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Congregaci贸n para la Educaci贸n Cat贸lica, Educar juntos en la escuela cat贸lica. Misi贸n compartida de personas consagradas y fieles laicos
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Educar juntos en la escuela cat贸lica. Misi贸n compartida de personas consagradas y fieles laicos

INTRODUCCI脫N

1. La r谩pida y, en ocasiones, contradictoria evoluci贸n de nuestro tiempo suscita desaf铆os educativos que interpelan al mundo de la escuela. Ellos inducen a encontrar respuestas adecuadas no s贸lo a nivel de los contenidos y de los m茅todos did谩cticos, sino tambi茅n a nivel de la experiencia comunitaria que caracteriza la acci贸n educativa. La relevancia de estos desaf铆os emerge del contexto de complejidad social, cultural y religiosa en el cual crecen, en concreto, las j贸venes generaciones, y que influye significativamente en sus vivencias. Se trata de fen贸menos ampliamente difusos, como el desinter茅s por las verdades fundamentales de la vida humana, el individualismo, el relativismo moral y el utilitarismo, que permean sobre todo las sociedades ricas y desarrolladas. A ellos se suman los r谩pidos cambios estructurales, la globalizaci贸n y la aplicaci贸n de las nuevas tecnolog铆as en el campo de la informaci贸n que inciden, cada vez m谩s, en la vida cotidiana y en los itinerarios formativos. Adem谩s, con el proceso de desarrollo, crece la diferencia entre pa铆ses ricos y pa铆ses pobres y aumenta el fen贸meno de las migraciones, acentu谩ndose la diversidad de las identidades culturales en el mismo territorio con las subsiguientes consecuencias relativas a la integraci贸n. En una sociedad global y diversificada al mismo tiempo, local y planetaria, que alberga modos diversos y contrastantes de interpretar el mundo y la vida, los j贸venes se encuentran ante diferentes propuestas de valores y contravalores cada vez m谩s estimulantes, pero tambi茅n cada vez menos compartidos. A esto, se a帽aden las dificultades derivadas de los problemas de estabilidad de la familia, o bien de situaciones de malestar y pobreza, que crean un sentido difuso de desorientaci贸n a nivel existencial y afectivo en un per铆odo delicado de su crecimiento y maduraci贸n, exponi茅ndoles al peligro de ser 芦sacudidos por las olas y llevados aqu铆 y all谩 por cualquier viento de doctrina禄 (Ef 4, 14).

2. En este contexto, resulta particularmente urgente ofrecer a los j贸venes un itinerario de formaci贸n escolar que no se reduzca a la fruici贸n individualista e instrumental de un servicio s贸lo en vista a conseguir un t铆tulo. Adem谩s del aprendizaje de los conocimientos, es necesario que los estudiantes hagan una experiencia fuerte de coparticipaci贸n con los educadores. Para conseguir la feliz realizaci贸n de esta experiencia, los educadores deben ser interlocutores acogedores y preparados, capaces de suscitar y orientar las mejores energ铆as de los estudiantes hacia la b煤squeda de la verdad y el sentido de la existencia, hacia una construcci贸n positiva de s铆 mismos y de la vida, en el horizonte de una formaci贸n integral. Por otra parte, no 芦es posible [鈥 una verdadera educaci贸n: sin la luz de la verdad禄1.

3. Esta perspectiva interpela a todas las instituciones escolares, pero a煤n m谩s directamente a la escuela cat贸lica, ya que presta constante atenci贸n a las instancias formativas de la sociedad, en cuanto 芦el problema de la instrucci贸n siempre ha estado estrechamente ligado a la misi贸n de la Iglesia禄2. La escuela cat贸lica participa de esta misi贸n, como aut茅ntico sujeto eclesial, por medio del servicio educativo, vivificado por la verdad del Evangelio. Ella, en efecto, fiel a su vocaci贸n, se presenta 芦como lugar de educaci贸n integral de la persona humana a trav茅s de un claro proyecto educativo que tiene su fundamento en Cristo禄3, orientado a obrar una s铆ntesis entre fe, cultura y vida.

4. El proyecto de la escuela cat贸lica s贸lo es convincente si es realizado por personas profundamente motivadas, en cuanto testigos de un encuentro vivo con Cristo, en el que 芦el misterio del hombre solo se esclarece禄4. Personas que se reconocen, por tanto, en la adhesi贸n personal y comunitaria al Se帽or, asumi茅ndolo como fundamento y referencia constante de la relaci贸n interpersonal y de la colaboraci贸n rec铆proca entre educador y educando.

5. La realizaci贸n de una verdadera comunidad educativa, construida sobre la base de valores de proyectos compartidos, representa para la escuela cat贸lica una ardua tarea a realizar. En efecto, la presencia en ella de alumnos, e incluso de ense帽antes, procedentes de contextos culturales y religiosos diversos requiere un empe帽o de discernimiento y acompa帽amiento a煤n mayor. La elaboraci贸n de un proyecto compartido se convierte en un llamamiento imprescindible que ha de impulsar la escuela cat贸lica a definirse como lugar de experiencia eclesial. Su fuerza conectiva y las potencialidades relacionales derivan de un cuadro de valores y de una comuni贸n de vida arraigada en la misma pertenencia a Cristo y en el reconocimiento de los valores evang茅licos, asumidos como normas educativas e impulso motivacional y, a la saz贸n, como meta final del recorrido escolar. Ciertamente, el grado de participaci贸n podr谩 ser diferente en raz贸n de la propia historia personal, pero ello exige de los educadores la disponibilidad a un empe帽o de formaci贸n y autoformaci贸n permanente, de acuerdo a una opci贸n de valores culturales y vitales, que es necesario hacer presentes en la comunidad educativa5.

6. La Congregaci贸n para la Educaci贸n Cat贸lica, despu茅s de haber tratado ya en dos documentos el tema de la identidad y de la misi贸n, por una parte del laico cat贸lico, y por otra de las personas consagradas en la escuela, en el presente documento, considera los aspectos pastorales relativos a la colaboraci贸n entre fieles laicos y consagrados6, en la misma misi贸n educativa. En ella, se encuentran la opci贸n de los fieles laicos de vivir el trabajo educativo 芦como una vocaci贸n personal en la Iglesia y no s贸lo como el ejercicio de una profesi贸n禄7, y la elecci贸n de las personas consagradas, en cuanto llamadas 芦a vivir los consejos evang茅licos y a llevar el humanismo de las bienaventuranzas al campo de la educaci贸n y la escuela禄8.

7. Este documento se sit煤a en continuidad con textos anteriores de la Congregaci贸n para la Educaci贸n Cat贸lica referentes a la educaci贸n y a la escuela9, y tiene en cuenta claramente las distintas situaciones en que se encuentran las instituciones escolares cat贸licas en las diversas regiones del mundo. En 茅l se quiere llamar la atenci贸n sobre tres aspectos fundamentales que conciernen a la colaboraci贸n entre fieles laicos y consagrados en la escuela cat贸lica: la comuni贸n en la misi贸n educativa, el camino necesario de formaci贸n a la comuni贸n para la misi贸n educativa compartida y, finalmente, la apertura hacia los otros como fruto de la comuni贸n.

I. LA COMUNI脫N EN LA MISI脫N EDUCATIVA

8. Cada ser humano est谩 llamado a la comuni贸n en raz贸n de su naturaleza creada, a imagen y semejanza de Dios (cfr G茅n 1, 26-27). Por tanto, en la perspectiva de la antropolog铆a b铆blica, el hombre no es un individuo aislado, sino una persona: un ser esencialmente relacional. La comuni贸n a la que el hombre est谩 llamado implica siempre una doble dimensi贸n: vertical (comuni贸n con Dios) y horizontal (comuni贸n entre los hombres). Resulta esencial reconocer la comuni贸n como don de Dios como fruto de la iniciativa divina realizada en el misterio pascual10.

