien el camino por el cual realizarse como persona, le va mostrando la misión a la que es llamado y el sentido misional que dota a la existencia de cada persona concreta de un horizonte de transformación en Aquel que es el modelo de todo lo humano, el camino de toda plenitud y santidad.

»La vida modélica del Señor apunta a la misión que le ha encomendado el Padre —“conforme me lo ha encargado el Padre” (Jn 15,10)—, la aceptación amorosa de su misión es el sentido de su existencia terrenal. Y ese sentido modélico y configurativo, extensivo a todos, queda explícitamente expresado como juicio decisivo de la familiaridad íntima del Señor Jesús: “Todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana, mi madre” (Mt 12,50); “No todo el que me diga ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (Mt 7,21). En el Padrenuestro el Señor nos invita a pedir: “Hágase tu voluntad” (Mt 7,21). En todo ello se percibe una clara disyuntiva entre la férrea ley del hombre viejo: “gusto-disgusto”, y la amorosa y obediencial disponibilidad a la misión a la que cada uno es llamado».

Consultas

© Copyright 2013. BIBLIOTECA ELECTRÓNICA CRISTIANA -BEC- VE MULTIMEDIOS™. La versión electrónica de este documento ha sido realizada por VE MULTIMEDIOS - VIDA Y ESPIRITUALIDAD. Todos los derechos reservados. La -BEC- está protegida por las leyes de derechos de autor nacionales e internacionales que prescriben parámetros para su uso. Hecho el depósito legal.


Diseño web :: Hosting Católico