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S.S. Benedicto XVI, Homilía del Santo Padre durante la Santa Misa conclusiva de la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos
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Homilía del Santo Padre durante la Santa Misa conclusiva de la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos

Hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
queridos hermanos y hermanas:

La Palabra del Se√Īor, que se acaba de proclamar en el Evangelio, nos ha recordado que el amor es el compendio de toda la Ley divina. El evangelista San Mateo narra que los fariseos, despu√©s de que Jes√ļs respondiera a los saduceos dej√°ndolos sin palabras, se reunieron para ponerlo a prueba (cf. Mt 22, 34-35). Uno de ellos, un doctor de la ley, le pregunt√≥: "Maestro, ¬Ņcu√°l es el mandamiento mayor de la Ley?" (Mt 22, 36). La pregunta deja adivinar la preocupaci√≥n, presente en la antigua tradici√≥n judaica, por encontrar un principio unificador de las diversas formulaciones de la voluntad de Dios. No era una pregunta f√°cil, si tenemos en cuenta que en la Ley de Mois√©s se contemplan 613 preceptos y prohibiciones. ¬ŅC√≥mo discernir, entre todos ellos, el mayor? Pero Jes√ļs no titubea y responde con prontitud: "Amar√°s al Se√Īor, tu Dios, con todo tu coraz√≥n, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento" (Mt 22, 37-38).

En su respuesta, Jes√ļs cita el Shem√°, la oraci√≥n que el israelita piadoso reza varias veces al d√≠a, sobre todo por la ma√Īana y por la tarde (cf. Dt 6, 4-9; 11, 13-21; Nm 15, 37-41): la proclamaci√≥n del amor √≠ntegro y total que se debe a Dios, como √ļnico Se√Īor. Con la enumeraci√≥n de las tres facultades que definen al hombre en sus estructuras psicol√≥gicas profundas: coraz√≥n, alma y mente, se pone el acento en la totalidad de esta entrega a Dios. El t√©rmino mente, di√°noia, contiene el elemento racional. Dios no es solamente objeto del amor, del compromiso, de la voluntad y del sentimiento, sino tambi√©n del intelecto, que por tanto no debe ser excluido de este √°mbito. M√°s a√ļn, es precisamente nuestro pensamiento el que debe conformarse al pensamiento de Dios.

Sin embargo, Jes√ļs a√Īade luego algo que, en verdad, el doctor de la ley no hab√≠a pedido: "El segundo es semejante a este: Amar√°s a tu pr√≥jimo como a ti mismo" (Mt 22, 39). El aspecto sorprendente de la respuesta de Jes√ļs consiste en el hecho de que establece una relaci√≥n de semejanza entre el primer mandamiento y el segundo, al que define tambi√©n en esta ocasi√≥n con una f√≥rmula b√≠blica tomada del c√≥digo lev√≠tico de santidad (cf. Lv 19, 18). De esta forma, en la conclusi√≥n del pasaje los dos mandamientos se unen en el papel de principio fundamental en el que se apoya toda la Revelaci√≥n b√≠blica: "De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas" (Mt 22, 40).

La p√°gina evang√©lica sobre la que estamos meditando subraya que ser disc√≠pulos de Cristo es poner en pr√°ctica sus ense√Īanzas, que se resumen en el primero y mayor de los mandamientos de la Ley divina, el mandamiento del amor. Tambi√©n la primera Lectura, tomada del libro del √Čxodo, insiste en el deber del amor, un amor testimoniado concretamente en las relaciones entre las personas: tienen que ser relaciones de respeto, de colaboraci√≥n, de ayuda generosa. El pr√≥jimo al que debemos amar es tambi√©n el forastero, el hu√©rfano, la viuda y el indigente, es decir, los ciudadanos que no tienen ning√ļn "defensor". El autor sagrado se detiene en detalles particulares, como en el caso del objeto dado en prenda por uno de estos pobres (cf. Ex 22, 25-26). En este caso es Dios mismo quien se hace cargo de la situaci√≥n de este pr√≥jimo.

En la segunda Lectura podemos ver una aplicaci√≥n concreta del mandamiento supremo del amor en una de las primeras comunidades cristianas. San Pablo, escribiendo a los Tesalonicenses, les da a entender que, aunque los conozca desde hace poco, los aprecia y los lleva con cari√Īo en su coraz√≥n. Por este motivo los se√Īala como "modelo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya" (1 Ts 1, 7). Por supuesto, no faltan debilidades y dificultades en aquella comunidad fundada hac√≠a poco tiempo, pero el amor todo lo supera, todo lo renueva, todo lo vence: el amor de quien, consciente de sus propios l√≠mites, sigue d√≥cilmente las palabras de Cristo, divino Maestro, transmitidas a trav√©s de un fiel disc√≠pulo suyo.