La Iglesia: misterio de comuni贸n y misi贸n

9. El proyecto original de Dios se ha visto comprometido por el pecado que ha da帽ado todo tipo de relaci贸n: entre el hombre y Dios, entre el hombre y el hombre. Sin embargo, Dios no ha abandonado al hombre en la soledad y, en la plenitud de los tiempos, ha mandado a su Hijo, Jesucristo, como Salvador11, para que el hombre pudiera recobrar, en el Esp铆ritu, la plena comuni贸n con el Padre. A su vez, la comuni贸n con la Trinidad, hecha posible por el encuentro con Cristo, une a los hombres entre s铆.

10. Cuando los cristianos hablan de comuni贸n, se refieren al misterio eterno, revelado en Cristo, de la comuni贸n de amor que es la vida misma de Dios-Trinidad. Al mismo tiempo, tambi茅n se dice que el cristiano es copart铆cipe de esta comuni贸n en el cuerpo de Cristo que es la Iglesia (cfr Flp 1, 7; Ap 1, 9). La comuni贸n es, pues, "esencia" de la Iglesia, fundamento y fuente de su misi贸n de ser en el mundo "la casa y la escuela de la comuni贸n"12, para conducir a todos los hombres y mujeres a entrar cada vez m谩s profundamente en el misterio de la comuni贸n trinitaria y, juntos, extender y consolidar las relaciones en el interior de la comunidad humana. En este sentido, 芦la Iglesia es como una familia humana, pero tambi茅n es, al mismo tiempo, la gran familia de Dios, mediante la cual 脡l forma un espacio de comuni贸n y unidad entre todos los continentes, las culturas y las naciones禄13.

11. Consecuencia de ello es, pues, que en la Iglesia, en cuanto icono del amor encarnado de Dios, 芦la comuni贸n y la misi贸n est谩n profundamente unidas entre s铆, se compenetran y se implican mutuamente, hasta tal punto que la comuni贸n representa a la vez la fuente y el fruto de la misi贸n: la comuni贸n es misionera y la misi贸n es para la comuni贸n14.

Educar en comuni贸n y a la comuni贸n

12. La educaci贸n, precisamente porque aspira a hacer al hombre m谩s hombre, puede realizarse aut茅nticamente s贸lo en un contexto relacional y comunitario. No es casual que el primer y originario ambiente educativo venga constituido por la comunidad natural de la familia15. La escuela, a su vez, se sit煤a junto a la familia como un espacio comunitario, org谩nico e intencional que acompa帽a su empe帽o educativo, seg煤n la l贸gica de la subsidiariedad.

13. La escuela cat贸lica, que se caracteriza principalmente como comunidad educativa, se configura, tambi茅n, como escuela para la persona y de las personas. En efecto, mira a formar la persona en la unidad integral de su ser, interviniendo con los instrumentos de la ense帽anza y del aprendizaje all铆 d贸nde se forman 芦los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de inter茅s, las l铆neas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida禄16. Pero, sobre todo, implic谩ndola en la din谩mica de las relaciones interpersonales que constituyen y vivifican la comunidad escolar.

14. Por otra parte, esta comunidad, en raz贸n de su identidad y su ra铆z eclesial, debe aspirar a constituirse en comunidad cristiana, o sea, comunidad de fe, capaz de crear relaciones de comuni贸n, educativas por s铆 mismas, cada vez m谩s profundas. Y es, precisamente, la presencia y la vida de una comunidad educativa en la que todos los miembros son part铆cipes de una comuni贸n fraterna, nutrida por la relaci贸n vital con Cristo y con la Iglesia, lo que hace de la escuela cat贸lica un 谩mbito propicio para una experiencia aut茅nticamente eclesial.

Las personas consagradas y los fieles laicos juntos en la escuela

15. 芦Uno de los frutos de la doctrina de la Iglesia como comuni贸n, en estos 煤ltimos a帽os, ha sido la toma de conciencia de que sus diversos miembros pueden y deben aunar esfuerzos, en actitud de colaboraci贸n e intercambio de dones, con el fin participar m谩s eficazmente en la misi贸n eclesial. De este modo, se contribuye a presentar una imagen mejor articulada y completa de la Iglesia, a la vez que resulta m谩s f谩cil dar respuesta a los grandes retos de nuestro tiempo con la aportaci贸n coral de los diferentes dones禄17. En tal contexto eclesial, la misi贸n de la escuela cat贸lica, vivida por una comunidad constituida de personas consagradas y de fieles laicos, asume un significado completamente particular y manifiesta una riqueza que es necesario saber reconocer y valorar. Esta misi贸n exige de todos los miembros de la comunidad educativa la conciencia de que una responsabilidad ineludible de fomentar el estilo cristiano original corresponde a los educadores, como personas y como comunidad. Requiere de ellos que sean testigos de Jesucristo y que manifiesten que la vida cristiana es portadora de luz y sentido para todos. Al igual que la persona consagrada est谩 llamada a testimoniar su espec铆fica vocaci贸n a la vida de comuni贸n en el amor18, para ser en la comunidad escolar signo, memoria y profec铆a de los valores del Evangelio19, as铆 tambi茅n, el educador laico es llamado a realizar 芦su ministerio en la Iglesia viviendo desde la fe su vocaci贸n secular en la estructura comunitaria de la escuela禄20.

16. Lo que hace de veras eficaz este testimonio es la promoci贸n, tambi茅n dentro de la comunidad educativa de la escuela cat贸lica, de aquella espiritualidad de la comuni贸n que ha sido se帽alada como la gran perspectiva que se le abre a la Iglesia del tercer milenio. Espiritualidad de la comuni贸n significa 芦capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo m铆stico y, por tanto, como "uno que me pertenece"禄21; 芦capacidad de la comunidad cristiana de hacer espacio a todos los dones del Esp铆ritu禄22, en una relaci贸n de reciprocidad entre las diversas vocaciones eclesiales. Tambi茅n en aquella particular expresi贸n de la Iglesia que es la escuela cat贸lica, la espiritualidad de la comuni贸n tiene que convertirse en el respiro de la comunidad educativa, el criterio para la plena valorizaci贸n eclesial de sus miembros y el punto de referencia esencial para la realizaci贸n de una misi贸n aut茅nticamente compartida.

17. As铆, en las escuelas cat贸licas nacidas de las familias religiosas, o bien de las di贸cesis, de las parroquias o de los fieles, y que hoy cuentan con la presencia de movimientos eclesiales, esta espiritualidad de comuni贸n tendr谩 que traducirse en una actitud de m谩xima fraternidad evang茅lica entre las personas que se identifican, respectivamente, en los carismas de los Institutos de vida consagrada, en aquellos de los movimientos o de las nuevas comunidades, o bien en los dem谩s fieles que act煤an en la escuela. De este modo, la comunidad educativa hace espacio a los dones del Esp铆ritu y reconoce esta diversidad como riqueza. Una aut茅ntica madurez eclesial, alimentada en el encuentro con Cristo en los sacramentos, permitir谩 valorizar que 芦tanto [las] modalidades m谩s tradicionales como [鈥 las m谩s nuevas, los movimientos eclesiales, siguen dando a la Iglesia una viveza que es don de Dios禄23, para la entera comunidad escolar y para el mismo itinerario educativo.

