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S.S. Benedicto XVI, Discurso del Santo Padre a los participantes en un congreso sobre el tema ¬ęConfianza en la raz√≥n¬Ľ con motivo del X Aniversario de la enc√≠clica ¬ęFides et ratio¬Ľ
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Discurso del Santo Padre a los participantes en un congreso sobre el tema ¬ęConfianza en la raz√≥n¬Ľ con motivo del X Aniversario de la enc√≠clica ¬ęFides et ratio¬Ľ

Se√Īores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
amables se√Īoras,
ilustres se√Īores:

Me alegra encontrarme con vosotros con ocasi√≥n del Congreso oportunamente organizado en el d√©cimo aniversario de la enc√≠clica Fides et ratio. Agradezco ante todo a monse√Īor Rino Fisichella las cordiales palabras que me ha dirigido al inicio de este encuentro. Me complace que en las jornadas de estudio de vuestro Congreso colaboren concretamente la Universidad Lateranense, la Academia pontificia de ciencias y la Conferencia mundial de instituciones universitarias cat√≥licas de filosof√≠a. Esa colaboraci√≥n es siempre deseable, sobre todo cuando se est√° llamado a dar raz√≥n de la propia fe ante los desaf√≠os cada vez m√°s complejos que afrontan los creyentes en el mundo contempor√°neo.

A diez a√Īos de distancia, una mirada atenta a la enc√≠clica Fides et ratio permite percibir con admiraci√≥n su actualidad perdurable: en ella se revela la clarividente profundidad de mi inolvidable predecesor. En efecto, la enc√≠clica se caracteriza por su gran apertura con respecto a la raz√≥n, sobre todo en una √©poca en la que se ha teorizado la debilidad de la raz√≥n. Juan Pablo ii subraya en cambio la importancia de conjugar la fe y la raz√≥n en su relaci√≥n rec√≠proca, aunque respetando la esfera de autonom√≠a propia de cada una.

La Iglesia, con este magisterio, se ha hecho intérprete de una exigencia emergente en el contexto cultural actual. Ha querido defender la fuerza de la razón y su capacidad de alcanzar la verdad, presentando una vez más la fe como una forma peculiar de conocimiento, gracias a la cual nos abrimos a la verdad de la Revelación (cf. Fides et ratio, 13). En la encíclica se lee que hay que tener confianza en la capacidad de la razón humana y no prefijarse metas demasiado modestas: "La fe mueve a la razón a salir de todo aislamiento y a apostar de buen grado por lo que es bello, bueno y verdadero. Así, la fe se hace abogada convencida y convincente de la razón" (n. 56).

Por lo dem√°s, el paso del tiempo manifiesta cu√°ntos objetivos ha sabido alcanzar la raz√≥n, movida por la pasi√≥n por la verdad. ¬ŅQui√©n podr√≠a negar la contribuci√≥n que los grandes sistemas filos√≥ficos han dado al desarrollo de la autoconciencia del hombre y al progreso de las diversas culturas? Estas, por otra parte, se hacen fecundas cuando se abren a la verdad, permitiendo a cuantos participan en ellas alcanzar objetivos que hacen cada vez m√°s humana la convivencia social. La b√ļsqueda de la verdad da sus frutos sobre todo cuando est√° sostenida por el amor a la verdad. San Agust√≠n escribi√≥: "Lo que se posee con la mente se tiene conoci√©ndolo, pero ning√ļn bien se conoce perfectamente si no se ama perfectamente" (De diversis quaestionibus 35, 2).

Con todo, no podemos ignorar que se ha verificado un deslizamiento desde un pensamiento preferentemente especulativo a uno m√°s experimental. La investigaci√≥n se ha orientado sobre todo a la observaci√≥n de la naturaleza tratando de descubrir sus secretos. El deseo de conocer la naturaleza se ha transformado despu√©s en la voluntad de reproducirla. Este cambio no ha sido indoloro: la evoluci√≥n de los conceptos ha menoscabado la relaci√≥n entre la fides y la ratio con la consecuencia de llevar a una y a otra a seguir caminos distintos. La conquista cient√≠fica y tecnol√≥gica, con que la fides es cada vez m√°s provocada a confrontarse, ha modificado el antiguo concepto de ratio; de alg√ļn modo, ha marginado a la raz√≥n que buscaba la verdad √ļltima de las cosas para dar lugar a una raz√≥n satisfecha con descubrir la verdad contingente de las leyes de la naturaleza.

La investigación científica tiene ciertamente su valor positivo. El descubrimiento y el incremento de las ciencias matemáticas, físicas, químicas y de las aplicadas son fruto de la razón y expresan la inteligencia con que el hombre consigue penetrar en las profundidades de la creación. La fe, por su parte, no teme el progreso de la ciencia y el desarrollo al que conducen sus conquistas, cuando estas tienen como fin al hombre, su bienestar y el progreso de toda la humanidad. Como recordaba el desconocido autor de la Carta a Diogneto: "Lo que mata no es el árbol de la ciencia, sino la desobediencia. No se tiene vida sin ciencia, ni ciencia segura sin vida verdadera" (XII, 2.4).