"Vosotros seguisteis nuestro ejemplo y el del Se√Īor ‚ÄĒescribe San Pablo‚ÄĒ, acogiendo la Palabra en medio de grandes pruebas". "Partiendo de vosotros ‚ÄĒprosigue el Ap√≥stol‚ÄĒ, ha resonado la Palabra del Se√Īor y vuestra fe en Dios se ha difundido no s√≥lo en Macedonia y en Acaya, sino por todas partes" (1 Ts 1, 6.8). La lecci√≥n que sacamos de la experiencia de los Tesalonicenses, experiencia que en verdad se realiza en toda aut√©ntica comunidad cristiana, es que el amor al pr√≥jimo nace de la escucha d√≥cil de la Palabra divina. Es un amor que acepta tambi√©n pruebas duras por la verdad de la Palabra divina; y precisamente as√≠ crece el amor verdadero y la verdad brilla con todo su esplendor. ¬°Qu√© importante es, por tanto, escuchar la Palabra y encarnarla en la existencia personal y comunitaria!

En esta celebración eucarística, con la que concluyen los trabajos sinodales, advertimos de manera singular el especial vínculo que existe entre la escucha amorosa de la Palabra de Dios y el servicio desinteresado a los hermanos. ¡Cuántas veces, durante los días pasados, hemos escuchado experiencias y reflexiones que ponen de relieve la necesidad, hoy cada vez mayor, de escuchar más íntimamente a Dios, de conocer más profundamente su Palabra de salvación, de compartir más sinceramente la fe que se alimenta constantemente en la mesa de la Palabra divina!

Queridos y venerados hermanos, gracias por la contribuci√≥n que cada uno de vosotros ha dado a la profundizaci√≥n del tema del S√≠nodo: "La Palabra de Dios en la vida y en la misi√≥n de la Iglesia". Os saludo a todos con afecto. Dirijo un saludo especial a los se√Īores cardenales presidentes delegados del S√≠nodo y al secretario general, a quienes agradezco su constante dedicaci√≥n. Os saludo a vosotros, queridos hermanos y hermanas, que hab√©is venido de todos los continentes aportando vuestra enriquecedora experiencia. Cuando regres√©is a casa, transmitid a todos el saludo afectuoso del Obispo de Roma. Saludo a los delegados fraternos, a los expertos, a los auditores y a los invitados especiales, a los miembros de la Secretar√≠a general del S√≠nodo y a los que se han ocupado de las relaciones con la prensa.

Un recuerdo especial va a los obispos de China continental, que no han podido estar representados en esta Asamblea sinodal. Deseo hacerme aqu√≠ el int√©rprete ‚ÄĒdando gracias a Dios‚ÄĒ de su amor a Cristo, de su comuni√≥n con la Iglesia universal y de su fidelidad al Sucesor del ap√≥stol San Pedro. Est√°n presentes en nuestras oraciones, junto con todos los fieles que han sido encomendados a sus cuidados pastorales. Pidamos al "Pastor supremo" de la grey (1 P 5, 4) que les d√© alegr√≠a, fuerza y celo apost√≥lico para guiar con sabidur√≠a y clarividencia a la comunidad cat√≥lica que est√° en China, tan querida por todos nosotros.

Todos los que hemos participado en los trabajos sinodales llevamos la renovada conciencia de que la tarea prioritaria de la Iglesia, al inicio de este nuevo milenio, consiste ante todo en alimentarse de la Palabra de Dios, para hacer eficaz el compromiso de la nueva evangelización, del anuncio en nuestro tiempo. Ahora es necesario que esta experiencia eclesial sea llevada a todas las comunidades; es preciso que se comprenda la necesidad de traducir en gestos de amor la Palabra escuchada, porque sólo así se vuelve creíble el anuncio del Evangelio, a pesar de las fragilidades humanas que marcan a las personas. Esto exige, en primer lugar, un conocimiento más íntimo de Cristo y una escucha siempre dócil de su Palabra.

En este A√Īo paulino, haciendo nuestras las palabras del Ap√≥stol: "Ay de m√≠ si no predicara el Evangelio" (1 Co 9, 16), deseo de coraz√≥n que en cada comunidad se sienta con una convicci√≥n m√°s fuerte este anhelo de San Pablo como vocaci√≥n al servicio del Evangelio para el mundo. Al inicio de los trabajos sinodales record√© la llamada de Jes√ļs: "La mies es mucha" (Mt 9, 37), llamada a la cual nunca debemos cansarnos de responder, a pesar de las dificultades que podamos encontrar. Mucha gente est√° buscando, a veces incluso sin darse cuenta, el encuentro con Cristo y con su Evangelio; muchos sienten la necesidad de encontrar en √©l el sentido de su vida. Por tanto, dar un testimonio claro y compartido de una vida seg√ļn la Palabra de Dios, atestiguada por Jes√ļs, se convierte en un criterio indispensable de verificaci√≥n de la misi√≥n de la Iglesia.