18. Las asociaciones cat贸licas que agrupan a operarios del 谩mbito educativo, constituyen otra instancia de 芦comuni贸n禄, una ayuda estructurada a la misi贸n educativa, y son un espacio de di谩logo entre las familias, las instituciones del territorio y la escuela. Tales asociaciones, con su organizaci贸n a nivel local, nacional e internacional, son una riqueza que ofrece una contribuci贸n particularmente fecunda en el campo educativo, a nivel de las motivaciones y de la profesionalidad. Muchas de ellas agrupan a maestros y responsables presentes, tanto en la escuela cat贸lica, como en otras realidades escolares. Gracias al pluralismo de las procedencias, pueden desarrollar una importante funci贸n de di谩logo y cooperaci贸n entre instituciones diversas, pero unidas por las mismas finalidades educativas. Estas realidades asociativas est谩n llamadas a tener en cuenta el continuo cambio de las situaciones, adaptando, eventualmente, su estructura y su modo de actuar, para seguir siendo una presencia eficaz e incisiva en el sector educativo. Deben, adem谩s, intensificar la colaboraci贸n rec铆proca, sobre todo para garantizar el logro de los objetivos comunes, respetando plenamente la identidad y la especificidad de cada asociaci贸n.

19. Adem谩s, es de fundamental importancia que el servicio desarrollado por dichas asociaciones tome impulso de la plena participaci贸n en la actividad pastoral de la Iglesia. A las Conferencias Episcopales y a sus expresiones a nivel continental se les conf铆a un papel de promotores para valorar las particularidades de cada asociaci贸n, favoreciendo y animando un trabajo m谩s coordinado en el sector escolar.

II. UN CAMINO DE FORMACI脫N PARA EDUCAR JUNTOS

20. Educar las j贸venes generaciones en comuni贸n y a la comuni贸n, en la escuela cat贸lica, es un empe帽o serio que no se improvisa. Ha de ser preparado oportunamente y sostenido a trav茅s de un proyecto de formaci贸n, inicial y permanente, capaz de captar los desaf铆os educativos del momento presente y de aportar los instrumentos m谩s eficaces para poder afrontarlos, en la l铆nea de la misi贸n compartida. Esto implica, en relaci贸n a los educadores, una disponibilidad al aprendizaje y al desarrollo de los conocimientos, a la renovaci贸n y a la puesta al d铆a de las metodolog铆as, pero tambi茅n a la formaci贸n espiritual, religiosa y a la misi贸n compartida. En el contexto actual, esto es particularmente necesario para responder a las instancias que vienen de un mundo en continuo y r谩pido cambio, en el que se hace cada vez m谩s dif铆cil educar.

Formaci贸n profesional

21. Uno de los requisitos fundamentales del educador de la escuela cat贸lica es la posesi贸n de una s贸lida formaci贸n profesional. La poca calidad de la ense帽anza, debida a la insuficiente preparaci贸n profesional o al inadecuado uso de los m茅todos pedag贸gicos, repercute inevitablemente en perjuicio de la eficacia de la formaci贸n integral del educando y en el testimonio cultural que el educador debe ofrecer.

22. La formaci贸n profesional del educador no s贸lo exige un vasto abanico de competencias culturales, psicol贸gicas y pedag贸gicas, caracterizados por la autonom铆a, la capacidad proyectiva y estimativa, la creatividad, la apertura a la innovaci贸n, a la actualizaci贸n, a la investigaci贸n y a la experimentaci贸n, sino que tambi茅n exige la capacidad de hacer una s铆ntesis entre competencias profesionales y motivaciones educativas, con una particular atenci贸n a la disposici贸n relacional requerida hoy por el ejercicio, cada vez m谩s colegial, de la profesionalidad docente. Por otra parte, en las expectativas de los alumnos y de las familias, el educador es visto y deseado como un interlocutor acogedor y preparado, capaz de motivar a los j贸venes a una formaci贸n integral, de suscitar y orientar sus mejores energ铆as hacia una construcci贸n positiva de s铆 mismos y de la vida, de ser un testigo serio y cre铆ble de la responsabilidad y la esperanza de las cuales la escuela es deudora ante la sociedad.

23. La continua y acelerada transformaci贸n que afecta al hombre y a la sociedad de nuestro tiempo en todos los campos, produce el r谩pido envejecimiento de los conocimientos adquiridos y requiere nuevas aptitudes y m茅todos. Ello exige del educador una constante actualizaci贸n de los contenidos de las materias que ense帽a y de los m茅todos pedag贸gicos que utiliza. La vocaci贸n de educador requiere por tanto una capacidad disponible y constante de renovaci贸n y adaptaci贸n. No es suficiente alcanzar s贸lo inicialmente un buen nivel de preparaci贸n, es necesario mantenerlo y elevarlo mediante un camino de formaci贸n permanente. Adem谩s, la formaci贸n permanente, por la variedad de los aspectos que abraza, exige una constante b煤squeda personal y comunitaria de sus formas de actuaci贸n; sin olvidar la necesidad de un itinerario formativo compartido y alimentado por el intercambio y el concierto entre educadores consagrados y laicos de la escuela cat贸lica.

24. La sola atenci贸n a la puesta al d铆a profesional en sentido estrecho, no es suficiente. La s铆ntesis entre fe, cultura y vida que los educadores de la escuela cat贸lica est谩n llamados a realizar, se logra, en efecto, 芦mediante la integraci贸n de los diversos contenidos del saber humano, especificado en las varias disciplinas, a la luz del mensaje evang茅lico, y mediante el desarrollo de las virtudes que caracterizan al cristiano禄24. Esto exige en los educadores cat贸licos la maduraci贸n de una particular sensibilidad respecto a la persona que hay que educar para saber captar, adem谩s de las exigencias de crecimiento en conocimientos y competencias, tambi茅n la necesidad de crecimiento en humanidad. Ello requiere del educador la dedicaci贸n 芦al otro con una atenci贸n que sale del coraz贸n, para que el otro experimente su riqueza de humanidad禄25.

25. Por esto, los educadores cat贸licos 芦necesitan tambi茅n y sobre todo una 鈥渇ormaci贸n del coraz贸n鈥�: se les ha de guiar hacia ese encuentro con Dios en Cristo, que suscite en ellos el amor y abra su esp铆ritu al otro, de modo que, para ellos, el amor al pr贸jimo ya no sea un mandamiento por as铆 decir impuesto desde fuera, sino una consecuencia que se desprende de su fe, la cual act煤a por la caridad (cf. Ga 5,6)禄26. En efecto, tambi茅n "la cura de la instrucci贸n es amor" (Sb 6, 17). S贸lo as铆, ellos podr谩n hacer que su ense帽anza sea una escuela de fe, es decir, una transmisi贸n del Evangelio, como se pide del proyecto educativo de la escuela cat贸lica.