Sucede, sin embargo, que no siempre los cient√≠ficos dirigen sus investigaciones a estos fines. La ganancia f√°cil, o peor a√ļn, la arrogancia de sustituir al Creador desempe√Īan, a veces, un papel determinante. Esta es una forma de hybris de la raz√≥n, que puede asumir caracter√≠sticas peligrosas para la propia humanidad. La ciencia, por otra parte, no es capaz de elaborar principios √©ticos; puede s√≥lo acogerlos en s√≠ y reconocerlos como necesarios para erradicar sus eventuales patolog√≠as. En este contexto, la filosof√≠a y la teolog√≠a son ayudas indispensables con las que es preciso confrontarse para evitar que la ciencia avance sola por un sendero tortuoso, lleno de imprevistos y no privado de riesgos. Esto no significa en absoluto limitar la investigaci√≥n cient√≠fica o impedir a la t√©cnica producir instrumentos de desarrollo; consiste, m√°s bien, en mantener vigilante el sentido de responsabilidad que la raz√≥n y la fe poseen frente a la ciencia, para que permanezca en su estela de servicio al hombre.

La lecci√≥n de San Agust√≠n est√° siempre llena de significado, tambi√©n en el contexto actual: "¬ŅA qu√© llega ‚ÄĒse pregunta el santo obispo de Hipona‚ÄĒ quien sabe usar bien la raz√≥n, sino a la verdad? No es la verdad la que se alcanza a s√≠ misma con el razonamiento, sino que a ella la buscan quienes usan la raz√≥n. (...) Confiesa que no eres t√ļ la verdad, porque ella no se busca a s√≠ misma; en cambio, t√ļ no has llegado a ella pasando de un lugar a otro, sino busc√°ndola con la disposici√≥n de la mente" (De vera religione, 39, 72). Equivale a decir: venga de donde venga la b√ļsqueda de la verdad, permanece como dato que se ofrece y que puede ser reconocido ya presente en la naturaleza. De hecho, la inteligibilidad de la creaci√≥n no es fruto del esfuerzo del cient√≠fico, sino condici√≥n que se le ofrece para permitirle descubrir la verdad presente en ella. "El razonamiento no crea estas verdades ‚ÄĒcontin√ļa San Agust√≠n en su reflexi√≥n‚ÄĒ sino que las descubre. Por tanto, estas subsisten en s√≠ antes incluso de ser descubiertas, y una vez descubiertas nos renuevan" (ib., 39, 73). En s√≠ntesis, la raz√≥n debe cumplir plenamente su recorrido, con su plena autonom√≠a y su rica tradici√≥n de pensamiento.

La raz√≥n, por otro lado, siente y descubre que, m√°s all√° de lo que ya ha alcanzado y conquistado, existe una verdad que nunca podr√° descubrir partiendo de s√≠ misma, sino s√≥lo recibir como don gratuito. La verdad de la Revelaci√≥n no se sobrepone a la alcanzada por la raz√≥n; m√°s bien purifica la raz√≥n y la exalta, permiti√©ndole as√≠ dilatar sus propios espacios para insertarse en un campo de investigaci√≥n insondable como el misterio mismo. La verdad revelada, en la "plenitud de los tiempos" (Ga 4, 4), tom√≥ el rostro de una persona, Jes√ļs de Nazaret, que trae la respuesta √ļltima y definitiva a la pregunta de sentido de todo hombre. La verdad de Cristo, en cuanto toca a cada persona que busca la alegr√≠a, la felicidad y el sentido, supera ampliamente cualquier otra verdad que la raz√≥n pueda encontrar. Por tanto, en torno al misterio es donde la fides y la ratio encuentran la posibilidad real de un trayecto com√ļn.

En estos d√≠as est√° teniendo lugar el S√≠nodo de los obispos sobre el tema: "La Palabra de Dios en la vida y en la misi√≥n de la Iglesia". ¬ŅC√≥mo no ver la coincidencia providencial de este momento con vuestro Congreso? La pasi√≥n por la verdad nos impulsa a volver a entrar en nosotros mismos para captar en el interior del hombre el sentido profundo de nuestra vida. Una filosof√≠a verdadera conducir√° de la mano a cada persona para hacerle descubrir cu√°n fundamental es para su propia dignidad conocer la verdad de la Revelaci√≥n. Ante esta exigencia de sentido que no da tregua hasta que no desemboca en Jesucristo, la Palabra de Dios revela su car√°cter de respuesta definitiva. Una Palabra de revelaci√≥n que se convierte en vida y que pide ser acogida como fuente inagotable de verdad.

A la vez que deseo a cada uno que sienta siempre en s√≠ esta pasi√≥n por la verdad y haga cuanto est√© a su alcance para satisfacer sus exigencias, quiero aseguraros que sigo con aprecio y simpat√≠a vuestro trabajo, acompa√Īando vuestra investigaci√≥n tambi√©n con mi oraci√≥n. Para confirmar estos sentimientos, de buen grado os imparto a vosotros y a vuestros seres queridos la bendici√≥n apost√≥lica.

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