Las lecturas que la liturgia ofrece hoy a nuestra meditaci√≥n nos recuerdan que la plenitud de la Ley, como la de todas las Escrituras divinas, es el amor. Por eso, quien cree haber comprendido las Escrituras, o por lo menos alguna parte de ellas, sin comprometerse a construir, mediante su inteligencia, el doble amor a Dios y al pr√≥jimo, demuestra en realidad que est√° todav√≠a lejos de haber captado su sentido profundo. Pero, ¬Ņc√≥mo poner en pr√°ctica este mandamiento?, ¬Ņc√≥mo vivir el amor a Dios y a los hermanos sin un contacto vivo e intenso con las Sagradas Escrituras?

El concilio Vaticano II afirma que "los fieles han de tener fácil acceso a la Sagrada Escritura" (Dei Verbum, 22) para que las personas, cuando encuentren la verdad, puedan crecer en el amor auténtico. Se trata de un requisito que hoy es indispensable para la evangelización. Y, ya que el encuentro con la Escritura a menudo corre el riesgo de no ser "un hecho" de Iglesia, sino que está expuesto al subjetivismo y a la arbitrariedad, resulta indispensable una promoción pastoral intensa y creíble del conocimiento de la Sagrada Escritura, para anunciar, celebrar y vivir la Palabra en la comunidad cristiana, dialogando con las culturas de nuestro tiempo, poniéndose al servicio de la verdad y no de las ideologías del momento e incrementando el diálogo que Dios quiere tener con todos los hombres (cf. ib., 21).

Con esta finalidad es preciso prestar atención especial a la preparación de los pastores, que luego dirigirán la necesaria acción de difundir la práctica bíblica con los subsidios oportunos. Es preciso estimular los esfuerzos que se están llevando a cabo para suscitar el movimiento bíblico entre los laicos, la formación de animadores de grupos, con especial atención hacia los jóvenes. Debe sostenerse el esfuerzo por dar a conocer la fe a través de la Palabra de Dios, también a los "alejados" y especialmente a los que buscan con sinceridad el sentido de la vida.

Se podr√≠an a√Īadir otras muchas reflexiones, pero me limito, por √ļltimo, a destacar que el lugar privilegiado en el que resuena la Palabra de Dios, que edifica la Iglesia, como se dijo en el S√≠nodo, es sin duda la liturgia. En la liturgia se pone de manifiesto que la Biblia es el libro de un pueblo y para un pueblo; una herencia, un testamento entregado a los lectores, para que actualicen en su vida la historia de la salvaci√≥n testimoniada en lo escrito. Existe, por tanto, una relaci√≥n de rec√≠proca y vital dependencia entre pueblo y Libro: la Biblia es un Libro vivo con el pueblo, su sujeto, que lo lee; el pueblo no subsiste sin el Libro, porque en √©l encuentra su raz√≥n de ser, su vocaci√≥n, su identidad. Esta mutua dependencia entre pueblo y Sagrada Escritura se celebra en cada asamblea lit√ļrgica, la cual, gracias al Esp√≠ritu Santo, escucha a Cristo, ya que es √©l quien habla cuando en la Iglesia se lee la Escritura y se acoge la alianza que Dios renueva con su pueblo. As√≠ pues, Escritura y liturgia convergen en el √ļnico fin de llevar al pueblo al di√°logo con el Se√Īor y a la obediencia a su voluntad. La Palabra que sale de la boca de Dios y que testimonian las Escrituras regresa a √©l en forma de respuesta orante, de respuesta vivida, de respuesta que brota del amor (cf. Is 55, 10-11).

Queridos hermanos y hermanas, oremos para que de la escucha renovada de la Palabra de Dios, bajo la acci√≥n del Esp√≠ritu Santo, brote una aut√©ntica renovaci√≥n de la Iglesia universal en todas las comunidades cristianas. Encomendemos los frutos de esta Asamblea sinodal a la intercesi√≥n materna de la Virgen Mar√≠a. A ella le encomiendo tambi√©n la II Asamblea especial del S√≠nodo para √Āfrica, que tendr√° lugar en Roma en octubre del a√Īo pr√≥ximo. Tengo la intenci√≥n de ir a Camer√ļn, en el pr√≥ximo mes de marzo, para entregar a los representantes de las Conferencias episcopales de √Āfrica el Instrumentum laboris de esa Asamblea sinodal. De all√≠ proseguir√©, Dios mediante, hacia Angola para celebrar solemnemente el V centenario de la evangelizaci√≥n de ese pa√≠s. Mar√≠a sant√≠sima, que ofreci√≥ su vida como "esclava del Se√Īor" para que todo se cumpliera en conformidad con la divina voluntad (cf. Lc 1, 38) y que exhort√≥ a hacer todo lo que dijera Jes√ļs (cf. Jn 2, 5), nos ense√Īe a reconocer en nuestra vida el primado de la Palabra, la √ļnica que nos puede dar la salvaci√≥n. As√≠ sea.

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