Formaci贸n teol贸gica y espiritual

26. La transmisi贸n del mensaje cristiano a trav茅s de la ense帽anza implica dominio en el conocimiento de las verdades de la fe y de los principios de la vida espiritual lo cual requiere un continuo perfeccionamiento. Por esto, es necesario que los educadores de la escuela cat贸lica, consagrados y laicos, recorran un adecuado itinerario formativo teol贸gico27. Ello ayuda a articular mejor la inteligencia de la fe con el empe帽o profesional y el actuar cristiano. Junto a la formaci贸n teol贸gica es necesario que los educadores tambi茅n cultiven su formaci贸n espiritual para hacer crecer la relaci贸n con Jesucristo y configurarse a 脡l que es el Maestro. En este sentido, el camino formativo, tanto de los laicos como de los consagrados, debe integrarse en el camino de construcci贸n de la propia persona buscando siempre una mayor configuraci贸n a Cristo (cf. Rm 8, 29) y de la comunidad educativa entorno a Cristo Maestro. Por otra parte, la escuela cat贸lica es consciente de que la comunidad que ella constituye debe nutrirse y confrontarse continuamente con las fuentes de donde deriva su raz贸n de ser: la palabra salvadora de Dios en la Sagrada Escritura y la Tradici贸n, sobre todo lit煤rgica y sacramental, iluminadas por el Magisterio de la Iglesia28.

La aportaci贸n de los consagrados a la formaci贸n compartida

27. Las personas consagradas, por la profesi贸n de los consejos evang茅licos manifiestan vivir para Dios y de Dios. De esta forma se convierten en testimonios concretos del amor trinitario, para que los hombres puedan advertir el atractivo de la belleza divina. Por tanto, la primera y original contribuci贸n a la misi贸n compartida es la radicalidad evang茅lica de la vida de las personas consagradas. En raz贸n de su camino vocacional, poseen una preparaci贸n teol贸gico-espiritual que, basada en el misterio de Cristo viviente en la Iglesia, necesita progresar incesantemente en sinton铆a con la Iglesia que camina, en la historia, hacia 芦la verdad plena禄 (Jn 16, 13). Siempre en esta din谩mica exquisitamente eclesial, las personas consagradas son invitadas, tambi茅n, a compartir los frutos de su formaci贸n con los laicos, sobre todo con aquellos que se sienten llamados 芦a vivir aspectos y momentos espec铆ficos de la espiritualidad y de la misi贸n del instituto禄29. De este modo, los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apost贸lica ocupados en la educaci贸n lograr谩n asegurar la indispensable apertura a la Iglesia y conservar vivo el esp铆ritu de las Fundadoras y los Fundadores, renovando adem谩s un aspecto particularmente precioso de la tradici贸n de la escuela cat贸lica. Desde su origen, en efecto, las Fundadoras y los Fundadores han puesto una particular atenci贸n en la formaci贸n de los formadores y a ella han dedicado a menudo las mejores energ铆as. Una tal formaci贸n, hoy como ayer, debe mirar no solamente a consolidar las competencias profesionales, sino, sobre todo, a reforzar la dimensi贸n vocacional de la profesi贸n docente, favoreciendo la maduraci贸n de una mentalidad inspirada en los valores evang茅licos, seg煤n los rasgos espec铆ficos de la misi贸n del Instituto. Por tal motivo, 芦resultan muy provechosos aquellos programas de formaci贸n que comprenden cursos peri贸dicos de estudio y reflexi贸n orante sobre el Fundador, el carisma y las constituciones禄30.

28. En muchos Institutos religiosos, la misi贸n educativa compartida con los laicos existe desde hace mucho tiempo, dado que naci贸 con la misma comunidad religiosa presente en la escuela. El desarrollo de las 芦familias espirituales禄, de los grupos de 芦laicos asociados禄 u otras formas que permiten a los fieles laicos de encontrar fecundidad espiritual y apost贸lica en el carisma original, se presenta como un elemento positivo y de gran esperanza para el futuro de la misi贸n educativa cat贸lica.

29. Resulta superfluo observar que, en la perspectiva de la Iglesia-comuni贸n, estos programas de formaci贸n a saber compartir la misi贸n y la vida con los laicos, a la luz del carisma propio, deben ser pensados y activados tambi茅n all铆 donde las vocaciones a la vida consagrada son numerosas.

La aportaci贸n de los laicos a la formaci贸n compartida

30. Tambi茅n los laicos, mientras son invitados a profundizar su vocaci贸n como educadores de la escuela cat贸lica en comuni贸n con los consagrados, al mismo tiempo, son llamados a ofrecer al itinerario formativo com煤n la aportaci贸n original e insustituible de su propia identidad eclesial. Esto comporta, ante todo, que ellos descubran y vivan en su 芦vida laical [鈥 una vocaci贸n espec铆fica "admirable" dentro de la Iglesia禄31: la vocaci贸n a 芦buscar el reino de Dios tratando y ordenando, seg煤n Dios, los asuntos temporales禄32. En cuanto educadores, ellos son llamados a vivir 芦desde la fe su vocaci贸n secular en la estructura comunitaria de la escuela, con la mayor calidad profesional posible y con una proyecci贸n apost贸lica de esa fe en la formaci贸n integral del hombre禄33.

31. Es 煤til subrayar que la contribuci贸n peculiar que los educadores laicos pueden aportar al camino formativo, brota justamente de su 铆ndole secular, que los hace particularmente capaces de captar 芦los signos de los tiempos禄34. Ellos, en efecto, viviendo su fe en las condiciones ordinarias de la familia y de la sociedad, pueden ayudar la entera comunidad educativa a distinguir con m谩s precisi贸n los valores evang茅licos y los contravalores que estos signos encierran.

32. Con la progresiva maduraci贸n de su vocaci贸n eclesial, los laicos son cada vez m谩s conscientes de participar en la misi贸n educativa de la Iglesia. Al mismo tiempo, son impulsados a desarrollar un papel activo tambi茅n en la animaci贸n espiritual de la comunidad que construyen junto a los consagrados. 芦La comuni贸n y la reciprocidad en la Iglesia no son nunca en sentido 煤nico禄35. Si, en efecto, en otros tiempos han sido sobre todo los sacerdotes y los religiosos quienes han nutrido espiritualmente y dirigido a los laicos, hoy puede suceder que sean 芦los mismos fieles laicos [quienes] pueden y deben ayudar a los sacerdotes y religiosos en su camino espiritual y pastoral禄36.

33. En el contexto de la formaci贸n, los fieles laicos y las personas consagradas, compartiendo la vida de oraci贸n y, en las formas oportunas, tambi茅n de comunidad, podr谩n nutrir su propia reflexi贸n, el sentido de la hermandad y de la dedicaci贸n generosa. En este camino formativo com煤n catequ茅tico-teol贸gico y espiritual, podemos ver el rostro de una Iglesia, que presenta el de Cristo, orando, escuchando, aprendiendo y ense帽ando en comuni贸n fraterna.

Formaci贸n al esp铆ritu de comuni贸n para educar

34. Por su misma naturaleza, la escuela cat贸lica exige la presencia y la vinculaci贸n de educadores no s贸lo cultural y espiritualmente formados, sino tambi茅n intencionalmente orientados a crecer en su empe帽o educativo comunitario en un aut茅ntico esp铆ritu de comuni贸n eclesial.

35. Los educadores son invitados, a trav茅s del itinerario formativo, a construir sus relaciones, tanto en el plano profesional como tambi茅n en el personal y espiritual, seg煤n la l贸gica de la comuni贸n. Esto comporta, para cada uno, la asunci贸n de actitudes de disponibilidad, de acogida y profundo intercambio, de convivialidad y vida fraterna, dentro de la misma comunidad educativa. La par谩bola de los talentos (Mt 25, 14-30) puede ayudar a entender como cada uno es llamado a hacer fructificar sus dones personales y a acoger las riquezas de los dem谩s en la misi贸n educativa compartida.

36. Por otra parte, la misi贸n compartida es enriquecida por las diferencias de que son portadoras las personas consagradas y los laicos, cuando convergen en la unidad de expresiones de los diferentes carismas. Estos carismas no son otra cosa que los diferentes dones con los que el mismo Esp铆ritu enriquece la Iglesia y el mundo37. En la escuela cat贸lica, por tanto, 芦la reciprocidad de las vocaciones, evitando, ya sea la contraposici贸n que la homologaci贸n, se sit煤a como perspectiva de especial fecundidad para enriquecer el valor eclesial de la comunidad educativa. En 茅sta, las diversas vocaciones [鈥 son caminos correlativos, diversos y rec铆procos, que concurren a la plena realizaci贸n del carisma de los carismas: la caridad禄38.

37. Articulada en la diversidad de personas y vocaciones, pero vivificada por el mismo esp铆ritu de comuni贸n, la comunidad educativa de la escuela cat贸lica aspira a crear relaciones de comuni贸n, por s铆 mismas educativas, cada vez m谩s profundas. Y, precisamente en esto, 芦expresa la variedad y la hermosura de las diversas vocaciones y la fecundidad, en el plano educativo y pedag贸gico, que ello aporta a la vida de la instituci贸n escolar禄39.

Testimonio y cultura de la comuni贸n

38. Esta fecundidad se expresa, ante todo, en el testimonio ofrecido por la comunidad educativa. En la escuela, ciertamente, la educaci贸n se despliega en modo completo mediante la ense帽anza, que es el veh铆culo a trav茅s del cual se comunican ideas y convicciones. En este sentido, 芦la palabra es la v铆a maestra en la educaci贸n de la mente禄40. Eso no quita que la educaci贸n se desenvuelva tambi茅n en otras situaciones de la vida escolar. As铆 los maestros, como toda persona que vive y trabaja en un 谩mbito escolar, educan o pueden tambi茅n deseducar, con su comportamiento verbal y no verbal. 芦En la obra educativa, y especialmente en la educaci贸n a la fe, que es la meta de la formaci贸n de la persona y su horizonte m谩s adecuado, es central, en concreto, la figura del testigo禄41. 芦Hoy m谩s que nunca esto exige que el testimonio, alimentado por la oraci贸n, sea el medio principal de toda escuela cat贸lica. Los maestros, en cuanto testigos, deben dar raz贸n de la esperanza que nutre su vida (cfr 1 P 3, 15), viviendo la verdad que proponen a sus alumnos, siempre en referencia a Aquel con quien se han encontrado y cuya gran bondad han experimentado con alegr铆a. Y as铆, por tanto, con San Agust铆n dicen: "Tanto nosotros, que hablamos, como vosotros, que escuch谩is, somos disc铆pulos y seguidores de un solo Maestro" (Discursos, 23, 2)禄42. En la comunidad educativa, por tanto, el estilo de vida tiene un gran influjo, sobre todo si las personas consagradas y los laicos obran conjuntamente, compartiendo plenamente el empe帽o de construir, en la escuela, 芦un ambiente comunitario escol谩stico, animado por el esp铆ritu evang茅lico de libertad y de caridad禄43. Ello exige que cada uno aporte el don espec铆fico de su propia vocaci贸n, para construir una familia animada por la caridad y el esp铆ritu de las bienaventuranzas.

39. Dando testimonio de comuni贸n, la comunidad educativa cat贸lica es capaz de formar a la comuni贸n, la cual, como don que viene de lo alto, anima el proyecto de formaci贸n a la convivencia y a la acogida. No s贸lo cultiva en los alumnos los valores culturales propios de la visi贸n cristiana de la realidad, sino que tambi茅n implica a cada uno de ellos en la vida de la comunidad, d贸nde los valores son mediados por relaciones interpersonales aut茅nticas entre los distintos miembros que la componen y por la adhesi贸n individual y comunitaria a dichos valores. De este modo, la vida de comuni贸n de la comunidad educativa asume el valor de principio educativo, de paradigma que orienta su acci贸n formativa como servicio para la realizaci贸n de una cultura de la comuni贸n. Por tanto, la comunidad escolar cat贸lica, a trav茅s de los instrumentos de la ense帽anza y el aprendizaje, 芦no transmite [鈥 la cultura como medio de poder y de dominio, sino como un medio de comuni贸n y de escucha de la voz de los hombres, de los acontecimientos y de las cosas禄44. Este principio informa toda actividad escolar, la did谩ctica y tambi茅n todas aquellas actividades extra-escolares como el deporte, el teatro y el empe帽o en lo social, que favorecen la aportaci贸n creativa de los alumnos y su socializaci贸n.

Comunidad educativa y pastoral vocacional

40. La misi贸n compartida vivida por una comunidad educativa de laicos y consagrados, con una viva conciencia vocacional, hace de la escuela cat贸lica un lugar pedag贸gico favorable a la pastoral vocacional. En efecto, por su misma composici贸n, la comunidad educativa de la escuela cat贸lica resalta la diversidad y complementariedad de las vocaciones en la Iglesia45, de la cual tambi茅n ella es expresi贸n. En este sentido, la din谩mica comunitaria de la experiencia formativa se convierte en el horizonte dentro del cual el educando puede experimentar qu茅 significa ser miembro de la m谩s amplia comunidad que es la Iglesia. Hacer experiencia de la Iglesia significa encontrarse personalmente con Cristo viviente en ella. Adem谩s, 芦solo en la medida en que hace una experiencia personal de Cristo, el joven puede comprender en verdad su voluntad y por lo tanto su propia vocaci贸n禄46. En esta l铆nea, la escuela cat贸lica se siente interpelada a guiar a los alumnos hacia el conocimiento de s铆 mismos, de sus propias aptitudes y de los propios recursos interiores, para educarlos a emplear la vida con sentido de responsabilidad, como respuesta cotidiana a la llamada de Dios. Obrando as铆, la escuela cat贸lica acompa帽a a los alumnos a opciones de vida conscientes: a seguir la vocaci贸n al sacerdocio o a una vida de especial consagraci贸n, o bien a realizar la propia vocaci贸n cristiana en la vida familiar, profesional y social.

41. En efecto, el di谩logo cotidiano y la confrontaci贸n con educadores, laicos y consagrados, que ofrecen un alegre testimonio de su propia llamada, orientar谩 con m谩s facilidad al joven en formaci贸n a considerar la vida misma como una vocaci贸n, como un camino para vivir juntos, aprovechando los signos a trav茅s de los cuales Dios conduce a la plenitud de la existencia. An谩logamente, le har谩 comprender cu谩nto es necesario saber escuchar, interiorizar los valores, aprender a asumir compromisos y tomar opciones de vida.

42. De tal manera, la experiencia formativa de la escuela cat贸lica constituye un formidable muro de contenci贸n contra el influjo de una difusa mentalidad que induce, sobre todo a los m谩s j贸venes, 芦a considerar la propia vida y a s铆 mismo como un conjunto de sensaciones que hay que experimentar, m谩s bien que como una obra a realizar禄47. Y, al mismo tiempo, contribuye a 芦formar personalidades fuertes, capaces de resistir al relativismo debilitante y a vivir coherentemente las exigencias del propio bautismo禄48.

III. LA COMUNI脫N PARA ABRIRSE A LOS OTROS

43. La comuni贸n vivida por los educadores de la escuela cat贸lica contribuye a que todo el ambiente educativo sea espacio para una comuni贸n abierta a la realidad externa y no replegada sobre s铆 misma. Educar en comuni贸n y a la comuni贸n significa orientar a los estudiantes a crecer aut茅nticamente como personas, capaces de 芦abrirse progresivamente a la realidad y de formarse una determinada concepci贸n de la vida禄49, que les ayude a ampliar su mirada y su coraz贸n al mundo que los rodea, con capacidad de lectura cr铆tica, sentido de corresponsabilidad y voluntad de empe帽o constructivo. Dos 贸rdenes de motivaciones, antropol贸gicas y teol贸gicas, fundamentan esta apertura al mundo.

Fundamentos antropol贸gicos y teol贸gicos

44. El ser humano, en cuanto persona, es unidad de alma y cuerpo que se realiza din谩micamente a trav茅s de la apertura de s铆 a la relaci贸n con el otro. As铆 pues, constitutivo de la persona es el ser-con y para-los-otros, que se act煤a en el amor. Es precisamente el amor el que impulsa a la persona a dilatar progresivamente el radio de sus relaciones m谩s all谩 de la esfera de su vida privada y de los afectos familiares, hasta asumir el respiro de la universalidad y abrazar - al menos como deseo - la humanidad entera. En este mismo impulso viene contenida tambi茅n una fuerte exigencia formativa: aquella de aprender a leer la interdependencia de un mundo que est谩 cada vez m谩s asediado por similares problemas de car谩cter global, como un signo 茅tico fuerte para el hombre de nuestro tiempo; es decir, interpretar todo ello como una llamada a salir de aquella visi贸n del hombre que tiende a concebir a cada ser humano como un individuo aislado. Se trata, en definitiva, de la exigencia de formar al hombre como persona: un sujeto que, en el amor, construye la propia identidad hist贸rica, cultural, espiritual y religiosa, poni茅ndola en di谩logo con otras personas, en una din谩mica de dones rec铆procamente ofrecidos y recibidos. En el contexto de la globalizaci贸n, es necesario formar sujetos capaces de respetar la identidad, la cultura, la historia, la religi贸n y, sobre todo, los sufrimientos y las necesidades ajenas, con la conciencia que 芦todos somos verdaderamente responsables de todos禄50.

45. Esta exigencia asume a煤n mayor importancia y urgencia, en la perspectiva de la fe cat贸lica, vivida en la caridad de la comuni贸n eclesial. En efecto, en la Iglesia, lugar de comuni贸n a imagen del amor trinitario, 芦late el dinamismo del amor suscitado por el Esp铆ritu de Cristo禄51. El Esp铆ritu act煤a como 芦potencia interior禄 que armoniza el coraz贸n de los creyentes con el coraz贸n de Cristo y 芦transforma el coraz贸n de la Comunidad eclesial para que sea en el mundo testigo del amor del Padre禄52. Por tanto, 芦a partir de la comuni贸n intraeclesial, la caridad se abre por su naturaleza al servicio universal, proyect谩ndonos hacia la pr谩ctica de un amor activo y concreto con cada ser humano53. En este sentido, la Iglesia no es fin en s铆 misma, sino que existe para mostrar Dios al mundo; esto es, existe para los otros.

46. Del mismo modo, en cuanto sujeto eclesial, la escuela cat贸lica se sit煤a como fermento cristiano en el mundo: en ella, el alumno aprende a superar el individualismo y a descubrir, a la luz de la fe, que est谩 llamado a vivir de manera responsable una espec铆fica vocaci贸n a la amistad con Cristo y a la solidaridad con los dem谩s hombres. En definitiva, la escuela est谩 llamada a ser testimonio vivo del amor de Dios entre los hombres. Adem谩s, ella puede convertirse en un medio a trav茅s del cual es posible discernir, iluminados por el Evangelio, cuanto hay de positivo en el mundo, aquello que es conveniente transformar y tambi茅n las injusticias que se deben superar. De igual manera, la acogida prudente de las aportaciones del mundo en la vida de la escuela nutre y favorece una comuni贸n abierta, particularmente en algunos 谩mbitos educativos cuales son: la educaci贸n a la paz, al convivir juntos, a la justicia y a la fraternidad.

Constructores de comuni贸n abierta

47. El poder compartir la misma misi贸n educativa en la pluralidad de personas, de vocaciones y de estados de vida es, sin duda, un aspecto importante de la escuela cat贸lica en su participaci贸n en la din谩mica misionera de la Iglesia, y en la apertura de la comuni贸n eclesial hacia el mundo. En esta 贸ptica, una primera y preciosa aportaci贸n viene dada por la comuni贸n entre laicos y consagrados en la escuela.

Los laicos que, por raz贸n de sus relaciones familiares y sociales, viven inmersos en el mundo, pueden favorecer la apertura de la comunidad educativa a una relaci贸n constructiva con las instituciones culturales, civiles y pol铆ticas, as铆 como con las distintas asociaciones sociales - desde aquellas m谩s informales hasta las m谩s organizadas - presentes en el territorio. La escuela cat贸lica asegura, tambi茅n, su presencia en el territorio, mediante la colaboraci贸n activa con las dem谩s instituciones educativas, ante todo, con los centros cat贸licos de estudios superiores, con los cuales comparte una comuni贸n eclesial especial. Pero tambi茅n, con los entes locales y las distintas agencias sociales. Ella, en todo este 谩mbito, fiel a su propia inspiraci贸n, contribuye a construir una red de relaciones que ayuda a los alumnos a madurar el sentido de pertenencia y a la misma sociedad a crecer y desarrollarse de manera solidaria.

Tambi茅n las personas consagradas participan, como "un signo verdadero de Cristo en el mundo"54, en esta apertura al exterior para compartir los bienes de los que son portadoras. A ellas corresponde, en particular, mostrar que la consagraci贸n religiosa puede decir mucho a cada cultura, en cuanto ayuda a desvelar la verdad del ser humano. A partir de su testimonio de vida evang茅lica se debe evidenciar con claridad que 芦la santidad es la propuesta de m谩s alta humanizaci贸n del hombre y de la historia: es proyecto que cada cual en esta tierra puede hacer suyo禄55.

48. Otro pilar de la comuni贸n abierta est谩 constituido por la relaci贸n entre la escuela cat贸lica y las familias que la han elegido para la educaci贸n de sus hijos. Tal relaci贸n se configura como plena participaci贸n de los padres en la vida de la comunidad educativa, no s贸lo en raz贸n de su primordial responsabilidad en la educaci贸n de los hijos, sino tambi茅n en virtud del compartir la identidad y el proyecto que caracterizan la escuela cat贸lica y que ellos deben conocer y aprobar, con disponibilidad interior. Precisamente por este motivo, la comunidad educativa especifica el espacio decisivo de colaboraci贸n entre escuela y familia en el proyecto educativo, que debe ser dado a conocer y actuado con esp铆ritu de comuni贸n, mediante la contribuci贸n de todos, de acuerdo a las distintas responsabilidades, roles y competencias de cada uno. A los padres, en particular, corresponde enriquecer la comuni贸n entorno a este proyecto, haciendo vivo y expl铆cito el clima familiar que debe caracterizar la comunidad educativa. Por esta raz贸n, la escuela cat贸lica, acogiendo con agrado la colaboraci贸n de los padres, considera tambi茅n como un momento esencial de su propia misi贸n el servicio org谩nico de formaci贸n permanente ofrecido a las familias, para apoyarlas en su tarea educativa y para promover una coherencia cada vez m谩s estrecha entre los valores propuestos por la escuela y aqu茅llos propuestos en familia.

49. Las asociaciones y los grupos de inspiraci贸n cristiana, que re煤nen a los padres de las escuelas cat贸licas, representan otro puente entre la comunidad educativa y la realidad circundante. Tales asociaciones y grupos pueden consolidar los lazos de reciprocidad entre escuela y sociedad, manteniendo la comunidad educativa abierta a la m谩s amplia comunidad social y, al mismo tiempo, desarrollando una acci贸n sensibilizadora de la sociedad y de sus instituciones, en consonancia con la presencia y la acci贸n desarrollada por la escuela cat贸lica en el territorio.

50. Tambi茅n a nivel eclesial, la experiencia de comuni贸n vivida dentro de la escuela cat贸lica puede y debe abrirse a un intercambio enriquecedor en un 谩mbito mayor de comuni贸n con la parroquia, la di贸cesis, los movimientos eclesiales y la Iglesia universal. Ello exige que los laicos (educadores y padres) y los consagrados pertenecientes a la comunidad educativa tomen parte, de manera significativa, tambi茅n fuera de los muros de la escuela cat贸lica, en la vida de la Iglesia local. Los miembros del clero diocesano y los laicos de la comunidad cristiana local, que no siempre poseen un adecuado conocimiento de la escuela cat贸lica, deben redescubrirla como escuela de la comunidad cristiana, expresi贸n viva de la misma Iglesia de Cristo a la que pertenecen.

51. La dimensi贸n eclesial de la comunidad educativa de la escuela cat贸lica, si es vivida y experimentada con autenticidad, no puede limitarse a la relaci贸n con la comunidad cristiana local. Casi por expansi贸n natural, ella tiende a abrirse a los horizontes de la Iglesia universal. En esta perspectiva, la dimensi贸n internacional de muchas familias religiosas ofrece a los consagrados el enriquecimiento de la comuni贸n con cuantos comparten la misma misi贸n en las distintas partes del mundo. Al mismo tiempo, ofrece el testimonio de la fuerza viva de un carisma que une m谩s all谩 de las diferencias. La riqueza de esta comuni贸n en la Iglesia universal puede y debe ser participada tambi茅n por los laicos (educadores y padres), por ejemplo mediante momentos de formaci贸n y de encuentros a nivel regional o mundial, ya que, respetando su propio estado de vida, ellos tambi茅n comparten la misi贸n educativa propia de los respectivos carismas.

52. Entendida as铆, la escuela cat贸lica se presenta como una comunidad educativa en la cual la comuni贸n eclesial y misionera madura en profundidad y crece en extensi贸n. En ella puede vivirse una comuni贸n que resulta un eficaz testimonio de la presencia de Cristo, viviente en la comunidad educativa reunida en su nombre (cf. Mt 18, 20) y que, precisamente por esto, abre a una comprensi贸n m谩s profunda de la realidad y a un empe帽o m谩s convencido de renovaci贸n del mundo. En efecto, 芦si pensamos y vivimos en virtud de la comuni贸n con Cristo, entonces se nos abren los ojos禄56, y comprendemos que 芦s贸lo de Dios viene la verdadera revoluci贸n, el cambio decisivo del mundo禄57.

53. La comuni贸n experimentada en la comunidad educativa, animada y sostenida por laicos y consagrados plenamente unidos en la misma misi贸n, convierte la escuela cat贸lica en un ambiente comunitario permeado del esp铆ritu del Evangelio. Por tanto, este ambiente comunitario se configura como un lugar privilegiado para la formaci贸n de las j贸venes generaciones con miras a la construcci贸n de un mundo basado en el di谩logo y la b煤squeda de la comuni贸n m谩s que en el enfrentamiento; m谩s en la convivialidad de las diferencias, que en su oposici贸n. De este modo, la escuela cat贸lica, inspirando su proyecto educativo en la comuni贸n eclesial y en la civilizaci贸n del amor, puede contribuir en medida notable a iluminar las mentes de muchos, 鈥渄e forma que se conviertan verdaderamente en hombres nuevos y en creadores de una nueva humanidad"58.

CONCLUSI脫N

54. 芦En un mundo en el cual el desaf铆o cultural ocupa el primer puesto, el m谩s provocador y portador de m谩s efectos禄59, la escuela cat贸lica es consciente de la tarea tan empe帽ativa que est谩 llamada a afrontar y, por ello, conserva su gran importancia tambi茅n en las circunstancias actuales.

55. Ella, cuando est谩 animada por personas laicas y consagradas que viven en sincera unidad la misma misi贸n educativa, muestra el rostro de una comunidad que tiende hacia una comuni贸n cada vez m谩s profunda. Esta comuni贸n sabe hacerse acogedora respecto a las personas en crecimiento, haci茅ndoles sentir, a trav茅s de la solicitud materna de la Iglesia, que Dios lleva en el coraz贸n la vida de cada uno de sus hijos. Ella sabe implicar a los j贸venes en una experiencia formativa global, para orientar y acompa帽ar, a la luz de la Buena Nueva, la b煤squeda de sentido que ellos viven, en formas in茅ditas y a menudo tortuosas, pero con una urgencia inquietante. Una comuni贸n, en definitiva, que, bas谩ndose en Cristo, lo reconoce y lo anuncia a todos y a cada uno de los hombres como al 煤nico y verdadero Maestro (cfr Mt 23, 8).

56. Al entregar el presente documento a cuantos viven la misi贸n educativa en la Iglesia, le confiamos a la Sant铆sima Virgen Mar铆a, madre y educadora de Cristo y de los hombres, todas las escuelas cat贸licas para que, como los sirvientes en la bodas de Can谩, sigan d贸cilmente Su cari帽osa invitaci贸n: 芦Haced lo que 茅l os diga禄 (Jn 2, 5) y sean as铆, junto con toda la Iglesia, 芦la casa y la escuela de la comuni贸n禄60 para los hombres de nuestro tiempo.

El Santo Padre, durante la audiencia concedida al Prefecto, ha aprobado el presente documento y ha autorizado su publicaci贸n.

Roma, 8 de septiembre de 2007, fiesta de la Natividad de la Virgen Mar铆a.

Zenon Card.Grocholewski
Prefecto

Mons. Angelo Vincenzo Zani
Subsecretario


1

Benedicto XVI, Discurso con ocasi贸n de la apertura del Congreso eclesial de la di贸cesis de Roma sobre la familia y la comunidad cristiana (6 de junio de 2005): AAS 97 (2005), 816.

2

Juan Pablo II, Discurso a la Unesco (2 de junio de 1980), n. 18: AAS 72 (1980), 747.

3

Congregaci贸n para la Educaci贸n Cat贸lica, La escuela cat贸lica en los umbrales del tercer milenio (28 de diciembre de 1997), n. 4.

4

Concilio Ecum茅nico VaticanoII, Constituci贸n pastoral sobre la Iglesia en el mundo contempor谩neo Gaudium et spes (7 de diciembre de 1965), n. 22: AAS 58 (1966), 1042.

5

Cf. Sagrada Congregaci贸n para la Educaci贸n Cat贸lica, La escuela cat贸lica (19 de marzo de 1977), n. 32.

6

El presente documento se refiere a los sacerdotes, religiosos, religiosas y a las personas que con diversas formas de consagraci贸n eligen el camino del seguimiento de Cristo y dedicarse a 脡l con coraz贸n indiviso (Cf. Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica post-sinodal Vita consecrata, (25 de marzo de 1996), nn. 1-12: AAS 88 (1996), 377-385.

7

Sagrada Congregaci贸n para la Educaci贸n Cat贸lica, El laico cat贸lico, testigo de la fe en la escuela (15 de octubre de 1982), n 37.

8

Congregaci贸n para la Educaci贸n Cat贸lica, Las personas consagradas y su misi贸n en la escuela, n. 6; Cfr. Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica post-sinodal Vita consecrata, n. 96: AAS 88 (1996), 471-472.

9

La escuela cat贸lica(19 de marzo de 1977); El laico cat贸lico, testigo de la fe en la escuela (15 de octubre de 1982); Orientaciones educativas sobre el amor humano. Pautas de educaci贸n sexual (1 de noviembre de 1983); Dimensi贸n religiosa de la educaci贸n en la escuela cat贸lica (7 de abril de 1988); La escuela cat贸lica en los umbrales del tercer milenio (28 diciembre 1997); Las personas consagradas y su misi贸n en la escuela. Reflexiones y orientaciones (28 de octubre de 2002).

10

Cf. Congregaci贸n para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia Cat贸lica Communionis notio, (28 de mayo de 1992), n. 3b: AAS 85 (1993), 836.

11

Cf. Misal Romano, Plegaria eucar铆stica IV.

12

Juan Pablo II, Carta apost贸lica Novo millennio ineunte (6 de enero de 2001), n. 43: AAS 93 (2001), 297.

13

Benedicto XVI, Homil铆a en la Vigilia de oraci贸n en Marienfeld (20 de agosto de 2005): AAS 97 (2005), 886.

14

Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica post-sinodal Christifideles laici (30 diciembre 1988), n. 32: AAS 81 (1989), 451-452.

15

Cf. Concilio Ecum茅nico Vaticano II, Declaraci贸n sobre la educaci贸n cristiana Gravissimum educationis (28 de octubre de 1965), n. 3: AAS 58 (1966), 731; C.I.C., cann. 793 y 1136.

16

Pablo VI, Exhortaci贸n apost贸lica post-sinodal Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), n. 19: AAS 68 (1976), 18.

17

Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica post-sinodal Vita consecrata, n. 54: AAS 88 (1996), 426-427. Para la colaboraci贸n entre fieles laicos y personas consagradas, ver tambi茅n los nn. 54-56: AAS 88 (1996), 426-429.

18

Cf. Congregaci贸n para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apost贸lica, Caminar desde Cristo (14 de junio de 2002), n. 28.

19

Cf. Congregaci贸n para la Educaci贸n Cat贸lica, Las personas consagradas y su misi贸n en la escuela, n. 20.

20

Sagrada Congregaci贸n para la Educaci贸n Cat贸lica, El laico cat贸lico, testigo de la fe en la escuela, n. 24.

21

Juan Pablo II, Carta apost贸lica Novo millennio ineunte, n. 43: AAS 93 (2001), 297.

22

Ib铆d., n. 46: 299.

23

Ib铆d., n. 46: 300.

24

Sagrada Congregaci贸n para la Educaci贸n Cat贸lica, La escuela cat贸lica, n. 37.

25

Benedicto XVI, Carta enc铆clica Deus caritas est (25 de diciembre de 2005), n.31: AAS 98 (2006), 244.

26

Ib铆d.

27

Cf. Sagrada Congregaci贸n para la Educaci贸n Cat贸lica, El laico cat贸lico, testigo de la fe en la escuela, n. 60.

28

Cf. Concilio Ecum茅nico Vaticano II, Constituci贸n dogm谩tica sobre la Divina Revelaci贸n Dei Verbum ( 18 de noviembre de 1965), n. 10: AAS 58 (1966), 822.

29

Congregaci贸n para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apost贸lica, Caminar desde Cristo, n. 31.

30

Congregaci贸n para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apost贸lica, La vida fraterna en comunidad (2 de febrero 1de 994), n. 45 .

31

Sagrada Congregaci贸n para la Educaci贸n Cat贸lica, El laico cat贸lico, testigo de la fe en la escuela, n. 7.

32

Concilio Ecum茅nico Vaticano II, Constituci贸n dogm谩tica sobre la Iglesia Lumen gentium (21 de noviembre de 1964), n. 31: AAS 57 (1965), 37.

33

Sagrada Congregaci贸n para la Educaci贸n Cat贸lica, El laico cat贸lico, testigo de la fe en la escuela, n. 24.

34

Concilio Ecum茅nico Vaticano II, Constituci贸n pastoral de la Iglesia en el mundo contempor谩neo Gaudium et spes, n. 4: AAS 58 (1966), 1027.

35

Congregaci贸n para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apost贸lica, Caminar desde Cristo, n. 31.

36

Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica post-sinodal Christifideles laici, n. 61: AAS 81(1989), 514.

37

Cf. Congregaci贸n para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apost贸lica, La vida fraterna en comunidad, n. 45.

38

Congregaci贸n para la Educaci贸n Cat贸lica, Las personas consagradas y su misi贸n en la escuela, n. 21.

39

Ib铆d., n. 43.

40

Benedicto XVI, Discurso a los representantes de algunas comunidades musulmanas (20 de agosto de 2005): AAS 97 (2005), 918.

41

Benedicto XVI, Discurso con ocasi贸n de la apertura del Congreso eclesial de la di贸cesis de Roma sobre la familia y la comunidad cristiana (6 de junio de 2005): AAS 97 (2005), 815.

42

Benedicto XVI, Discurso a los obispos de Ontario, Canad谩, en visita ad limina Apostolorum (8 de septiembre de 2006): L鈥橭sservatore Romano(9 septiembre 2006), 9.

43

Concilio Ecum茅nico Vaticano II, Declaraci贸n sobre la educaci贸n cristiana Gravissimum educationis, n. 8: AAS 58 (1966), 734.

44

Sagrada Congregaci贸n para la Educaci贸n Cat贸lica, La escuela cat贸lica, n. 56.

45

Cf Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica post-sinodal Christifideles laici, n. 20: AAS 81 (1989), 425.

46

Benedicto XVI, Discurso a los seminaristas (19 de agosto de 2005): AAS 97 (2005), 880.

47

Juan Pablo II, Carta enc铆clica Centesimus annus (1 de mayo de 1991), n. 39: AAS 83 (1991), 842.

48

Congregaci贸n para la Educaci贸n Cat贸lica, La escuela cat贸lica, n. 12.

49

Ib铆d., n. 31.

50

Juan Pablo II, Carta enc铆clica Sollicitudo rei socialis (30 de diciembre de 1987), n. 38: AAS 80 (1988), 566.

51

Benedicto XVI, Carta enc铆clica Deus caritas est, n. 28b: AAS 98 (2006), 240.

52

Ib铆d., n. 19: 233.

53

Juan Pablo II, Carta apost贸lica Novo millennio ineunte, n. 49: AAS 93 (2001), 302.

54

Juan Pablo II, Exhortaci贸n apost贸lica post-sinodal Vita consecrata, n. 25: AAS 88 (1996), 398.

55

Congregaci贸n para la Educaci贸n Cat贸lica, Las personas consagradas y su misi贸n en la escuela, n. 12.

56

Benedicto XVI, Homil铆a durante la celebraci贸n eucar铆stica en Marienfeld (21 de agosto de 2005): AAS 97 (2005), 892.

57

Benedicto XVI, Vigilia de oraci贸n en Marienfeld (20 de agosto de 2005): AAS 97 (2005), 885.

58

Concilio Ecum茅nico Vaticano II, Constituci贸n pastoral sobre la Iglesia en el mundo contempor谩neo Gaudium et spes, n. 30: AAS 58 (1966), 1050.

59

Juan Pablo II, Discurso a padres, estudiantes y docentes de las escuelas cat贸licas (23 noviembre 1991), n. 6: AAS 84 (1992), 1136.

60

Juan Pablo II, Carta apost贸lica Novo millennio ineunte, n. 43: AAS 93 (2001), 296.
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